ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

La máscara de Dimitrios. La doble fuga del camarada Yurchenko

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ 



  
De todas las historias de espionaje y deserción, una de las más increíbles es la del coronel  Vitali Yurchenko, coronel del KGB. Yurchenko sacudió los cimientos de la inteligencia norteamericana cuando, en agosto de 1985, se puso en contacto con la base de la CIA en Roma y anunció que quería desertar. “Aquella noticia- dijo William Casey, el director de la CIA- era como si la Navidad hubiera llegado de repente.”

Tras continuos interrogatorios y docenas de informes de los psicólogos, Casey quedó convencido de la sinceridad del desertor. El premio parecía demasiado bueno como para rechazarlo por una vaga sospecha. Yurchenko hablaba mucho. Informó a los norteamericanos de las operaciones del KGB en todo el mundo y del programa de fabricación de armas químicas y biológicas en la Unión Soviética. Para la CIA fue como si le hubiera tocado el bote de la primitiva.

La confianza en el coronel desertor fue creciendo. Casey le ofreció, incluso,  un puesto de asesor de la CIA, y todo parecía ir sobre ruedas hasta que, pasadas unas semanas, Yurchenko se puso triste y le cambió el humor. La CIA imaginó que era porque se sentía aislado y extraño en el nuevo mundo del “sueño americano” que le esperaba con los brazos abiertos. Y eso a pesar de que mantenía contacto telefónico con Moscú a través de su amante, esposa de un diplomático ruso, con la que hablaba casi a diario.

Vital Yurchenko


El  viernes 1 de noviembre de 1985, la CIA dio por terminados los exhaustivos interrogatorios,  y a partir de entonces Yurchenko podía considerarse  hombre libre. Para celebrarlo, sus interrogadores le llevaron a cenar a uno de los mejores restaurantes de Washington, que para más escarnio llevaba el nombre de “Au Pied de Cochon” (El pie de cerdo), reconvertido ahora en hamburguesería. Allí, entre brindis y bromas, el coronel se levantó de repente. Sonriente,  preguntó a los agentes norteamericanos.

“¿ Qué haríais si me marcho ahora? ¿ Me dispararíais?”

Los de la CIA se echaron a reír y le pidieron que se tomara otra copa. Aquello les hizo mucha gracia.

“Bueno, pues me voy. Volveré dentro de quince minutos.”

Yurchenko echó a andar hacia la salida, y por extraño que parezca nadie reaccionó para detenerlo.

Cuando pasaron los quince minutos, Yurchenko seguía sin aparecer, y solo entonces uno de los agentes de la CIA cayó en la cuenta de que la embajada soviética estaba a un cuarto de hora andando del restaurante. La cena acabó en chasco y humillación. Una de las mayores humillaciones de la CIA en toda su historia.

Yurchenko regresa a la URSS


Tres días después, Yurchenko habló a la prensa desde la embajada de la URSS. Declaró que había sido secuestrado y narcotizado en Roma, y luego enviado en un avión militar a Washington, donde, aletargado por las drogas, había sido interrogado por la CIA. Todas las preguntas sobre el caso quedaron abiertas y sin respuesta cierta, aunque circularon versiones varias. A posteriori se dijo que su deserción fue una puesta en escena del KGB para desviar la atención de uno de los grandes traidores de la Guerra Fría, Aldrich Ames, quien durante mucho tiempo vendió a Moscú secretos vitales de la CIA y está condenado a cadena perpetua en Estados Unidos.

Poco después, el coronel Yurchenko voló a Moscú y desapareció de la faz de la tierra. Su destino final es tan oscuro como la peripecia de su extraña fuga.


Nada más se supo de él. Dicen que durante un tiempo trabajó de guardia de seguridad en un banco,  aunque también afirman  que algunos turistas lo descubrieron en Moscú, pidiendo limosna en las escaleras del metro y farfullando palabras de borracho. Y si hubieran acertado a preguntarle su nombre y el mendigo les hubiera dicho que se llamaba Yurchenko, Vitali Yurchenko, es probable que al verle tan viejo y derrotado hubieran dejado caer un par de monedas, sin saber que la  mugrienta mano que las recogía era la misma que un día meció la cuna de la CIA y estuvo a punto de volcarla.



Fernando Martínez Laínez, escritor y periodista de amplia trayectoria, fue uno de los iniciadores de la novela negra en España. Ha escrito también, entre otros géneros, libros de viajes, biografias, guiones de radio y televisión, de divulgación histórica y de literatura juvenil.

No hay comentarios:

Publicar un comentario