LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosía. Defenestraciones y balconing. Por Enrique López Viejo



Voy rapidito, que el verano es muy pesado, que estos calificativos serán toscos, severos y cacofónicos. Últimamente muy cacofónicos, hediondos y ultra-escatológicos.


Olvidando otros sucesos de la Antigüedad, en la bellísima ciudad de Praga tenemos reconocida la primera defenestración política de la historia moderna -o no muy moderna-, pero que son sucesos que podemos recordar con memoria, documentación e imágenes gráficas reales. Defenestraciones en las que ya resultan reconocibles los sucesos, los personajes, edificios y ambiente, y que conocemos el porqué del asunto conflictivo, por muy eslavo, usita o sajón, o todo lo austro-húngaro que se quiera.

Estoy sin cuadernos ni apuntes a pie de pantalla, pero creo que en el siglo XV se produjeron dos importantes defenestraciones en la Stare Mesto de la Madre de Todas las Ciudades, la bellísima ciudad de Praga. Que una tercera defenestración se produjo en el Hradcany, el fabuloso conjunto castellar palaciego que la ciudad tiene, y una cuarta en que se lanzó por la ventana al bueno de Jan Masaryk, prócer opuesto a la vomitiva política del Kommintern, esto ya mediando nuestro anterior siglo.

Uno recuerda esta expeditiva manera que se tenía de solucionar determinados problemas municipales, políticos, (generalmente, de fe o de impuestos), que con mayor o menor traumatismo, más resolutivamente -o su contrario-, solventaban el problema de forma espectacular, con un disfrute encomiable por parte del pueblo que observaba ese vuelo gallináceo de quienes habían sido gallos, gallinas o pollos, que con mejor o peor suerte, eran lanzados por balcones y ventanas en arrebatos de popular justicia, de venganza, en búsqueda de rápidas soluciones a problemas de distinto orden.


Escribo a vuelapluma, a media tecla -tuerto de un ojo que estoy-, con el mero recuerdo en la mente, sin más datos que esta memoria de un despertar hospitalario. A lo largo de la historia hay defenestraciones con gran atractivo y enjundia, teniendo verdaderos buenos recuerdos de petimetres saliendo azarosos de ojivas o saltando baluartes de piedra o forja, haciendo balconing.
  
De las de Praga, la más importante defenestración fue la de principios del XVII, en la que se cortaría la cinta que inauguraba la Guerra de los Treinta Años, que asolaría el espacio europeo, conflicto menos largo que la de los Cien Años entre ingleses y franceses peinados a flequillo, pero que involucraría a todos y cada uno de los países europeos, fueran del norte, del sur, este u oeste, que se mezclaron en este conflicto multinacional que tras la Paz de Westfalia definiría el mundo moderno europeo tal como lo venimos entendiendo hasta hoy.

Lo de las defenestraciones (el antiguo balconing) se llegó a instituir como un fenómeno sustitutivo drástico, una tradición expeditiva efectiva como ninguna, pero que mucha gente entendía y ansiaba contemplar como suceso, como algo propio de la idiosincrasia política o sentimental de un país, de una ciudad, como Bohemia o Verona o Venecia (que caían al agua), como en el jubiloso Dresde del que ahora hablaremos.

Al facineroso, al estúpido, al ladrón, se le tiraba por el balcón. Era una solución. Siendo niños, ¿cuántos muñecos hemos visto caer desde el alféizar de las ventanas del castillete al vacío almenado cubierto por una improvisada telita negra? En teatrillos, entre títeres, en nuestras mesas camillas, en las sombras del sábado con nuestros primos jugando.

Hubo balconing en infinitos affaires románticos medievales y renacentistas, con los más frescos de los dieciochescos. Que si capuletos y montescos, que si tenorios y casanovas. Hubo balconing en la política y en las artes (En la política reciente ni recordarlo ahora). Ahí tenemos a los teutones y germanos, tedescos todos, muchos tedescos que para eso tenían y tienen esa fiebre constructora que siempre les hace querer ser un país über  alles, elevando piso, mirada y tacón. Siendo un país estupendo, con lo suyo bueno y lo suyo horrible (especialmente el chucrut), muchas veces hacen el ridículo más pasmoso (sobradamente con sus salchichas). Ahora son los anglos y jutos los que adoran el salto de la baranda. Son modas, ¡qué le vamos hacer!

Zwinger Dresden

Un ejemplo de un defenestrado entre los tedescos en este campo de las artes es el del virtuoso Veracini, que ahora escucho una de sus sonatas, un figura del violín que Augusto el Fuerte contrató para que, reinterpretando a Arcangelo Corelli (nada menos), lo pasasen bomba él, sus amigos y sus muchas cortesanas. Augusto era un fenómeno al que gustaban la música, las artes y el fornicio (se le atribuyen más de trescientos hijos), pero no pudo evitar frenar las inquinas de otros músicos contra el virtuoso veneciano que tuvo que saltar, salir por piernas desde una ventana de no sé que palacio de la ciudad acosado por otros músicos aburriditos de ser los compositores de las misas que se decían en la ciudad, y no dedicarse al género galante que resultaba mucho más divertido e interesante, dado el ambiente que en la ciudad tenían, que hasta el Gran Duque, rey de Polonia y príncipe elector, todo en uno, tenía amantes negras y turcas reconocidas.

Como el “superrey”, en verdad príncipe elector, era católico para polacos y lituanos, y protestante para los sajones muy sajones de la futura dinastía Sajonia Coburgo, en la ciudad del Elba se decían más misas que en las cien parroquias de mi barrio castellano de mi levítica ciudad. Allí estaban el checo Zelenka haciendo misas católicas y Reichenhauer oberturas una detrás de otra (este debía de ser muy rarito, no sabemos bien si joyita o joyón). Pero el caso es que el bueno de Veracini se tiró por el balcón y se fue con su violín a su Venecia natal, donde mandó al demonio a Tartini, que compuso el famoso Trino del Diablo por muchos conocido.

Hasta este momento, asuntos de la Historia, el balconing histórico. Defenestraciones políticas, sentimentales, artísticas, pero hasta aquí lo justo y no queremos nada más. Lo que estamos viviendo en la actualidad es de una grosería infinita y no por las pérdidas (meras bajas estadísticas de quienes carecen de neuronas), pero la imagen, la suciedad, el horror real de ver sesos, vísceras y asquerosos huesos astillados, supone un espectáculo imperdonable y una publicidad a no pagar, a prohibir, sí, del verbo prohibir.

Publicidad de la barbarie. Jóvenes borrachos, bajo la ingesta de tóxicos metílicos y metaanfetamínicos que se tiran de un balcón a otro para tratar de hacerse daño o, incluso, perder la vida, y de manchar el terrazo de la piscina, la escalera donde rebotan o el cristal que estallan. Para ensuciar el césped y el parterre. Son unos mamarrachos en la precisa acepción del término. Pero, ¿qué decir de los que están permitiendo que esto ocurra?



Lo de esas calles de Magalluf, en un reducido ámbito del municipio de Calviá, es la escoria del excremento. Quema estupendamente y debiéramos hacerlo, además de tirar a unos cuantos responsables por la ventana, inversores perversos, melifluos munícipes, o quienes tengan parte responsable en que ocurran semejantes tropelías públicas, que aceptan tal vejación social ya no de esos seres humanos -si lo son, pueden que sean chimpancés camuflados-, sino la vejación de nuestras calles, de la imagen de nuestro entorno. ¿No es un problema de salud pública? ¿No hay escándalo y vejación? ¿Por qué cerramos un chiringuito estupendo en la playa por un decibelio de más y permitimos que una joven sea torturada por glandes purulentos de gentes que no debieran haber nacido?

Entiendo el balconing. Es lo que se lleva ahora entre los más tontos, que siempre los habrá. Pero por favor que no nos lo cuenten, que no nos lo enseñen ni publiciten, que cierren determinados negocios tóxicos y hediondos. Así se acaba el problema y ni un comentario más. Chitón ¿Dónde están los ecologistas para evitar esas calles tóxicas? ¿Y los comunistas para tanta afrenta a la ética social? ¿Las feministas contra la servidumbre sexual? ¿Y los de Aurora´s rosary? ¿La Adoración nocturna? Los tártaros de Tamerlán. ¡Joder! El sentido común.

Déjenlo, dejen que el idiota se autodefenestre, pero sepan ustedes, quienes permiten que ocurra siendo tan fácil su erradicación, que son mala, muy mala gente, y lo son por cobardes, por mierdas, por débiles.

Tomo un refrescante Tom Collins sentado en mi hamaca azul marino, y lo hago aquí, en Calviá, municipio al que la naturaleza le regaló calas, sierras, bosques y playas. Desde aquí lo digo y lo proclamo en alta voz y todo lo escatológicamente que se estime necesario: me defeco en la cara de aquellos que están permitiendo esto, que los defenestraría con plomo en su cabeza, con erizos en sus orificios, y haciéndoles tragar sapos y culebras con excitados  chinches que les devorasen la mierda de vísceras que componen su cuerpo por darle un nombre a su conjunto de moléculas. Vergonzoso, vergonzante,sinvergüenzas desvergonzados, Mallorca desespera por una estupidez y una moda del pasado que gentes de flácidos glúteos no saben parar. Excrementos ellos, residuos nosotros, basura que los votamos. Qué asco.

Y ahora –para colmo- el mamading, que no era suficiente con la tradición reconvertida en esta modernidad del balconing, que ahora son las felaciones masivas entre orines de cerveza. Algo infinito, infinitesimal, muy mal.

¡Qué orgullo –verdad- para quienes nos dirigen! Nos dirán que están trabajando en ello.


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