ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Alevosía. Libre asociación sobre los cuentos de nuestra niñez. Por Lucás Damián Cortiana


Yasuo Kuniyoshi. Maine Family, 1921

Cuando se me pregunta por mis escritores favoritos, por mis libros de cabecera, aquellos a los que recurro con asiduidad, aquellos que integrarían esa lista imaginaria que alguna vez a todos nos han propuesto a modo de juego, esas cinco o diez cosas que llevaríamos a una isla desierta, no dudo en responder: allí están Las aventuras perdidas de Pizarnik, Thomas Pynchon y su Arco iris de gravedad, Cortázar y sus cronopios y La historia de la Eternidad de Borges como representantes de la poesía y de la literatura más colorida y oscura, más demencialmente cuerda que he tenido la oportunidad de leer; mientras que Tom Wolfe y Hunter S. Thompson se acomodan plácidamente entre mis preferidos del llamado Nuevo Periodismo, aquella ola surgida en los Estados Unidos en la década del ’60 y con la cual empecé a familiarizarme (entiéndase como sinónimo de fanatizarme) tras algún que otro encuentro fortuito en artículos perdidos de revistas y periódicos.


La cruza (es decir, la manera en que esas obras se relacionan, se fusionan, se aparean en mi cabeza), a mi entender, no es pretenciosa; más bien y volviendo al tema de la cópula, es degenerada. Aquí no hay mestizos o mulatos, sino, al igual que en el relato bíblico de los ángeles que bajan a la Tierra para tener coito con las mujeres, el producto final es un hibrido, un Néfilim. De esa alquimia, todo lector es conocedor: todos hemos pasado de Corin Tellado a Vargas Llosa, de Rimbaud a Lamborghini, del Fausto de Goethe a Fogwill, de La Biblia al Corán, sin que mediaran entre ellos puente visible o cualidad que los comulgara, más que la simple atracción de un buen título o atractiva cubierta (aquí no talla eso de que no hay que juzgar a un libro por su tapa) o una crítica afable. Sin duda, la buena literatura siempre tendrá un efecto transformador en el lector -por qué no revolucionario-, aunque en la mayoría de los casos esa experiencia sea predominantemente interna y cuando ni siquiera el mismo huésped sepa qué ha sucedido consigo mismo sino hasta muchos años después.

Walt Kuhn. Plumes, 1931


Pero remontarme a mis primeros años, para saber o más bien adivinar, conjeturar, cuáles fueron mis primeras percepciones como lector, trato de realizar un viaje por el tiempo que reposa en mi inconsciente y cuya tarea se asemeja más a una catarsis que debería realizar en el diván de una psicóloga que a la práctica misma del recuerdo. Entonces, el camino más fácil hacia el fondo de la mente de mi “yo” en una edad temprana es recurrir a un artificio esperando que así se abran las puertas del pasado, el punto en común de casi todos los niños de Occidente: alguna versión de Caperucita Roja de Perrault o de los hermanos Grimm, El Principito de Saint-Exupéry, El príncipe feliz de Oscar Wilde, La isla del tesoro de Stevenson o los futuristas Julio Verne y Ray Bradbury. A partir de allí, como si estuviera en el arduo trabajo de cavar un gran pozo, empiezo a descubrir algunas gemas: mi mamá leyéndome antes de dormir, las historietas de Batman que me prestaba algún amigo, el dibujo de Gulliver atado en la playa con grilletes y cadenas por los liliputienses (¿o acaso era con sogas?), la risa que me provocaban los enanitos barbudos de Blancanieves.

En este deambular por la infancia con los zapatos llenos de polvo de ayer y repleto de veladores iluminando noches de cuentos de príncipes, pociones y castillos, casi como en una revelación comprendo dos cosas: las páginas de un libro, cuando uno es un niño, son como patios de juegos (también cuando somos adultos, aunque en esta etapa el juego se supone como un escape a la realidad, una droga que manipula nuestros sentidos y nos empuja a límites a los que solo se accede en los sueños o en la locura), donde somos héroes y heroínas, donde volamos o somos invisibles, donde el bien siempre vence y donde los villanos son evidentemente malvados sin la ambivalencia que se da en el mundo real donde todos tienen (tenemos) dos caras; y en segundo lugar empiezo a sospechar que los autores de cuentos para niños/adolescentes y sus historias son el paso previo de un “complot” mucho mayor que incluye música, cine y experiencias de carácter extrasensorial y de liberación del cuerpo y la mente. Pensémoslo de este modo: Alicia tomaba píldoras que le permitían acceder a un mundo “maravilloso” y hablar con criaturas que rozaban el perfil de la demencia, o por lo menos de la incongruencia; eso, en el rompecabezas del “complot”, encaja perfectamente con el rock en su fase de hippismo americano en los ’60, con Hendrix y Janis Joplin a la cabeza. Otro ejemplo (y sé muy bien que estoy desbaratando el concepto de inocencia) es el de la antes citada Blancanieves y sus amigos. Si hilamos fino –y esa es la intención, aunque sin hacer una tesis demasiado extensa, por el temor de que esta empiece a dislocarse-, lo que tenemos aquí es a una mujer conviviendo con siete hombres dentro de los confines de un bosque y siendo víctimas y a su vez perpetrando actos de violencia política. No emito ningún juicio sobre el caso, pero para trazar la relación con la música popular de nuestros tiempos, a la que los jóvenes recurren a modo de salvación, me permito invocar a Jim Morrison, cantante de The Doors, quien conocía a la perfección al personaje mitológico Dionisio y a quien consideraba fuente de inspiración. Él quería llamar Dionisio a su banda y para explicar el porqué de su preferencia habla de las bacanales. El paralelo es el siguiente: las bacanales romanas eran fiestas multitudinarias en honor a este dios, donde no había pudores sexuales y el liberalismo era la ley (se hace recurrente citar el tema de estas ocho personas viviendo según sus normas). Se realizaban en la arboleda de Simila (¿el bosque de Blancanieves?) y en un determinado momento de la historia fueron prohibidas porque se suponía que allí se planeaban diversas clases de crímenes y conspiraciones políticas (¿conspiraciones políticas? ¿Qué les parece un criado que traiciona a su reina contándole los planes al enemigo y un príncipe que en plena boda ejecuta castigo?). Lo más probable es que estas hipótesis sean solo eso. Quiero creer que nuestras infantes mentes jamás decodificaron estas inverosímiles significaciones. Quiero creer. Pero tal vez, no quiera creer tanto.

George Luks. Otis Skinner as Col. Philippe Bridau, 1919


  Lucas Damián Cortiana (Chivilcoy, Argentina, 1983) es estudiante de Profesorado de Lengua y Literatura. En 2007 obtuvo una mención de honor en un certamen nacional organizado por la Editorial de Los Cuatro Vientos y la publicacion de los siete poemas premiados en una antología titulada El decir textual. En la página de Facebook “Rata Carmelito” pueden encontrarse retales de su poesía y su locura.



1 comentario:

  1. Lucas, un texto impecable.Me encantó.Un fuerte abrazo
    Hasta la próxima lectura.

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