ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Ítaca. Conversando voy, conversando vengo. Por Concepción M. Moreno





Recientemente visité en Madrid la exposición “El surrealismo y el sueño”. Además de reencontrarme con algunas obras, descubrí otras nuevas para mí, como un cuadro más que sugerente de René Magritte, “L'art de la conversation” (que, además, ha sido el cartel de la muestra en sus meses de duración). Mi hermana, responsable de que yo acudiera aquella mañana al museo Thyssen-Bornemisza, hizo la siguiente reflexión: “Qué bien vendría esta imagen para una campaña de publicidad de alguna empresa de telefonía móvil, por ejemplo. Cuando hablas con alguien cara a cara, sobrevuelas la realidad”.


No sé si el pintor belga tuvo tal intención con esta creación pero la frase de mi hermana me hizo recordar todas esas ocasiones en que, lejos de casa, trabé charlas más que interesantes con quienes tropezaba en mi camino y en cuántas de ellas me hubiera perdido si hubiera estado obsesionada con “chatear” a la distancia o en colgar fotos de mis periplos en Facebook o en “guasapear” o “tuitear” para dar cierta envidia. Ir en el metro a diario me permite observar que ya no solo somos presas de nuestros reproductores de música (que, con auriculares, nos aíslan de nuestros vecinos), sino que la ampliación de cobertura subterránea ha hecho que la mayoría de gente aproveche los trayectos para perderse en la pantalla de su móvil sin mirar a quien viaja al lado. ¿No es cierto que cuantas más herramientas hay para comunicarnos menos lo hacemos?

Un vuelo a La Habana –en el que, además, te pasan a primera clase por overbooking- puede permitir conocer a un hombre cubano que da clases de francés en Tailandia o a la embajadora de la isla en Mozambique; un trayecto en autobús entre Santa Marta y Cartagena de Indias (Colombia) te sirve para conocer a un venezolano que tiene lejanas referencias de España y que te facilita su número de teléfono por si tienes algún problema durante el viaje; una dura caminata de tres horas por estribaciones del norte argentino llevan tus pasos a un pequeño poblado, San Isidro, donde la jornada termina en una agradable conversación con una profesora salteña bajo la solitaria luz de las estrellas; unos italianos (un matrimonio ya jubilado, pese a que el aspecto de ambos es increíblemente hermoso y juvenil) te cuentan en San Pedro de Atacama (Chile) que después de ir a Purmamarca y recorrer las provincias de Jujuy y Salta quieren ir a Buenos Aires para practicar el tango que han aprendido en clases en su país; un chófer húngaro se convierte en tu sombra y quiere fotografiarse contigo porque eres la única persona en la excursión que él traslada que ha hecho un esfuerzo por mostrarle palabras en español y la correspondencia en su idioma para sacarle del silencio; un taxista montevideano te dice que es seguidor del Villarreal (en la época en que Diego Forlán jugaba en el “submarino amarillo”) cuando le pides que te lleve al estadio Centenario, aunque sea para ver su exterior antes de salir del paisito; un joven pascuense aprovecha una puesta de sol en Hanga Roa para detallarte que él vio “caminar” a algunos moais y que no hay tanto misterio -sino pura física- en Rapa Nui; una mujer que trabaja en una editorial en Matanzas (Cuba) te explica mientras compartís mesa de labor y miradas que siempre se dedicó a la canción; un conductor profesional en Santiago de Chile te explica que él fue represor en la época de Pinochet, pero que nada tiene de qué arrepentirse, pues él “solo cumplía órdenes”.

En el traslado en tren de un pequeño pueblo gerundés a Barcelona puede conocerse a uno de los creadores del Teatre Lliure -una de las referencias de la escena independiente española- solo horas después de haber compartido viaje con su compañera, una naturópata que comparte tu amor por la pintura y que se apasiona por la investigación que estás llevando a cabo; un fotógrafo carioca te narra la historia de su vida y te dice que si su madre no le hubiera obligado a estudiar (igual que a sus hermanos), habría terminado como los personajes de la película “Ciudad de Dios” o de cualquier otra favela de Río de Janeiro; un adolescente búlgaro, participante en una expedición internacional académica y cultural, te regala una pulsera (manufacturada por su madre) solo porque te has esforzado en hablar con él durante un vuelo a Panamá con la idea de escribir un reportaje con motivo de su cumpleaños...

En la mencionada exposición también se exhibía el cuadro de Kay Sage “Margin of silence”. Todos tenemos derecho a él, todos debemos respetarlo cuando se nos exige por otras personas, pero qué maravilloso es poder romperlo y acercarnos al otro por medio de la conversación.




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