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FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

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El sexo y el espanto. Pascal Quignard


LUIS DE LEÓN BARGA


Detalle de copa aretina. 40-20 a. J.

En su libro El sexo y el espanto, Pascal Quignard escribe sobre los frescos de la denominada Villa de los misterios de Pompeya para explicarnos el enorme cambio que se produjo en la sexualidad de la antigua Roma desde una cierta tradición alegre griega, y que cambió a partir del emperador Augusto (Roma, 63 a. C.Nola, 19 de agosto de 14 d. C.), y que luego aprovechó el cristianismo para erigir su moral.


Según Quignard, la sexualidad romana hasta entonces no se encontraba ensombrecida por el pecado o la culpa. "En Roma", nos cuenta, "el puritanismo nunca atañe a la sexualidad, sino a la virilidad". El amor pasivo de un patricio era un crimen tan grave como el amor sentimental o el adulterio de una matrona. 

Por el contrario, era lícito practicar la homosexualidad activa y un ciudadano podía hacer lo que deseara con una mujer no casada, una concubina, un liberto o un siervo, lo mismo que una matrona. El sentimentalismo no existía y el matrimonio era un pacto para la procreación. Por eso coexistía el sexo más brutal con un escrupuloso rigor moral.




Detalle de copa aretina. 40-20 a. J.

El modelo único de la sexualidad romana era el de la dominación del "dominus" (señor) sobre el prójimo que es inferior a él, lo que en la práctica implicaba la violación como norma. "El esclavo no podía sodomizar a su amo. La norma era que los patricios sodomizaran a sus esclavos", escribe Quignard. Sin embargo, conocemos numerosos casos de romanos ilustres y emperadores que no siguieron dicha norma, como por ejemplo Julio César.

La consecuencia es el culto a la potencia sexual y el falo. Quignard nos cuenta también el espanto que producía el sexo en un mundo donde el hombre está condenado a la alternancia entre la potencia y la impotencia. Por eso "el poder" es el problema masculino por excelencia y se busca el deseo que mantenga al falo erecto, y se evita lo que no ayuda a levantarlo como el cansancio, la rutina y el hastío.

Pero mas allá de las costumbres sexuales de los antiguos romanos, nos interesa preguntarnos: ¿por qué cambiaron las cosas? Quignard lo atribuye a que las antiguas tradiciones no fueron útiles para un tiempo nuevo. La nueva legislación sobre el divorcio tuvo como resultado práctico la poligamia, y la emancipación de las matronas, así como otras costumbres nuevas que "desbarajustaron la moral tradicional".



Pinturas de la villa de los misterios

La sexualidad pervertida de los emperadores posteriores a Augusto, como Tiberio y Nerón, significó un viaje de ida y vuelta en el que tras alcanzar la nada y el vacío sólo quedó la destrucción o el regreso a la norma. La sexualidad pervertida busca franquear límites, pero se corre el riesgo de morir en el intento y esa tensión, entre lo posible y lo imposible, es lo que conforma su esencia nihilista.

"La sexualidad romana no fue reprimida por la voluntad de un emperador ni por una religión ni por las leyes. La sexualidad romana se reprimió a si misma", sostiene Quignard, que ataca al sentimentalismo como ese vínculo donde el tirano es la víctima. Y asegura que los que estaban acostumbrados a la servidumbre, se deleitaron en ello. El objetivo no era otro que apaciguar ese espanto por el sexo que les causaba una angustia desconocida. "El cuerpo se sintió desnudo ante la mirada ajena, para luego asustarse ante la mirada de Dios y terminar asustado ante su propia mirada", escribe Quignard.


De este modo, los romanos abandonaron sus tradiciones nacionales, su valor guerrero, su historia y sus dioses, "para convertirse en monólatras, tristes y antropomorfos. Y como habían sustituido el tótem de la loba por una cruz, merecían la esclavitud", concluye Quignard.


Pascal Quignard



Lo cierto es que las mujeres representadas en los frescos de la denominada "Villa de los misterios" parecen divertirse con sus juegos eróticos en el agua junto a otras mujeres y hombres. Desde luego no es la mirada grave y seria que como escribe Quignard resultaba "solemne hasta en el deseo lujurioso y sarcástico", sino la que proporciona el placer. Pero también es la mirada que impulsa el deseo y busca lo que se esconde detrás de la apariencia.  Esta clase de mirada, y de la  que ya no se pueden apartar los ojos, es una de las claves del erotismo.

Tampoco me atrevo a decir que la interpretación de Pascal Quignard sea errónea, pues encaja mejor con el pesimismo romano. Para ellos todo cambio era ir a peor y pensaban que el tiempo también envejecía a medida que progresaba, aumentando la fealdad y la maldad en el mundo, por lo que con la edad había que refugiarse en las villas, las casas de campo, las islas y las costas para huir de lo sombrío y el mal.

Sin embargo, interpretar el pasado desde el presente implica siempre, cuanto menos, inocular nuestra forma de ver las cosas en mundos que tenían una moral y costumbres bastante distintos. Entonces, mejor contemplar estas alegres damas romanas que las serias y pétreas matronas de tantos mosaicos y pinturas vistos en ruinas y museos. No se trata de elegir entre la diversión y la seriedad, si no que en el sexo siempre dio mejor resultado participar con el entusiasmo con la que los niños se entretienen con sus juguetes preferidos aunque sea con la mirada.





El sexo y el espanto. Pascal Quignard. Minúscula. Barcelona, 2005. 240 páginas.


Pascal Quignard (1948) es un escritor francés de obra prolífica que no menor, y en la que hay novelas, ensayos y, especialmente, "pequeños tratados".





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