ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Cortázar, una vida convertida en comic


ANNA MARÍA IGLESIA





“La vida de Julio Cortázar está, de algún modo secreto, persistente, regida por el azar”, escribe Jesús Marchamalo a modo de preámbulo de Cortázar, el cómic biográfico que firma junto al joven ilustrador Marc Torices para la editorial Nórdica. “Los sucesos misteriosos, las casualidades mágicas casi en apariencia se repetían casi a diario como señales misteriosas”, continúa Marchamalo en esa especie de preámbulo reconvertido en breve historieta sobre un Cortázar aparentemente joven que, maleta en mano, llega a una pensión para transcurrir la noche. Sin embargo, esa pensión no era donde debía pernoctar, la plaza de la pensión no era aquella “pensión acogedora, suelo de madera, visillos blancos, tenues y espejos desazogados” que el amigo: “aquélla no era la calle, ni esa que dejó atrás la escalera, ni la pensión misma… o tal vez sí”. Y en este tal vez sí se detiene la historieta, cierra sin cerrar el preámbulo y abre la biografía construida, como advierte el propio Marchamalo, a partir de casualidades aparentemente mágicas que en su sucesión e interconexión construyen un relato donde vida y obra confluyen, se entremezclan y dan sentido la una a la otra.

Más de tres años de trabajo –“el proyecto nació en febrero 2014”, recuerda el ilustrador- ha necesitado Cortázar, un cómic que busca presentar a una figura tan icónica, “a un autor fetiche”, dirá Marchamalo, como Julio Cortázar desde una óptica original, “pero no nueva”, pues imposible no ser conscientes de que poco nuevo se puede decir sobre el autor de Rayuela, a quien rodea una amplia bibliografía que supera en número, incluso, la propia producción literaria del escritor argentino. ¿Cómo acercarse, entonces, a Julio Cortázar? “El reto”, comenta Diego Moreno, editor de Nórdica, “era pedir a un escritor que hiciera el guion de un cómic y, más en concreto, se trataba de pedir el guion a un escritor que nunca había escrito guiones con el objetivo de que el cómic que se obtuviera sonara a literatura”. Y Cortázar no sólo suena a literatura, sino que Marchamalo y Torices han conseguido crear una narración donde texto e ilustración no funcionan paralelamente, sino que se acoplan de tal manera que el lector se enfrenta a una narración homogénea, donde texto e ilustración son una misma y única escritura: allí donde no llega la palabra, llega la imagen. Muchas de las páginas escritas por Marchamalo fueron condensadas en imágenes por Torices, cuya atención por los detalles (el tipo de baldosas, la barba repentina de Cortázar, el contexto urbano, sea Buenos Aires sea París, los apartamentos habitados…) resulta particularmente de alabar. No hay ningún trazo ni ninguna anotación dejados al azar, no hay preciosismo, sino una afinada concreción donde, como el ya famoso clavo de Chéjov, está porque tiene una función y un sentido.

En Cortázar no todo se dice, mucho se evoca: si la barba aparece durante el condensado tiempo (¿años? ¿meses?) que transcurre entre que se enciende un cigarro y éste se termina, convertido en simple ceniza, la muerte aparece en un fundido en negro tras el cual aparecen el rostro del escritor, estirado en la cama de hospital, y unas palabras finales, más evocadoras que referenciales: “un gélido domingo en que sonaba esa música que sólo ya él oía”. La evocación y la elipsis sirven a los autores para pasar por encima de temas polémicos: “Queríamos eludir la polémica”, confiesa Marchamalo y esto queda patente no sólo en el relato, sino en las referencias bibliográficas utilizadas. En ningún momento aparece la controvertida biografía de Dalmau, ¿casualidad? En absoluto: una omisión voluntaria. “No sólo no queríamos entrar en polémica, sino que creo que nada aporta a la figura de Cortázar el tema de su posible homosexualidad”, comenta el escritor y periodista, zanjando con rapidez el tema. No hay morbo en Cortázar ni tampoco especulación vana: en el cómic, llega la muerte de la misma manera en que llega la barba, como dos hechos inherentes a la vida, sin preguntas y, sobre todo, sin deducciones más propias de un cierto amarillismo. 

Marc Torices y Jesús Marchamalo


Si bien la admiración de Marchamalo por el  autor de Rayuela queda patente, hay un esfuerzo de recorrer su vida y su obra del desde una perspectiva objetiva, tratando de ser justos con el personaje, con el autor y con la persona: ahí está el caso Padilla, ahí está Fidel Castro y la Revolución Cubana, Neruda y Che Guevara,  ahí está la oposición a Perón y la fractura ideológica del Boom… pero si con respecto a los anteriores temas la elipsis era la respuesta, en estos casos, la respuesta es la narración  aséptica de los hechos. No hay una toma de partido en ningún momento, el narrador observa a Cortázar desde una distancia prudencial, no queriendo interferir. El zoom narrativo-ilustrativo del cómic se acerca y se aleja con inteligencia o con prudencia en un intento de mostrar más que de interpretar o, incluso, de juzgar.

Si para Marc Torices el cómic significó descubrir a Julio Cortázar –“leí sus obras y una biografía”-, para Jesús Marchamalo la escritura de este libro supuso el reencuentro con un viejo conocido el escritor y periodista comisarió la exposición sobre los libros de Julio Cortázar en la Fundación Juan March y es autor de Cortázar y los libros, publicado en Fórcola. “Escribí Cortázar de forma intuitiva”, comenta su autor, “no releí sus obras, al menos no de forma sistemática. Más bien hice alguna lectura caprichosa, gracias a la cual me encontré que Lezama Lima aparecía en Último round y me reecontré con el gato Adorno en La vuelta al día en ochenta mundos”, prosigue Marchamalo, para quien la clave del cómic reside en el haber interiorizado a Cortázar, haberlo incorporado no sólo dentro de las propias lecturas, sino dentro del propio imaginario y, a partir de allí, buscar los rasgos menos conocidos y, sin embargo, imprescindibles, visto el resultado, para construir un relato donde no hay ningún hilo suelto, donde los pequeños elementos no sólo tienen un referente real, sino que funcionan como correlatos entre vida y obra. 

En efecto, podría decirse que la clave de Cortázar está en esas “casualidades aparentemente mágicas” plasmadas en el cómic en pequeños detalles supuestamente accesorios –una dirección de correos, el número de una puerta, una breve conversación, un intercambio epistolar, un encuentro inesperado…- que, sin embargo, sirven a Marchamalo para unir, a modo de bisagras, lo biográfico y lo literario de tal forma de entremezclar vida y obra sin que el límite entre una y otra se perciba. Cortázar, el cómic, no sólo contiene a Julio Cortázar, sino que es cortazariano en sí mismo; Marchamalo consigue que Cortázar hable –imprescindible, al respecto, es el recurso a la entrevista Joaquín Soler Serrano- y Torices consigue evocar a través de las ilustraciones su universo literario y político: en un ejercicio de maestría, Torices cambia de estilo según el Cortázar que tiene delante. “Una persona no es siempre igual”, comenta Torices, “por tanto, no podía ilustrar toda su vida de la misma manera”. Del rojo al negro, de lo fantástico a lo terrenal, el mundo de Cortázar está perfectamente condensado en este cómic, sin duda, una de las apuestas más interesantes en el salón del Cómic de este 2017.





Anna María Iglesia (Granada, 1986, residente en Barcelona) está terminado una tesis doctoral sobre las prácticas urbanas dentro del doctorado de Teoría de la literatura y literatura comparada. Se define principalmente como lectora. Desde hace ya algunos años ejerce el periodismo cultural como freelance, colaborando con distintos medios. El Asombrario (Público), Nueva Revista, Letras Libres, Llanuras o El Confidencial.

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