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FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

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Extra II aniversario (23 abril 2010-2012). Libros nuevos. La ciencia ficción en Uruguay: Ramiro Sanchiz. Por Sandra Ávila



Aleksandr Deineka. Las hilanderas, 1927


  Ramiro Sanchiz estudió Literatura y Filosofía en La Universidad de la República (Uruguay). Desde muy joven empezó a escribir narraciones de ciencia ficción en diversas revistas, como Axxón y Galileo entre otras. Durante el 2008 fue incluido en en dos antologías y un año más tarde publicó su primera novela 01 lineal. El escritor uruguayo tiene en su haber otros libros publicados como: Del otro lado, Vampiros porteños, Sombras solitarias, Algunos de los otros, Nadie recuerda a Mlejnas, La vista desde el puente. El pasado 9 de abril publicó el libro Trashpunk gratis en la web Ramiro Sanchiz. Nació en Montevideo-Uruguay en 1978.

¿Cómo nació tu vocación por la literatura y la música?
Dejando de lado recuerdos infantiles de haber escrito cuentos o historietas, empecé a tomarme en serio la escritura a los 12 años, cuando descubrí los cuentos de ciencia ficción de Isaac Asimov; me enamoré del género y de la posibilidad de escribir ese tipo de relatos. Sin embargo, tuve que esperar hasta los 20, más o menos, para entender que mi verdadera vocación era la escritura.
En cuanto a la música: estudié piano y teoría musical desde bastante chico, pero empecé a pensar en componer y tocar mis propias canciones a los 15 años. En ese sentido, el descubrimiento de The Doors y la poesía cuasi beatnik de Jim Morrison me hicieron entender de qué manera yo podía entrar a ese universo. En 2008, de todas formas, renuncié a cualquier pretensión de continuar una “carrera” en la música. 

¿Cuántas horas al día le dedica a la escritura?
Todas las que puedo. Un día ideal (y depende de en qué esté trabajando en el momento en cuestión, por supuesto) es más o menos así: veo alguna película o series muy temprano en la mañana y después atiendo alguna obligación, una reseña por ejemplo, algún texto que deba leer con apremio. Después, más cerca del mediodía, empiezo a trabajar en mis ficciones, hasta que me sienta agotado o hasta que algo o alguien irrumpa e interrumpa (muchas veces hay que agradecer por esas irrupciones e interrupciones).

Dentro de muy poco tiempo se publicará tu nueva novela Trashpunk, ¿podrías contarnos de que trata?
Como tratar trata, me parece, de la soledad de un tipo que quiere escribir y no puede, mientras le suceden cosas extraordinarias que él no entiende cómo no puede llevar a la escritura y frente a las que se siente a la deriva. Su argumento es más o menos así: un hombre de edad avanzada ha inventado una máquina inteligente, pero no puede comunicarse con ella, dado que el tipo de inteligencia de la máquina es ajeno a las pautas cognitivas humanas. Uno de sus intentos para romper esa barrera y comunicarse incluye el uso de ciertos alucinógenos y una tecnología (muy tercermundista, cabe aclarar) de realidad virtual. El escritor del que hablaba más arriba termina por recibir la oferta de convertirse en el conejillo de indias de ese experimento con la máquina. También puede pensarse que es la historia de un tipo obsesionado con una vecina a la que mira con binoculares. 

Aleksandr Deineka. Tenemos que convertirnos en especialistas, 1931


¿Cuánto tiempo te llevo escribirlo?
Escribí Trashpunk en poco menos de un mes, a mediados de 2010. Desde entonces ha pasado por varias revisiones y reescrituras parciales. No sabría decir cuántas horas tiene encima, sinceramente. No son pocas, pero tampoco se trata del libro que más me ha costado hasta ahora.

De qué manera te sentís influenciado por estos escritores  J.G Ballard, Roberto Bolaño, Phillip K.Dick…  ¿qué rescatas de cada uno?
No sé hasta qué punto estoy influenciado por ellos; podría decirte por qué me fascinan y de qué manera creo haber incorporado algo de sus obras en lo que escribo; podría contarte por qué no me puedo imaginar la literatura o el universo (mucho menos mi vida) sin ellos… por ejemplo: leo a Philip K. Dick desde los 16 años, más o menos, y no pasa un año en que no revisite sus grandes novelas o, al menos, las que siento más cercanas a mí (Ubik, VALIS, Tiempo de Marte); debo haber tomado de Dick, entonces, la idea de tomar la ciencia ficción como un lenguaje y ensayar, casi como en una combinatoria, la gramaticalidad de ciertas construcciones. Esa articulación o desarticulación de lugares comunes, digamos. También siento que debo a Dick mi concepción de la escritura como una actividad que implica una indagación permanente, una búsqueda de respuestas a preguntas que, por alguna razón, nos parecen más significativas que otras. Eso, y que siempre disfruté enormemente al leerlo, al sentir ese canal directo con su mente y su imaginación prodigiosas. De Ballard lo primero que me fascinó es cierto extrañamiento con que reviste a sus personajes y situaciones; en el caso de Bolaño es ante todo, creo, cierta ética del escritor, cierto compromiso ante la escritura. En cuanto a estilo, quizá Bolaño me influyó más que los otros, pero eso es una percepción mía, muy parcial y más relacionada con lo que siento como la historia de mi escritura (antes y después de Bolaño) y con ciertas sensaciones a la hora de escribir. No necesariamente pensará lo mismo un lector.


¿Cuál es el personaje que más se parece a Ramiro Sanchiz?
¿El personaje de la literatura o el personaje dentro de mi obra? Si es lo último la respuesta es bastante fácil: el personaje más o menos central de todas mis ficciones, Federico Stahl. Si se trata de la primera opción, te diría que a veces me siento como Duncan Thaw, el protagonista de Lanark, la gran novela de Alasdair Gray.


¿Cómo fue la experiencia de publicar tu primera novela,  01.lineal, en Editorial Anidia (2008) ?
Me hizo sentir muy bien tener una novela publicada, pero con el tiempo descubrí que Anidia era una editorial fantasma, por llamarla de un modo amable, y rompí el contrato de edición y toda relación con ellos. Es casi imposible conseguir un ejemplar de ese libro, además; hasta donde yo sé, en Montevideo sólo hay dos: el de Matías Bergara, el artista que dibujó la portada, y el mío, que en realidad ya no está más por aquí porque hace un mes se lo regalé a un gran amigo que vive en La Plata.
¿En que estas trabajando ahora?
En un libro de relatos que se enlazan en lo que podría leerse como una novela. Algo como Los lemmings y otros, de Fabián Casas, pero más profuso y mejor. Y, a la vez, tomando notas y pensando el estilo exacto que necesito para una novela que se titulará La liga de escritores extraordinarios. 


Ramiro Sanchiz




¿Cuál es el libro publicado que mayor satisfacción te ha dado? ¿Por qué?
Hasta la fecha, Nadie recuerda a Mlejnas (Reina Negra, 2011); fue muy divertido de escribir y gracias a él me vinculé a ciertas personas que ahora considero amigos, especialmente Juan Terranova.

¿Podrías decirme  tres características que nunca faltan en tus obras?
Muy fácil: rock (o música, en general), drogas (casi todas ficticias, de todas formas) y cierto sentido de la aventura, así sea el tipo de aventura que se vive ante un teclado o en una biblioteca.

    ¿Cómo ves a los escritores contemporáneos?
Admiro mucho a gente un poco mayor que yo, como Jonathan Lethem, Rick Moody o Rodrigo Fresán. Pensando en mi generación (nacidos entre 1970 y 1990, digamos) te podría decir que sigo con mucha atención la obra de algunos escritores argentinos, españoles y uruguayos, como Javier Calvo, Patricio Pron, Juan Terranova, Pola Oloixarac, Juan Manuel Candal, Pablo Dobrinin y Damián González Bertolino. 

¿Alguna anécdota buena y otra no tanto en el transcurso de tu escritura?
Te cuento una y que los lectores decidan si es buena o mala. En 2002 estaba atravesando una fase especialmente negativa para mi escritura; sentía que muchos caminos de exploración se me habían cerrado hacía tiempo y que, sin embargo, yo persistía dando vueltas ahí mismo, ciegamente digamos. A la vez, tenía una cierta cantidad de “obra”, especialmente cuentos, un buen número de ellos, casi todos inéditos. Tenía también una novela muy larga, pero realmente muy larga, casi 900 páginas. Todo, sin embargo, llevaba la marca de cierto estancamiento, un callejón sin salida podría decirse. Entonces un amigo cambió de computadora y me regaló su máquina anterior, que era mejor que la que yo usaba entonces. Movido ante todo por ganas de jugar cierto juego (Diablo 2) instalé mi disco duro en esa nueva máquina y, de paso, una tarjeta de video  bastante buena que tenía por ahí. Resultó que la tarjeta debió tener algún problema, ya que apenas encendí la máquina la motherboard se quemó, con humo y todo. La llevé a un técnico, pero sólo confirmó lo que yo temía, que aquello era irrecuperable. Cuando la traje de vuelta a casa la desarmé, saqué el disco duro y volví a conectarlo en mi vieja computadora. Y ahí comenzó el pánico: estaba vacío. Había sido borrado por completo. No quedaba absolutamente nada. Intenté recuperar la información de varias maneras pero no tuve suerte: todos mis textos (excepto los publicados y algunos capítulos impresos de esa larga novela) se habían perdido. Para siempre. Con el tiempo, extrañamente (o no tanto), llegué a sentirlo como un alivio. Ya no llevaba toda esa carga a mis espaldas y podía moverme más libremente, hacia donde quisiera.

¿De haber elegido otra profesión cual hubiese sido?
Alguna carrera científica, probablemente en el área de la física teórica o la astrofísica. Son temas que todavía me fascinan y de los que leo lo más que puedo. 

Para conocer mejor al autor:

Aleksandr Deineka. En el aire, 1932


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