ALEVOSÍAS

CALOR

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

6 de agosto 2017. (Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Libros. Despacio. Remedios Zafra. Por Luis de León Barga



Georgia O´Keeffe. La luz saliendo en las llanuras, 1917



Despacio es una novela que hay que leer lentamente, lo cual es algo complicado pues estamos acostumbrados a que nos lleven y transporten a toda velocidad. El dónde puede ser lo de menos, lo importante es el viaje como metáfora de seducción. Por eso nos resulta raro ser los testigos o cómplices lectores de alguien que se encuentra en el andén de una estación de trenes, no una estación de esas que se estilan para adornar los espacios públicos de las grandes urbes y que firman arquitectos ingenieros de fama y renombre, sino una estación de paso o, un "no lugar" como definió acertadamente el antropólogo francés Marc Augé a cierto tipo de lugares, los que no se encuentran ni "aquí" ni "allí". Y mientras se espera un tren que no llega o no se detiene para acometer ese viaje que se desea emprender, aparecen los distintos personajes de esta novela que tiene algo del teatro de Pirandello, mas que del absurdo o de novela Kafkiana. Cada uno de ellos, con su curioso nombre a cuestas: Laquestapeor, Elquestamejor, Ladesviada, Regina Reina, Apuntode... mas que en busca de un autor se encuentran a la búsqueda de saber qué hacer con su espera. La respuesta puede estar en Despacio es una novela que hay que leer lentamente, lo cual es algo complicado pues estamos acostumbrados a que nos lleven y transporten a toda velocidad. El dónde es lo de menos, lo importante es el viaje como metáfora de seducción. Por eso nos resulta raro ser testigos o cómplices lectores de alguien que se encuentra en el andén de una estación de trenes, no una estación de esas que se estilan para adornar los espacios públicos de las grandes urbes y que firman arquitectos ingenieros de fama y renombre, sino una estación de paso o, si ustedes lo prefieren un "no lugar" como definió acertadamente Mar Augé a cierto tipo de sitios, lo que no se encuentran ni "aquí" ni "allí". Y mientras se espera un tren para ir allí que no pasa o no se detiene, o acometer ese viaje que todos deseamos emprender, aparecen los otros personajes de esta novela que tiene algo del teatro de Pirandello, mas que del absurdo o de novela Kafkiana. Cada uno de ellos, con su nombre a cuesta, Laquestapeor, Elquestamejor, Ladesviada, Regina Reina, Apuntode... mas que en busca de autor se encuentran a la búsqueda de saber qué hacer con su espera. La respuesta puede estar en el andén de esa estación que todos pisamos alguna vez y en esta novela si se lee despacio. 



¿Se puede hablar de un viaje a ninguna parte como uno de los posibles significados de  tu novela Despacio?
Dicen que para el que se va no hay lugar más prohibido que aquél del que se sale y algo así ocurre en Despacio. Yo lo concibo como el inicio de un viaje donde “todas las partes”, menos la que dejas atrás, son posibles (incluida esa “ninguna parte” como horizonte potencial y riesgo constante de todo lo que hacemos). El viaje al que se alude en Despacio quiere ser más una metáfora de la “potencia” del ser humano, cuando de pronto descubres lo que en la vida depende de ti, o lo que quieres que en la vida dependa de ti.
Creo que esta potencia está presente tanto en la historia de la protagonista como en el momento que vive la sociedad llamada “Aquí” donde acontecen las historias; y se hace especialmente visible cuando de pronto la inercia del sistema ya no funciona (los trenes no pasan o no paran en la estación, no salen los autobuses, no hay trabajo y los gatos que regulan el excedente de deseos no tragan más…). A eso apunta ese momento de parálisis en el andén, pero también cuando los personajes que se van prefieren salirse de las autovías, porque desconfían y eligen un camino que ni siquiera está hecho, un camino que aun siendo más complicado está construido por ellos mismos.
Pienso que algo así está pasando en el mundo contemporáneo en países como España, donde la desconfianza por el sistema está animando a muchas personas a idear alternativas a las estructuras y a emprender viajes inciertos, pero creo que viajes cargados de potencia. Y me refiero a la potencia como aquello donde decir “yo puedo” nos sitúa inmediatamente frente a la empresa más exigente, la que nos pone en juego ante el mundo y la que si es capaz de contagiar puede cambiar un modelo que ya no nos sirve. Claro que esa “ninguna parte” que comentas está en juego, pero va en el riesgo de estar vivo,  resignarse es también una forma de morirse.


Mark Rothko. Ocre y rojo sobre rojo, 1954


¿Como definirías a los protagonistas de la sociedad que se describe en tu novela?
En tanto veo a personas cercanas y a mí misma en muchos de los personajes, la descripción que puedo hacer es una descripción no de un “ellos” sino de un “nosotros”. Imagino que por eso hay autocrítica, inconformismo y ternura entre la miseria de los días que narran. Y quizá sea también una razón para que predomine la parodia, que nos permite ridiculizar con cierto cariño aquello que nos duele y que nos cuesta decir sin disfrazarlo de “tengo un amigo que…”. Pero sobre tu pregunta, creo que si los describiera como protagonistas de una sociedad no sería una descripción tanto de personalidades, a las que presupongo voluntad de transformación y cambio, sino del “momento” que viven esos protagonistas. De hecho, muchos personajes son más una caricatura de personas que tenemos cerca (Red, Yellow, Purple, Contenida, Violet, Apuntode), una foto polaroid, antes que personajes construidos con profundidad, justamente porque hablan de un “momento” de sus vidas y de la época.
Por eso si tuviera que definirte a los protagonistas definiría su momento. Lo haría como un tiempo de parálisis y de toma de conciencia que oscila entre la resignación de muchos, la indignación de la mayoría y la imaginación de algunos por inventar y ser agentes activos de mundos que no repitan los errores de éste. Ese momento pienso que retrata especialmente a una generación de personas jóvenes que tenían muchas expectativas sobre su futuro, por primera vez personas que independientemente de su género, estatus social y de los apellidos de su familia, podían aspirar a estudiar, a trabajar en profesiones no heredadas, una generación sin épica a sus espaldas que de pronto ven que las estructuras públicas que les garantizaban unas condiciones de igualdad, están cambiando, que amenazan con desmoronarse en muchos casos y que están atravesadas permanentemente por un “no”: no podrás trabajar, no podrás emanciparte, no podrás cumplir tus sueños… El desconcierto que genera este muro vital para muchas personas estaría además envuelto por una profundísima crisis ética, que, creo yo, ha ido conformando en los últimos años aterradores y aparentemente banales modelos de referencia basados en el dinero, la fama rápida y la falta de compromiso con uno mismo y con el mundo.
Hemos confiado en que las personas que nos gobernaban, prestaban dinero, vendían… estaban pensando también en nosotros, que nos aconsejaban bien, descubriendo de pronto que “no”. Esa pérdida de inocencia de mucha gente que ha confiado en que lo que hacía la mayoría (tener una casa, ahorrar, invertir…) era lo que había que hacer porque el sistema lo ha permitido y propiciado, nos convertía entonces en masa y ahora nos devuelve la exigencia individual a cada uno, pero de manera desigualitaria y descaradamente parcial, convirtiendo a las personas en algo instrumentalizable, subordinado al poder y el dinero.


 ¿Habitantes de un no-lugar en el sentido del que habla de ello Marc Augé o la ciudad del miedo a lo desconocido?
Despacio tiene más del no-lugar de Augé, especialmente el andén como ese espacio de tránsito por el que se pasa pero que no se puede habitar; un espacio sólo tolerable si es efímero pues tiene como función comunicar espacios que sí son lugares. Por tanto no es un lugar para vivir “a no ser que” estés en la periferia del sistema, a no ser que no te sientas identificado con el sistema y comiences a hacer cosas raras, como quedarte a vivir en el andén. Es lo que pasa en Despacio que cambian las reglas del juego y pasan cosas extrañas. En gran medida, hay una negación a reconocernos en una sociedad que no nos gusta. En ese sentido el andén quiere ser una metáfora de la conciencia y, claro, la toma de conciencia no es agradable. La conciencia duele porque implica reconocer las formas de domesticación que nos neutralizan, y posicionarnos hacia algo incierto, algo que además el contexto no siempre va a apoyar. Lo decía Beauvoir cuando hablaba de la tentación de huir de la libertad de la conciencia y convertirse en cosa, evitando así la angustia y la tensión de una vida auténticamente asumida. Digamos que quienes están en el andén prefieren habitar esa angustia indefinidamente a dar marcha atrás.
Pero ese andén no quiere ser sólo metáfora de conciencia de época, sino que singularmente lo es de la conciencia de la protagonista y de los personajes que por allí pasan desde las alteridades a las que representan. Hay en ese sentido un énfasis por hablar de algunas identidades especialmente precarizadas o vulnerabilizadas como la limpiadora Contenida, la teleoperadora Violet, la maquiladora Himeko, la desempleada Apuntode, la lesbiana Orange o la mujer que vive con su “ángel de la casa”. De todas ellas se esperan formas de vida con las que ellas no se resignan.


REMEDIOS ZAFRA


¿Puedes ahondar en la diferencia existente entre los que están aquí y los que desean irse allí en tu novela?
Aunque la estructura de Despacio se articula sobre algo muy dual (Aquí y Allí), había por mi parte un intento de no simplificar de manera maniquea las cosas y de no huir de la complejidad de la vida real donde, creo que las cosas habitan más en gradientes y grises que en posiciones polarizadas. Por eso no se esconden las dudas ni los personajes que quieren irse pero no lo hacen, los que titubean constantemente y los que habitan más en la frontera que en alguno de estos dos lugares de referencia simbólica (Aquí y Allí).
Pero si tuviéramos que diferenciarlos mejor, creo que los que están Aquí representan a quienes no quieren cambiar las cosas, se acostumbran o ni siquiera piensan en ello (cambian de canal cuando las cosas no les gustan), están integrados, aceptan, no quieren irse de Aquí porque parecen no tener más deseo que sobrevivir y que les dejen tranquilos, repetir su mundo. Tienen algo de lo que Woolf o Adrienne Rich llamaron la tribu, se parecen y se reconocen entre ellos y defienden que hay que aceptar lo que viene y las identidades que a cada cual le tocan, las que vienen anunciadas por esas fotos sobre el mueble-bar que aparecen al principio y al final de Despacio.
Los que desean irse, no serían tanto los que huyen o los que se van porque no tienen alternativa, como los que no están de acuerdo con la tribu, quieren cambiar las cosas, reivindican su derecho a disentir, su libertad para lograr lo que desean. Quieren cambiar sus vidas y alcanzar sus deseos y para ello necesitan distanciarse de los lazos que les aprietan en la tribu. Creo que esta idea se reitera en Despacio y en gran medida también la trabajo en el libro de relatos “lo mejor (no) es que te vayas” sobre mujeres y mundo rural, pues alude a la necesidad de distanciarnos de la tribu para que, en caso de volver, ésta sea una decisión libre y no la única alternativa.


Simbólicamente, ¿el andén de la estación es un medio o un fin?
Tal vez porque el andén no es un fin, Despacio se convierte en un texto en constante tensión, porque transcurre en un intersticio demasiado largo, aludiendo a la rareza de este impasse de parálisis en el que muchos nos sentimos. Imagino que a los lectores les extraña la extravagancia de que los personajes pasen días y días en el andén, como una suerte de ángel exterminador, pero es que lo que está en juego es ese viaje interior que no se cuenta en kilómetros sino en tiempo de autorreflexión.
En ese sentido, yo lo veo más como un medio, en tanto metáfora sobre la toma de conciencia. El andén es esa distancia crítica que permite pensar sobre uno mismo. Es el primer paso donde ya nos hemos posicionado, y en ese posicionamiento ya hay un movimiento, un movimiento que, insisto, ni siquiera tiene por qué ser físico, el importante es interior y silencioso, el otro es posterior.  En este sentido creo que el andén es un “medio” para la conciencia, es la analogía de la potencia, del “antes de”…Y es necesario pero no puede ser el destino, un andén es un intersticio, el fin es comenzar a caminar en algún sentido.
Kafka hablaba de la importancia de esos puntos del camino en los que no hay retroceso posible como los verdaderamente importantes, creo que esos puntos están escenificados en Despacio en el andén, ahí está el inicio del viaje para todos los que desean marcharse, porque ansían cambiar, en ese doble itinerario que propone Despacio, el cambio personal de la protagonista en su autoafirmación como sujeto que decide y se posiciona, y el cambio colectivo de quienes quieren llegar a ese lugar llamado “Allí”.


Los personajes que transitan por tu novela, en algún modo están perdidos aunque vislumbran la posibilidad de cambio. ¿Es así?
Están paralizados, ellos saben cuáles son sus sueños (el Allí para cada cual) y eso funciona como faro que les orienta. Saben donde están los caminos que antes usaban pero muchos no terminan de decidirse y los que se deciden lo hacen cuando las reglas del juego han cambiado, ya no paran los trenes, lo público está congelado y ellos en ese sentido sí se encuentran perdidos, saben el “dónde” quieren ir, pero tras la pérdida de confianza con el sistema no tienen claro el “cómo”.
Y sí, vislumbrar la posibilidad de cambio es lo que les mantiene en el andén. Cierto que por mucho tiempo no salen de la estación para marcharse pero tampoco dan un paso atrás para volver a sus casas y resignarse. Tal vez haya aquí algo más personal, pues a mí me moviliza, emociona incluso, cuando alguien decide que algo en un momento de su vida es irreversible y esto pasa cuando de pronto decimos “yo puedo” conseguir aquello con independencia de nuestro nombre, género o de la familia y el lugar en que nacemos, mientras el cambio que es esa escalera de deseos que conforman los aprendizajes y logros en la vida siempre están como background.


Jaspers Johns. Diana con vaciado de yeso, 1955


¿Qué diferencia existe entre estos dos personajes de tu novela,  “laquestapeor” y “la pusilánime”?
Laquestapeor es una actriz cuyo trabajo ha fagocitado su vida; La pusilánime es un ejemplo de radicalidad que comienza siendo pusilánime y termina siendo monstruo para los demás y libre para ella misma.

Laquestapeor está contratada por el sistema, o lo ha estado hasta ahora, ha sido una empleada que ha cumplido una función: hacer sentir a los demás que ellos estaban algo mejor que ella, regular el umbral de tolerancia al sufrimiento desde la representación de un grado de miseria siempre mayor. Es la que más sufre, la más desgraciada, con más enfermedades y problemas que nadie. Laquestapeor es además alguien muy sociable que necesita dejarse ver constantemente y hablar con la gente, para ejercer su trabajo, eficaz siempre que logre su objetivo de estar peor que los demás para que ellos relativicen su sufrimiento. Laquestapeor es una parodia además de estos trabajos contemporáneos que aniquilan nuestro tiempo con exigencias de implicación y productividad convirtiéndonos sólo en eso, en nuestro trabajo.
La pusilánime no está contratada por nadie, no es un papel ni una trabajadora, es alguien distinto dentro de ese lugar homogéneo llamado Aquí donde transcurre Despacio. La Pusilánime da pena por rara y sosa, pero a diferencia de Laquestapeor, ella no está representando, ella se limita a ser como puede y quiere ser, y esa elección implica optar por una forma de vida distinta a la del resto, una vida solitaria. En tanto decide es libre, a costa de perder parte de su “humanidad” desde una radical asocialidad que oscila entre la elección y la imposición del estigma social.
En este punto tienen algo en común, que los demás las simplifican bajo un cartel de diferencia y abyección. Empiezan a ser más parecidas en el momento en que Laquestapeor toma la decisión de irse, entonces coincide con La Pusilánime en su autodeterminación. Una quiere irse de Aquí, y otra quiere encontrar alguna salida sin salir de casa, por eso su apuesta es buscar otros caminos sin necesidad de “salir”, la respuesta de la Pusilánime es huir hacia adentro, “profundizar, profundizar”. Leer como el mejor viaje posible para la conciencia.
A Laquestapeor la necesitan los de Aquí porque les ayuda a situar su lugar en el mundo (mejor que ella), y a la Pusilánime la temen porque su forma de vida es distinta y subversiva, en tanto cuestiona la de la mayoría, les parece inquietante por desconocida, y la estigmatizan porque no pueden convertirla en alternativa para nadie, por eso le cambian el nombre y pasa de ser La pusilánime a La Monstruo. La rareza se convierte en rechazo. En parte, este relato está basado en una historia real, increíblemente triste y cercana que es mucho más radical que la que se cuenta en Despacio, donde el aislamiento es decidido pero es también una de las pocas alternativas ante el linchamiento y el rechazo social al diferente en muchos lugares.


¿Tu novela tiene mas de simulacro o de parodia?
Ambas me interesan y están presentes en Despacio.
Hay algo de simulacro en tanto esta ficción surge como una imagen fantasmática de la realidad a la que tiene como referente. Pero especialmente hay parodia, como un intento de interrogar a través de la alteración irónica y premeditada del mundo en que se inspira, y que se convierte en Despacio en ese circo kafkiano que es Aquí.
La parodia es una estrategia que me interesa especialmente sobre todo como recurso creativo en el arte político. Creo que es uno de los mecanismos más útiles para el pensamiento, especialmente para el pensamiento sobre la alteridad y la diferencia desde dentro de un sistema que queremos cuestionar. Es decir, nos ayuda a subvertir los modos de representación y de escritura que tienden a reproducir formas dominantes de pensamiento y discurso. Me interesa la creatividad paródica porque nos permite en el juego de la ficción salir de nosotros mismos y enfrentarnos a lo que nos duele o excluye, no con resentimiento sino con ironía.


 ¿Como definirías la situación actual en lo social y político, ¿crees que hay alternativas?
Pienso que vivimos uno de esos puntos que no permiten (que no debieran permitir) retroceso posible y que apuntan a un cambio de época. Nadie puede tener clara la alternativa, hay que negociarla y construirla, hacerlo colectivamente, pero sí tenemos claro “lo que no” puede ser alternativa y esto no es poco. Creo que opera como un punto de partida y conforma junto a los valores de lo público y de la fe en las personas, un mínimo sobre el que trabajar. Me da la impresión de que conforme pasa el tiempo, se van sumando a ese punto de partida más referentes negativos de “lo que no” queremos ser. Asqueados de corrupción, desigualdad y crisis, de sistemas políticos y económicos que subordinan a las personas frente al poder y el capital, pareciéramos abocados a “cualquier cosa es mejor”, pero tampoco nos sirven las derivas al populismo más antrópico que estamos viendo en otros países, no vale todo, el camino cuando no está hecho es difícil pero hay que hacerlo, cada tentativa importa.
Tal vez la idea que la mayoría compartimos pasa por articular nuevos partidos políticos de personas honradas y cualificadas. Devolver el sentido a las palabras y prácticas del gobierno de lo público, o construir nuevas palabras que nos ayuden a creer en lo colectivo. Volver a creer en el mundo, como decía Deleuze, “si uno cree en el mundo precipita acontecimientos, por modestos que sean,… se engendran nuevos espacios tiempo… Necesitamos al mismo tiempo creación y pueblo”.



Bridget Riley. Elegía órfica I, 1978


 ¿En qué género te sientes más cómoda: novela o ensayo?
Me siento cómoda en la escritura sin apellidos y, en cierta manera, creo que la frontera que mantenemos entre ficción y ensayo interesa más a las áreas de conocimiento y al ámbito del libro: críticos, editoriales, librerías, academias… que a la propia creación. A mí me parece que la literatura y Ensayo fluyen y confluyen constantemente.
A mí me interesa la escritura y el discurso en tanto me permiten expresarme, me ayudan a pensar y a preguntarme sobre el mundo. Creo que en la literatura la escritura se produce de manera más desacomplejada, y que el discurso reina en lo que entendemos por ensayo. A mí me gusta experimentar con ambos y cambiarlos de lugar si con ello consigo volver a lo escrito porque algo me interesa. Y no me censuro si coinciden en zonas liminares. Netianas y Un cuarto propio conectado son dos libros considerados como ensayo que tienen mucho de ficción. En Despacio los primeros relatos surgieron de ideas sobre la identidad que trabajo en mi investigación. De hecho quien haya leído Un cuarto propio conectado y Despacio encontrará muchas similitudes entre “la casilla vacía” y el papel “del andén” en relación con “el elogio del párpado”, o incluso relatos que cuentan la misma historia de dos maneras “el señor Nuts” y “mi primer cuarto propio”.
En tanto me interesa escribir sobre la vida cotidiana y su poder político,  a veces tengo que citar a otros y el discurso deviene convencionalmente ensayístico; otras me cuesta analizar y necesito otra voz que se extrañe de la idea para hacerla reflexiva, un personaje que hable con más valentía que la que da llevar un nombre y tener un cuerpo. Por otro lado, confieso que soy lectora especialmente de ensayo y que mi trabajo en la universidad me orienta a determinado tipo de escritura relacionada con la investigación. Pero quiero pensar que esto me permite equilibrar una incontenible tendencia vocacional a la ensoñación, ya sabes, esa cosa un tanto naif pero intensa de quienes amamos la imaginación.


 Al definirte feminista (si no me equivoco) y especialista en cultura contemporánea, ¿hay un entorno más igualitario para la mujer en la red que en la vida real?
No te equivocas, soy feminista. Y aunque me presente o no como tal, incluya o no expresamente el feminismo en los títulos de mis libros o en los programas de mis clases, siempre ejerzo mi pensamiento y trabajo desde esta conciencia, que entiendo como una implicación política y social contra las desigualdades, no contra la diferencia, sino contra la limitación de oportunidades derivada de las diferencias. Creo que el feminismo como lente ayuda a interrogarnos sobre los mecanismos de opresión y subordinación entre las personas, especialmente los que hemos naturalizado y ya no vemos.
Sobre tu pregunta, creo que, aunque la red se ha convertido en una repetición e implementación del mundo real y en ese sentido “es igual de (des)igualitaria” que el mundo material, la red como estructura horizontal, incluso como concepto, favorece una mayor desjerarquización y la implicación de las personas de manera distinta, potencialmente más igualitaria que los medios unidireccionales y que el mundo lastrado por lo material que tiende a repetir lo de siempre. Internet favorece el acceso al mundo y al conocimiento sin necesidad de ir a los espacios antes legitimados para dicho conocimiento, propicia que las personas nos impliquemos como productoras de conocimiento… Esto es en potencia, claro está, pues aunque nacen nuevas oportunidades para la igualdad, también aparecen nuevas maneras de poder y control que hablan de otras formas de domesticación. Y, muy especialmente, por mucho que participemos en la red, la construcción e ideación tecnológica de Intenet nace de un contexto muy homogéneo y masculinizado. A nadie pasa desapercibido que entre las personas más poderosas del mundo están hoy los creadores de los dispositivos que territorializan la red y nuestra vida con la tecnología, y que son casi exclusivamente hombres jóvenes y emprendedores de la informática y la tecnología, cuyos perfiles son llamativamente similares. Si los creadores de Google, Facebook, YouTube, Apple o Microsoft hubieran sido ancianos posiblemente no llamaría tanto la atención, pese a lo distintivo de la focalización del éxito creativo hoy en edades tempranas. Pero si fueran mujeres todo apuntaría hacia una muy peculiar seña de identidad común. Dejarían de ser los creadores en abstracto para pasar a tener cuerpo y sexo.
A mí me interesa esta lectura de Internet como espacio donde las condiciones de igualdad debieran ser posibles en todos los niveles de producción, como opción para todas las personas y como oportunidad para mejorar lo colectivo de manera compartida.
Internet como proyecto igualitario fue adema´s una idea que en los noventa tenía mucha fuerza y que generó analogías potentes, como la que relacionaba la estructura digital de la red con una nueva forma de entender la feminización, como “horizontalización” y desjerarquización, es decir una feminización equiparada a nuevas formas de organización, más igualitarias, que recuerdan a las formas de configuración digital de la red (de todos a todos), una feminización como  símbolo de la crítica al poder y rechazo al principio de dominación. Sí, es utópica, pero esa potencia sigue siendo revolucionaria.


Walter De Maria. Campo de relámpagos, 1971-1977


 Dentro de tus variadas actividades, ¿con cual te encuentras más a gusto?
Con la escritura en mi cuarto propio conectado, tengo mucho de La Pusilánime.


 De los trabajos de investigación hechos acerca de distintos aspectos de la red, en grandes líneas, ¿como ves tú el futuro desarrollo de la misma?
Hay revolución en Internet, hay poder de la multitud, hay nuevas formas de hablar de esa multitud y de los vínculos que les cohesionan (o no).  Pero justo porque el futuro está en Internet, hay también exigencia de crítica sobre cómo se construye, sobre quién la construye y cómo evitar que se convierta en un instrumento de opresión y repetición simbólica y no en un mecanismo de emancipación y espacio público. Creo que el futuro oscilará en una pugna constante entre las propuestas de las empresas y las personas que quieran crear Internet (donde debiera estar lo público) y la crítica que seamos capaces de generar para transformar lo que podemos ser y hacer en la red.
A mí, me preocupa especialmente el poder de gestión de subjetividad y colectividad localizado en empresas privadas como Google o Facebook. Pareciera que distraídos en localizar el poder y los mecanismos de control en las clásicas figuras del capitalismo, pasáramos por alto el increíble poder concentrado en empresas que bajo filosofías amables esconden un poder extremo sobre la gestión de las cosas digitalizadas del mundo, que son ya el mundo y nosotros en él.


¿Prevalecerán los aspectos negativos o positivos?
Leo tu pregunta que, te adelanto, no puedo contestar sin la ayuda de los “posos de un café” ;) e inevitablemente encuentro algo familiar en ella, y es que esa pregunta sobre el futuro me remite a cómo al arte siempre le ha interesado “predecir”. Walter Benjamin insistía en ello, no sólo a partir del poder de una filosofía capaz de incluir la predicción a través de los posos de café, sino afirmando que las últimas creaciones llevan una señal secreta de las cosas futuras, y quien aprendiera a leerlas no sólo podría conocer algo de las nuevas corrientes artísticas, sino de los nuevos códigos, también de las guerras y revoluciones por venir. Creo que para valorar qué prevalecerá en el Internet del futuro, debemos ser capaces de leer las últimas creaciones, las de la época, ya no sólo artísticas sino creativas en sus distintas variantes; leerlas siendo partícipes en su crítica y en su creación. Esa implicación en la creación y crítica colectiva sobre la red sería, creo yo, nuestro mejor poso de café sobre el futuro.



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