ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Ítaca. Salvatierra no pudo brindar por mí. Por Concepción M. Moreno.



Nunca le puse rostro ni tuve dato alguno sobre su físico. Jamás escuché su voz. No sé cuántos años tendría. Ni siquiera si tenía familia o no. Pero aquel policía se convirtió en una de esas personas que pasan por tu vida dejando una huella indeleble. Fue algo así como un ángel de la guarda en un momento de confusión y pérdida. O, simplemente, de gran cagada. Porque es una gran cagada dejarse olvidado el ordenador portátil de la empresa en el aparcamiento del aeropuerto de Ezeiza cuando te mandan desde España a Argentina a cubrir una información por dos semanas.


No es que pretenda justificarme, porque ya he dicho lo que me pareció aquel error imperdonable, pero la emoción de que mis amigos vinieran a recogerme a la terminal después de más de un año de separación hizo que las varias maletas que yo llevaba para mis 45 días en Sudamérica (después del trabajo, sumaba un mes de vacaciones y planeaba recorrer varios países) se acumulasen entre el suelo y el maletero del auto. Y la pequeña bolsa de la compu quedó, no sé de qué extraña manera ni por qué extraña razón, allí abandonada.

En el largo camino hacia el hotel donde me alojaría en la capital fuimos poniéndonos al día, en uno de esos diálogos interminables nuestros, cargados de risas y de anécdotas, de besos y de intercambios de saludos de los amigos comunes. Y al llegar a Belgrano fuimos sacando todos los bultos hasta que comprobamos que, efectivamente, el ordenador había elegido turistear por su cuenta. Jamás vino con nosotros.

Ante mi nerviosismo, el personal de la recepción del hotel trató de contactar con algún teléfono del aeropuerto, pero mis amigos consideraron, mientras yo subía el resto del equipaje a la habitación, que lo más práctico era regresar a la terminal y averiguar en la oficina de objetos perdidos.

Dicho queda, sin asomo de prejuicio por mi parte, que ninguno de mis amigos daba un mango (vamos, que no daban un duro) por que apareciese la compu. Si depende de la cana, olvidate... Varios amigos que telefonearon para darme la bienvenida y supieron la noticia repetían la letanía. ¿Dejaste una compu en Ezeiza? Bueno, chau.

Pese a todo, mis amigos optaron por llevarme de vuelta (el trayecto dura algo así como una hora y media, es decir, tardamos otro tanto en regresar) y, al llegar al estacionamiento, solo vimos un pequeño coche policial, similar a los carritos de los campos de golf, con dos agentes a quienes relaté mi caso y que, entre miradas cómplices y gestitos de mirá esta loca lo que pretende, se deja la compu olvidada y va a estar acá esperándola. Nos recomendaron acudir a la oficina policial, donde quizá podrían darnos alguna pista.




Con mi cara a medio camino entre el estupor y la desesperación, pregunté si alguien les había entregado una bolsa con una compu. Estaba preparada para un rotundo no o, en su defecto, para una maliciosa carcajada. En su lugar, escuché: Un momentito, pase por acá.

Al otro lado de la puerta de la salita acerté a ver sobre una mesa las tarjetas de mi empresa. Solo podían estar ahí si habían hallado la bolsa. Un agente, algo más veterano y serio que el anterior, preguntó:

-¿Es esta su bolsa?
-Sí, sí, sí.
-Hemos avisado a su empresa para que supieran que la teníamos acá.

En aquel momento di por bueno el pequeño ridículo que suponía llamar a Madrid para avisar de que olvidaran aquel correo, porque ¡¡¡ya tenía mi compu!!! El agente siguió relatando que había sido muy afortunada, que habitualmente ese tipo de bolsas pasa por el procedimiento del manguerazo de agua (por si contienen explosivos) y que quizá solo el hecho de que fuera tan de noche lo había impedido. Y, acto seguido, me extendió una hoja que debía firmar y en la que figuraba una relación de los objetos que había en su interior (para confirmar que eran devueltos): la compu, los cables de conexión, folios con información para esos días de laburo, el teléfono de la empresa, las tarjetas de identificación. Todo estaba allí.

Y, a los pies de aquella lista, un nombre, el de mi ángel de la guarda, que no podía tener otro apellido que el suyo: Salvatierra.

-No, lamentablemente, ahora no está acá.
-Bueno, quisiera tener un detalle con él. Realmente hace honor a su apellido. Me ha salvado la vida.

Por supuesto, todos los brindis de esa noche fueron dedicados para aquellos policías honestos que, a diferencia del estereotipo y de la imagen forjada en mis amigos por años de experiencia cumplieron con su trabajo y jamás dudaron de su misión última: la devolución de mi portátil. No solo diste con un cana honesto, sino con tres. No, lo tuyo es de no creerse. Mis amigos no daban crédito a lo sucedido aquella noche.

  


 Un mes y medio más tarde, una vez concluido mi periplo por distintos rincones de Argentina, Chile y Uruguay, llegó la hora de regresar a Ezeiza. En vísperas de las fechas navideñas, decidí hacer un regalo a ese hombre que había hecho posible mi trabajo en Buenos Aires y, sobre todo, no tener que rendir cuentas ante mi empresa por semejante pérdida. Una caja de madera con unas cuantas botellas de rico vino mendocino, cuidadosamente elegidas en una de esas tiendas especialistas del aeropuerto, fue el presente elegido. Acudí a la misma oficina policial donde había recuperado el ordenador y pregunté por el agente Salvatierra.

-No, acá no está. No labura acá.
-¿Cómo no? Pero si hace un mes estaba y gracias a él recuperé mi compu.
-Este no es su destino habitual. Estaría haciendo alguna sustitución.

¿Sería posible que la historia fuera tan rocambolesca que el hombre que me salvó solo pasaba por allí y que aquel no era su lugar habitual de trabajo? Pregunté a aquel joven agente si podrían hacerle llegar el presente a su comisaría habitual y, aunque debí fiarme poco de su cara, le dejé la caja junto a una nota dándole las gracias por lo que había hecho por mí y le anotaba mi correo electrónico por si quería escribirme en algún momento.

Abandoné aquella caja confiada en que la misma buena estrella que guió a Salvatierra a mi vida haría que los vinos terminasen en su mesa en una celebración navideña junto a sus seres queridos. Meses después, cuando ya apenas la historia de la compu era recordada como una anécdota de viaje, recibí este correo: No tiene usted por qué darme las gracias. Únicamente cumplí con mi trabajo. En su nota decía algo de un presente, pero jamás me llegó. Lástima. Un saludo desde Buenos Aires.


Pese a todos los brindis que aquella noche de noviembre de 2006 hice por él, Salvatierra no pudo hacerlo por mí.



(Todas las fotos están tomadas por la autora del texto)


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