ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Libros. Sebastián Pandolfelli, el “lugarteniente” de Alberto Laiseca. Por Sandra Ávila


Los barriletes cósmicos

No sabe manejar ni jugar al fútbol; actúa habitualmente con su banda de rock Los Barriletes Cósmicos; (...)



se disfrazó de superhéroe para promocionar un libro; pero quizá la faceta de la que el argentino Sebastián Pandolfelli (Lanús, Buenos Aires, 1977) se siente más orgulloso es de haberse aproximado con su escritura a Alberto Laiseca (Rosario, 1941) hasta convertirse en su lugarteniente. Ha publicado Rocanrol (2008, Funesiana) y Choripán social (2012, Wu Wei), además de escribir Me pusieron algo en el trago y bailé toda la noche, que él califica de impublicable, y un libro de relatos, Diamante.



¿Cómo te iniciaste en las letras?
Desde que era muy chico inventaba historias para jugar con los muñecos de He-Man, Mazinger, G.I.Joe y los soldaditos; no las escribía pero me pasaba un rato inventando. Me acuerdo de un relato que escribí a los 11 o 12 años, “Terror en VHS”: un videoclub embrujado donde un tipo alquilaba una película de terror que cuando la ponía, salía el diablo de la pantalla y lo perseguía por la casa... un delirio. Recuerdo que le hice una tapa con cartón y lo mostré como mi primer libro a los parientes. El primer cuento que publiqué fue en una revista barrial que hacía mi tía en Pompeya (Buenos Aires). Años después lo metí dentro de la novela Choripán social como un sueño de uno de los personajes. Fue como un chiste egocéntrico de autohomenaje. Ya en 2003 empecé a hacer taller con Alberto Laiseca y con el tiempo terminé siendo uno de sus asistentes, o como él me llama su lugarteniente. Durante estos años conocí a muchísimos escritores y editores y las cosas empezaron a suceder.


Sebastián Pandolfelli


¿Cuáles son los tópicos de tus libros?
Mis textos son el resultado de un proceso de trabajo. Observo a mi alrededor, leo, escucho y eso decanta llevando al papel mi manera de ver el mundo. Uso mucho el humor y sobre todo la ironía. Mi novela Choripán social es una sátira sobre la idiosincrasia argentina y los devenires de la política. Rocanrol es una parodia a las historias de bandas de rock. Diamante, que todavía está inédito, es un conjunto de relatos que pinta un fresco del conurbano bonaerense. Ahora estoy terminando un libro nuevo de cuentos clase B, con marcianos, vampiros y freaks que se llama La abuela de Rambo y, aunque es pura joda, los tópicos son los mismos, lo social, la política, el arte, la religión. Ya está todo inventado, así que solo nos queda reformular los temas heredados y divertirnos un rato con eso.

¿Cuál es tu proceso de creación?
Tengo muchas ideas todo el tiempo. Cuentos, historias, canciones, melodías. Soy un poco inquieto. Y si no hago nada me aburro. Puedo pasar horas mirando al techo, pero en realidad estoy produciendo algo. Primero aparece una idea, pero está muy difusa y necesita desarrollarse. Así que en cuanto aparece no la agarro enseguida, sino que la dejo dando vueltas en el enjambre de mi cabeza. Si es medianamente potable va a volver. Cuando reaparece y toma forma, la bajo a algo concreto; si es una canción agarro la guitarra y compongo; y si es una historia voy a la notebook y la escribo. Después hay que dejar reposar y tomar un poco de distancia para poder volver al tiempo y corregir la versión final. Todo lleva tiempo. La idea. La bajada. Escribir. Retocar. Dejar reposar. Volver y corregir.



¿Cuáles son las dificultades con las que se choca un escritor poco conocido al momento de buscar un editor?
Aunque suene a cantinela new age, la primer barrera es uno mismo. Ya sea por tener demasiada autocrítica y no mostrar o mostrar poco o no confiar del todo en lo que uno escribe, o por el contrario por ser altamente soberbio y creerse Borges cuando apenas escribiste dos cuentitos para un fanzine del colegio. Hay que tener paciencia. Hay que esperar. Hay que salir a hacer sociales, conocer gente, conocer a otros escritores, a editores, lectores, charlar, intercambiar experiencias y entender que si uno confía en lo que escribe y el trabajo es bueno, tarde o temprano le va a llegar la hora de publicarse.

¿Qué pensás que buscan los editores cuando reciben material para publicar?
Son gente muy extraña. Nunca se sabe qué buscan. Bah, solo ellos, a veces, saben qué buscan. Los textos tienen que tener una buena calidad, o ser publicables, eso es seguro. Los editores son tipos que hacen su trabajo por amor y por eso les tengo el mayor de los respetos. No se gana un mango editando libros en una editorial chica e independiente, así que la mayoría lo hace porque les gusta y buscan una literatura acorde a sus catálogos y eso es acorde a sus gustos personales. En cambio, los editores de las multimegasúpercapitalistas no son editores de oficio, en general, o quizá hay un editor que recomienda algo, pero las decisiones las toma un contador o un bicho peor que eso. Las editoriales grandes ya no son lo que eran hace 20 o 30 años. Ahora son empresas, casi todas del mismo dueño y que tienen que tener ganancias. Así que para ellos los libros son lo mismo que hamburguesas de Mac Pato. Eso lo cuenta muy bien André Schiffrin en su libro La edición sin editores y en los que escribió después.


¿Podrías contarnos alguna anécdota extraordinaria que te haya ocurrido en tu carrera?

Allá por 2003 estaba de visita en la casa de un amigo. Ahí hojeé por primera vez El jardín de la máquinas parlantes y me pareció increíble. El libro no era de él, se lo habían prestado, así que no me lo pude llevar. Lo busqué en librerías pero era inconseguible. Había salido en el 98 y estaba descatalogado. Unos meses después fui a Rosario a visitar a otro amigo, librero, editor y músico. Ahí tenía el libro y lo compré. Lo empecé a leer en el bondi de vuelta a Buenos Aires y no lo pude dejar. Leí las 750 páginas en 2 días. Cuando lo terminé me dije que tenía que conocer al tipo que escribió esa maravilla, que me había hecho ver la literatura de otro modo. Era Alberto Laiseca, un tipo que no conocía y que contaba cuentos de terror en la televisión por cable. Una semana después, estaba caminando por Av. Corrientes y al pasar por el bar del Centro Cultural Rojas lo vi, sentado en una mesa. Estaba contando cuentos en vivo. Entré, me tomé una cerveza y lo escuché. Al terminar me acerqué a charlar. Me anoté en su taller. Y doce años después soy su asistente. Y hasta ayudé un poquito al editor en el trabajo de reedición de El jardín de las máquinas parlantes.

Alberto Laiseca

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