ALEVOSÍAS

ALEVOSÍAS. FE DE MONSTRUO

LUCAS DAMIÁN CORTIANA

23 de julio 2017

Jukebox. Paul Weller. 'Long Long Road'

Libros. Caminos anfibios, de Ernesto Calabuig, o ese resbaladizo paseo por los sentimientos. Por Concepción M. Moreno





 La infidelidad se parece a una hilera de animalitos que pasan y se encuentran y se dejan llevar, se asemeja al fácil y arriesgado discurrir de un camino anfibio.
(Fragmento del cuento que abre y da título al libro, “Caminos anfibios”).

Hay unos caminos anfibios, reales, embarrados, de los bosques del Ruhr, en Alemania, donde cada año los anfibios transitan para acudir a los lugares donde se reproducen, y en esa travesía se juegan la vida (cruzan incluso carreteras y los ecologistas colocan señales protectoras), pero a partir de esa imagen física, prestada de la naturaleza, yo he escrito historias de personas que, de golpe, en su vida, sufren tentaciones, por ejemplo la de la infidelidad, y se dejan llevar, incluso sabiendo que resbalan hacia algo peligroso o donde puede que lo pierdan todo: su estatus, su estabilidad matrimonial, su equilibrio…


De esta manera nos explica Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) dónde nace Caminos anfibios, libro de relatos finalista del Premio Ribera del Duero de Narrativa Breve 2013, publicado en mayo de este año por Menoscuarto Ediciones y presentado en la actual edición de la Feria del Libro de Madrid. Este volumen continúa la andadura profesional iniciada por Calabuig en 2008 con su primera compilación de cuentos, Un mortal sin pirueta, y ampliada en 2010 con su novela Expuestos.

A lo largo de trece cuentos, algunos con la brevedad e intensidad de un haiku japonés, como “Mi padre a un lado del camino” o “Última instantánea”, y otros, como el que da título al libro o el que lo cierra, “Nocturno del Ruhr”, auténticas novelitas, este licenciado en Filosofía, crítico literario y traductor nos hace pasear, no sin cierto vértigo, por los caminos resbaladizos de los sentimientos y la memoria que, como él nos cuenta, queremos por un lado evitar y por otro nos queman muy dentro y nos llaman a dar el paso.

Ernesto Calabuig. Foto de María Castro


La obsesión por el tiempo casi como otro personaje más, en este caso por el paso del tiempo y hasta la existencia de un tiempo onírico -hay una importante presencia de los sueños en este volumen-, es una constante en la obra de Calabuig, que explica la necesidad de hacer memoria como una tarea casi de titanes y cita como ejemplo el cuento largo “Del ahogarse en un vaso de agua”, en el que autor y protagonista -fundidos en uno solo- debieron hacer casi una especie de regresión hipnótica para relatar un suceso ocurrido en un verano de 1980.

Este autor madrileño no concibe la creación literaria sin su vinculación autobiográfica a no ser que uno escriba meganovelas históricas sobre monjes del siglo no-sé-cuántos que descubren a su vez un tesoro templario o son masones o viajan en el tiempo y blablablá, aunque aclara que esos textos son como una plantilla exterior, a menudo sin vida propia. Por eso, en Caminos anfibios hallamos referencias a su labor como crítico, a su familia (a lo largo de varias generaciones), a sus veranos en la costa levantina, a su juventud “ochentera”, a sus estudios de Filosofía o a lecturas infaltables, como las de Judith Hermann, Hannah Arendt o Clemens Mayer (cuya traducción de Die Nacht, die lichter fue publicada en 2011).

El anfibio -bien como animal, bien como metáfora de ese vivir y arriesgarse y no convertirse en una “máquina que pierde y pierde calor” (“Nocturno del Ruhr”)- es el leitmotiv que atraviesa todos los cuentos, como lo es la cultura germana que Calabuig conoce y retrata a la perfección, por medio de sus paisajes, sus gentes, su idioma, sus autores... En esta ocasión, además, quizá influenciado por su trabajo como crítico literario en suplementos, como El Cultural de El Mundo, o las revistas Mercurio o Turia, también vemos guiños a creadores latinoamericanos, de quienes, a través de su lectura, dice, ha aprendido a escribir mejor y tener más recursos para contar historias. Autores de países como México, Argentina, Colombia o Uruguay no dejan de sorprenderme cada vez por su talento y esa capacidad para contar la vida real, nos confiesa.



Preocuparse en exceso de esa vida real, cargada de injusticias y corruptelas, le aísla del proceso creador; por eso, declara que hay que escribir mirando hacia dentro y resistir. No obstante, denuncia esa especie de “mangoneo consabido” que se ha manejado también en la política: el hecho de que un autor hiperconocido sepa que va a ganar un concurso incluso antes de escribir el libro, así como la hipocresía pública de quienes compiten con cartas marcadas y, en cambio, fingen ante las cámaras juego limpio.

Frente al mito romántico del autor bohemio, enfermizo, fumador y alcoholizado, Ernesto Calabuig se declara un deportista nato: El ejercicio físico es fundamental en mi caso. A mí, el deporte, la carrera y la gimnasia, me equilibra, me tranquiliza. Corredor habitual de mediofondo, establece un paralelismo entre esa distancia y su escritura y justifica así que el relato es donde mejor se mueve. Hay gente que tiene claro que ahora va a hacer una novela o un relato; yo simplemente me siento atraído por una historia que quiero contar y tal vez al final resulte larga o tal vez se quede en un relato. Puede que esta sea mi distancia, comenta.

Y quizá por este motivo, en los relatos que nos llevan por estos Caminos anfibios el autor solo sugiere, apunta, aboceta, apenas traza, insinúa y nunca juzga, dejándonos sendas abiertas, ideas en el aire, misterios sin resolver o suposiciones para que su lectura nos arranque un suspiro y nos encoja el corazón, en medio de ese peligroso deslizamiento hacia la profundísima sima del sentimiento.

Ernesto Calabuig firmando libros en la Feria del Libro de Madrid. Foto de Concepción M. Moreno

Ernesto Calabuig estará firmando libros en la Feria del Libro de Madrid el sábado 14 de junio (Caseta 212. Menoscuarto Ediciones).


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