LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosía. Golitsyn llegó con un cocodrilo a Londres. Por Enrique López Viejo.





Mi hermana me dice que es un relato de salón que sí merece la pena ser contado, y eso me dispongo hacer esta tarde nubosa de un mediterráneo con un cielo inglés. Traigo a estas páginas a un personaje encantador, a quien, pese a conocerle poco, me hubiera gustado estrechar su mano o, al menos, escuchar alguno de sus valses, pues era compositor de música de baile.


Os traigo el recuerdo de un ruso muy ruso, un loco encantador y excéntrico que nos presentó Alexander Herzen en sus magníficas memorias El pasado y las ideas, y cuya existencia se pierde en las nieblas londinenses y, posteriormente, en las estepas rusas. Al príncipe Golitsyn, a Yuri Nikolaievich Golitsyn, lo voy a recordar como gracioso ejemplo de una curiosa deriva de un miembro de la muy alta aristocracia rusa, un extravagante noble que rompió todos los moldes de su estamento.

A pesar de estar destinado a ser chambelán del zar y que hubiera podido ser gobernador de Tambov y su región, Yuri Golitsyn denunció los privilegios de su clase exiliándose para vivir la vida artística, la de músico aventurero, algo impropio en su rango social, sufriendo todas las contradicciones posibles de su posición, sin menoscabar una ética que, a pesar de su dispendio, representaba lo mejor de su cultura e idiosincrasia. El príncipe se rebeló ante la imposibilidad de organizar orquestas itinerantes formadas por siervos, que recorriesen las escuelas de los pueblos, un proyecto que no le gustó al zar.

Los príncipes rusos era la parentela directa de la familia del zar, de sus primos, los grandes duques. El título de príncipe no implicaba consanguinidad con los monarcas, como en Europa Occidental; en Rusia constituía el mayor grado de nobleza, calificaba el rango superior de la aristocracia, la elite de la elite. Su trato con la Familia Imperial era directo.

El Príncipe Vasily Vasilievich (1643-1714) fue el mas grande estadista ruso del siglo XVII


Los Golitsyn, siendo príncipes de origen lituano, pasaron a ser una de las más nobles familias rusas, boyardos adjuntos a los zares desde que emparentasen con Basilio I, príncipe de Moscú en el tránsito al siglo XV y que unificó buena parte de la Rusia blanca y luchó contra Tamerlán y su Horda de Oro. Los tatarabuelos Golitsyn fueron todos prominentes hombres de Estado. Activos políticamente con la familia Rurik en Moscú, con los Romanov estrecharon aún más su relación con el poder, cuando estos se trasladaron a Petersburgo. Alrededor de Pedro I el Grande forjaron su influencia las distintas ramas de la familia, acompañando al zar en todas las facciones. Atendieron a la Familia Imperial hasta en sus tálamos, pues un Golitsyn dieciochesco fue amante de la hermana de Pedro I, Sofía Alexeievna Romanova, zarina regente previa a su gran hermano.

Los Golitsyn estaban en todos los ámbitos de poder, en las Guerras del Norte, en las de Crimea, en las embajadas extranjeras, en los despachos de San Petersburgo. Todos los siglos rusos tienen a los Golitsyn como protagonistas en importantes áreas. El lema familiar era Vir est vis, el hombre es poder, fuerza. No, no eran unos cualquiera.

 A pesar de que no era común que un noble se dedicara a labores artísticas, hubo algunos Golitsyn muy musicales: un abuelo trabó amistad con Mozart, siendo embajador en Viena de Catalina la Grande. El padre de nuestro protagonista, Nikolai Borisovich Golitsyn, veterano de las Guerras Napoleónicas, violoncelista, se hizo promotor de Beethoven en Rusia, le encargó unos cuartetos que serían los últimos que el genio -muy sordo ya- compusiera. Fue su agente para la venta de la Misa Solemne que escribiera tras su Novena Sinfonía. Junto a su mujer, hizo los arreglos de piano de estos últimos cuartetos de cuerda de un Beethoven que regaló al matrimonio la obertura La consagración de la casa. Así eran los padres de Yuri, muy melómanos. Más tarde otro Golitsyn fue íntimo, muy íntimo, de Chaikovski.

Nuestro Golitsyn protagonista se presentó en 1860 en la ciudad de Londres acompañado de su joven amante, un ama de llaves, su mayordomo, otra criada, y un lacayo políglota y bribón que le sería traidor. También llevaba un cocodrilo que había adquirido a un jovencito árabe en un muelle alejandrino. Podemos imaginar la cara de pasmo de los aduaneros al observar la arribada del reptil con el anuncio de quien era su propietario: un Golitsyn.

Palacio y hospital Golitsyn

Yuri Nikolaievich llegaba a Londres desde Estambul, adonde se había escapado de la reclusión impuesta por el zar Alejandro II, ante la denuncia y complicaciones que le había traído un empleado felón por tener algunas publicaciones impropias para su cercanía con la familia real. Si bien Alejandro II apostaría por un reformismo que le llevase a decretar la abolición de la servidumbre, un Golitsyn no podía inmiscuirse en asuntos rebeldes sin que mereciera el castigo que Yuri Nikolaievich se negó a cumplir. Fue desterrado a Kozlov y se extendió el infundio de que maltrataba a sus campesinos, a sus almas (un alma era el varón que trabajaba en la hacienda del noble), algo que el corazón bendito de Yuri hubiera sido incapaz de hacer, pues desde niño se inculpaba a sí mismo sin ser culpable, para librar a los demás de los castigos, tal era su bonhomía. Al tiempo se divorció de una primera mujer traidora, que le comprometió fatalmente con su hermano y cuñados. Indignado y maltratado, decidió marcharse de Rusia con el dinero que pudo conseguir y su orquesta privada, a la que él mismo se ocupó de formar entre sus siervos, decidido a recorrer mundo con un destino principal, Londres, la capital del gran exilio. Todos los rusos iban a París, pero Golitsyn eligió la capital victoriana como escenario de los espectáculos musicales que en su cabeza programaba. No se andaba con estrecheces, su orquesta y coro los componían ochenta personas.

Le precedían sus deudas. Había enviado previo a su llegada, a esos músicos y cantantes, que lo habían de acompañar en su grand tour que soñaba eterno, pues no pensaba volver a Rusia ni por todo el oro de Moscú. Tenía una nueva mujer balcánica, una moldava que conoció en Voronezh, en las riveras del Don, muchacha que arrebató de los brazos de su madre con la que vacacionaba. Enamorado y feliz de escaparse del opresivo ambiente patrio, su futuro lo planteaba dirigiendo su orquesta y con unos planes estupendos. Se instalaría en un buen palacio, organizaría conciertos de los que vivirían él y su corte liberada de siervos músicos, deudores de su magnificencia personal. Príncipe filántropo, imaginaba un mundo feliz en las riveras del Támesis, ofreciendo en la capital del mundo civilizado su divino repertorio.

La orquesta había llegado desde San Petersburgo algunas semanas antes. Instalados en un hotel de Hayrmarket sufrieron los impagos del príncipe antes de su llegada, problemas que tuvo que solucionar el periodista y editor Alexander Herzen, rico y altruista, mediador en muchos litigios entre los exiliados europeos. Herzen es quien nos da estas noticias de los avatares londinenses de este singular músico de la más alta nobleza rusa.

Pero desde el primer día, todo fueron complicaciones. El dinero se acababa nada más empezar, pues además del escaso monto del mismo, en Londres todo era mucho más caro, y los gastos sin límite propios de un ruso de su alcurnia, en semanas, fueron muy superiores a los futuros ingresos que se prometían.    Golitsyn y los suyos se instalaron en un magnífico caserón en Porchester Terrace, abriendo sus puertas día y noche en un continuo ambiente de fiesta que contravenía las costumbres inglesas, provocando los lógicos recelos y sus muchos escándalos entre unos vecinos estupefactos ante las noches sin final de unos bebedores inmoderados, ubérrimos derrochadores que se comprometían con un honor feudal ante las muchas deudas que acumulaban.



La vida de Golitsyn en Londres se presentaba feliz, pensando que la publicidad que se hacía de sí mismo y su orquesta sería el prolegómeno de sus futuros éxitos. Su alegre y dispendiosa manera de vivir era la mejor forma de convocar al gran público. Y así fue al principio. Inició una rueda de conciertos en los que se fue ganando el aplauso del público con un repertorio en el que combinaba los cuartetos finales de Beethoven, para continuar con el genio de sus compatriotas Glinka y Bortniasky, sus cánticos religiosos, así como composiciones suyas, piezas con títulos como Chanson bohemienne o La vida para el zar, La cuadrilla rusa, y otras. The Musical World, la revista especializada, nos detalla el repertorio y aplaude el gran concierto que dirigió el príncipe en St. James Hall. En esta sala, en Picadilly, tuvo un enorme éxito de crítica y público, en una sociedad que mantenía una relación de amor y odio con la política zarista, y con la lógica prevención que se tenía al muy especial exilio que albergaban en sus calles. No todos los rusos eran bienvenidos, y era temido el asentamiento en la ciudad de los terroristas de los varios grupos que surgieron en aquellas décadas. Pero Yuri Golitsyn no era susceptible de perversas sospechas, de maldad alguna. Por un lado era el modelo de aristócrata bueno y comprometido con nobles causas sociales, y por otro, el loco encantador que se paseaba con un cocodrilo por las calles londinenses.
  
Golitsyn presentaría los cánticos del folklore tártaro y kazajo, y sus propias composiciones inspiradas en la corriente ideológica y sentimental que animaba a la intelligentsia rusa, los reformistas westernlies que abogaban por el final del régimen de servidumbre que se sentenció el año 1861, un año después de su llegada a la capital británica. Compuso bailes populares para deleite de exiliados, que no eran precisamente del pueblo, aristócratas casi todos ellos, y las tituló con el nombre de sus amigos, La cuadrilla Ogarev, (Nicolas Ogarev era un noble poeta, íntimo de todos y muy borrachín), cuya partitura editó y reeditó, el Vals de Herzen, la Polka Zozlov, en recuerdo de la ciudad donde estuvo exiliado, y su pretendido éxito, la Fantasía de la Emancipación, un popurrí de La Marsellesa y otros aires revolucionarios que se cantaban en los banquetes de honor, reuniones que se estilaban en los ambientes liberales y revolucionarios de toda Europa, y que eran eso, banquetes entre acólitos fraternizando que acababan en discursos varios, bailes y francachelas.

El 3 de marzo de 1861 (19 de febrero en el calendario juliano) se decretó la abolición del régimen de servidumbre que había lastrado la historia y sociedad rusa. Más de veintitrés millones de siervos imperiales eran libres a partir de aquella fecha. Posteriormente, el resto del campesinado iría accediendo a su emancipación y compra de tierras. Era el más importante acontecimiento histórico de sus vidas, por lo que habían luchado, lo que transformaría todo, pensaban. El zar Alejandro II se adelantó a la abolición de la esclavitud de los americanos tres años posterior, quienes con su buena publicidad anglosajona eclipsaron la importancia histórica del decreto del zar, al que luego, justo veinte años después, asesinarían terroristas nihilistas.

Ogaren y Herzen, adalides del exilio ruso
  
En la fiesta londinense de la Emancipación, siete mil antorchas se encendieron alrededor de la casa de Herzen en Orsett House, anfitrión principal que aquella noche reunió en un brindis a todos los grandes líderes políticos en el exilio en la capital británica, Louis Blanc, Giuseppe Mazzini, los embajadores americanos, a toda la intelectualidad del momento, y a centenares de personas que colapsaron las calles. La Fantasía de la Emancipación fue la banda sonora, y su autor era el eufórico príncipe Yuri Nikolaievich Golitsyn.

El poder de convocatoria del simpático príncipe, al que se le adjetivó como un minotauro asirio, era relativo, era una fantasía. Obviamente, el exilio ruso cuyos máximos representantes eran Alexander Herzen y Nicolas Ogarev, fue su ilustrada cla. Luego lo fueron las señoras inglesas, sus admiradoras fieles, pues además de simpático y divertido, Yuri Nikolaievich era alto, corpulento, y aunque en exceso patilludo, era bastante petimetre, una exacerbación a la rusa de los dandis de moda. En aquellos días cumplía treinta y cinco años, y su tartamudez no le impedía mantener una agitada vida social. Su joven mujer era una belleza, sus atuendos los mejores, el carruaje de corceles tordos el más elegante, su mascota… un cocodrilo.

Pero igualmente que su presencia fascinó a la sociedad inglesa, los pleitos surgieron de inmediato. Desde su llegada a Londres iba excedido, espléndido y generoso, fue agotando rápido los dineros y disponiéndose a aguantar ilusionado con su musical intención y programa. Desde su llegada también, tuvo que acudir a despachos y tribunales hasta dar con su chaqué, sus corbatas y su bastón en prisión, con sus huesos en la cárcel. A la vez que era elogiado en las gacetas musicales, The Times daba el siguiente titular y noticia de su persona, “Un noble insolvente”, artículo que ponía en guardia a la sociedad que concurría a su alrededor sobre su calidad de moroso. Sin mala intención, que no con buen cerebro, Golitsyn, ruso muy ruso, fue un pobre cabeza de turco, pues perdió todos los pleitos tanto los que tuvo en su Rusia natal como los que soportaría en Inglaterra. Incumplir sus promesas era su delito, pues no era un irresponsable, que se lo trabajaba más que ninguno de su troupe en la que nadie podía olvidar que Yuri Nikolaievich era su príncipe.

Obtuvo adelantos de la editora Chapell and Boosey, para comerciar partituras, organizó banquetes de honor, y finalmente obtuvo un importante éxito de crítica y público en Picadilly, ante un público conmocionado por el dispendio floral del director, un eufórico príncipe que regaló docenas de flores a su orquesta y al mismo público que lo aplaudía en palcos y patio de butacas, al que se lanzó floralmente dadivoso.

Alejandro II

A Yuri Nikolaievich no le salían las cuentas, no le cuadraban al administrador del príncipe y de su orquesta, que informó de ello a Herzen, pontifex maximus, para que fuera pagano del príncipe su amo, lacayo contable que emprendió la denuncia de las deudas generadas por su señor ante los tribunales ingleses. Al noble se le quería mucho, pero sus promesas pecuniarias eran vanas. Los suyos querían volver a Rusia y Golitsyn era incapaz de pedir dinero prestado y de solucionar la situación. Por muy generoso e ilusionado que el noble director de orquesta pretendía ser, la realidad era plebeya, y sus problemas dinerarios, sus bastardos enemigos. Así de triste, cuanto más éxito tenía, más deudas contraían. En su euforia, gastaba los posibles beneficios, en flores, en ágapes, en cenas y champán, cerrando todos los pubs y tabernas. Cuanto más ganaba, más prometía a sus propios, les juraba y perjuraba. No era un moroso sinvergüenza; al contrario, era un deudor encantador, esa clase de personas que mientras te reconocen el dinero que te deben, te suben el sueldo y a la vez te piden dinero prestado.

Fue tal el acumulado de deudas con sus músicos y a sus proveedores ingleses, que tras distintos litigios y a pesar de su verdadera influencia y el encanto de su personalidad, fue conducido entre rejas. Apresado, encarcelado en una celda, y yo no sé si en una mazmorra. Era algo poco concebible, un Golitsyn en una cárcel extranjera, víctima de su ilimitado dispendio heredado y sus incumplidas promesas dinerarias.

Tras dar un concierto en Cremorne, en el mismo atril en el que dejaba su batuta, fue esposado por la policía y conducido a prisión para saldar sus deudas con la justicia. Valiente y estoico, tras ponerse sus guantes blancos y recoger su chistera, se despidió de un público que pronto lo reclamaría, obteniendo el favor de las autoridades para que cada tarde lo dejasen salir a dirigir un concierto que divirtiese a las damas de la buena sociedad británica. Una personalidad así, una figura como era el aristócrata, no podía consumirse en su celda sin actividad alguna, por lo que se le ofreció una manera originalísima de pasar la temporada de prisión a la que fue condenado: cada día podría salir a dirigir conciertos que daría en distintos salones.

No era la vida que se había prometido, desde luego. Una pena para él y para sus músicos. Su capítulo británico se acababa con enorme frustración. Su orquesta de siervos recién liberados lo abandonó. Su familia lo reclamó a las autoridades inglesas, que por ser quien era accedió a que regresase a Rusia donde, contrito y exhausto, se refugió en Yaroslav, en el Anillo de Oro de Moscú, dedicándose, reconvertido, a la música religiosa bajo el amparo de un obispo católico polaco.

B. Kustodiev. Liberación de siervos

De él yo ya no sé más, que fueron otros Golitsyn sobre los que se ha fijado la lupa de la Historia con mayor precisión. Pero a este ilusionado músico de la Emancipación y del exilio, no podía dejar de presentároslo, tras haberme tropezado de nuevo con él, al que conocí gracias a E. H. Carr contándonos la vida de Herzen, y por el propio Herzen, que disfrutó del personaje y lo sufrió en sus extravagancias personales y contables.

Se me podrá decir que este tipo de personajes surgidos de la más rancia nobleza no son ejemplo de nada especialmente bueno. Yo pienso y digo lo contrario. Comportamientos y aventuras vitales como la de este Golitsyn me resultan sensacionales modelos de vida. Sintiendo mucho que el personaje lo pasase mal con sus vicisitudes carcelarias, sé que lo pasó en grande también, su intento y avatar londinense ofrece una preciosa secuencia histórica, una divertida historieta rusa, muy rusa, que espero haya resultado simpática al lector.

En fin, queridos, hasta la vista, en ruso… Dasvidania.


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