LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Libros. Latinoamérica no tiene quien le escriba. Por Lucas Damián Cortiana


George Miller. Los portales del zócalo, 1954

Dígale -dijo el coronel- que uno no se muere cuando debe sino cuando puede.

Gabriel García Márquez no murió. Claro que no. Qué absurda sentencia, qué soez definición sería asentir lo contario. Creer ese ridículo fin, tropezar con esa injuria, sería resignarnos a la ávida muerte, a la desesperada sinrazón de la vida. Él, como tantos otros a lo largo de la historia, puede presumir de una característica solo asignada a los mitos, a los dioses, a las quimeras y a los héroes: la inmortalidad. Este hecho no es solo justificable por ser un nobel, sino por ser un creador de mundos, un hacedor de utopías. Lo que legitima a GGM como un suprahumano, alguien más allá del bien y el mal, más allá de la luz y de las sombras, es su vasto y doloroso realismo, su caudal de inquietudes, su anecdotario fantástico, su riquísimo séquito de fanáticos que escogen el camino de la ultraizquierda nada más que por seguir a su caudillo, sus detractores, sus enemigos a la altura. No es un Mesías, no es un Che, no lideró una hégira, pero en su prosa deliciosa dejó los fundamentos de cualquier revolución, de cualquier levantamiento, de cualquier acto de amor.


¿Puede Aracataca contener a tal gigante? ¿Puede Colombia presumirlo? ¿Puede Latinoamérica, desde el río Bravo hasta Ushuaia, mostrarlo al mundo como un don de su tierra, como un bien de su suelo? ¿Puede un genio predeterminar tales imposibilidades y crear para sí un mundo perfecto, una alegoría desbordante de caos y sueños, un ideal “ideal”? ¿Puede ser que alguien pueda parir Macondo, vivir Macondo y ser Macondo?

Los muertos, por definición (y recurro al diccionario), son sujetos sin vida, o como propone otra acepción, apagados, desvaídos, marchitos. El término mismo nos aparta cualquier duda sobre el estado actual de GGM y su legado (vital, enérgico, prepotentemente saludable, elevado, revolucionario, floreciente, multitudinariamente vivo), aun cuando algunos escépticos noticieros, ateos periodistas o hiperrealistas crónicas nos digan lo contrario, que ese hombre, lisa y llanamente, no está. No solo hablo de una propiedad ectoplásmica, fantasmagórica, un ente etéreo semimaterial, hablo del imaginario popular que mantiene y mantendrá –sin temor a equivocarme- su nombre, tan perdurable como el universo, o al menos, como el universo en que deambulan los Arcadios, los Aurelianos, las Renatas, las Amarantas y todo el árbol genealógico de los Buendía, bajo el aura de la casona que los ampara.

Gabriel García Márquez. Foto de Guillermo Angulo

Es exactamente la hora 23:34 en Argentina y no sé qué hora será en Aracataca o en La Habana o en Moscú o en Londres o en Copenhague o en cualquiera de los países a cuyas lenguas fue traducida la obra de Gabo, pero estoy seguro de que, al igual que yo, alguien más tiene una copa de vino en una mano (o de chicha o de vodka o de mojito, según las latitudes y las nostalgias) y en otra un ejemplar de alguna de sus obras. En mi caso, sobre la mesa y ante mis ojos se posan los títulos Cien años de soledad, Vivir para contarla, Los funerales de la mamá grande, Relato de un náufrago y Cómo se cuenta un cuento. Bebo un sorbo (de vino, de su noble literatura) y sonrío; me adentro aún más (en la copa, en los libros) y me asombro; continúo con la placentera tarea (de beber, de leerlo) y el sinnúmero de emociones se amontonan, se despliegan sobre el corazón y vaya a saber uno qué huella dejarán, qué pasiones despertarán, cuál será el límite de su poder (esta vez no hablo del vino) ejercido por las letras, como un rey domina a partir de su cetro.

Entonces caigo en la realidad, o por lo menos en la realidad que me proponen estos descorazonados, antipáticos, que parece que lo dan por muerto a uno solo por el hecho de no respirar. Y me encuentro diciendo: “¿Será posible? ¡Maldición! ¿Será posible? ¿Tendrá el destino tan macabro sentido del humor? ¿Tendrá la vida finalmente tan fea cara? ¿Será la vida tal viuda negra?”. Si fuera así, significaría que GGM en realidad no es un héroe, ni un semidiós; es un mortal, tanto como yo, tanto como usted, lector, supongo ahora sumamente acongojado por mi revelación. ¿Y qué sucedería con esta construcción romántica de la eternidad, la trascendencia, la oposición terca a la existencia de la nada misma? Sería un torpe palabrerío, una incongruente y disonante canción, un soso bla bla bla, una tímida y autoengañosa fórmula de querer sortear a lo que finalmente nos terminará jodiendo, esa figura negra que deambula entre aquelarres, que adiestra cancerberos y que nuevamente, por si no quedó claro, nos terminará jodiendo. A todos.

La luz es tenue mientras leo. Aquí, en el barrio, no se siente un ruido. Esta noche no hay sirenas de ambulancias, no hay borrachos a los gritos, no hay fuegos de artificios, no hay nada que agite esta quietud bien preciada y bien venida. Los animales también contribuyen a esta paz. Por aquí, todos los gatos son precavidos. Resulta que todos tienen una sola vida, por lo tanto no suben a los tejados ni trepan a los muros; no cruzan las avenidas sin antes mirar (el descuido y la curiosidad, característica primordial de los que sí tienen siete vidas, no es patrimonio de estos, más afines a morir una sola vez). La luz es tenue mientras leo, dije. El silencio no. El silencio es profundo, grueso, intenso, denso. “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, dice el título. Leo. Leo otra vez. Una señal divina. Eso es.

[…] llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error.
         — Es un ángel –les dijo— […]

Marco Antonio Cruz. Calle Nicaragua,  1989

 Lucas Damián Cortiana (Chivilcoy, Argentina, 1983) es estudiante de Profesorado de Lengua y Literatura. En 2007 obtuvo una mención de honor en un certamen nacional organizado por la Editorial de Los Cuatro Vientos y la publicacion de los siete poemas premiados en una antología titulada El decir textual. En la página de Facebook “Rata Carmelito” pueden encontrarse retales de su poesía y su locura.


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