ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Alevosía. Galeano me llevó a conocer la luna. Por Concepción M. Moreno.

José Francisco Borges para el libro "Las palabras andantes" de Eduardo Galeano

 
Quien nombra, llama. Y alguien acude, sin cita previa, sin explicaciones, al lugar donde su nombre, dicho o pensado, lo está llamando. Cuando eso ocurre, uno tiene el derecho de creer que nadie se va del todo mientras no muera la palabra que llamando, llameando, lo trae.
(“Ventana sobre la memoria III”. Las palabras andantes. Eduardo Galeano)


¿Qué tal si nos encontramos el viernes 3, a la tres y media, en el Café Brasilero? Está en la calle Ituzaingó, casi 25 de mayo, cerquita de la catedral. Bienvenida seas, Eduardo. Por supuesto, yo ya conocía desde hacía unos años el Brasilero, sabía perfectamente dónde estaba. En mi mapa personal de la Ciudad Vieja montevideana, ese rinconcito añejo de madera y grandes ventanales, atestado de retratos tangueros y momentos pasados, estaba marcado en color rojo. A él también lo conocía. Solo que él no me recordaba.


Corría el año 2012 y yo había decidido ir a festejar, por primera vez, el cumpleaños con mi famiglia (esa familia que uno elige, la compuesta de amigos que van acompañando el camino de la vida) del sur y uno de mis jefes, amigo del escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, me sugirió que le hiciese una visita. Como si fuese lo más normal. Como si fuese lo habitual. Como si aquella entrevista que le hice en Madrid en 2009 fuese la excusa perfecta para presentarse en Montevideo como amiga suya.


Y, según el mensaje ya mencionado, a él sí debió de parecerle normal. Tanto que me citó en “su despacho”, el café más antiguo de la capital uruguaya, el lugar donde, a lo largo de su carrera (excepto los años de régimen dictatorial en Uruguay y Argentina, en los que se exilió en España), ha escrito tantas y tantas páginas.

José Francisco Borges para el libro "Las palabras andantes" de Eduardo Galeano

Como digo, le había entrevistado, pese a estar afónica perdida, durante una hora en 2009, en un céntrico hotel madrileño con motivo de un galardón que le concedía el Círculo de Bellas Artes. No rehuyó una sola pregunta. Hablamos del paisito, de las elecciones que se venían, de literatura (cómo no) y de otra de sus grandes pasiones: el fútbol. Nos despedimos, como si durante esa hora hubiera reconocido a una de esas compatriotas del alma, con un intenso abrazo.

No recordaba (tampoco se lo hice saber) que apenas cinco años atrás me había dicho no. Tuve la mala suerte de intentar hablar con él en la Feria del Libro de Madrid después de que un compañero de profesión y de empresa le hubiese dado plantón. Y me hizo pagar los platos rotos. Yo le espeté que solo quería hablar con él de fútbol (en aquella época me dedicaba al periodismo deportivo) y, aunque en aquel momento me sentó como una puñalada, me regaló un titular que, años después, en esta semana en que nos ha tocado decirle adiós, me ha permitido homenajearle: (el balompié) es algo tan importante que no se puede charlar solo unos minutos sobre él, sino que hay que dedicarle horas y horas. Aquella tarde, y después de ese incidente y de una lectura pública de sus textos, volví a acercarme a él, ya como el resto de su legión de seguidores para que me firmara un libro en su caseta; le pedí disculpas por ese otro colega que le había dejado tirado y le di las gracias por existir.

Eduardo Galeano. Gonza Rodríguez


Con estos antecedentes, y después de una opípara comida con una de mis amigas montevideanas (regada, por supuesto, con un buen tannat), acudí al café a la hora señalada. Ni un minuto más ni un minuto menos. Y allí estaba él, en una mesa al fondo a la derecha, pegado a la barra. No guardo ni una fotografía de aquel encuentro, pero todas las imágenes se agolpan ahora mismo en mi cabeza. Él tomaba un café y tenía varios papeles sobre la mesa. Como dicen los habituales que estaba siempre. Le acompañé con otro café. Charlamos de terremotos, de estrategias de mercadotecnia para sus libros, de periodismo, de viajes, de fútbol (otra vez), de Arte...

En medio de nuestra conversación, un joven se acercó porque quería entrevistarle. Según le explicó, había contactado con él previamente y Eduardo, aunque no se negó a conversar con él, le explicó con amabilidad que estaba en medio de una cita y que no podía atenderlo. No obstante, accedió a fotografiarse con él y le emplazó para otro momento. Nunca guardó silencio o evitó el saludo a quien se acercó a él en “su oficina”.


Como decía, hablamos de Arte. Yo le expliqué que estaba en medio de una investigación sobre Joaquín Torres-García y entonces él me habló de José Cuneo. Y de sus lunas. ¿Cómo? ¿No las conocés?

Meditabundo, consultó la hora en su reloj. Naturalmente, después de una hora y pico de charla en el café, deduje que ese gesto marcaba el fin de la cita. Pero no. Pidió la cuenta, la pagó y dijo: Vamos, creo que aún llegamos a tiempo. En aquella soleada media tarde del verano montevideano (recién comenzaba febrero), salimos caminando hacia la Plaza Matriz, allí tomamos un taxi y nos dirigimos al Museo de Artes Visuales. Puedo sentir aún en mi cara el viento del mar dulce que entraba por la ventanilla del vehículo mientras recorríamos la rambla. Esa misma rambla en la que tantas charlas importantes había tenido alguna vez. Esa misma rambla en la que tantos mates había compartido. Esa misma rambla por la que me dirigía paseando todas las mañanas desde el Parque Rodó hasta la Ciudad Vieja para ir hasta los archivos del Museo Torres-García.

José Francisco Borges para el libro "Las palabras andantes" de Eduardo Galeano


Y no podía dejar de imaginar la cara que pondrían mis amigos cuando, después, les describiese ese momento. No podía dejar de alucinar con que compartía el asiento trasero de un taxi con el autor de Las venas abiertas de América Latina, El libro de los abrazos o El fútbol a sol y sombra. Y sonreía.

Cuando llegamos al museo, curiosidades de pasear con famosos, un muchacho nos obsequió en la recepción (de parte del director) con un libro-catálogo de una exposición histórica que exhibían en ese momento. Y, aunque vimos obras de JTG (como el constructivo del jardín), de Rafael Barradas y de Pedro Figari -todos ellos artistas admirados por mí-, lo más importante de aquella visita fue que mi excepcional guía me condujo hasta las famosas lunas de Cuneo, esos inmensos retratos selenitas del campo uruguayo que inmortalizó en sus lienzos.


Tuve la suerte de compartir, meses después, mesa y mantel en Madrid con él y con su esposa, Helena; atesoro una libreta con su autógrafo y uno de sus “chanchitos” (esos cerditos que solía dibujar junto a su firma); también alguna dedicatoria en alguno de sus volúmenes. Pero, sin duda, y después de la triste noticia de su adiós el pasado 13 de abril, guardo con un inmenso valor el último correo que recibí de sus manos (también en aquel 2012): Otras mesas habrá, y las lunas seguirán. Abrazos. Edu.


1 comentario:

  1. RECORDAR: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón. Muy relevante....

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