LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Una mariposa blanquecina a pocas cuadras de mi casa

VERÓNICA MEO LAOS






Hoy vi a pocas cuadras de mi casa una mariposa celeste blanquecina, de dimensiones significativas, revoloteando como a la deriva de una vereda a la otra. Por cierto no fue ni su tamaño ni su color, de por sí inusual, lo que llamó mi atención sino la forma en que volaba: parecía como una servilleta que el viento arremolinaba, o un papel barrilete tironeado por lanzas desde el cielo por quién sabe que dioses niños juguetones. Pero no era un papel, era una mariposa real, nunca vista antes, pero absolutamente real.


Haberla visto hoy a la mañana me hizo acordar a otra igual que apareció de repente un par de días atrás en Martínez, a más de 200 kilómetros de mi casa, mientras tomábamos un licuado de frutas con una pareja amiga. Los tres nos quedamos mirándola dudando de si se trataba de un papelito que se mecía con la brisa del río o si no se trataba de una mariposa de mentira. Todo entre small talks, o charlas pequeñas, en apariencia triviales, que podrían haber sido un banquete para un psicoanalista del barrio de Palermo.

Me siento frente al ordenador con intenciones de empezar un relato pero, no hay caso, estoy en medio de un bloqueo creativo. Síndrome de página en blanco, el horror de sentarse frente a la planicie muda de una hoja A 4 que como la vida misma, no nos dice nada, sino que nos acecha esperando a que le demos algún sentido. No lo sé, pero lo cierto es que no se me ocurre nada.

Puede que la inspiración hunda sus narices en la vida misma pero, no hay caso, nada parece ser inspirador; ni los carteles publicitarios de la comunicación de un mundo feliz lleno de sonrisas de local de comidas rápidas, con gigantografías de jubilados pletóricos de alegría ante la promesa del cobro de sus haberes, ni el televisor de las estaciones de subterráneos de la ciudad de Buenos Aires que exhibe jóvenes agradecidos por la excelencia del servicio de subtes. Aun cuando spot publicitario es interrumpido por un mensaje de los empleados de la empresa concesionaria del servicio portavoces del despido ignominioso de 300 trabajadores de un diario de gran tirada y circulación nacional porque, según ellos, los medios masivos iban a silenciar la maniobra abusiva. Todo ello ante los pasos ligeros que iban y venían por los túneles y la mirada que apunta al vacío que hace-como-si-no-nos-viéramos de los transeúntes urbanos.




Ni siquiera la alegría de una canción anodina de los años setenta, con estribillos pegajosos y repetitivos de esas que hacían bailar a los jóvenes de antaño con pantalones oxford, melenas batidas y ojos impregnados de delineador negro frente a las pantallas de una televisión en blanco y negro pudo sacarles una sonrisa a las miles de personas que como hormigas autómatas caminábamos en hilera rumbo a la superficie. Lo más curioso es que el túnel que comunicaba el subterráneo con el nivel anterior a la calle, que en el pasado reciente era un espacio de tránsito, un mero pasaje de abajo hacia arriba en el nadie reparaba, ni podía detenerse a hacerlo porque las escaleras mecánicas lo trasladaban a uno irremediablemente hacia arriba. Pero ahora, no. Ahora, ese pasaje es un túnel con sentido estético y móvil. Es como encontrarse en un resonador magnético de pie y en movimiento, envuelto en un semicírculo con imágenes selváticas que invitan al espectador móvil cuyos pies están quietos a conocer las maravillas de la provincia de Tucumán. Y en esos pocos segundos que dura el trayecto hacia la superficie, las imágenes verdes envolventes prometen abrir paso a otra realidad al final del túnel. Pero no lo logra, todo vuelve a ser lo mismo que abajo pero arriba, como Hermes Trimegisto, ¨lo que es arriba es abajo¨, idéntico olor a subte, idénticos gestos inexpresivos, idénticos rituales cotidianos.

Viajar de vez en cuando a la ciudad de la furia, tras muchos años de habitar un pueblo chico, me permite mirar con ojos de extrañeza los cambios que -como dice el refrán- son como el agua que pasa desapercibida para los peces. Quizás por eso de ser un pescado en aguas ajenas, o de no poder desprenderme de la extrañeza infantil, pero lo cierto es que Buenos Aires se me antojó más triste que antes. A fuerza de comunicar tanta alegría, el oxímoron presagiaba una atmósfera pesada a punto de estallar de desinterés y hastío.

Y en medio de la desatención cortés, el pasar como si nadie viera a nadie pero saberse vigilado constantemente, una mariposa blanquecina pendía del aire moviéndose de manera espasmódica de arriba hacia abajo, pero sin agitar sus alas, sino agitándose toda ella en su cuerpo sutil y casi transparente, sacándome de la letanía de lo cotidiano por causa de su fragilidad. Sin embargo, la página en blanco volvió a hundirme en su planicie. Todavía no sé qué historia contar, creo que me voy a dormir a ver si al levantarme se me ocurre algo.

Mañana será otro día.




Verónica Meo Laos, periodista cultural, escritora y docente. Entre otros trabajos ha publicado con Agustina Padula, Sueños de trascendencia profana. De la monumentalidad a las cenizas. Una reflexión del caso del cementerio de Dolores. Editorial Académica Española, 2012, y con Gabriela Urrutibehety y Juan Carlos Pirali, Tras las huellas de Girondo. De muertos y revivos yóes (2011) ImagoMundi, Buenos Aires. También es la autora de Vanguardia y renovación estética. Asociación Amigos delArte (1924 – 1942). (2007) CICCUS, Buenos Aires. Colabora en el suplemento cultural de El Imparcial de Madrid, La Capital de Mar del Plata y la revista Hábitat.

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