ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Libros. Marcel Schwob, otra vez. Recordatorio. Por Enrique López Viejo



Marcel Schwob

Releo un muy interesante artículo que este mismo blog publicó el 30 de diciembre de 2011, sobre el escritor Marcel Schwob, en el que Luis de León hace un excelente análisis de la literatura de este ilustre francés y, en especial, de su libro Vidas imaginarias.


Y se me ocurre volver a invitar al francés y traerlo de nuevo hasta aquí, ya que pienso que a muchos nos interesará saber un poco más de la vida de este singularísimo escritor, volviendo con su memoria, con unos someros apuntes de su vida y trayectoria literaria.

Primero imaginémoslo enfundado en su batín, sentado frente a una mesa iluminada por dos lamparitas, vestida con unos faldones de damasco. Un atril sobre ella, cuadernos y plumas, unas tazas, un pequeño samovar humeante. Tras su figura sentada, inclinado sobre la mesa, escribiendo con una caligrafía ajustada y simétrica, anaqueles de libros cubriendo las paredes, y  unos cortinajes de terciopelo verdeceledón separando el estudio de la alcoba, que ahora aparece oscura. Varios gatos; sobre el diván, en la ventana, en la misma mesa junto a un globo terráqueo. A sus pies un perro japonés que le regaló Robert de Montesquieu, el dandi entre los dandis (el barón de Charlus en la novela de Proust).

Schwob es un hombre amable, sonriente, elegante, con un semblante más que inteligente, de mirada precisa y poseedor de una voz dulce y melodiosa, como también sabemos que la tenía. Contaré algunas cosas de él.

Marcel Schwob, cuyo nombre completo era André Marcel Mayer, fue el tercer vástago de una familia judía de rabinos, médicos y periodistas con orígenes egipcios y alsacianos que nacería en agosto de 1867, muy cerca de París, en Chaville. La familia vivía en Nantes, de cuyo diario Le Phare de la Loire era editor y propietario su padre Isaac Georges Schwob. Este, compañero de estudios de Flaubert y Théophile Gautier, conoció al mismísimo Baudelaire; el ambiente no podía ser más propicio para el prodigioso Marcel, que haría de las lenguas y de la literatura su principal ocupación desde muchacho, convirtiéndose en un estudioso que entregaría su vida a las letras, a todas las letras, haciéndose traductor, filólogo, periodista… y todo ello de manera sobresaliente y sorprendente, pues así fue su obra literaria, sorprendente y riquísima, a pesar de su lamentable brevedad.


Marcel publicaría su primer artículo sobre la novela de Julio Verne Un capitán de quince años. Verne era amigo de su padre, juntos escribieron un vodevil, que no llegaron a estrenar. Con catorce años viaja a París, donde le espera su tío Léon Cahun, hermano de su madre, director de la Biblioteca Mazarino en el Instituto de Francia, un cargo principal en la cultura francesa, de un país amante como ninguno de la literatura. Marcel residirá en el mismo Instituto, rodeado de libros. Lo matriculan en el Liceo Louis-le-Grand donde mostró unas extraordinarias dotes políglotas, tanto con las lenguas vivas como con las muertas. Dominaba el latín y el griego, estudiará el sánscrito y las distintas paleografías, matriculándose en la Escuela de Altos Estudios Sociales. Hablaba el alemán gracias a sus preceptores, leyendo temprano a sus clásicos románticos, y del inglés adquirió tal dominio que, desde jovencito, pudo dedicarse a traducir a sus favoritos. Primero a Robert Louis Stevenson, con el que fraguó una buena amistad tras escribir el prefacio para una de sus novelas, El dinamitero; más tarde tradujo a Daniel Defoe, su Moll Flanders, para finalmente hacerlo al mismísimo Shakespeare. Se enamoró de la literatura inglesa, del decadente Swinburne, de Georges Meredith, y cómo no, de Poe y de Thomas de Quincey (adoración de este último que suscribe quien esto escribe). Durante toda su vida haría frecuentes viajes a Gran Bretaña y las islas del Canal.

Aunque no era practicante hebraico, estudió el Talmud, lo que le favoreció su soberbio don para las lenguas, y fue en la filología adonde primero dirigió sus pasos. Los versos de François Villon (1431-1463) y de Rabelais (1494-1553) le llevaron al estudio de los argots del siglo XV, a la investigación del francés que hablaban delincuentes y marginados del bajo medievo, alcanzando tal nivel erudito, que con apenas veintidós años es invitado a ser miembro de la Sociedad Lingüística.

Realiza trabajos sobre los coquillards, falsos peregrinos a Santiago de Compostela, comerciantes de conchas y trileros, reconvertidos, dos siglos más tarde, en partidas de bandidos que provocaron virulentas revueltas en la Borgoña. Como filólogo recuperó a Villon, el primer poeta francés, el poeta de las calles de París. Villon y Stevenson serían sus ídolos y objetos de dedicación para siempre.

Pero además de erudito, Marcel, como todo joven de inteligencia inquieta, amaba la aventura y fue Stevenson el modelo de su elección, su escritor preferido. Lo descubre con diecisiete años con la lectura de La isla del tesoro en un viaje a la Costa Azul. Stevenson propone que la vida mezcle literatura, arte y aventura. Es una combinación perfecta para el joven erudito, que pasa sus días en la Biblioteca Mazarino, realizando intensas investigaciones en temas de la Antigüedad, y que, fuera de estas mesas y pupitres, pocas aventuras tiene.

A la vez que sigue sus estudios filológicos, cuya licenciatura obtiene con veinte años, empezará a publicar artículos y relatos en los más importantes periódicos parisinos, en el Mercure de France, en L´Echo de Paris, que dirige Catulle Mendès, y del que le encargan la dirección del suplemento literario. Su carrera resulta espectacular, obteniendo un reconocimiento inmediato por sus iguales, la crema de la sociedad literaria. Desde muy joven, se ve rodeado de los grandes de las letras francesas. Quienes serán nobel Anatole France y André Gide; Colette, novelista de gran recorrido, máxima estrella de la escena literaria, son sus frecuentes amigos.

Marcel Schwob

Su trabajo es incesante, pero tras el suicidio de un tiro en el corazón de su íntimo colega en sus estudios medievalistas, decide alejarse de ellos e iniciar las traducciones de la obra de autores que le interesan. Traducirá a su favorito Stevenson y corrige el Salomé de Oscar Wilde, que este otro divino irlandés escribió en francés. (En los tristes finales días de Wilde en la ciudad del Sena, Schwob confortó al espectral Melmoth en que se había convertido el autor del De Profundis, tras la debacle sufrida entre juicios y amores, tras salir de la cárcel de Reading. Wilde le había dedicado su poema en prosa La esfinge).

Tras publicar un Estudio sobre el argot francés, Schwob hace entrega al público de sus primeras series de cuentos, extravagantes relatos cortos de un gusto literario excepcional, historias cuya mezcla de erudición y misterio las hace absolutamente fascinantes. Publica Corazón doble y El rey de la máscara de oro (primero de él que yo leí fascinado en mi primera juventud). En Corazón doble, a través de treinta y cuatro relatos, el autor se debate entre los sentimientos del terror y la bondad humanos en un especialísimo equilibrio sensible.

Marcel también es un hombre social que cultiva la amistad de próceres que lo consideran como una luminaria. Son sus compañeros del Liceo León Daudet y Paul Valery, preboste que le dedica un ensayo sobre Leonardo da Vinci, lo mismo que el rey iconoclasta Alfred Jarry, que le dice a Schwob que es el hombre que lo sabe todo, dedicándole su Ubu Roi. Los Goncourt, Jules Renard, Octave Mirbeau, toda la Francia literaria son su círculo.

Pero la vida del joven triunfador se complica tras enamorarse locamente de una joven de un barrio obrero que trabaja ocasionalmente de prostituta, una jovencita triste, enferma de tuberculosis pero fumadora compulsiva, que le escribe poemas con lápices de colores. Louise era su nombre y él la llamará Petite Vise. Schwob, en el ambiente de su protagonista Villon, se enamoraba de una chica de la calle, del arrabal. Quien vivía en el Panteón de los ilustres, en el Parnaso, en el cielo de las letras, se enamora de una jovencita mísera que solo le traerá tristeza, enfermedad y muerte. Desde que la conoció una tarde lluviosa de otoño, se hizo su amante y la cuidó hasta que muriese en 1893 víctima de la tisis. Tras su muerte, Marcel se deprime extremadamente y también enferma. Se detectan los primeros síntomas de una enfermedad que nunca pudieron diagnosticar. Comienza a consumir éter y a fumar opio, algo común en su ambiente. Enloquece un tanto ocupándose del cuidado de las muñecas que su amante tenía, mientras escribe una de sus joyas literarias, el Libro de Monelle, inspirado por su amor enterrado.

Conoce a Colette, la gran dama de las letras que se entrega a su persona. Será su mejor amiga y confidente, quien le consuela de la depresión por la muerte de Louise, y quien le presente a su nuevo amor, la gloria de la dramaturgia Marguerite Moreno, franco-argentina que fue protagonista de más de medio siglo del teatro francés.

Marguerite Moreno

Después de la chica del arroyo, tras pensar seriamente en suicidarse, se unirá a lo más granado de las mujeres de la época, de la literatura y del teatro. Tiene veintisiete años y vive en 2 rue de l´Université enterrado entre libros.

Las enfermedades heredadas de su amante y los problemas intestinales detectados le llevarán a ser intervenido en 1896. Cuatro veces sería operado sin encontrarse solución a su problema, y con el resultado de quedar inválido en órganos viriles, lo que amargó sus años finales, aunque no perjudicaría su matrimonio con la famosa actriz que le amó y cuidó como pudo. Se traslada a Valvins muy cerca de la casa de Stephan Mallarmé, otra gloria del Parnaso, donde encuentra más confort y corteja con su futura esposa que le recita los versos de Baudelaire.

A pesar de estos horrores de su salud, Schwob vive su mejor momento literario, y se ha enamorado de nuevo de esta actriz que también lo está de él. Sale triunfante de su depresión. Tiene una amante sensacional, unos libros que fascinan a los lectores, un reconocimiento intelectual unánime, y una posición incontestable. Paul Claudel, Remy de Gourmont, el locazo Jean Lorrain, todos elogian las distintas entregas que va realizando de sus cuentos, y que culminan con la publicación de Vidas Imaginarias, su obra más loada. En esta serie de cuentos introduce personajes históricos en situaciones ficticias, unos son personajes de la antigüedad, otros del medievo, y hay piratas y asesinos coetáneos.

En el firmamento exquisito que son los relatos de este autor, encontramos verdaderos diamantes literarios. Sus cuentos son extraordinarios en la propia acepción de extraordinario. Es la pluma de un esteta opiómano, con conocimiento erudito, mirada de niño y mente sabia fermentada en el estudio de la Antigüedad. Un iluminado decadente que vivía encerrado en su salón biblioteca, rodeado de gatos, entre los humos de Oriente y los incunables mistéricos de los que nos trasmitió sus ecos, leyendas y mitos, ofreciéndonos unos palimpsestos excéntricos y bellísimos, una literatura divina.

Un mundo literario de difícil calificación, en el ámbito del Simbolismo de la Belle Époque, Schwob va más allá. Como diría Edmond de Goncourt, es un evocador mágico de una Antigüedad que conoce exhaustivamente, que su literatura era la de Heliogábalo evocando viejos mundos macabros y perversos. Su amigo Anatole France afirmó que Schwob era literariamente un Príncipe del Terror.

La Porte des rêves, Marcel Schwob. Georges de Feure

El más mordaz de los críticos literarios franceses, Paul Léautaud, calificaba los libros de nuestro personaje como perfectos, y a él, la mejor biblioteca andante. En estos mismos años Schwob traduce Moll Flanders, de Defoe, y Hamlet, de Shakespeare a petición de Sarah Bernhardt, que lo estrenará más tarde. Siempre al máximo nivel de trabajo, ni la enfermedad ni la morfina le impiden publicar nuevas series de cuentos tan maravillosos como los que viene ofreciendo a su público. Serán La cruzada de los niños, una crónica sobre la peregrinación de unos niños a Tierra Santa en el siglo XIII, que acabó en masacre y desastre; Spicielago, La puerta de los sueños y otras obras diversas.

Marguerite y Marcel se habían conocido a través de Colette, en 1894, pasado un año de la muerte de Louise, y ambos se prendaron. Marguerite, actriz de tremenda personalidad, caía rendida en los brazos de un erudito poeta tristísimo, que además de estar muy enfermo, pasaba sus días entregado al estudio, a la morfina y a sus gatos. Ella era una de las primeras damas de la escena y musa de importantes poetas como Mallarmé, actriz de la Comédie-Française y de la compañía de Sarah Bernhardt. Fue La loca de Chaillot. Amante, como muchas, de Catulle Mendès, se había de casar con el más brillante de los escritores del momento, el más brillante y callado, y por lo demás, tullido. La boda no se celebró hasta septiembre de 1900, en Londres. En su luna de miel visitaron las islas del Canal, y en Paris se instalaron en 11 rue Saint-Louis-en l´Île, el corazón histórico de la ciudad.

Estrenan casa, pero a los ocho meses Marcel se embarca para visitar la tumba de su ídolo Stevenson en las islas Samoa, en el Pacífico Sur, en medio de ninguna parte. Stevenson había muerto de una apoplejía en 1894, tras años de tuberculosis y alcoholismo. Marcel quería vivir la aventura de navegar hasta los mares del Sur y reconocer la memoria de su idolatrado literato visitando el paraíso fatal. Contrata a Ting-Tse-Ying, un chino que sería su asistente y del que nunca se separaría.

En octubre de 1901, al año de casarse, emprende el viaje que le llevará más allá de las antípodas, acompañado de Ting, verdadero Passpartout. Marguerite no lo hará, pues inició una gira representando Fedra de Racine. Marcel navegará hasta Oceanía y luego a Samoa, pero la travesía no sería fácil y ya enfermo, enfermó más. En Djibouti unas fiebres reumáticas; en Ceilán, una neumonía. Muy perjudicados ambos, Ting y él, sin hallar la tumba del inglés, tras varios malentendidos con aventureros en la zona, y sin encontrar una recepción adecuada entre los nativos, precipitadamente, regresan a Francia en el “Manapori”, embarcación que les devolvería a París, salvos pero no sanos. Como cuaderno de bitácora, en forma de cartas a su esposa Marguerite, nos narró este funesto viaje, que no debiera haber realizado, y que tampoco es su mejor libro.

Como se ha dicho, volverá a ser intervenido quirúrgicamente en distintas ocasiones, sin poder paliar el mal, lo que le arroja a un consumo inmoderado de morfina, estupefaciente que tanto le relegaría a su fabuloso mundo literario, como le dio fuerzas para poder seguir viviendo con los obstáculos del dolor y la minusvalía. Su salud está muy quebrada y no encuentran solución a ello. Él asume su condición de enfermo y a su esposa no parece importarle. En cualquier caso, la vida de casados no debió ser fácil. A él se le fue agriando el carácter y el que fuera un hombre social y encantador, se convirtió en un misántropo negativo que se fue alejando de todo el mundo, eligiendo la amarga soledad de la enfermedad. Cirugías, el viaje a Samoa, más viajes por Inglaterra, España, Portugal, Suiza e Italia, y un intenso trabajo literario en todos los órdenes de los que se ocupa, habían minado aún más su salud, postrándole en el diván de su fumoir rodeado de sus libros, con el corazón y la pluma en la Antigüedad.

Robert Louis Stevenson

No obstante acomete la traducción del Macbeth de Shakespeare, así como un nuevo encargo de Sarah Bernhardt, la traducción de la obra de Francis Crawford Francesca da Rimini. En estos tiempos aciagos, aislado de sus amigos y agriado su carácter, piensa de nuevo en el suicidio, pero la llamada de La Sorbona para un ciclo de conferencias sobre jerga y argot medievales le anima. François Villon le da fuerzas. A pesar de estar extenuado por la enfermedad, y bajo la contradicción que los opiáceos provocan, sus servidumbres y ayudas, publica La lámpara de Psique, en la que reúne una colección de poemas inspirados en la Antigüedad, Mimes es su título, unos diálogos filosóficos entre vivos y muertos. Bajo seudónimo edita el título Moeurs des diurnales, una sátira del periodismo, de sus protagonistas y de su ambiente (al que tenía especial fobia), y que firmará como Loyson Bridet; y finalmente, un estudio que titula El parnaso satírico del siglo XIV, que publicará el mismo año de su muerte. (Además nos dejó escritos que conoceríamos póstumos, títulos tan sugerentes como son El libro de mi memoria, que titularía en italiano, o Los diálogos de la Utopía).

En los últimos años declina su fuerza y sus crónicas y cuadernos de correspondencia que se han ido recuperando. Lo último en nuestro país es el titulado El deseo de lo único, con una compilación de textos críticos.

Marcel Schwob murió joven, a los treinta y siete años. Los trópicos no le sentaron bien a quien no debiera haber salido de su estudio parisino y haber seguido regalándonos sus joyas literarias. Sus últimos años parece que fueron callados y dolorosos, amargos para un hombre dotado de magia en el verbo, un genio amable y encantador, según nos dicen los que le conocieron. Lo afirmaba Colette: su conversación era superior a su elegante prosa.

Murió en su casa de Saint-Louis-de-l´île; lo que para unos pudo ser una dispepsia grave, otros dicen que fue una neumonía. Lo cierto es que moría en lo mejor de su madurez con todos los planes de quien estaba destinado a seguir los mejores senderos de la existencia literaria. Una muerte que nadie quería. Marcel Schwob, uno de los autores más reconocidos de su tiempo, tras su fallecimiento fue olvidado, pasó a ser considerado un cuentista extravagante, oscuro, marginal. Sin embargo, en la lectura que realizamos en nuestros tiempos, se eleva como un luminoso candil al que seguir por los caminos de una narrativa en que la erudición y la ficción se han combinado magníficamente.

Acabo en este párrafo. Los que le conocemos, brindemos por él. Los que no lo hayan leído, no tarden en buscar cualquier cuento de cualquiera de los libros de este autor (es sencillo en la red). Después de su lectura querrán brindar también, seguro que sí, y me agradecerán que se lo haya presentado. Mientras, elevo mi copa por Marcel Schwob y hago un chin chin por su fiel criado Ting.






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