LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosías. La sonrisa del acomodador.

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO




Al salir de la sala y cruzar el cortinón negro del vestíbulo, me topé con el acomodador. En el sobresalto, alcé la mirada y encontré la amable sonrisa de aquel del que conocía su perfil, pero no su rostro, la persona a la que tantos días seguía en el pasillo del patio de butacas, yendo tras él y su linterna indicándome el asiento, y que sabía mi preferencia por las primeras filas, por comerme la pantalla. 


Conocía su sombra iluminada por el proyector, una sombra que seguía ensimismado… tanta era mi ilusión por vivir las historias que el cine me ofrecía: sus aventuras y fantasías, en el Oeste o en la China, en los mares, las selvas y los desiertos. Las películas me trasponían y trasfiguraban. Resultaba mucho más alucinante y divertido que la transustanciación en la Santa Misa. El séptimo arte era el séptimo cielo, y para mí ya no había más santos y mártires que las estrellas y héroes cinematográficos. Adoraba todo lo que salía del proyector y mi firmamento no era otro que el de los protagonistas que vivían en la pantalla grisácea y deslucida, deshilachada por las muchas batallas sufridas. Habría seguido al acomodador al fin del mundo. En aquellas sesiones continuas… era mi ángel de la guarda. 

Gracias a la colección que había heredado de mi madre, reunía cientos de cromos de películas que me gustaba esparcir sobre la alfombra, y que muchas tardes suponían mi mejor entretenimiento. Me fascinaba observar durante horas aquellas tarjetas que guardaba en una caja de cartón. Sabía que no había otra colección como la mía en todo el colegio. Tumbado entre mis affiches, sus tintas y colores, con sus títulos y leyendas, se convertían en estrellas en mis manos, y suponían el cielo que tendría en las paredes. Magia en aquellos vulgares cromos. Tardes de sueños. Sueños de cine.

 En mi cuarto había unos esmaltes colgados que no me gustaban, uno reproducía los Borrachos de Velázquez, y el otro una virgen de Murillo. También había un óleo de una tía mía, y una foto de un lago alpino junto a la estantería con los libros. Había iniciado mi redecoración ilustrando la cabecera de mi cama con un corcho en el que colgaba fotos cogidas de las revistas: Marlene Dietrich en “Morocco”, Bogart rodeado de humo, Gregory Peck luchando contra el viento. También los poetas que me soliviantaban, un retrato de Lord Byron vestido a la griega, el joven Rimbaud, Baudelaire, Dylan que ya era mi ídolo. Quería quitar casi todo aquello, los cuadros y el póster del lago. Quería tener mi pequeña sala, mi camerino cinéfilo, aunque todavía no supiera lo que esta palabra significaba. Quería a mis héroes junto a la cama, detrás de la mesa, frente a ella, en las puertas del armario, en la entrada, en el mismísimo techo.

Me tenía que hacer con varios carteles. Suponía que en algún sitio los venderían, pero, por el momento, no sabía como obtenerlos que no fuera con la sustracción de los mismos. Podría pedirlos en los cines, pero no confiaba en esa posibilidad. Lo inmediato era el latrocinio al que acudí una mañana temprano con la excusa de ir a comprar churros. Un domingo, vacías las calles, quise extraer el cartel de la vitrina enrejada, y sólo conseguí su vértice de papel roto en la mano, dejando el cartel arrugado y saliendo disparado a esconderme tras la primera esquina. Se había frustrado aquel intento.

Al día siguiente, al salir de la sesión doble, el acomodador me paró. Vestía su gastada chaqueta azul y tenía un rostro dulce en el que lucía un mal afeitado bigote. Me puse nervioso. Pasó por mi cabeza que me hubiese visto tratando de robar el cartel. Pensé que me habían pillado, que era detenido sin haber consumado el delito. Me temblaron las piernas y, rojo como un tomate, casi me echo a llorar para suplicar clemencia. Pero no fue necesario. No se trataba de eso. Ocurría justo lo contrario, el acomodador sonriente me dijo: Ve a taquilla, Marilé te va a dar algo.

Efectivamente, algo me iba a dar. Primero un ataque de nervios, segundos después, un pasmo ante la emoción de saber de qué se trataba. Sólo había que recorrer unos metros y llegar hasta la ovalada cabina de madera y cristal. Pasaba del pavor al éxtasis. Lo que me iban a dar era justo lo que quería, lo que me hacía sospechoso, lo que colmaba mi ansia. Me iban a dar un cartel. No sabía cual, no me importaba. Podía ser el que había intentado robar, podía ser alguno de la sesión que acababa de ver, dos de vaqueros. Podía ser otro.

Marilé estaba fuera de la taquilla, de pie bajo el quicio de la puerta, hojeando una revista. Vestía una falda de tubo granate, y un jerseicito de perlé. Me miró por encima de sus gafas. La tenía bien vista, aunque hasta hacía unos instantes no conocía su nombre. Encontré su sonrisa aguardándome, y  girándose sacó de debajo del mostrador un tubo de papel, un cartel enrollado, recogido con una goma verde. Se trataba de lo que había supuesto. Nervioso cogí el tubo con toda la felicidad del mundo, y tras darle dos veces las gracias, busqué al acomodador, al que vi desapareciendo tras el cortinón en la oscuridad de la sala. 

Salí a la calle. Se iniciaba una tormenta. Tenía que llegar pronto a casa, no se podía mojar mi tesoro que ya veía colgado en la pared. No podía pararme para saber de que película se trataba. Tenía que ir rápido, evitar cruzarme con mis padres, que a esa hora iniciaban su paseo o iban a un estreno al Roxy o al Capitol. Encontrármelos me retrasaría. Podía ponerse a llover, y sólo podría guarecerme en la marquesina del Bar Rojo. Tenía que recorrer tres calles, una bastante larga. Decidí correr. Llegué a las Jesuitinas, crucé los Carmelitas y, en cinco minutos, entraba en casa.

Llamé al timbre. Cuando llegué arriba, la puerta estaba abierta y me encontré a salvo en mi cuarto. Respirando profundamente y calmando mi palpitación, me senté en la cama, y desplegué el cartel. ¡Ajá!, era una de mis películas favoritas. Casi que lo había sabido a pesar de que siendo verano, no se me ocurrió pensar que pudiera tratarse de un cartel con un paisaje nevado. Pero sí. Era fantástico. La había visto el pasado invierno. Adoraba aquella historia tremenda. La película era fabulosa, pero esto no era lo importante. A mí lo que me gustaba era el cartel mismo, que me disponía a colgar como una ventana a las pasiones y aventuras.

Fui inmediatamente feliz. Mi vida se trastornó un poco, se trastornó bastante. Ya no sólo serían las estampas y affiches, ahora serían mis particulares lienzos, mis pantallas, mis proyectores, tendría mi cinerama privado. Con aquel cartel se iniciaba una pasión, una pasión inmensa, gracias a aquella sonrisa del acomodador y la amable disposición de mi amiga la taquillera.


Este texto fue publicado originalmente en el catálogo de la exposición CINERAMA de la galería Siboney de Santander (España), e inaugurada el pasado 25 septiembre del 2010.


Enrique López Viejo es autor de "Tres rusos muy rusos" y "Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor". Próximante la editorial Melusina publicará su nuevo libro "La vida crápula de Maurice Sachs".

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