ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Alevosía. Se mata, inevitablemente se mata. Por Enrique López Viejo


KATHLEEN TURNER EN 'LOS ASESINATOS DE MAMÁ'


   El verbo matar lo utilizamos desde niños. Es un verbo fácil y sonoro. Yo mato, tú matas, él mata, nosotros matamos, vosotros lo mismo, ellos matan.
Se conjuga sin especial dificultad. No todos lo hacemos, pero sí es un verbo que utilizamos con frecuencia, convirtiéndose en expresión común en muchas interlocuciones de la vida diaria. Con todo lo malo que se le presupone a la acción de matar es una palabra que tenemos casi todos los humanos en la boca y en el pensamiento.


  Casi todo el mundo dice que matar no es bueno, otros lo ven como una necesidad o como algo inevitable. No hablaré de matar moscas, algo que hacemos encantados, más si es con matamoscas, como el que exhibe Sidney Greenstreet en la película “Casablanca”, o de cucarachas, actividad nocturna que se realiza con saña y bostezo, armados de una zapatilla. Tampoco trataremos de cinegética. Lo haremos de matar humanos.

  Quiero hablar de homicidios y asesinatos, un asunto que puede resultar complejo y, sin duda, delicado, que puede herir sensibilidades, pues la muerte, generalmente, no se desea, ni para uno mismo ni para los demás. Mayormente, matar es algo que no es fácil, y no por falta de ganas, sino por los frenos morales, por los sentimientos propios del ser humano tendentes a la bondad (al menos formalmente), y por las dificultades que desde siempre nos hemos impuesto, como sociedad, a esto de matarnos los unos a los otros.

  Tanto para un sencillo homicidio -y mucho más para un asesinato-, hemos establecido un montón de coerciones, fijado sanciones, y desarrollado sistemas de defensa. Siendo algo común y a veces necesario, no resulta sencillo acometerlos. Además, al asesinato le otorgamos una fatal consideración, está bastante mal visto. El “No matarás” es una premisa fundamental, religiosa, ética, un principio moral con una vigencia eterna desde que el animal social quiso entenderse de mejor manera que a palos, como tenían por costumbre todos los homínidos desde la Creación.

  Hasta que aparecieron dioses buenos (pues los primeros eran unos liantes), la violencia imperaba entre los grupos nómadas que fueron poblando la tierra, descubriendo el fuego, puliendo piedras para fabricar armas, tratando de descubrir en las estrellas y los vientos que los guiaban, de qué se trataba esto del Planeta Tierra. Los humanoides antecesores mataban pero no conjugaban el verbo, fueron los dioses quienes les hablaron de ello, y con las distintas experiencias guerreras, fueron valorando sus efectos, los positivos y los negativos. Saciar el hambre, el placer del triunfo y el dominio, el poder, la sumisión, el dolor.

Cartel de la película de Brian de Palma, Dressed to kill

  Pero por el momento, olvidémonos de historias y volvamos al verbo matar al que un exquisito escritor como Thomas de Quincey dedicó una obra con tan hermoso título como es El asesinato considerado como una de las Bellas Artes, divina literatura de la “moribundia” del opio, droga perversa y también homicida.

  “Por poco lo matas”, “es que los mataría”, “te vas a matar”, son expresiones muy útiles en la interlocución, se dicen de continuo y no resultan ofensivas. Es más, son muy prácticas. Resulta una contradicción, pero utilizamos muchos tiempos de este verbo para un mejor entendimiento, y su acepción no es tan dramática. Otras expresiones como “Mátenlos” o “matadlos” sí tienen un efecto un tanto trágico, pero afortunadamente se dicen mucho menos.

  Puedes decir con bondad “te mato” y “te mataría”, o “no me mates”. Puedes decirlo sin necesidad de pensar en la acción y los resultados de la misma; son frases que se expresan con cariño. Románticamente se puede decir sin que suene raro: “mátame”, “me estás matando”, “moriría por ti” si surge una disposición suicida. “Se mata lo que se ama”, decía Oscar Wilde. Expresiones como estas, “te mataré” o “yo mato”, son familiares, las escuchamos cada día. ¿Cuántas veces nos han dicho nuestras encantadoras abuelitas o nuestras madres “te voy a matar” o “me vas a matar a disgustos”? ¿Cuántas coplas y canciones tenemos que platican desde que me mates suavemente con una canción a que lo hagas gastronómicamente con bacalao en vez de con tomate? En los corridos mexicanos la sangre corre raudales y se están queriendo apasionadamente.


  Matar, lo que se dice matar de verdad, puedes hacerlo de muchas maneras, pero casi todas requieren de cierta violencia. Es lo malo, es casi inevitable. Ello es una lástima y complica siempre las cosas en cualquier homicidio. Mejor sería que la mayoría de estos fueran limpios, rápidos, “estéticos”. Pero desafortunadamente no suele ser así. Asesinatos se pueden cometer de distintas formas y por motivos distintos. Por odio, por ira, por venganza, por fobia, por justicia, por nada. Estos días recordamos al bueno y guapo Albert Camus en el centenario de su nacimiento. En su novela El extranjero, el protagonista mata a un desconocido en una playa, solo porque hacía calor. Tal cual. Johnny Cash cantó que disparó y mató a alguien en Rhino, únicamente por verlo morir. (Bien es verdad que esta gloria nacional norteamericana ingería un exceso de anfetaminas en aquellos días. Quizás por ello, en memoria de este luctuoso hecho, vistió de negro toda su vida, “man in black”.)


 Querámoslo o no, los homicidios y asesinatos son naturales, tristemente comunes desde que el ser humano tuvo razón de ser, razón intelectual. Dicen que cuando matas pierdes la razón, que es una locura, una absurda maldad. Contesto a ello que también hay mil razones lógicas para hacerlo y muchas de ellas en absoluto reprobables. Hay cierta cordura y buena lógica en algunos actos criminales. Dígame el lector: ¿No hay gente que mejor estuviera muerta, que bueno sería eliminarlos de entre nosotros, hacerlos desaparecer de la faz de la Tierra? Hay gente que no merece vivir. ¿Quién duda del beneficio histórico que se hubiera producido si las madres de Hitler o Stalin hubieran abortado en los primeros meses de gestación?

Lindsay Lohan en la película Machete 

  Matar no es un asunto baladí. Está muy complicado. Se conjuga con facilidad como hemos observado, pero su ejecución tiene sus severas complicaciones. Además, si no lo haces bien, eficaz y pertinentemente, chocas con la Ley, que se dice ciega y muy justa, aunque todos sabemos hasta qué grado está sometida a los poderes fácticos y al vanidoso ego de quienes la imparten, especialmente en estos tiempos donde ambiciosos ególatras han accedido a las máximas instituciones que controlan la Justicia.

  Hay una larga historia de asesinatos, una historia fabulosa. Tenemos muertes trágicas y agónicas, misteriosas, alucinantes, muertes tontas, innecesarias, tantas injustamente justificadas. Se ha matado al hermano desde la protohistoria, al padre, a los amantes, a los amores, a los vecinos de al lado y a los de enfrente, a miles, a millones de personas absurdamente, y la historia ha continuado. Por más que nos decimos repetidamente que los unos debieran amar a los otros, la muerte cruenta es eterna y omnipresente, y tal como es el estado de las cosas y el futuro que nos espera, quizás habría que matar más. A mí no me cabe la menor duda. “Si hay que matar se mata” es algo que se ha dicho siempre y con cierta euforia.



  Entiendo que la gente mate, se mate o quiera matar. Seamos sinceros: muchos quisiéramos hacerlo alguna vez. No le haríamos demasiados ascos. No nos importaría demasiado. Bien es cierto que con algunos límites, con determinadas formas, según a quiénes y de qué manera. Nadie me negará que muchos días, desde el despertar, cantando bajo la ducha, cuando salimos de casa felices y contentos, mataríamos a alguien por distintos motivos, algunos tontos, muchos razonados, tantos incomprensibles. Ya le digo, querido lector, yo mismo quisiera matar muchas veces.

  Sin milongas y cuentos chinos, al hilo de la actualidad. La realidad es que uno eliminaría sin excesivos miramientos a terroristas sanguinarios, a esos violentos violadores, a los sicópatas irredentos asesinos, a los que llaman asesinos múltiples. Sé que no se puede hablar de pena de muerte en la actualidad más que en algunos países salvajes y otros pocos bastante civilizados; no está bien visto. Pero no creo que sea una solución exagerada. ¡Qué quieren que les diga! La ley del Talión me parece humana, demasiado humana quizás, pero de una lógica aplastante. Lo de ojo por ojo, diente por diente, es algo que entendemos en los primeros recreos escolares. ¿Mundo de fieras? Claro. ¿No te vas a poner como un enfurecido tigre de Bengala, si ves cómo se ríe quien ha matado a tu persona querida? O pensando en plural, ¿no te gustaría ejecutar a quienes han causado millones de víctimas en un Holocausto como el que se vivió en la II Gran Guerra? Tener a tiro a Pol Pot y dispararle, a Mengele y retorcerle el pescuezo, poder taladrar la frente con un grueso berbiquí a los asesinos sicópatas reincidentes. Por qué no torturar al que ha torturado y que se entere de que le claven un peine. ¿Estoy haciendo una apología incivilizada, pecaminosa, terriblemente reprobable, detestable moralmente? Quizás. Salvaje me llamarán algunos, frívolo otros. Realista los más.

  No hace falta seguir proceso sicoanalítico alguno, ni estrujarse mucho la cabeza, para concluir que en nuestros pensamientos, sueños y deseos está la idea del asesinato. Ya no de un simpático homicidio compulsivo por estrangulación en un ascensor a un hediondo desconocido, o matar a alguien a bastonazos en la acera de enfrente de buena mañana. Sino del asesinato alevoso y meditado en la insomne almohada, frente al espejo afeitándote, ajustándote la chaqueta. Cualquiera de nosotros, en no pocas ocasiones, quisiéramos salir a matar, incluso vestirnos especialmente para ello, para ver correr la sangre de nuestros enemigos tras haberles clavado un florete en el corazón o meterles un tiro entre ceja y ceja. Si la sangre afea el escenario, al menos poder observar el último suspiro en el rostro azul de un enemigo, verle las mejillas de mármol.

Artemisia Gentileschi. Judith decapitando a Holofernes.

  Muchas veces pienso que no somos ni debiéramos ser tan buenos, por más que nos muevan estupendas intenciones. Que no dejamos de ser fenomenales seres humanos por que queramos asesinar a alguien de vez en cuando. Que casi todos queremos hacerlo en algún momento, que mataríamos a decenas y no nos importaría mucho. Es darse una satisfacción (como antaño se decía de los duelos), el reunir los espíritus de la justicia y el odio en un puño, y estrellárselo en la cara del asesino de una niña púber o impúber.

  Que maldita gracia tiene el perdón. Es un poco absurdo no tener ánimo de venganza. Lo de si no hay justicia humana, la habrá divina, es algo de lo cual te quedas sin conocer sentencia y condena. Y además, ¿quién cree hoy en día en la justicia? Pocos y poquito. Ahora es una palabra minúscula. ¿No son verdaderas verdades esto que escribo? Son macabros comentarios, muy frívolos si se quiere, pero reales. Es lo que pienso en esta soleada mañana con una suave brisa de poniente, el mar levemente rizado. Hemos empezado hablando del verbo matar, y acabamos soñando justicieros y románticos asesinatos. Así son las cosas. Esta es la realidad.

  Matar es necesario. Es más, es posible que debiera matarse más, no tanto como lo expresamos oralmente, pero más y mejor. Homicidas y asesinos ha habido siempre, no dejará de haberlos, y hay que considerar que, en cierto modo, pueden ser necesarios. Muchos han sido protagonistas de su tiempo. Hay criminales y uxoricidas que han favorecido el progreso y la industria, la cultura y las artes, no digamos la literatura y el cine, que lo ha magnificado hasta grados extremos. En las pantallas hemos tenido millones de asesinatos y perversos homicidios. Siglos de inspiración asesina sin límite, grandes hechos crueles, estímulo de espléndidas aventuras, exploraciones, de grandes obras y maravillas de la humanidad.

  En fin, que el escrito debe ser breve. Me despido y no lo hago matando. Lo hago pensando lo inevitable que resulta hacerlo en muchos casos. Y como hemos hablado de asesinatos y muertes, y ello tiene una consecuencia mortal, la brisa y este humor de mediodía, me conducen a imaginar un tranquilo camposanto en una colina coronada por un frondoso roble escarlata, batida su fronda por el viento del otoño. Desde allí desearle a usted, querido lector de estos macabros argumentos, una buena muerte en su día, a poder ser, cuando usted quiera, y sin que medie homicidio alguno.

 Colofón. Marco Aurelio Antonino Augusto, al que llamaron Heliogábalo, perverso emperador romano del siglo III, de la dinastía Severa, se entretenía ahogando a sus víctimas, escogidas entre sus amigos, sumergiéndoles entre rosas y violetas, entre sus pétalos y tallos de espinas. Era un degenerado, pero no podemos negarle cierta originalidad en su manera de matar. Aburrido, rimaba con su lira el maldito verbo, yo mato, tú matas, él mata, con el que hemos iniciado estos comentarios.

Lawrence Alma-Tadema. Las rosas de Heliogábalo 


Enrique López Viejo (Valladolid, 1958) es licenciado en Historia Antigua y Geografía por la Universidad de Valladolid. Cursó también estudios de Ciencias de la Información en Bellaterra (Barcelona) y ha ejercido como docente, profesión que abandonó para emprender negocios privados que le llevaron a Mallorca, donde reside. Es el autor de Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012).



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