ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Alevosía. Nos vamos de la playa. Por Enrique López Viejo



El administrador de la comunidad del edificio donde vivo tiene entre sus quehaceres el ser preparador de un equipo de voleibol femenino de playa, (...)
lo envidio, es este un deporte al que considero uno de los más interesantes por su fácil práctica, por su vigor y su estética. Es ágil, enérgico y muy entretenido, no requiere grandes montajes, apenas una red elevada y un espacio de arena. Ni indumentaria necesita, tres triangulitos de la tela que sea.
¿Entretenido? Lo es sin duda. Que si las jugadoras saltan, se enervan o caen, que si vuela la pelota entre las palmas de las manos, las caídas sobre la arena en las que apenas se sufre, la coleta, las gafas, el refresco. En su parcial desnudez alegran como ningún otro deporte la visión de los humanos en las playas. Supongo que el género femenino opinará parecido del voleibol masculino, y nuestros amigos homosexuales otro tanto.
Tal les digo, una de las ilusiones de mi vida hubiera sido entrenar un equipo femenino de este deporte saltarín, jovial, generalmente practicado bajo el sol, con gente que tiene unos cuerpos estupendos, y toda su violencia física es dar palmaditas a una pelota. Díganme si no es encantador, es como ver sirenas y nereidas dejando las aguas para jugar en la arena. ¿Divino?
  


Para algunos de nosotros, humanos de sombra, las playas son espacios bastante incómodos, no digo que terribles u horrendos, que no lo son, que para muchos son lo contrario: benéficas áreas de descanso y divertimento. Hay gente que considera las playas parcelas del cielo junto al mar, espacios de libertad mayúscula. (Hay playas solitarias que lo son; también las multitudinarias que según el ambiente son estupendas también. Las hay maravillosas con las suficientes nubes como para leer a Proust o a Chateubriand, para lo que se recomienda las del Norte.)
Pero hay una realidad, las playas se hacen odiosas cuando encima de tener que ver los cuerpos sudados o pringosos de parte del personal que acude a ellas, tienes que sufrir los ánimos deportivos de sus concurrentes, con sus leyendas de quejas y pequeños triunfos continuos. Con sus voces y grititos.
Está muy bien que en una playa se juegue y la gente luzca su musculación,  lo sano que está, lo fenomenal que se siente, y lo estupendo que es todo… Todo eso del simpático poeta Juvenal, el agradable discurso de mens sana in corpore sano, relativo engaño histórico que resulta ser un axioma para la mayoría de los humanos, cita que se mantiene de moda desde hace veinte siglos y los que nos rondarán…morenos. En todos los deportes, en la mayoría, te luce el sol al menos en el rostro, en los de playa ni que decir tiene.



Yo no voy a las playas casi nunca, tengo una pequeña enfrente de casa donde, afortunadamente, casi nadie práctica deporte alguno. Le tengo prevención a las playas, me incomoda la arena y no me gusta exponerme al sol. Y los deportes no son lo mío, lo siento Es pues mi criterio sobre los juegos de playa, el producto de una opinión sesgada y tendenciosa, pero con la que algunos de ustedes coincidirán. Vaya por delante que he empezado positivamente con mi alabanza del voleibol de playa femenino.
Voy a repasar en unos párrafos la conveniencia o no de algunos deportes y juegos playeros, lo que pienso sobre los mismos. Seré benevolente. Que nadie me trate de antipático, se ofenda, o me tache de exclusivista, que no lo soy. Entiendo que al homo sapiens sapiens le interesen la salud y quiera exhibir su cuerpo del que se siente orgulloso, cuyo lucimiento le ha supuesto un esfuerzo considerable y con mucha frecuencia le ha costado una pasta.
Observo y comento. No me gustan los palistas de pala pequeña. La pala, tan típica del Norte no tenía demasiado predicamento aquí, en este Mediterráneo donde me encuentro, pero la realidad es que cada vez son más los que juegan a ella. Al jugador de palas está bien observarlo en playas grandes, resulta un deporte vigoroso y en el Norte Cantábrico no molestan a nadie. Playas en las que la marea permite la existencia de distintos campos de juego sin que nadie moleste al vecino. Con el rumor del mar y las brisas se diluye el ruido sordo y opaco de la pelota yendo y viniendo entre tabla y tabla. La pelota en la arena no hace ruido, los jugadores, si caen, tampoco. No suelen ser comentaristas estentóreos de sus jugadas, ni se gritan los unos a los otros.



Otra cosa es el palista mediterráneo, peor jugador generalmente, que en estas playas en la que no es frecuente verte en solitario, te agobian con la lata que dan a los que tiene al lado con su pic pac y su pim pan pum. Sus jugadores van creciendo “exponencialmente”, como se dice ahora, ante lo fácil de meter las palitas en el capacho y ponerte en medio de todo el mundo a dar la traca. Con las palitas se agobia sistemáticamente a todo el que se tiene alrededor, a quienes han clavado su sombrilla en la arena, han cargado con la hamaca y la nevera, y están diciendo: ¡Qué gozo! ¡Qué descanso! Esa gente que en la playa disfrutan como lo hacen pensando en la suerte que se tiene, lo muy feliz que es uno, y reflexionando someramente sobre algo profundo como puede ser el liberarse del estrés de la ciudad y del trabajo, sobre lo mucho que necesitabas esas vacaciones, las que siempre se dice “tan merecidas”.
Al principio, el palista mediterráneo te puede parecer simpático y decir: veamos como juega esta pareja encantadora.  Pero ya les advierto, queridos lectores, lo que ocurre al cabo de un rato, de un ratito, de nada de tiempo, es que el pin pan de la pelota y las tablitas (pues se utiliza una más pequeña y de sonido más agudo en el choque y rebote), se hace obsesivo, turbia el deseado rumor del mar, del placer de pasear por la orilla, de la olita… lo que era la felicidad en la arena junto al mar. Si estás al lado, que es lo común en playas pletóricas de euforia turística y de “hombres y mujeres libres”, las sesiones de palistas de pala pequeña son horrorosas con riesgos, además, que la pelotita te dé en un ojo.
Dicho. La pala mediterránea, cuyo batir escucho con frecuencia por mi proximidad a la playita junto a mí hogar, es insufrible. Es un tic tac distorsionado, un juego con poca gracia en sí mismo, y una pesadez para los que están próximos a sus jugadores.




El asunto de las pelotas en las playas tiene su enjundia. El horror es el niño con su propia pelota, o peor, muchos niños con sus pelotas. Horripilante cuando les ves llegar a la playa equipados y organizaditos como ovejitas sponsorizadas, y te montan un partidito de fulbito en el rectangulote de arena contiguo, para empezar a revolcarse con eso que llaman “chilenas” y con un exhibicionismo abdominal -si son mayorcitos- de muy mal gusto, aunque ellos crean ser Adonis o los davides de Donatello. Bueno, éstos no suelen saber nada de Donatello, y Adonis será el nombre de algún gimnasio o sauna. De entre los deportistas playeros los peores son los que se montan su campo de futbol hasta con banderolas y porterías desmontables.
No quiero parecer negativo, insisto, y para ello haré algunas sugerencias, de recordar algunos juegos que perjudican menos al vecino que ama la tranquilidad playera, derecho fundamental del humano actual.
Se podía volver a jugar al bádminton, que es un deporte relativamente lento sobre la arena, muy fino,  en el que incluso se puede conversar tranquilamente y casi que no te tienes que duchar después. El bádminton está desaparecido de las playas con esta moda de los vigores modernos. Lo hay de competición y juego rápido, pero es cosa de orientales, de chinos e indios que son los que lo inventaron cuando el Imperio Británico estaba en auge. Para jugar un tranquilo bádminton habrá que tratar de engañar a una jovencita vaga o discapacitada como lo es uno.
Hay un deporte que he jugado alguna vez con tanto interés que no sé casi cómo se llama. Es el frisbee. Es aquel que lanzas un disco de la forma de un ovni, disco de plástico o de muy leve corcho, que vuela con ligereza a la dirección que envíes y que el otro jugador tiene que recoger. Es un juego un poco tonto pero normalmente tranquilito y amable. Silencioso, muy silencioso. Lo cierto es que se trata de que tu competidor lo haga bien, recoja sin ni siquiera tenerse que agachar, no le deseas el mal como ocurre en casi todas las actividades deportivas disfrazadas en su mayoría de bondades físicas y morales. Porque lo cierto es que en muchos deportes lo que quieres, directamente, es la lesión del contrario. Bien es cierto que  las lesiones en los juegos de playa no son muy graves, si no te vuelves loco con dos copas de más y vas engañando baldosas, generalmente inexistentes en la arena.
Jugando con pelotas está el clásico entre los clásicos de la petanca, deporte de jubilados y de escasos jovencitos que tienen claro que el deporte no va con ellos. Tampoco se ve en estas playas mediterráneas y es una pena, pues a su manera es un juego social, tranquilo, que requiere posición y puntería, permite charlar y te invita a la reflexión de la proximidad de unas bolas de otras, de su cercanía al boliche objetivo, no son pensamientos trascendentales los que provoca, pero sirven para pasar el rato.
Siendo chaval fue a la petanca lo único que recuerdo haber jugado en la playa, que no fuera hacer frágiles castillos y recintos amurallados. Es con este deporte que ni es deporte, como arreglaba el entretenimiento muchos días de la niñez en las playas del Norte, pues las palas pesaban muchísimo.


Es una lástima no ver jugadores de petanca y tener que soportar regateos de un montón de muchachos yendo y viniendo tras una única pelota de colorines. Sería estupendo que este juego que no sé desde cuando se juega, ni quien lo inventó, (creo que los provenzales de la Provenza, me dice la Wikipedia), no quedase restringido a tenerlo que jugar en el parterre de un bulevar con un pastis en la mano, si estás en un pueblo francés.
Ahora no se me ocurren más juegos de playa para renegar de ellos. Éstos de palas ruidosas, las pelotas “futboleras” ocupan un espacio real y sonoro que provocan tantas y tontas molestias al resto de los concurrentes. Particularmente los prohibiría ahora que tanto gusta regular y prohibirlo todo.
Y aquí me tienen benevolente y animando a la práctica de estos juegos clásicos casi desaparecidos del bádminton sobre la arena o la petanca. Y como había empezado, haciendo una reivindicación de un deporte de grupo que se juega con pelotas, pero con muy distintas formas y maneras. El voleibol femenino es elegante, rápido, saltarín, en nada violento, esbelto, barato, de infraestructuras innecesarias, libre por tanto de tanto. No es un juego tonto.



Una sociedad inteligente valoraría sus muchos beneficios, su fácil práctica en un país con tanta costa como el nuestro, lo barato de la misma. Si yo tuviera autoridad fomentaría este deporte denodadamente, lo haría deporte nacional.
Finalmente, la recomendación que se me ocurre es que se alejen de las playas con abundancia de gente, ciudadanos y ciudadanas con pelotas. (“En pelotas” son otros los criterios). Que si no encuentran un club de petanca cercano, o a nadie que sepa jugar al bádminton, el frisbee es suficiente. Y siempre está el recurso del “levantamiento de vidrio” en el chiringuito si lo hay, sino lo han prohibido porque impide la biodiversidad ecológica del área de playa sostenible, o algo así. Y pedirles que valoren con atención la propuesta de que sea el voleibol femenino de playa el deporte nacional. Los hombres pueden jugar también.
Atentamente.




PD. Se da la graciosa circunstancia que  cuando finalizaba este artículo, se alzaba como campeona del mundo del bádminton la española Carolina Marín, No me había enterado de tal competición, pero desde aquí, nuestra más orgullosa enhorabuena.





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