LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosía. La quintaesencia de los viajes. Por Lucas Damián Cortiana


Foto de Andre Bulber


La ruta adelante. Adelante hacia el vacío. Las horas atrás. Atrás junto con la maquinaria insidiosamente claustrofóbica de la ciudad. La noche arriba (...). 



Sacudiendo los árboles, manoseando las ojeras, atiborrando el cuerpo con sigilo y ansiedad, la noche arriba, flameando entre las estrellas como un emblema icónico de libertad. La ruta, las horas, la noche... y en todos lados, el silencio. ¡Otra vez desafiándome! ¡Otra vez amordazándome en las orillas de un abismo! ¡Y otra vez yo, cayendo en este segmento autista de la realidad! ¡Otra vez en este paréntesis maldito de silencio y su maldita intencionalidad! Me acerqué a la moto. La rueda trasera denunciaba un camino polvoriento.


¿Sabés lo que hace falta? -le dije a mi padre, que permanecía sentado al lado de un surtidor de combustible- algo que quiebre en dos este silencio insoportable. De una patada encendí la moto y mi mano derecha estrujó hasta el fondo el acelerador, ya no para sentir el rugido del motor deshaciendo el sueño de las palomas ni para desencadenar un misterio más allá de las llanuras visibles del horizonte más próximo, sino por algo más vil y metafórico, para consumar mi venganza y sacudirle la modorra a esta noche que se insinuaba eterna.

Por esa época yo estaba buscando el significado del término grand tour en la pequeña enciclopedia ilustrada de las rutas argentinas y sentía que era un desafío digno de Marco Polo o Ibn Battuta atravesar algunas planicies bonaerenses, cortarle el dedo meñique a la bota santafesina, rodar sobre el sur de Córdoba hasta plantar la bandera en Merlo, San Luis, subido a mi chopper 250cc. Digamos, estaba muy lejos de recrear la aventura del Rally Dakar o la peregrinación a La Meca, tampoco sería la vuelta al mundo en ochenta días... no sería la vuelta a nada en realidad, pero más allá de los kilómetros, más allá del método y sobre todo, más allá de la conciencia, está el alma del viajero, su corazón y la transformación que logra con el viaje como conducto y como excusa. Y en este en particular, ya que los viajes iniciáticos siempre han llevado consigo el germen del nomadismo en su médula. ¿Germen? ¿Nomadismo? El retorcido y estremecedor sueño de tomar un camino de ida y no mirar para atrás, de vivir llegando y vivir partiendo, la desafiliación del entorno conocido y su antagonismo cruel, la construcción de nuevos momentos que apabullen a los viejos.



Ya había pasado la ruta 7 y nos habíamos adentrado en una ruta provincial que servía de limbo hacia la ruta 8 que nos llevaría a Río Cuarto. Laboulaye, como sitio de referencia, ya había quedado algo lejos, perdida en un codo del camino, y la posibilidad de encontrar una indicación de que estábamos yendo en la dirección correcta era igual o más agorera que la posibilidad de quitarnos de encima la rabia y desazón. ¿Y qué es lo que hace que un viaje se convierta en un trip de los otros, en un incoherente, adhesivo e intrincado vagabundeo donde antes había, al menos, cordura? Ah... ahora las expectativas estaban severamente trastocadas. ¿Y dónde empezó el derrape? ¿Dónde la transfiguración? La quimera no solo fue perderse, sino el misterio de encontrar la quintaesencia de los viajes, eso que nadie jamás dice, que nadie comenta, pero que todos quieren hallar, lo que subyace en cada huída y hace que un viaje se convierta en sideral: descifrar el paradigma de uno mismo y del mundo, descifrar los secretos, enredarse en los secretos, escuchar el grito prolongado y onomatopéyico de la moto machacando el camino cuando ya no es posible concebir tantas palabras, tantas maneras académicas de definir el mundo, tanta crítica malintencionada, tantos discursos mentirosos, tantas promesas de amor malogradas.

¿Y qué se halló? O ¿qué se perdió, en todo caso? ¿Hay algo concreto que mostrar, algo palpable para acallar a los escépticos? ¿O todo lo que hay y todo lo que queda es otra hipótesis vehemente, otra habladuría, otro chisme, otro farsante? Hubo derrape. Fue el té raro que tomaron en Iriarte -dijo mi madre al oír la historia- los drogaron y tuvieron alucinaciones. En Río Cuarto todos los años se registran avistamientos de ovnis -se animó a decir un amigo al escuchar el relato-, seguro crearon una brecha espacio-temporal... Punto. Y aparte.

En Bouchardo fue cuando percibimos que estábamos encerrados en un capítulo de la Dimensión Desconocida, cuando sin previo aviso y justo en la puerta de ese pueblo, la ruta detenía su recorrido de pavimento para bifurcarse en caminitos de barro entre árboles que se agigantaban de oscuridad. ¿Cómo...? ¿hacia donde...? No puede ser... La ruta ya no existía.



El pueblo tenía una calle única. A los costados de la calle árboles como plaga y atrás de los árboles casas humildes, sencillas, sin ostentaciones ni adornos. La recorrimos buscando una salida. No la hallamos. De algún lado provenía un eco, un rumor de sangre joven matando el tiempo. El bar era el único lugar con luz y adentro una manada de pibes chillaban, tosían y flotaban en una nube de humo sobre los paños de las mesas de pool. Desde afuera percibí el olor a cerveza. Quedémonos en la esquina, escuché decir a mi viejo. No habían pasado diez minutos cuando la puerta del bar se abrió y un muchacho moreno salió poniéndose una campera. Lo menos que dijo, en su balbuceo ebrio, fue que habíamos equivocado el camino. Cien kilómetros equivocados. Eran las 3 de la mañana.

No suelo hacerle caso a los sobrios (como toda lógica y experiencia indica; tampoco le temo a los muertos), así que creí firmemente que el muchacho con olor a cigarrillo y aliento cervezal estaba en lo correcto.

Recordé que treinta kilómetros atrás habíamos pasado otro pueblito igual de ínfimo. Decidí regresar sobre mis pasos, con la esperanza de encontrar alguna ruta alternativa en ese tramo que unía ambos pueblos. En ese retorno lento (con poca nafta, con mucho sueño, con la suerte en contra), pudimos observar un paisaje bañado de total ausencia, lo divino de los detalles, la soledad que, quizá, debe de sentir Dios; mientras una llovizna nos daba la bienvenida, a la madrugada y a nosotros. Llegamos a Serrano. Un camionero -medio dormido, medio ensoñado- nos dio otra versión de cómo llegar a nuestro destino. Dijo que debíamos atravesar el pueblo y luego, tras marchar sobre algunas calles de tierra, estas nos conducirían a una ruta nacional directo a Río Cuarto. Tampoco fue así. Volvimos a tomar el camino del cual veníamos, de vuelta hacia Bouchardo, solo para encontrarnos nuevamente con la ruta cortada y la imposibilidad de continuar. Totalmente desganados regresamos a Serrano, con la idea de hablar con alguna otra persona que nos pudiera guiar certeramente.

Foto de Braid 44

Un hombre (de increíbles ojos violetas, aparecido desde la nada, salido desde un hueco de la noche) nos dijo que el camino del cual veníamos era el correcto. No puede ser- le dije sobresaltado y malhumorado, algo asustado también, debo reconocerlo, a causa de un aura no demasiado humana que rodeaba a este personaje- venimos de allí y la ruta se corta al llegar a Bouchardo. Claro que no -dijo el hombre- deben hacer ochenta kilómetros para encontrarse con la ruta nacional que están buscando. ¿Es decir que tenemos que hacer cincuenta kilómetros en el barro? Puesto que a treinta kilómetros de aquí se corta la ruta, justo a la entrada de…” –un ademán detuvo mis palabras, sentí en el viento una mordaza y en el canto de algunas aves, una pinza apretando mi lengua-. No me estás entendiendo -afirmó clavando sus índigos ojos en mi- ... si llegan a Bouchardo es porque se pasaron...

Tomamos la moto con total celeridad dirigiéndonos nuevamente hacia ese pueblo hartamente maldito, burlón y grosero, poseído por vaya a saber qué demonio itinerante, mientras nuestras mentes se obnubilaban ganando lugar al desconcierto. Avanzábamos y ante nosotros se desplegaban una innumerable cantidad de pueblos, pueblos que no estaban en nuestras incursiones anteriores, cementerios en plena piel de ruta, gente vestida de luto, gente cargando flores, gente cargando cruces, gente cargando sus muertos. La ruta jamás se volvió a cortar. El pueblo en que el camino se detenía nunca lo volvimos a ver.

No recuerdo qué fue lo que hice cuando llegué a mi destino; poco valor tiene. Sí recuerdo el vano intento de contar las estrellas, acostado a la vera del camino, aspirar el aire fresco y genuino rociado de humedad. La ruta y la noche son ese limbo material, pero valorativamente espiritual, que buscan, en un susurro expansivo y acogedor, alimentarnos de respuestas a preguntas que sentimos comprendidas pero que no podemos expresar.




No hay comentarios:

Publicar un comentario