LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Cuento. Viaje en bondi. Por Sandra Ávila





He viajado en colectivos fileteados con típicos ornamentos, esos inconfundibles que decoran espejos y tableros, vi miles diferentes con ositos, perros y otros animales de peluches y otras texturas atados a un piolín desde la cabeza, moviéndose como bailando todo un viaje con el traqueteo del recorrido, zapatos de bebé, rosarios, estampitas, cintas y moños rojos de falletina para espantar la envidia y colaborar con la suerte. Vi espejos con flecos murgueros: amarillos, rojos y azules. Hubo una larga época en que había coleccionado boletos rayados de cinco cifras, ninguno capicúa, ninguno. He reunido muchos de ellos de todas las líneas, de tarifas bajas y otras de largo recorrido, he perdido también boletos en carteras, mochilas y bolsillos de camperas y pantalones. He viajado largas horas de madrugada, de tarde y de noche directo a capital, la ciudad del trabajo, he recorrido de madrugada donde hombres y mujeres dormitaban hasta llegar a destino. Junté kilómetros, tantos que podría llegar a otro continente ida y vuelta. Olfateé ricas fragancias en días festivos, y otros nauseabundos de borrachos y gente sucia volviendo a casa los días domingo. Viajé incontables veces con la cabeza apoyada en la ventana, desvanecida de sueño cabeceé y dormite aún con el zarandeo de calles adoquinadas, rotas y poceadas. No era la única, en esos viajes donde el colectivo estaba lleno hasta la manija y he tenido que viajar parada y me he detenido a observar que a cierta hora muchos duermen, retozan, por ejemplo entre las 10 y las 15 horas cuando el sol toca la ventana, da modorra y nadie puede resistirse a una bella, aunque corta siesta. He observado adolescentes mover sus labios y cantar desafinado con los auriculares del walkman aunque ahora ya ni existen, en mi época se usaban. Viajé sola en colectivo desde los ocho años, he visto muchas cosas y hasta me ha tocado viajar en el mismo colectivo en el que viajaba mi padre, las tres veces que coincidimos en el mismo interno él se encontraba sentado entre el cuarto y séptimo asiento individual del lado izquierdo; caminar por los pasillos atestados de pasajeros y encontrarme con él fue una inolvidable y grata sorpresa. Una vez me sorprendí con una pareja de jóvenes adultos que se sentaba en los últimos asientos de atrás, estaban muy excitados y se toqueteaban debajo de una campera con la que se cubrían. Entre dormida he escuchado niños llorando y mujeres hablando en guaraní en un tono alto y aunque no sabía sobre qué o de qué hablaban se notaba que estaban disgustadas. He viajado tanto que he aguzado los sentidos y escuchado a decenas de universitarios hablar del bodrio de alguna materia en particular o lo “fuerte” que está el profesor de los jueves o qué tan poco soportan a la rechoncha que se sienta atrás. Vi ascender y descender a vendedores ambulantes con cajas y bolsos de golosinas y artículos de librerías, a módicos precios, ideales para el bolsillo del caballero y la cartera de la dama. He vivido tantas horas arriba de los colectivos que he visto subir mujeres de todas las edades, de todas las razas y religiones con niños en los brazos doloridos y enfermos cerca de los hospitales. Fueron tantas las horas que pasé sentada y parada dentro de un transporte público que he tenido momentos para reflexionar acerca de mi vida, he tenido tiempo de resumir libros, tareas de geografía, memorizar vocabularios y palabras. Fueron tantos los minutos que viajé que se me adormecieron los muslos. En la línea azul y amarilla que va a Belgrano conocí a un chico rockero que antes de bajarse en su parada me anotó su número de teléfono en una caja vacía de Marlboro box. Y una noche -por suerte no había luces dentro del transporte-, tuve una hemorragia y manché mi ropa y dejé una laguna de sangre en el asiento de cuero negro. Una tarde he visto braguetas amenazantes, braguetas asesinas en cada hombre, desde aquel día en que sentí en mi hombro derecho algo demasiado caliente y cuando gire mi cabeza para mirar aquello con tanta temperatura vi que era un horrible pene sobre mí; el degenerado había sacado su miembro y lo refregaba; yo me levanté violentamente de mi asiento empujando al tipo (procedí a descender), tomé aire negro y contaminado de los vehículos que transitaban por la ruta y me alisté nuevamente para subir a otro Titanic.



Foto de Agustín Víctor Casasola. México, 1929



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