LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Alevosía. Modianismo. Por Enrique López Viejo


Patrick Modiano

De verdad, entiendo que los modianistas lo sean y quiero decir,
antes de continuar con este juicio que seguidamente emito sobre este autor francés, que mi opinión no debe considerarse de forma grave; la severidad de mi aserto, es solo, como se dice, mi modesta opinión.
Patrick Modiano gusta y gusta mucho, y no trato de desmerecer el placer que su lectura provoca a tantos. A muchos, muchísimos, les gusta este escritor francés recientemente galardonado con el Premio Nobel, algo que a tenor de las valoraciones que este premio sueco viene dando casi toda su historia, no tiene por qué extrañarnos. Modiano es figura primera del panorama literario francés del último tercio del siglo pasado y de este presente que vivimos. Si no es el rey de la república, casi. Son cientos de miles, quizá millones, sus lectores, y goza de un prestigio absoluto que ha venido consolidando con decenas de novelas que son –un poco- la misma novela.
En muy distintos ámbitos literarios parece obligatorio que te guste este famosísimo, guapísimo y estupendísimo escritor, ciertamente personaje público discreto. Su magnetismo de imagen, su muy medida literatura y relativo compromiso en los temas (en el tema que trata) hacen de él un literato excelentemente considerado, algo que me parece estupendo y fenomenal, lo celebro por su parte y nada tengo que criticar a sus lectores. 
Pero yo alucino. Con Modiano he alucinado desde muy temprano, pues desde este primer párrafo ya lo califico como un escritor muy relativo, en mucho banal y casi aburrido. Sé que puede sorprender esta valoración que hago del mito francés de las letras contemporáneas, pero es lo que pienso y no quiero mentir y mucho menos “tirarme el rollo que muchos se tiran” con la excesiva calificación de este escritor francés. 

Maurice Sachs


Mi interés como biógrafo de personajes coetáneos a los de las novelas de Modiano; el honorable colaboracionista Pierre Drieu La Rochelle; y el terrible libertino que fue el judío “nazi”, el escritor Maurice Sachs, personalidades de entreguerras tan ligados a su mundo novelístico en el que retrata reiteradamente el París ocupado y la Francia “resistente”, me ha vinculado siempre a su obra hasta el grado, como he dicho, de haberla leído entera, pero cuyo desinterés para mí quiero hacer evidente en estos comentarios.
Desde que se publicaron sus dos primeras novelas en este país, editadas por Alfaguara y traducidas por Carlos R. de Dampierre, Modiano reclamó la atención de los jóvenes que nos interesábamos por otra visión de París y de la Ocupación nazi de aquel país. Modiano presentaba un sugestivo mundo de sombras, sospechas, traiciones, un ambiente decadente, crápula y ciertamente atractivo para lectores amantes de la bohemia y la vida libertina. Con una literatura ligera, nos invitó a sus lectores a ser adeptos de su estilo, gusto y formas. Las novelas del escritor tenían su chic, eran breves y cómoda su lectura, y no había que hacer grandes reflexiones sobre lo leído, que el autor tampoco se preocupaba por ello. Ni tan siquiera se tenía que esmerar en paisajes y escenarios, pues de todos es sabido las nieblas del periodo que retrata en sus novelas, un claroscuro de cuero esvástico y apagones nocturnos por decreto del invasor. No había que iluminar mucho a los personajes en sus historias, algo que supone un menor esfuerzo literario. En las primeras de ellas presentaba el ambiente de los colaboracionistas, de los emigrados, los advenedizos, los mercachifles, las elites despistadas en el marasmo nazi y el lumpen al acecho. El planteamiento no podía ser mejor. 
¿La estética? El paisaje eran las calles de París con sacos terreros en las puertas, cerradas las ventanas, banderas y estandartes nazis en farolas, balcones, cubriendo monumentos. Tampoco requiere gran esfuerzo descriptivo. Como hubiera toque de queda, se te reduce el tiempo de narración, como todo era secreto o crítico, con sugerir de qué pudieran estar hablando los personajes te ahorras cualquier diálogo de verdaderos contenidos.
Pero he aquí el problema. Que Modiano obtuvo la fórmula y se decidió a escribir lo mismo casi siempre, y de la misma manera. Francés muy francés, aunque con distintas genealogías, es el caso del escritor que escribe uno, dos, tres libros, con un buen gusto literario, con cierto intríngulis en tramas parecidas que le permiten construir y ofrecer un mundo personal a partir de sus orígenes con personajes diluidos, como cualquier lector puede apreciar y que, además, el propio autor hace sello de ello. La fórmula, sin duda, es inteligente, pero excesivamente vana; no nos imaginamos hasta qué grado la explotará este autor.

Patrick Modiano enseña la portada de la novela premiada con el Roger Nimier


Afortunado Modiano. Discípulo de Raymond Queneau, factótum literario durante décadas, las dos o tres primeras novelas que escribió, le fueron premiadas todas, todas. El premio Roger Nimier ya en 1968, el Fenéon al año siguiente, galardonado por la Academia Francesa en 1972, y más tarde, con el Premio Goncourt de 1978, novelas que lo lanzaron al éxito que le convirtió en mito de la literatura francesa del último cuarto de siglo. Cuando las leímos, yo creo que en el 78 o el 79, inmediatamente a su publicación en español, lo hicimos con el interés de ver surgir una nueva novela francesa que se alejase del aburridísimo nouveau roman que había sustituido a los grandes del primer tercio y a sus cúlmenes André Malraux y Louis-Ferdinand Céline. Modiano tenía, como se ha dicho, un especial chic literario y resultaba entretenido. El nouveau roman era un castigo y Modiano podía resultar divertido. Pero no. 
Magnificadas sus tres primeras novelas de éxito, observamos el percal que iba a manejar a partir de Villa Triste, una novela artificial hasta el máximo que se desarrolla en una pequeña localidad de la frontera en Suiza, creo, entre jóvenes privilegiados e individuos sin personalidad definida. Se dio la circunstancia de que cuando la leí, yo vivía en un mundo así, docente en un colegio exclusivo, donde toda nuestra actividad era la práctica del esquí y juzgar qué tal estaba la comida que se nos servía. Ni con esas me gustó, observé algo extraño, la fatuidad de aquella novela y algunas siguientes de este autor en mi opinión rozaba lo ridículo. Modiano empezaba a escribir siempre lo mismo: Tan buenos chicos, Libro de familia, Un pedigrí, otras. ¿Exagero? A partir de La ronda de noche y, quizá, la posterior, La calle de las tiendas oscuras, las novelas de Modiano se convirtieron en humo, en nieblas literarias, miradas de perfil, historias que no son.
Yo nunca he entendido el fenómeno Modiano, aunque he sido víctima del mismo; son muy pocas las novelas escritas por este autor que no estén en mis estanterías y haya leído, claro que, como digo, es bastante fácil hacerlo. La mitad de los personajes son los mismos, las mismas historias y escenarios, un mundo que sucesivamente ensombrece, apenas muestra y desvela, y que no te hace estrujarte mucho la cabeza. 
Pero ahí está su enorme figura que le ha llevado a ser depositario del importante galardón escandinavo. Bien es cierto que Patrick Modiano es el paradigma del gran escritor francés, estiloso, guapo y cool, cauto en sus manifestaciones públicas, gestor impecable de su imagen, y conectado con los mejores en las mejores esferas. Su personalidad pública, hay que decirlo, es intachable por cuanto escasamente se ha expuesto al ágora. Le queda fenomenal todo lo que se pone, y de gala en el Nobel, estaba elegantísimo.

Patrick Modiano recibe el Premio Nobel de literatura



Respeto mucho a los modianistas, son lectores inteligentes: cada novela que nos presenta el francés ya está leída, se hace rápido, no hay que complicarse la lectura, mejor, y es como volver a dar un paseo por el bulevar que ya conoces, donde los camareros te disponen las sillas en la terraza al breve sol parisino. Solamente hay que acabar cerrando el libro diciendo: Como siempre… ¡divino Modiano! Y tomar un champancito y unas ostras si se ha previsto bien la tarde, pues en tres horas y tres cuartos te lees sus historias. Pero no felicito a estos modianistas, no les alabo el gusto, y debo decir, a fuerza de ser sincero, que la excesiva afección a su obra me parece una cierta pose intelectual. Que Modiano no es para tanto.
Sé que muchos dirán que estoy en un error. Puede. Gracias en cualquier caso, a los que me lo adviertan. Y gracias a los que piensen como yo sobre este escritor francés.
Modianismo… Camino en el crepúsculo por un bulevar periférico para llegar a la Place de l´etoile, haciendo mi particular ronda de noche, atravesando las calles de las tiendas oscuras. Sigue, sigue noche.






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