LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Libros. Antígona: el conflicto con la ley del hombre y valoración estética. Por Lucas Damián Cortiana

 
Anónimo. Antígona, 1530


Hablar de Antígona, el célebre/trágico personaje de Sófocles, es hablar de una multiplicidad de temas, y no solo temas, sino símbolos, entendiendo por símbolo una figura abstracta que representa una realidad y a su vez precursora de nuevos paradigmas. Antígona se vale por sí misma como figura relevante de la literatura, no solo entre los clásicos griegos, sino de la literatura universal y de las artes todas.


Si bien autosuficiente en fama, ha aumentado su valor y peso a través de los diversos pensadores, filósofos, escritores y poetas que la han utilizado (a ella o a su figura subjetiva) como referencia y le permite gozar una añadidura, a saber, el ser descubierta en otras orillas, en otras fronteras, en otras gamas, quizás no contempladas por Sófocles: entre ellos se alinean Hegel ([Antígona] apela a la ley de los dioses; pero los dioses que ella venera son los dioses inferiores del Hades, los interiores del sentimiento, del amor, de la sangre, no los dioses diurnos del pueblo libre, consciente de sí, y de la vida del Estado), Kierkegaard (No conoce a hombre alguno, y, sin embargo, es novia (…). Así es como nuestra Antígona es novia del sufrimiento), Lacan (El bien no podría reinar sobre todo, sin que aparezca un exceso de cuyas fatales consecuencias ella nos advierte), Goethe, García Márquez, Freud, Nietzsche, Foucault, etc.

Si hay algo que destacar es que sus atributos más admirables han generado tan grandes desajustes (sociales, políticos, estéticos) que los efectos se perciben aún hoy, a más de 2.500 años de su aparición literaria.

Lytras Nikiforos. Antígona y Polinices.

Entre tantas cosas que Antígona personifica, una de ellas es la de una mujer lanzada contra el poder de los hombres. Hombres, política, gobierno, polis. ¿Acaso detesta las leyes que enmarcan a toda una sociedad, leyes que le han dado identidad milenaria a todo un sistema de ordenamiento? La respuesta necesaria sería la de una creencia a otro tipo de legislaciones, a estatutos no humanos que merecen más respeto, admiración y temor que la esbozada por los filósofos, políticos y sabios de Grecia. ¿Acaso debía dejar a su hermano abandonado en los brazos del Hades, sin monedas en los ojos para pagar al barquero y sin poder navegar el río Estigia? ¿Acaso su hermano debía ser el hazmerreír del inframundo? ¿Y su cuerpo debía ser dejado a las afueras de la ciudad al arbitrio, como una mesa servida con manjares, de los cuervos y los perros? La no sepultura de Polinices era una deshonra demasiada pesada, cansina y miserable. ¡Cómo no rebelarse! ¡Qué mejor momento para abandonar la prudencia, aquella que es tan celosa que al perderla siempre se encuentra la muerte! Sí, ella considera la honra a los muertos y a los dioses razón suficiente para desobedecer a Creonte; su perspicaz razonamiento es que el tiempo de nuestro paso por el mundo de los vivos es infinitamente menor (imperceptible, invisible, atómico) en relación al tiempo (medido en eones, en años cosmológicos) que habitaremos el más allá.

Así, en un solo acto de rebeldía, Antígona puso el fundamento para las mujeres de esta sociedad posmoderna occidental, que, sin quebrantar las leyes, pero sí reformulándolas y participando en actividades que se consideraban patriarcales, y a su vez, sin diluir las diferencias que distinguen a un género del otro y en dónde hallamos riqueza y belleza, se sitúan como líderes en tantísimos campos que, tiempo atrás, eran inimaginables. La concesión del hombre, en este caso, es inexistente, pues no se puede ceder algo que por naturaleza no posee dueño: el poder de ser y hacer.

Y, por otro lado, la miseria. La miseria y la tragedia. La tragedia como categoría estética.

La existencia del bien y del mal, lo eterno y lo efímero, lo bello y lo grotesco, lo espiritual y lo terrenal, el cuerpo y el alma, lo trágico y lo cómico, ¿cuáles sus significados, cuáles sus implicancias?, ¿cuáles las fronteras que separan tan distantes y a la vez, tan cercanas valoraciones?, ¿puede el mal tener una benévola, aunque sesgada apariencia?, ¿puede la finitud del ser trascender el tiempo?, ¿hasta qué punto el amor encuentra su contracara en el odio en vez de en el olvido? Cuestiones inherentes al hombre, de afanosa respuesta, a veces encontradas en el arte.



La maldición acosa a la familia de Antígona desde que su padre Edipo tuviera relaciones incestuosas con Yocasta (en realidad la maldición es previa a ese episodio, cuando Edipo mata a Layo –su padre-, Yocasta se suicida y Edipo se ciega a sí mismo y parte al destierro), pasando por la muerte de sus hermanos -cada uno asesinado por la mano del otro-, finalizando por una sepultura viva, -la de Antígona- malograda por su ahorcamiento, que da pie a un espectáculo de suicidios que incluye los de Hemón y Eurídice. Sin embargo, si hay algo que la tragedia nos ha enseñado es que ante tanta desdicha y desazón, nada hay peor que estar vivo: esa es la condena que le toca asumir a Creonte, la culpa de haber privilegiado el poder por sobre la familia y los valores religiosos.

Los pueblos antiguos consideraban la belleza como la primera categoría estética, sumiéndola a un grado que hoy se considera vano y estúpido (aunque en ciertos pensamientos retrógrados parece prevalecer), que es emparentar lo bello con lo bueno. Sin descartarlo planteo un terrible inconveniente, ¿qué es bello y para quiénes? Santo Tomás dirá que lo bello es lo que place a la vista. ¿Y qué es aquello que place a la vista de todos, en todas las épocas y culturas? No existe tal cosa, porque el primer principio del concepto de belleza es la subjetividad.

Tras siglos y siglos de realización artística en todos los campos, las puertas de la percepción se abren, permitiendo el ingreso de nuevas teorías estéticas. La fealdad, no admitida por los griegos, cumplirá un papel determinante en el devenir de la pintura (Rembrandt, Goya), la literatura (Víctor Hugo, dándole vida al jorobado de Notre-Dame), etc.  Así, lo sublime tendrá su lugar, lo cómico, lo grotesco y otras corrientes más cercanas a nuestro tiempo como lo naif o lo kitsch y movimientos impensados que solo el siglo XX con su cinismo y esperpento podían acoger, como el fauvismo, el cubismo, el dadaísmo, o el arte pop.

Antígona por la Compañía de Teatro Físico de Yamil Ostrovski

Lo que nos lleva a pensar Antígona es en la tragedia como una contradicción de lo estético. ¿Cómo llegar al placer desde la desdicha? ¿Cómo, cuando el destino no otorga otra cosa, más que un sufrimiento que no cesa sino hasta el mismísimo estertor? La tragedia afecta de tal modo que el espectador o el lector será partícipe de un fenómeno liberador, purificador, una catarsis de carga pasional. Solo el arte puede lograr tal efecto, así de misterioso como divino. Si la tragedia lo logra, es arte. Y Antígona es el mayor exponente de la tragedia.

No podemos asegurar que todo lo que vino después en materia trágica haya sido por directa influencia de esta obra, pero es una traición al sentido común no señalar que allanó el camino para los Shakespeare (Romeo y Julieta), Voltaire (Zaïre, La muerte de César), Lope de Vega (Fuenteovejuna, La dama boba), Bioy Casares (El sueño de los héroes) o a estilos tan lejanos en tiempo, lugar e idiosincrasia como el tango, cuyas letras suelen referirse en muchos casos a abandonos, despechos, traiciones y muerte en la noche porteña.

Antígona es la personificación del amor fraternal, del respeto a las leyes naturales, de la estética afirmada desde la tragedia, de la mujer nueva; pero sobre todo, es el símbolo de la lucha constante ante factores inmateriales (el destino) y materiales (las leyes humanas) que, aunque suelen superarnos en fuerzas, vigor y resistencia, permiten al luchador trascender el universo conformado extrínsecamente para él y legitimar el propio individualismo con el basamento del amor y lealtad absoluta.

Esquema de Antígona




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