LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Alevosía. ¿Qué fue primero: el arte o la locura? Por Lucas Damián Cortiana.


Josef Förster. Locura real convertida en arte.

¿Qué fue primero: el arte o la locura? Como aquella vieja cuestión darwiniana del huevo o la gallina, cualquier premisa que se suponga por cierta, tendrá detractores y festejantes. Es un hecho que la estética se deleita en rozar el cuerpo sombrío de la insania, pero es cierta también su contracara: la perturbación de las facultades mentales gustan en regodearse en la belleza.


No olvidarse del peligro. Es un solo y único peligro el que atraviesa a ambos: la inmediatez del vacío, la latencia de la muerte. Eso que aparece en sueños, ese territorio ilusorio donde habitan desordenadas formas salvajes, colores y luces calidoscópicas, demonios de la noche, erotismo velado; ese lodazal es el habitáculo primario. Allí el arte o la locura ofician de partera. No hace falta ni que cierre los ojos para imaginar el final (o el inicio) de este flirteo con la demencia: Poeta salta desde la cima de su propia lengua -dicen los periódicos oníricos-, los gatos de la calle y las prostitutas de la zona rosa neoyorquina lamen su sangre. La policía no sabe cómo detener esta orgía de placeres literarios.

Si bien la sublimación actúa como mecanismo de defensa de nuestro psiquismo, aquellos bajísimos instintos, pulsiones y deseos primitivos que gritan por salir pero que no podemos dejar (sexuales, criminales, suicidas) que se plasman en una canción, una pintura o cualquier acto aceptado por la sociedad (lo vil, malvado y depravado tienen permiso siempre y cuando se den a conocer como si de un carnaval veneciano se tratara, con las máscaras de Arlequín, Pierrot o Colombina cubriendo sus verdaderos rostros) se retroalimentan y dan a luz nuevos pensamientos sexuales, criminales y suicidas. ¡Qué no daría por estar parado justo allí, en el umbral de la consciencia y la inconsciencia! Desnudas y bajo las sábanas estarían mis inhibiciones, metamorfoseándose en actos fallidos, saliendo a la luz en forma de bromas subidas de tono; aquel miedo enfermizo a la muerte, paseándose por mis poemas con una copa de champán en la mano en una fiesta de disfraces junto a momentos vergonzosos, masticados a la fuerza en los divanes, maldita catarsis, malditos manuales de autoayuda, malditas fobias inventadas para tener temas de conversación. Teoría número uno: la locura duerme en el subconsciente, se despereza en sueños y visiones y amanece en el arte.

William Kurelek. I Spit on life

Sigmund Freud en su psicoanálisis, John Broadus Watson como cabeza del conductismo y John Bowlby en su etología postulan la “teoría del apego” para explicar la relación que los recién nacidos y los niños deben desarrollar con un mayor para su desarrollo emocional y social. Freud dice que el niño asocia a su madre como la proveedora de alimento y satisfacción, por lo que se genera un vínculo afectivo, una relación de amor; Watson afirma que el niño forma una respuesta condicionada de amor ante la persona que suple sus necesidades; Bowlby dice que el niño se mantiene próximo al adulto ya que este constituye una garantía para su supervivencia. Me pregunto hasta qué punto existe un apego entre el artista y la locura. El artista es conocedor de que la locura le provee de ideas, ilusiones y aventuras. Alimento, sí, satisfacción. El artista sabe que sin locura no puede sobrevivir a este mundo terriblemente lógico, cuadrado, oficinista, exitista, siniestramente cuerdo (¡Ay Dios! ¡Ay Dios! ¡Voy a llegar tarde!, diría el conejo blanco de Alicia). Teoría número dos: el arte no sabe subsistir sin locura; la locura lo cobija, lo amamanta y lo protege.

Siempre hay motivos de sobra para volverse locos, siempre hay excusas para explotar este planeta, para sacudirlo, abofetearlo, abrirlo en dos mitades e inyectarle una jeringa con una buena dosis de sueños utópicos y pasiones celestiales. Siempre hay razones para intentar el rescate de este secuestro diario de comodidad (que no es comodidad sino estrés, paranoia y pérdida de nuestra propia humanidad) y horarios esclavos. Siempre hay motivos de sobra para volverse locos… y volverse locos es una cuestión urgente, porque, sin querer dar la sensación de tener la receta exacta, volverse locos es desestabilizar el imperio de los otros locos, los más peligrosos: los que nos venden en un discurso televisado bonitas patrañas progresistas y nos disfrazan realidades con eufemismos maliciosos (petróleo es igual a sangre, compre es igual a venda su alma, daños colaterales es igual a bombardeamos sin querer una escuela o un hospital). Un loco con una acuarela y un loco con una máquina de escribir acarician lo divino; un loco en un búnker en Oriente Medio y un loco en un Pentágono, delante de los ojos del mundo, acarician el botón rojo. Si no uno, ambos.
Martha Pacheco

Hay botellas de absenta en la biblioteca de Wilde y en la de Baudelaire; una navaja sangrienta en la mano de Van Gogh; Warhol y una lata de sopa Campbell; de una granada surge un pez, un tigre escupe un tigre, de su boca un fusil que despierta a Gala y Dalí arde en alguna cama en Portlligat; Pizarnik se lleva barbitúricos a la boca, Wolff piedras a los bolsillos, no tomes drogas a los veintisiete. Están perdidos, decían por allí, cuidado, son mala gente.

¡Dios quiera que nos mantengamos alejados del arte! ¡Que los libros ardan en una enorme fogata, en Bebelplatz o en cualquier plaza que se disponga para ese acto (¿no aprendimos nada de Fahrenheit 451?); disparemos a la cara de la Mona Lisa (otra vez); cortemos las alas a los ángeles de Botticelli; lancemos, como en las caricaturas, pianos de cola desde un quinto piso; censuremos, censuremos, censuremos! Dios quiera que nos mantengamos cuerdos e insensibles, que no hallemos motivación en el amor, en la alegría, en la naturaleza ni en los sueños; Dios quiera que ninguna pasión nos lastre el alma para que podamos correr ligeros en esta carrera sin sentido hacia la avaricia, la guerra y el consumismo; para que podamos pisarnos la cabeza entre todos en la cola del banco y ser los primeros en obtener ese crédito en setecientas cómodas cuotas, que terminarán de pagar nuestros nietos, solo si tenemos la mala suerte de que el planeta no esté durmiendo bajo las aguas derretidas de los polos.

Wilde estaba loco. Dalí, Wolff, Beethoven y la novena también, ¿y qué? ¿Hiroshima nos hará más cuerdos? ¿Auschwitz nos hará más humanos? ¿Wall Street nos hará más ricos del alma?

Josef Grebing. Calendario


1 comentario:

  1. Lucas, leí tu texto y es hermoso pero vos estas loco! la gente esta muy loca jaja

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