ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Alevosía. El Papa visto desde la ciencia ficción. Por Gianfranco de Turris


Ilustración de Rowena Morrill

  La religión (y la teología) son temas que siempre han atraído a los escritores de literatura fantástica o de ciencia ficción. En particular, la Iglesia Católica, desde un perfil temporal y espiritual, ha conseguido una atención especial tanto desde un punto de vista positivo como negativo. Muchos autores lo han tomado como sujeto para hacer futurología. El concepto de fin de la Iglesia puede entenderse de muchas maneras, ya que una religión que tiene un poder temporal puede concluir su misión de diferentes formas. Obviamente, las llamadas profecías de Malaquías son a menudo el punto de partida, sobre todo en los últimos años a medida que se acerca el final de la lista de papas contenida en dichas profecías, y publicado por primera vez en 1595 como un apéndice a Legnum Vitae de Arnold de Wyon. En cambio, muchos sostienen que es un texto elaborado alrededor de 1590 por un famoso falsificador, Alfonso Ceccarelli, una especie de Simónides umbro.

  Sea lo que sea, de acuerdo con esa lista, que comienza a partir de Celestino II en 1143, el anterior pontífice, el papa Benedicto XVI sería el 111 y penúltimo en la serie con el lema De Gloria Olivae. Inmediatamente después hay una frase que algunos creen se refieren a este papa, mientras que la mayoría entiende que está destinada 112 y último papa: "Durante la última persecución de la Santa Iglesia Romana se sentará (en el trono) Pedro Romano que será el pastor de la grey en medio de muchas tribulaciones; terminadas estas, la ciudad de las siete colinas será destruida y el juez terrible juzgará a la gente".


Foto de Calogero Cascio

  Esta conclusión apocalíptica, de acuerdo con muchas otras profecías cristianas, ha atraído la atención de muchos escritores que la han entendido de diferentes maneras. Una Iglesia y el Papado puede morir y caer no sólo materialmente como espiritualmente, concluyendo, fracasando o distorsionando su misión. El primero que  tenemos que recordar, es el gran olvidado de la literatura italiana, Guido Morselli el antimoderno, y su primera novela tras el período realista que escribió entre 1966-67 "Roma sin papa", y también el primero publicado por la editorial Adelphi, en 1974, después de su suicidio el año anterior. Morselli rechazaba el presente y por lo tanto la religión de su época, que ya manifestaba síntomas de decadencia en los años sesenta del siglo XX (el Concilio Vaticano II había terminado en 1965 con todas sus innovaciones). El fin de la Iglesia de Roma y el Papado es descrita en su novela como una decadencia abismal de los valores tradicionales del cristianismo. La suya es una crítica a la Iglesia "puesta al día" con papas comprometidos a favor de la liberalización de las drogas, la anticoncepción, la eutanasia, y que utilizan más el psicoanálisis freudiano que la teología, y donde el turismo de masas es una bendición puesto que todo en el Estado Vaticano está diseñado para hacer dinero. La Iglesia ha terminado porque ya no es la verdadera Iglesia.

   De una mercantilización total, para uso y disfrute de los turistas, habla también, pero desde una perspectiva más laica,  Roberto Vacca en el cuento "El último Papa" (1965), donde el Pontífice se exhibe en sus funciones para ser contemplado por todos los curiosos del mundo, previo pago, bajo el eslogan "El Papa-a-Peep-Show" (los Peepshow son shows eróticos). Y, si se me consiente una autocitación, me permito señalar que en un cuento que escribí con Piero Prosperi cuando éramos veinteañeros (Petrus Romanus, 1965) se contaba el final "político" del papado bajo un régimen comunista establecido en Italia. Pero el tiempo pasa y los peligros para la Iglesia Católica cambian: por ejemplo, el relativismo de los valores, la crisis de las vocaciones, la agresividad del Islam, han llevado a dos autores a describir un final traumático, una rendición incondicional. Cincuenta años después Prosperi, en su novela La Mezquita de San Marco (Bietti, 2007) afirma que en 2015 el Papa Benedicto XVII, el sucesor de Ratzinger, después de crear un grupo de asesores musulmanes para ampliar el diálogo, en un discurso Urbi et Orbi declara concluida la "herejía cristiana" y pide a Alá que readmita a los católicos dentro la comunidad de los creyentes musulmanes.


Gianfranco de Turris

   Recientemente, Antonio Bellomi vuelve sobre el asunto y en su Finis Mundi (antología Apocalipsis 2012, Bietti) se inspira en la profecía maya sobre el fin del mundo para imaginar la muerte de Benedicto XVI y la de su sucesor elegido en el cónclave, el cardenal indonesio Juan Ali Sudarto, que elige para sí el nombre de Husein I y que, sin llevar ningún símbolo de la cruz, empieza su primer discurso a la multitud, diciendo: "En nombre de Alá, ¿misericordioso o compasivo? ...". Y uno de los personajes de la historia dice: "No es el fin del mundo. Es el fin de la era de la Iglesia de Roma como la hemos conocido... ".

  También los autores anglosajones han abordado el tema desde la ciencia ficción y una actitud futurista. La historia más interesante no es El dilema Benedicto XVI J.H.Brennan (1977), y citado en estos días sólo por la coincidencia del nombre. En el libro se habla de las visiones del Papa para declarar la guerra contra un dictador y de un psicoanalista al que llaman para ver si son verdaderas o falsas. La obra más curiosa es Proyect Pope  de un gran autor como Clifford D. Simak. Escrito en 1981, habla del planeta Vaticano 17, donde se ha refugiado una raza de robots que, incapaces de acceder en la tierra a la religión católica porque no tienen alma, han creado una civilización y una religión parecida a la católica con idénticas estructuras y ritos, y que construyen el "papa definitivo", que es un inmenso ordenador en el que se puede introducir todo el conocimiento del universo. Dos cuestiones, la religión y los robots, típicos de Simak que los usa para decretar el fin de la Iglesia como la hemos conocido hasta ahora. Sobre el tema de los autómatas, Robert Silverberg con Buenas noticias desde el Vaticano (1971) imagina un futuro cónclave en el que sale elegido un papa robot que en lugar de dirigirse a los fieles en la Plaza de San Pedro enciende sus propios cohetes y desaparece en el cielo. Pero no es necesario ser de metal para decidir y hacer cosas inesperadas: el Papa Roberto I descrito por Norman Spinrad en su Deus X escribe una encíclica en la que proclama la posibilidad de trasplantar el alma entre los seres humanos, como si fuera el corazón, hígado o pulmones. (Diario, 18 febrero 2013)





Le religioni (e la teologia) sono argomenti che hanno sempre attirato gli scrittori fantastici e fantascientifici. In particolare la Chiesa cattolica, sotto il profilo temporale e spirituale, ha ottenuto attenzione speciale sia in positivo che negativo. Molti autori ne hanno preso spunto per le loro ipotesi proiettate nel futuro. È soprattutto la fine della Chiesa che ha sollecitato la loro immaginazione. Il concetto di «fine» può infatti intendersi in molti modi: una religione che ha anche un potere temporale può concludere la propria missione in forme diverse. Ovviamente le cosiddette Profezie di Malachia sono spesso lo spunto di base, specie negli ultimi anni dato che ci si avvia alla conclusione dell’elenco dei papi contenuto in quello scritto, pubblicato per la prima volta nel 1595 in appendice a «Legnum Vitae» di Arnold de Wyon. Molti sostengono invece che sia un testo realizzato intorno al 1590 da un famoso falsario, Alfonso Ceccarelli, una specie di Simonides umbro.
 Sia come sia, in base a quella elencazione, che parte da Celestino II nel 1143, l’attuale Benedetto XVI sarebbe il 111esimo e penultimo della serie con il moto «De Gloria olivae». Subito dopo c’è una citazione che alcuni interpreti riferiscono a questi, mentre la maggioranza intende come riferita al 112° e conclusivo pontefice: «Durante l’ultima persecuzione di Santa Romana Chiesa siederà (sul trono) Pietro Romano che pascerà il gregge in mezzo a molte tribolazioni; terminate queste la città dei sette colli sarà distrutta, e il terribile Giudice giudicherà la gente».
 Questa conclusione apocalittica, in linea con molte altre profezie cristiane, non poteva non colpire certi scrittori che l’hanno intesa in modi diversi. Una Chiesa e un Papato possono estinguersi e crollare non solo e non tanto materialmente, quanto spiritualmente, concludendo, fallendo o distorcendo la loro missione. E così per primo si deve ricordare il grande rimosso della letteratura italiana, Guido Morselli l’antimoderno, che come suo primo romanzo dopo il periodo realista scrisse nel 1966-7 Roma senza papa, anche il primo pubblicato da Adelphi nel 1974 dopo il suo suicidio l’anno precedente. Morselli rifiutava l’oggi e quindi la religione del suo oggi, che già manifestava sintomi di decadenza negli anni Sessanta del Novecento (il Concilio Vaticano II si era concluso nel 1965 con tutte le sue novità), e quindi la fine della Chiesa di Roma e del Papato viene descritta nel suo romanzo come una decadenza abissale dei valori tradizionali del Cristianesimo. La sua è una critica della Chiesa «al passo coi tempi» con papi fidanzati, favorevoli alla liberalizzazione di droga, contraccettivi, eutanasia, che utilizza più la psicanalisi freudiana che la teologia, dove il turismo di massa è una benedizione sicché ogni cosa nello Stato del Vaticano viene finalizzata a fare denaro. La Chiesa è finita perché non è più la vera Chiesa.
 E di una mercificazione totale, ad uso appunto dei turisti, parla anche, ma in una prospettiva più laica, Roberto Vacca, nel racconto L’ultimo papa (1965), dove il pontefice si esibisce nelle sue funzioni ad uso dei curiosi di tutto il mondo che pagano per vederlo all’insegna dello slogan «Peep-a-Pope-Show» (i «peepshow» sono spettacoli erotici). E, se ci si consente un’autocitazione, mi permetterò di ricordare che in un racconto che scrissi insieme a Piero Prosperi quando eravamo ventenni (Petrus Romanus, 1965) si immaginava una fine “politica” del Papato sotto un regime comunista instauratosi in Italia. Ma il tempo passa e i pericoli per la Chiesa cattolica cambiano: ad esempio, il relativismo dei valori, la crisi delle vocazioni, l’aggressività dell’Islam hanno indotto due autori a descriverne una fine traumatica, una resa senza condizioni: cinquant’anni dopo Prosperi, nel suo romanzo La moschea di San Marco (Bietti, 2007) prevede che nel 2015 Benedetto XVII, successore di Ratzinger, dopo aver creato una commissione di consulenti musulmani per allargare il dialogo, in un discorso Urbi et Orbi dichiari conclusa l’«eresia cristiana» e chieda ad Allah di riammettere i cattolici nella Umma dei credenti.
 Di recente Antonio Bellomi torna sul tema e nel suo Finis mundi (antologia Apocalissi 2012, Bietti) prende spunto dalla profezia Maya sulla fine del mondo per immaginarsi la morte di Bendetto XVI e il suo successore uscito dal Conclave, il cardinale indonesiano Giovanni Ali Sudarto, che sceglie per sé il nome di Hussein I e che, senza portare alcun simbolo della croce, inizia la sua prima allocuzione alla folla dicendo: «In nome di Allah, misericordioso e compassionevole…». E uno dei personaggi del racconto dice: «Non è la fine del mondo. È la fine dell’era della Chiesa di Roma come l’abbiano conosciuta…».
 Anche gli autori anglosassoni si sono avvicinati all’argomento con atteggiamento fantascientifico e futuribile. La storia più interessante non è il racconto Il dilemma di Benedetto XVI di J.H.Brennan (uscito nel 1977 con un titolo diverso e tradotto da Urania nel 1978), citato in questi giorni solo per la coincidenza del nome: vi si racconta delle visioni del Pontefice per dichiarar guerra ad un dittatore e di uno psicanalista chiamato per capire se esse siano vere o false. L’opera più curiosa è Il papa definitivo di un grande nome come Clifford D. Simak. Scritto nel 1981, racconta del pianeta Vaticano 17, dove si è rifugiata una stirpe di robot che, non potendo accedere sulla Terra alla religione cattolica in quanto privi d’anima, hanno creato una civiltà ed una religione simil-cattoliche con identiche strutture e riti, costruendo il «papa definitivo», cioè un immenso computer in cui immettere tutta la conoscenza dell’universo. Due temi, religione e robot, tipici di Simak che li usa per decretare la fine della Chiesa come l’abbiamo conosciuta sinora. In tema di automi Robert Silverberg con Buone notizie dal Vaticano del 1971 immagina che da un futuribile Conclave esca un pontefice robot che invece di rivolgersi alla gente in Piazza San Pietro accenda i propri razzi e sparisca in alto, nel cielo. Ma non occorre essere di metallo per fare e decidere cose inaspettate: il papa Roberto I descritto da Norman Spinrad nel suo Deus X emana una enciclica in cui proclama la possibilità di trapiantare l’anima tra esseri umani, come fosse il cuore, il fegato o i polmoni.  (Giornale, 18 febbraio 2013)



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