ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Alevosía. En el infierno. Por Enrique López Viejo



Queridos lectores: hace algunas semanas escribía en este blog sobre mi presunta llegada al cielo,
mis planes en el mismo y sobre algunos aspectos relativos a tan celestial ambiente. Debo decir que el texto que os presenté provocó determinados revuelos en el ámbito de mis amistades, pensando que les estaba anunciando el final de mis días y que mi enfermedad se había agravado. Me disculpo por ello. Era un mero juego literario tratando de divertir a quienes me leéis, a quienes estoy tan agradecido. Hoy compensaré, brevemente, el cierto desatino provocado con una sucinta entrée al Infierno, del que tantos tan bien hablan, y que tiene su histórico interés.



El Infierno. Cuántas veces decimos que mejor el Infierno, que es mucho más divertido, que allí está “el ambiente”. No voy a repetir lo que tan manido tenemos en nuestras interlocuciones al respecto.

Cierto que el Infierno tiene otra perspectiva, que para eso es el Inframundo, algo que suena como suena: fatal. Más subterráneo, menos luminoso, menos refrigerado, con muy distinto confort que el divino Cielo en el firmamento sin límite. El Infierno, se nos ha dicho, es tórrido, humeante, lóbrego, y demás. Que el famoso Hades no son los verdes campos del Edén, paraísos, valles tranquilos, montañas nevadas y jardines encantados. El Infierno parece situarse en territorios de dificultades orogénicas, tectónicas, magmáticas y todos esos calificativos que mis amigos de la Ciencia manejan tan bien y de los que, en cambio, yo soy tan profano.

No sé cómo son los avernos en otras culturas, religiones y paisajes, pero en nuestro occidente tiene como perfil al Monte Erebus, la montaña picuda y erecta del Terror, en el que se empiezan a escuchar ecos desoladores y estruendos patafísicos, dicen. Luego, los Campos Asfódelos, donde transitan las almas, algo que tiene que ser un espectáculo escalofriante, regados por el río Aqueronte que nos lleva a los Campos Elíseos (nada que ver con los parisinos), aunque dicen que son muy apacibles; no sé yo. También de estos infiernos greco-latinos nos hablan del Tártaro, que es zona de tormentos.

Pero ya me conoce el lector: me rebelo contra muermos y sufrimientos gratuitos en la práctica del verso, y quiero presentaros una buena perspectiva del Infierno en el que pienso en estos momentos difíciles para mí. Me olvido de ángeles malditos, de Mammón y Belial, de Azabel, un tal Sheol, de la bestia marina de Leviatán, ángeles caídos de nombres desagradables. Tampoco me pondré a escribiros sobre el Dante, John Milton y su Paraíso Perdido, autores a los que no he leído, y que no conozco a nadie que lo haya hecho; ni me remitiré a Rimbaud, que ya nos hartó de jovencitos con sus venenos, a los miles de asuntos del diablo y lo diabólico, de lo mucho estudiado y bien tratado por Giovanni Papini, maestro de periodistas y estudioso del Diablo y su obra como ninguno, que fue una de mis lecturas este verano. Al diablo con el demonio.


Como los últimos avatares que he sufrido han sido en tierras castellanas, quiero pensar en una recepción absolutamente deliciosa. 

Recuperado del susto de ver las tres caras del can Cerbero, de su dueño Caronte, acompañado de los psicopompos y, tras soportar los truenos, relámpagos y estruendos que sean, quiero encontrarme, tras un gran pasillo de antorchas, con unos buenos hornos de asar, algo que me parece propio en medio tan incendiario como al que se llega. Dorándose los cochinillos, los tostones segovianos, los lechazos de corderos churros de dios -del diablo en este caso-, que nos van a recordar los pecados cometidos, motivo por el que parece se nos reclama en estas tórridas simas infraterrestres. Acceso, entre campanas de hornos, de sarmientos candentes, infiernillos sobre los que riquísimas chuletillas de lechal se doran. No solo eso. También el fulgor de bollos y pastelillos, de dulces flamboyanes, gratines y brillantes fondant. Todas esas delicias infinitas que desde niños nos han hecho acariciar escaparates, vitrinas y rebañar platos.

Nos preguntaremos: ¿por qué este acceso tan gastronómico? ¡Qué gracioso! No, amigos, son parte del mundo de las Tentaciones mayúsculas, de esas que llamamos del Mundo, del Demonio, de la Carne, como bien se quiere ver horneada en su fuente de barro. O del dulce mal de las dulces delicias que a todos nos gustan, pues quién niega los posibles perjuicios para la salud que generan tanto la ingesta de tocinillos de Cielo como de huesos de santos. ¿Unas delicias turcas? Tan infieles y profanas, miel y azúcar. También, por supuesto.

Ante la deriva de este artículo, me dice mi querida cuñada, persona científica de perspectivas objetivas, que puedo continuar tranquilamente con este tipo de presentación, pues no dude que, de existir el Infierno, el horno siempre estará para bollos.
Sea, entonces, que continúe. Tamaña recepción humeante y sabrosísima se completa con una visión fulgurante de alambiques destilando los espirituosos embriagadores, los aguardientes tan propios en semejante ámbito, caldos y vinos, barricas dionisíacas, báquicos cálices y toda la parafernalia que desde Adán hasta nuestros días podamos imaginar. En el Infierno hay abundancia, lo sabemos.


Pensaré que, seguidamente a este ágape que supongo, vendrán distintos diablillos, íncubos y súcubos, a informarnos de qué debemos hacer en el nuevo emplazamiento eterno, cuál es nuestra condena, y las maldiciones que de una u otra manera tendremos que soportar. No me cuesta imaginarlos ligeritos de ropa y en las actitudes que en vida nos han mostrado: seductores y, siempre, un tanto lúbricos.

Puede que sean las chicas ofidias de aquella serie de televisión que eran todas unas lagartas explosivas. Puede que combos y sambas nos reciban con todo el mambo, salsa y morbo, y lo que se quiera esperar en estos respectos. Ligeritos de ropa toda, seguro… valoremos las temperaturas. Si en el Cielo todo está bajo el ojo supervisor de Dios, en el Infierno puede que sea puro Poisson de Dior. Por decir una gracia.

Y lo mismo que ocurrió en el Cielo. Desconozco si Belcebú, Lucifer o Satanás están allí de guardia, pero seguro que pronto conoceremos a malos y malísimas, a una alta concentración de facinerosos de todas las épocas y condiciones. A figuras eternas que podremos ir observando, rindiendo la pleitesía obligada.

Prefiero saludar primero a fundamentales, al famoso Vlad el empalador, el valaco conde Drácula por todos conocido, tan gótico él; siguiendo con presentaciones, a la sangrienta Isabel Bathory, estupenda condesa sangrienta eslovaca. Al más moderno Landrú, el asesino de viudas francés, del que, muy jovencito, leí una estupenda biografía que conservo. Lo primero: estos ineludibles históricos con mando en plaza. A Wanda la perversa, a Cruella de Vil, a la familia Adams, gente muy entretenida. No me interesan a priori personajes de la envergadura de Nerón o el salvaje Diocleciano, gente tan ridícula como malvada. A salvajes como Atila ni verlo de momento, ni tan siquiera al sicópata personaje tan seductor que fue Lope de Aguirre o tipos así por mucho interés que hayan suscitado. Ni hablar de gente como los de la Matanza de Texas o bestias pardas similares.


A los históricos pactistas que todos conocemos, será inmediato. A Dorian Gray, que no estará tan guapo como lo estuvo en vida, al barroco Giuseppe Tartini, que nos interprete su Trino del Diablo con su violín maldito, al extravagante Niccolò Paganini, a Dragonetti y sus Danzas Satánicas, a las representaciones que de Faustos y Mefistófeles hayan destacado allá los excelsos Goethe, Thomas Mann y otros. Al pobre Robert Johnson sin poder celebrar su fabuloso éxito póstumo.

(A los sicópatas dictadores y asesinos genocidas que serán omnipresentes en aquellos lares, a estos mierdas… aire -o humo-. Cuanto más tarde se les conozca, mejor. Un infierno con hornos de asar y copas rebosantes no debiera aceptar horrores como Hitler, Stalin, Mao o cualquier de los grandísimos hijos de puta de dictadores sudamericanos, africanos o extremo-orientales. Sobre ellos cal, más cal.)


Pero me olvido de salutaciones. Hay otros aspectos que me interesan en este articulito infernal. Adentrándonos en las simas en las que uno se moverá per in secula seculorum si allá es condenado, no queda otra que valorar lo que el otro día me decía un amigo físico tomándonos un whisky de más. Por supuesto que yo no entendí nada de lo que brillantemente me exponía con esa emoción sobria que la gente de Ciencia tiene. Pero me hablaba del Vacío Cuántico, de la nada de la nada de la nada. La Nada mayúscula supone la inexistencia de moléculas, partículas y, en consecuencia, te deriva a lo que yo entiendo una tranquilidad fabulosa, la anhelada Paz perfecta. En el Vacío Cuántico, ocurre algo así como que la energía está en su “punto cero”. La “nada madrina” que precede a todo o en la que todo concluye, algo por el estilo, pero que es esencial, y que se me ocurre tiene que ser un asunto fabuloso, aunque no tenga que “ser”, pues “no es”, pues es nada, cero coma cero, el vacío mayúsculo, cuántico.

Así que el Infierno puede que nos conduzca, después de tanto crematorio y rigores ígneos y, tras las posibles indigestiones causadas por la ingesta de las sabrosísimas tentaciones culinarias, a ese vacío cuántico, y podemos pensar, soñar, en el disfrute de un silencio perfecto, del mayor sosiego y la laxitud máxima. Me pregunto, entonces, si el Infierno, efectivamente, puede no ser tan malo.

Que primero cause pánico, pues a sufrirlo un poco. Que sí, que al principio son todo rubores, sopores, sofocos, calentones y calenturas, quemaduras de primer grado… pues habrá que fastidiarse. Pero si luego, tras ese horror metido en el cuerpo uno pasa a la nada de nada, pues fenomenal: nada de ti, nada de mí, nada de nadie, como decía la canción, y después, bendito sea Dios, perdón, el Diablo.

No hay que despreciar tanto al Infierno. Gastronomía, historia, cultura, ambiente, dance; hay de todo en los avernos. Tienen su parte de razón quienes afirman que mejor irse condenado que estar haciendo la pamplina por los firmamentos con unas y con otros.

Tras esta reflexión creo que me voy a ir al espejo, me pondré el pelo a la moda de hoy, con esos cuernecillos erectos que tanto gustan a los jóvenes, y luego por el pasillo, en este hospital donde me encuentro, ensayaré unos pasos de aquellos temas funk de Disco Inferno de The Trammps, que se pusieron de moda cuando el Sonido Filadelfia, y encargaré que me traigan una preciosa chaqueta de terciopelo rojo, un punto brillante y atrevida para ir probándome como llegar a tan especial ámbito, porque con capa a lo Bela Lugosi no me presento.

Queridos amigos y lectores: observen si esta perspectiva dual de los infiernos tiene su interés, la gastronómica y la cuántica. A mí ambas me interesan. Un atracón mortal de colofón vital (algo que rima fenomenal) y luego, luego, el tránsito del alma a la nada, que aunque resulte algo fantasmal y escalofriante, puede que sea tan ideal como el asunto celestial, que rima de lujo también.

Por otro parte, ¿opinarían si es mejor llegar a los infiernos con terno de terciopelo rojo tipo dandi, o una de seda carmesí al estilo soul music? ¿O lo harían con la excesiva capa transilvana, negra y fucsia, que no puedo negar es lo propio a su manera clásica?




  Enrique López Viejo (Valladolid, 1958) es licenciado en Historia Antigua y Geografía por la Universidad de Valladolid. Cursó también estudios de Ciencias de la Información en Bellaterra (Barcelona) y ha ejercido como docente, profesión que abandonó para emprender negocios privados que le llevaron a Mallorca, donde reside. Es el autor de Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012).

1 comentario:

  1. Querido Enrique: "mejor llegar a los infiernos con terno de terciopelo rojo tipo dandi" Esta nota me pareció muy divertida, como todas las anteriores. Gran susto nos has dado con el otro articulo, pero a vos yo te perdono todo. Un fuerte abrazo

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