LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Escrituras. Ritual. Por Simón Esain


                                                                       El hecho de haber ofendido a mucha gente con lo que escribe, es
                                                                                    como que impone al escritor el deber de continuar ofendiéndola. ALDOUS HUXLEY
                                                                                                            

Foto de Eduardo Szlendak 


   
Después de las seis de la tarde, a las seis o siete de la tarde del sábado o del domingo, y no en cualquier momento, es la hora acertada, aceptable, para ir a bailar Rock and Roll. El rock es un reloj que se acelera y te acelera el corazón. El rock es vida glorificada y no puede estar muy lejos de la luz del sol y del tajo atávico sobre las rutinas.

 Porque es y debe ser inmediatamente posterior a la hora que se va al templo a oír misa y sermón, el momento en que suene el rock porque se ha ido a oírlo, no es más tarde, es precisamente ahora. Esto es importante; como haberse mudado la ropa y mojado el pelo. Mientras se hunde el día debe comenzar a hervir su percusión y su bramido eléctrico, con esa alegría inmediata de saber que las cosas han cambiado porque aquí todos nos pusimos de acuerdo.

   Esto debe, debiera seguir siendo así. ¿Qué se creen ustedes? Antes que llegue la noche la fiesta debe estar siendo amada, inyectando su magia en las venas sedientas. Para los que nos sentíamos presos el rock era la luz de la nueva palabra que rebautizaba el mundo, y eso es religioso. El rock es una dosis que no puede postergarse para las horas lúgubres y arrinconadas. El rock es parte de la comunidad que se manifiesta y se invade, se prepara, se penetra, cuyas primeras luces también le corresponden, cuyos primeros sones y cantos son continuación de la musicalización de la apuesta general, del apasionamiento general consigo mismo.

  El rock es nada más que el ritmo de un reloj que se acelera y te acelera el corazón. El rock es la música que sonaba justo al ritmo que necesitábamos sentir adentro. Era música que había dejado de copiar la voz y la respiración rutinaria. Retumbaba en los oídos como el tambor cardíaco; pulsaba entre las sienes con sus guitarrísticos chorros de sangre. No nos despertaba; nos acompañaba con la exactitud de la sensación religiosa, por primera vez comunitaria para miles de nosotros que no la habíamos tenido; fervorosa actitud religiosa de ser descubiertos vivos y simbólicamente interpretados.


Foto de Eduardo Szlendak

                                                              
  El ritmo del rock es una apremiante letanía que te vivifica el ánimo, te suspende el aliento y te enseña a respirar de nuevo. Una letanía que te reacondiciona y te devuelve a la estupenda condición de acólito. Hay que retorcerse, hay que saltar, hay que moverse, hay que tirar manotazos al aire. ¿Acaso te prepara en vano, para nada?

   Sabemos bien que en seguida del ritual y el correctivo pastoril, los feligreses cantaban, daban palmadas y  balanceaban sus caderas al compás del blues. En el evangelismo negro, por supuesto, bajo capillas y cruces de madera a la cal. Donde empezaron los Elvis como Presley.
  
La canción, pero sobre todo el modo del canto que la voz principal encarna, produce una descarga emotiva substancial en la gente congregada a oír, sobre todo a oír. Mientras se miran de reojo unos a otros, les salen afuera angustias, ansiedades, paciencias acumuladas durante su negra semana. El rock transforma, no consuela; el rock desafía, no se aparta. Es hábito comunitario para la tarde del sábado, que luego de urbanizarse otros intereses fueron llevando hacia la entrada de la noche y hasta la madrugada. Pero le es propia la hora de la misa antes de la cena, ese otro reencuentro familiar y grupal inmediato a la descarga; sosegado, debido prólogo de lo que cada uno vaya a procurar o provocar para complacerse por su lado, pero después de lo principal. Aunque su manía vecinal sea agarrarse a puñaladas con otro suicida.
    
Me parece ridículo ir a bailar Rock and Roll a las dos de la madrugada. Esperar a esa hora melancólica para promover la estruendosa y gloriosa descarga que retransmitió a los jóvenes el blues paterno a partir de las palabras consoladoras y ecuánimes del pastor del barrio.
    
¿Bailar rock a las tres de la mañana? ¿Y para quién? El rock se baila a la misma hora de las misas, ¡maldita sea mi estampa!, para que dios o el diablo sepan qué hacemos acá abajo con sus inventos.

  
Foto de Eduardo Szlendak


 Tal altura de la madrugada está bien para los que tuvieran que tomar un tren o un ómnibus, para los que están aquí de paso; es la hora de los melancos, de los borrachos, de los malos poetas; turnos del allá ellos.
    
Por suerte, la vieja hora del entusiasmo rocanrrolero todavía se mantiene como la hora inevitable en que se realizan los grandes conciertos. Eso es notable y no debiera perderse de vista. 
    
¿No es hermoso juntarse a oír los Rolling a las siete de la tarde, en un estadio inmenso, cuando bajan los soles y salen las lunas? Una cosa es estar vivo y otra es estar enfermo. Una cosa es querer vivir y otra es querer morirse. A ver, muchachos, ¿en qué quedamos? Esta es una requisitoria religiosa dirigida a los bateros tanto como a los guitarristas. Que qué carajo tiene de funeral el rock.
    
Una cosa es que los asuntos te duelan y otra que no te importen. Ir a bailar rock con la misma ropa con que se iría a la iglesia, eso es importante, eso es significativo. Pasar la tarde del sábado ocupado en vestirse y encontrar un peinado que se despeine al primer cabezazo. Ir a bailar rock sabiendo que uno tiene su alma entusiasmada y que por culpa del entusiasmo la tiene en peligro, eso es importante.
    
No hay religiosidad en la madrugada. No se procuran catarsis saludables en semejante lapso. Sólo el aturdimiento que significa oír rascar tachos o bailotear como lo hacen los desorientados, a quienes da lo mismo blanco que negro.
    
El roc’an’rol es catarsis o no es. Uno vive en Maipú o en Missouri, es blanco o negro, ¿y qué?  Los jeans que usa son ‘Far West’ o ‘Lee’; no importa. El rock es una misa ecuménica. Todos estamos en condiciones de entenderlo, como a un sermón o la mirada de la chica del vecindario. El mundo está en condiciones de entender nuestro sermón. Es religioso o no es. No debemos bailar rock para olvidarnos de nosotros mismos. ¿Qué se han creído? El rock se baila al anochecer del viernes o del sábado para descargar las energías de la semana. ¿O vamos a hacer del rock una música más? Los Beatles predijeron la guerra de Malvinas en ‘One day in the life’, cuando nos dijeron  “...the English Army had just won the war”. Antes que nosotros supieron de qué guerra y de qué contendientes hablaban. Aunque los automóviles no piensen, las personas somos como los automóviles. Hay que construir automóviles para que los idiotas se maten en ellos. No hay que fabricar automóviles para que hasta los idiotas puedan manejarlos. No se baila roc’an’rol para idiotizarse.
   
 Durante la semana se chifla la melodía pegadiza mal aprendida; en la calle, bajo el alero o en el taller. Se la ubica en la radio y a cualquier costo (casa o trabajo, padre o patrón) se impide que nos quiten el dial. Suena el ritmo desde las radios encendidas por acá y por allá. Se camina balanceandosé un poco, para que las chicas piensen que el tamaño de los huevos nos molesta. Las radios encendidas nos guían como estrellas en el cielo. Somos animalitos rastreros comunicados a codazos o palmadas, que nos cruzamos o andamos a la par. ¿O qué somos? Donde sea que se lo oiga, se sigue el ritmo con las rodillas y el talón. En el mejor de los casos, sin que nadie nos vea, se hace la mímica del guitarrista o el batero admirables.
    
Pero todo bien, porque el sábado también iremos a hacernos perdonar del diablo, como corresponde.



Foto de Nelo Nelito Nelón

                                                                       
Simón Esain nació en 1945 en Maipú, (provincia de Buenos Aires). Las circunstancias quisieron que apenas concurriera dos años a una escuela primaria rural. Pero aprendió a leer a los cinco años de edad y durante décadas fue un lector voraz. 

    
Enamorado de una quinceañera, comenzó a escribir versos a los nueve años. Su primer trabajo impreso apareció en el diario El Día, de La Plata, en 1970. Desde ese año reside en Chascomús.
     
A partir de su paso por el taller literario de Pablo Ingberg (1987/88), descartó toda su producción anterior de poesía. Miembro fundador del M.A.Y.A. (Movimiento de Artistas y Artesanos de Chascomús) a cargo de sus talleres de literatura. Dirigió y editó durante 10 años La silla tibia, medio artesanal de difusión literaria, que llegó a Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Brasil, Cuba, Colombia, Méjico, EEUU, España, Italia, Francia, Israel.
    
Tiene publicados en papel sus primeros cuatro poemarios: Indignación de Noviembre, Mayo de 1989, Musa Interventora y El Momento de Ahogarse.
    
Poemarios inéditos en papel: U.S.Me; Tótem, BP Tangos, BP No Tangos, BP Stood Up, BP Bardicias, pJ Baladas y pJ Poemas I.  Textos breves inéditos en papel: Las Malvinas y Otros Sueños; Enero y Otros Meses I, II y III; Setiembre y Otros Meses I y II; Setiembre Naif; El Problema de Bembi y Otros; Toque a la Mano de Bronce; Prosa Breve I y II.
     
En proceso La Espadaña y Crónicas Falsas de un Campesino.



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