LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Alevosía. Sobre guerras y paz. Enrique López Viejo





No voy hablar de libros, ni de nocturnidad, pero sí de un tema suficientemente alevoso. Voy a opinar sobre guerras y sobre el verbo matar. No es un asunto ligero, pero sí lo será en un par de someros artículos en los que, como en otras ocasiones, me remito a la infancia y a algún recuerdo histórico.


Con frecuencia y como es normal, nos escandalizamos de muertes injustas e innecesarias, de las matanzas, de masacres y genocidios, que se han dado en todo momento histórico. De un pasado plagado de conflictos bélicos, algunos interminables, y un presente que con alterna frecuencia nos ofrece una enfurecida “rabiosa actualidad”.
Las guerras no cesan, parecen eternas; aunque algunas sean breves, y muchas se oculten del panorama informativo pretendiendo esconderse del trascurrir de la Historia, siempre tenemos alguna en las pantallas de nuestros televisores. Permanentemente hay algún pueblo en litigio sangriento con el pueblo de al lado. En los muchos conflictos entre humanos, en una buena mayoría de casos, la beligerancia acaba triunfando sobre la templanza, la prudencia y el entendimiento. El hombre parece no tener solución en estos aspectos guerreros. Ahora, de nuevo, tenemos otra confrontación sangrienta en el Oriente Próximo, en Siria, y no hemos finalizado el follón de Irak, tampoco el de Afganistán, que lleva toda la vida. No paramos ni creo que paremos.
Ayer fueron días de matanzas en Egipto, sangre y arena en Libia, en el Chad; anteayer en Somalia y el ardiente Cuerno africano. Hace un decenio, al sur de las nieves del Kilimanjaro, en los Grandes Lagos, hutus y tutsis se masacraron al son de fúnebres tambores sonando en las ondas de las radios entre selvas y cumbres borrascosas. Hace apenas quince, veinte años, a escasos cientos de kilómetros de nuestras fronteras, en los Balcanes, hubo fantasmas y muertos por cientos de miles, verdaderos genocidios entre primos hermanos, muy cerca de la Viena con sus tranquilos cafés, frente a la romántica Venecia, en la Europa de la Paz. No tenemos arreglo, parece que nos plazcan las guerras, que no queremos ponerles freno. Así que lo de horrorizarnos tanto, como se supone lo hacemos con este tema, me parece algo relativo.
En este asunto de la violencia ya empezamos mal. Neanderthales y Cromagnones, los Homo Sapiens recién descubiertos en Georgia, que vivieron hace 1.800.000 años, no podían verse sin lanzarse piedras encarnizadamente haciendo verdaderas industrias de estos proyectiles. ¿Humanos? ¿Bestias? Desde el inicio de los tiempos los pueblos bíblicos allende Mesopotamia se liaron a palos primero y con armas a poco tardar. Los hititas fabricaron sus espadas de hierro inaugurando una nueva era que todo el mundo quiso celebrar; lo primero que se ocurría a los seres pensantes de aquellas épocas era batallar con la tribu próxima. La humana manía de tenerse mucha fobia, de enconarse en el odio.



Eternamente hemos discutido si las guerras han sido impulsoras del devenir de la Historia, ruedas de la misma, o meramente, capítulos cruentos y evitables. Hoy día pueden sentenciarse ambas cosas. Como los que afirman los perjuicios que causan, hay quienes exponen argumentos ciertos y respetables que valoran la necesidad de las guerras, la depuración de la destrucción, el renacimiento de las crisis, sin olvidar el fabuloso negocio que es para algunos. (En esto, absolutamente determinante, no vamos a entrar ahora.)
¿Concebiríamos una historia de la Humanidad sin conflictos? ¿Podríamos imaginar un futuro sin guerras, solucionando todos los problemas con diálogos y acuerdos? Me temo que no. Mucho me temo que no. Los pueblos son guerreros, el ser humano es guerrero (hasta las chicas dicen que lo son). No hay nación ni estado que no tenga su ejército, que no sea intrínseco a su idiosincrasia el deseo de defensa, cuando no sus razones para la ofensa a otros pueblos. Hay gentes orgullosísimas de ser luchadoras, combatientes, de haber participado en guerras o glorificar algunas de ellas. Las hay felices de llevar ese apellido, Guerra, Guerrero. Hay soberbios clubs de excombatientes. Militantes y militares de vocación.
Somos depredadores de nuestra especie, los más eficaces además. Los mayores facinerosos de los seres que vivimos en el Planeta Tierra. Aunque racionales, somos animales, unos animalitos un tanto salvajes. Hasta los ha habido caníbales, que ya hay que tener ganas y afán culinario. Peores que los lobos. El simpático comediante romano Plauto y el rigorista Thomas Hobbes se quedaron cortos al decir aquello de homo homini lupus, latinajo que aprendemos pronto. No sé mucho de este canido salvaje, pero creo que no se matan como lo hacemos nosotros, humanos homicidas y asesinos capaces de alcanzar un grado extremo de premeditación y alevosía.
Está muy bien oponernos y doler por tanta muerte injusta, pero lo cierto es que nos educamos en ello. Mi generación disfrutó al máximo con los westerns en el cine y la televisión, en los que se disparaba y mataba por cualquier tontería. Se mataban los buenos, los malos, los protagonistas y miles de extras, a tiros, con plumas y a lo loco. En las películas de romanos morían por centenas los centuriones, sus legiones y el esclavo o bárbaro que por allí pasara. Se decían muy civilizados y su espectáculo preferido, su Fiesta Mayor, era la lucha de los gladiadores en el circo, bien con fieras felinas, bien entre ellos, que venían de todo el mundo conocido a matarse los unos a los otros, para que los enloquecidos romanos disfrutasen lo suyo. Ahí es nada.
Ninguno de nosotros discute cómo lo pasábamos con las películas de gánsteres tiroteándose en calles oscuritas como las nuestras, aunque con mejores cabarets y pudiendo fumar en cualquier sitio. Con las de guerra, muchas de ellas fabulosas, interpretadas por ídolos de la pantalla que suscitaban pasiones, lo pasábamos “bomba”. Películas que no podían ser más trágicas, pero que eufemísticamente llamábamos “épicas”. Guerras que eran epopeyas. Gloriosas batallas, magníficos combates, grandes peleas, muerte y más muerte. Yo creo que menos en la radio, lo que más veías en las ansiadas pantallas era bombardeos y trincheras, infanterías y bayonetas, lanzas, flechas, caballos al galope e indios ululantes, batir de espadas o gritos en la sombra tras el rugido de ametralladoras. Menudo invento la ametralladora.



Con las primeras lecciones de Historia Sagrada, en todo el Antiguo Testamento, observamos cómo se cortaban cabezas y se servían en bandejas de plata. Judith y Holofernes, Salomé y Juan el Bautista, que a pesar de ser una bellísima persona, le decapitaron por una nimiedad. Estudiamos las historias de razzias, de matanzas y desastres de un montón de pueblos bíblicos. Mucha sangre en la infancia… jugábamos con pistolas, con espadas a matarnos los unos a los otros. Veíamos y leíamos todo aquello, jugábamos con la muerte.
Según empezábamos a conocer la Historia Universal, nos contaron las guerras entre medos y persas, entre tirios y troyanos, entre romanos y cartagineses. De los primeros latines que aprendimos era el enunciado de una masacre, delenda est Carthago, una barbaridad con la que empezarían a hablarnos de genocidios antes de hacerlo de bárbaros y de Atila, gran jefe de los Hunos. ¿Quién olvidaba su nombre de niño? Impresionaba.
Así nos educábamos. Cultura era la observación de estas tropelías históricas o particulares, la maldad existente y lo malos que eran los hombres y hasta los dioses. El panteón de dioses griegos era excesivo, y no paraba de meterse en líos en los que acababan liquidándose con una facilidad etérea y pasmosa. Los dioses mesopotámicos eran justicieros. Yaveh tenía el carácter que tenía. En la religión dominante, nuestro cristianismo occidental, los primeros hijos de los primeros padres, Caín y Abel, ya sabe el lector cómo acabaron. No tardó nuestro Dios mismo en cargarse dos ciudades enteras, Sodoma y Gomorra, con un ensayo de guerra tóxica, solo porque no le gustaban las costumbres que sus ciudadanos tenían (sus ciudadanos y sus ciudadanas, como hay que decir ahora). Seguimos sin saber lo que sucedió en la antigua Jericó; al caer sus murallas tuvo que haber un montón de muertos.
Llevamos veintitantos siglos batallando furiosamente en todos los mares y continentes. No podemos olvidar que lo mismo ocurrió en el devenir histórico de las Américas precolombinas y norteamericanas, igual entre las zumbonas tribus africanas, bantús y zulús, los terribles mau maus, o como quiera que se llamen. En Asia ni lo cuento, que si Tamerlán, que si Gengis Kan, que si Fu Man Chu. Todas las religiones han fomentado las guerras, incluso entre sus propios acólitos, sin remilgos. Católicos y luteranos, chiitas, sunnitas, aztecas y tlaxcaltecas. Nos hablaban de amor al prójimo, de la bondad natural del ser humano; sin embargo, lo que se iba aprendiendo eran batallas y más batallas.
Para algunos sus primeras lecturas fueron las Hazañas Bélicas y la Conquista del Oeste, las guerras indias. Otros “más históricos” las del Peloponeso, las púnicas, las napoleónicas. En nuestra generación muchos –muchísimos- devoraron las historias e historietas de la II Guerra Mundial, de nazis y rusos, de yankees contra japos, de personajes como el Zorro del Desierto, el general Patton, del trastornado Hitler, superasesino de masas.
En este país a palos que fue siempre España, si bien no era frecuente que se hablase de la guerra sufrida por la generación de nuestros padres (al menos en mi casa), estaba extendidísimo el interés por la II Guerra Mundial. Cualquier chaval te hablaba de los nazis, de la RAF, de Dunkerke, del horror de Stalingrado; que si la sangre, el sudor y las lágrimas. A la vez, de manera susurrante, y mostrándonos horrorizados, de los campos de concentración, de las cámaras de gas, del Holocausto, algo que resultaba verdaderamente monstruoso. En la adolescencia todas estas tragedias se observan indefectiblemente con un superlativo interés. Hay cierto morbo en todo ello. Ya empezamos de niños con las imaginadas torturas chinas, luego con tanto tiro visto y sonoro, con los venenos mortales. Era muy común el alevoso comentario sobre el exterminio de tribus indias en la América del Norte, a base de introducir la ingesta de whisky entre los emplumados fumadores de la Pipa de la Paz. Acabaron trufando sus alucinantes hongos en el agua de fuego que los gringos les invitaron a beber inmoderadamente, lo que contribuyó a su decadencia y fracaso. Pobres. Y qué decir del miedo atómico suscitado con la especulativa Guerra Fría, un tour de force de botones rojos, que podría provocar millones de muertos y desvalidos a lo bestia y al instante, como lo ocurrido en Hiroshima -mon amour- y en Nagasaki. Menudos panoramas. Verdadero pánico. Guerras y muerte desde la tierna infancia, desde la temprana juventud.



Nuestra guerra fratricida había sido cruenta, decían que había habido un millón de muertos, aunque era una cifra exagerada. Casi todo el mundo quería olvidar, si bien muchos -de uno y otro signo- todavía dicen que “no se fusiló lo suficiente”. En cualquier caso, la Guerra Civil era un velo negro que provocaba una sombra gris marengo, el color del ambiente en que vivíamos. La realidad es que se callaba respecto al inmediato pasado propio. Sin embargo, en el reciente conflicto internacional al norte de los Pirineos habían sido muchos millones los muertos en decenas de países, y nos parecía un juego, “una gran partida”. Partisanos, legiones, gestapos o resistentes, eran héroes y modelos de nuestro ideario en formación.
Nosotros los occidentales, tras los tremendos conflictos del siglo pasado (no mayores, por otra parte, que los de centurias anteriores, los miles de ellos durante las Invasiones Bárbaras, la guerra de los Treinta años, que desoló la Europa Central, la -aún más larga- de los Cien Años, que hay que tener ganas de pelearse), hemos formulado en las últimas décadas un ideario antibelicista, que nos vanagloria éticamente y nos invita a pensar que todo el mundo es bueno, y, ciertamente, este pacifismo deviene en una filosofía honorable y encantadora. Ahora lo común entre los comunes es ser antibelicista, fraternal y solidario, y cada vez son más los decididos a fomentar la Paz y el Amor mayúsculos. “Démonos fraternalmente la paz”, se dice en las iglesias gente que no se conoce de nada y que compite en muchas cosas. “Haz el amor y no la guerra”, rezan papeles, paredes y juveniles pechos que unas veces da gusto verlos y otras mucha pena. Ya se empeñaron en ello ilustrados filósofos y filántropos profetas, santos y mártires altruistas, a lo largo de todos los tiempos y en todas las geografías. Y bien es verdad, triste es decirlo, sin que haya servido de mucho.
 En la primera mitad del siglo XX tuvimos dos grandes guerras relativamente rápidas, aunque multitudinarias y muy destructivas, que trajeron como consecuencia que a partir de los años 50, surgiese y se extendiera internacionalmente la ideología del Pacifismo, siendo las juventudes de muchos países quienes se dedicaron a proclamarlo con florido y utópico verbo. Poco antes sobresalió un santón tan santísimo como lo fue Gandhi, político gurú de mejorable aspecto, férrea condición espiritual y tenacidad sin límites, que obtuvo multitudinarios éxitos indoeuropeos y subcontinentales con la proclamación del Pacifismo como fórmula de combate.
No por esta extensión del Pacifismo y su aceptación como prioritario objetivo en el devenir del entendimiento de los pueblos, la realidad beligerante ha cesado. A las Guerras Mundiales las siguieron de inmediato las de Corea, Vietnam, Camboya, los conflictos africanos de la descolonización, el absoluto revolutum del Líbano, las guerrillas en Centroamérica, las cruentas represiones sudamericanas; en los Orientes Próximos y Lejanos… fobias infinitas, cruzadas extemporáneas y yihads eternas, con estrellas tan antipáticas como Pol Pot, los Kil Il Sung, los Idi Amin, Mobutus y Bokassas, los “Tirofijo”, los actuales Bin Laden y su maldito don de la ubicuidad.


Desde el año cero y antes, hubo corrientes pacifistas, y no por ello se ha dejado de matar, de matar mucho y por doquier, de matar a mansalva o en serie, como nos gusta decir. Hasta los mismos seguidores de Cristo (adalid como ninguno de un divino pacifismo a ultranza, modelo y héroe, profeta e hijo de Dios más bueno que ninguno), según salieron de las catacumbas, no tardarían en ponerse a pelear contra todos y entre ellos. Jesucristo se había empeñado con toda su excelente fe, en decir a sus congéneres aquello de “No matarás”, e incluso que había que “dar la vida por el prójimo”, -que es lo más-.
En las religiones de muchos pueblos mesoamericanos y andinos, las masacres en sacrificios rituales era algo sagrado y natural, las dos cosas. La sangre corría a raudales, cuando no se la bebían en el cráneo de sus enemigos como lo hacían los pueblos de la Tartaria y Mongolia. Y qué decir del islam que ya lo fundan sudorosos personajes proclamando guerras santas y muerte a los infieles. Menudos planes, recorrer los desiertos matando pues ello lo veían necesario para su supervivencia y la de sus camellos.
No tenemos remedio. Humanos y pueblos salvajes, todos somos muy, pero que muy salvajes. Parece que nunca jamás va a haber un gran acuerdo, un entendimiento de paz, que las guerras son inevitables. Nos empeñamos en luchar como si fuera una cosa obligada, y muchas veces lo es ciertamente. Se puede afirmar que las muertes masivas nos son familiares, que forman parte de todo acervo en todas las culturas, algo consuetudinario, rueda de la Historia cuando no esencia y razón de ser de los pueblos y nacionalidades. Sintiéndolo mucho, no, no podemos asustarnos. ¿De qué horrorizarnos? Son tragedias en el Gran Teatro del Mundo.
Sin que ello implique una aceptación, hay una triste realidad: guerras las habrá siempre por siempre, amén. Lo tienen mal los pacifistas, tendrán que pelear más por su ideal, pelear enconadamente, algo contrario a su intención, desde luego. Por un motivo u otro, con razón o sin razón, antes de llevarnos las manos a la cabeza, los humanos somos proclives a llevaros las armas a las manos. Somos beligerantes en esencia. (Rousseau era un charlatán, no todo el mundo es bueno.)
¿Pacifismo? Parece que no hay mucho que hacer. O sí. Quizá. Pero no lo dudo, siempre estaremos batallando, matando y rematando. Al ser humano, independientemente de los deseos infinitos de paz que pueda tener (algo que suena estupendamente), de su presunta alegría y bondad innatas, lo que le gusta es pelearse, luchar, y lo hace con excesiva frecuencia. Aunque sea con renuencia, con repugnancia, nos gusta batallar. Con el artificio que conlleva, lo hacemos con tremenda naturalidad. Tremenda. Con el sufrimiento y dolor que genera resulta que es así. Siempre así.


El rayo abrasa, determinados vientos arrasan. A pesar de que la calma sigue a la tempestad, las tormentas vuelven y revuelven desde que el mundo es mundo. Pienso con un cierto tedio y verdadera tristeza que el pacifismo tiene la batalla perdida, la batalla por la Paz. Es una lástima. Es una pena observar el transcurrir de la Historia, contemplar con ese maravilloso e infinito deseo de paz cómo es la realidad de la realidad.


 Enrique López Viejo (Valladolid, 1958) es licenciado en Historia Antigua y Geografía por la Universidad de Valladolid. Cursó también estudios de Ciencias de la Información en Bellaterra (Barcelona) y ha ejercido como docente, profesión que abandonó para emprender negocios privados que le llevaron a Mallorca, donde reside. Es el autor de Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012).

2 comentarios:

  1. Buena lectura para una tarde de domingo frío y lluvioso en Valladolid. Como siempre Enrique nos invita a parar y reflexionar en estos tiempos tan rápidos...

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  2. Anónimo11/24/2013

    Totalmente cierto Enrique, la paz por desgracia tiene la guerra perdida. Nosotros quizás hoy en dia no utilizamos armas, pero ponemos concertinas en nuestras fronteras. Un fiel seguidor tuyo, Un saludo.

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