LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Cuento. La distancia. Lucas Damián Cortiana.

Banksy

El reloj de pared hizo un ruido sordo, un estertor. Ambos miraron desalentados. (...)


El ruido los había traído de regreso de algún lugar solitario y silencioso en el que pasaban las tardes, sin hablarse, sin mirarse. La casa se precipitaba al vacío de la quietud. La mesa en la que estaban cenando era un abismo oscuro, desde donde ascendían ecos de otras eras. La muerte del reloj, ese ronquido mecánico y metálico, de péndulo estático y de tránsito de agujas abolido, hizo que aquellos dos pares de huecos contenedores de ojeras y poco brillo, adormecidos, se encontraran al mismo tiempo y en el mismo espacio. Yago fue el primero en tomar el celular. Sus dedos se deslizaban con pericia sobre las teclas, como un atleta entrenado y avezado.
- Creés q tnga arreglo?
El celular de Lyla vibró sobre la mesa como si lo hubiesen revivido con electroshock.
Lyla se apresuró en contestar, con el mismo dominio del aparato que demostraba su marido.
- Es la 4ta vez q s dscompone en el mes. Creo q no sirve más.
- Hagamos un último intento –escribió Yago. 
- Lo mejor será q compremos otro.
- O no. Sólo está como decoración. Nunca miramos la hora.
- Como kieras… -tecleó Lyla, a la vez que llevaba una porción de pastel a la boca.
Yago leyó el mensaje y se detuvo a pensar si sería conveniente preguntar lo que estaba pensando que debía preguntar, la verdadera finalidad por la que había comenzado la conversación. Finalmente lo hizo, cabizbajo, desesperanzado.
- Y si sucede lo mismo cn ls celulares? Desde la central no disimulan los desperfectos técnicos q existen. Hace varios días recibo mensajes que dicen “disculpe los inconvenientes. Estamos trabajando para solucionarlos”. –Yago mandó el mensaje, pero quería decir más. Su mujer observó que iniciaba un nuevo texto y esperó para contestarle.- T acordás q estuvimos una semana sin hablarnos la última vz q s cayó el sistema?... Si dejan d funcionar para siempre??
- Algún día ocurrirá –arremetió Lyla, quien ya sabía qué responder antes de recibir el mensaje.
- Pero q pasará luego? –inquirió Yago.
El “que” no se diferenciaba del “qué”, con el ahorro que constituía escribir sólo “q”, así como “xq” significaba por igual, “por qué” y “porque”; o “sn” que podía ser “sin” o “son” indiferentemente; o “vz” que de idéntica manera podía interpretarse como “voz” o “vez” pese a las ambigüedades. La tecnología o tal vez ellos mismos sin darse cuenta, sin la plenitud de su consciencia, habían tomado decisiones que los construían, destruían, formaban y transformaban en personas o pseudo personas en constante estado hipnótico y como parte de la red invisible que los trascendía. Esclavizados. Dependientes.
- Lo q pasará es q volveremos a la época de las cavernas – sentenció Lyla.
- NO!!! CMO PUEDES CREER ESO??? –el ceño fruncido de Yago acompañó los caracteres gigantes que aparecieron al instante en el celular de su esposa.
- Es inevitable. Como lo es q s descomponga el reloj, la heladera, el auto o cualkier aparato. S vuelven obsoletos, anticuados, in-ser-vi-bles. –La conversación casera, indudablemente se había tornado en discusión. 
- Debe haber una solución. Sólo q todavía no podemos verla.
- Una solución??? Cómo cuando ns prometieron q nuestros genioglosos, estiloglosos, hioglosos y no s cuantos otros músculos de la lengua no s atrofiarían?? 
- Es otra cosa… -los puntos suspensivos indicaban que Yago no estaba tan convencido de su propia postura-. No podemos volver a hablar hasta mañana -cambió de tema. Voy a cargar la batería del celular.
Lyla escribió un último mensaje, que Yago alcanzó a leer con el último aliento de carga de su celular: “Hasta mañana. Q dscanss.” 
La noche, como todas las noches desde hacía ya varios años, se deslizaba por las calles y se trepaba por las paredes con la cadencia de una maquinaria repetitiva, la del ruido de los motores de los automóviles, la de las sirenas de las ambulancias, pero carente de la musicalidad de las voces. El griterío, los murmullos, los susurros, los balbuceos, eran artes de una época que parecía tan lejana como la Inquisición. Los satélites y antenas radiales hacía tiempo que eran considerados monumentos históricos. No era raro que cualquier excursión por Buenos Aires incluyera al obelisco, Caminito y cualquiera de los deshabitados estudios radiales. En París la gente se sacaba fotografías en la Catedral de Notre Dame, la Torre Eiffel, sin dejar pasar la oportunidad de posar con las gigantescas antenas de la Radio Classique. Era costumbre pasear por La Habana Vieja escuchando sólo las músicas de los salseros, sin aquellos cantantes de voces graves; era propio de Roma no oír discusiones ni réplicas, aunque cualquier pantalla de celular guardaba un insulto para el mozo que servía la pasta fría. ¿Piropos? No había. Las mujeres eran perseguidas por hombres cuyas galanterías se anudaban en la punta de la lengua. ¿Charlas de taxi? Olvidadas. Las avenidas eran atravesadas por conductores y pasajeros con el alma sumida en la añoranza de los tiempos en que el viaje se amenizaba con palabrerío pasatista, con superfluo bla bla bla. ¿Gritos de gol? Los estadios eran cementerios donde los cadáveres festejaban escribiendo mensajes con eufóricos, luminosos, pero silenciosos GOOOOOLLLLL!!!!!
Yago se despertó a las 6:40 aquella mañana y lo primero que hizo, antes de preparar el desayuno o lavarse la cara o siquiera levantarse de la cama, fue mandarle un mensaje a la mujer que dormía a su lado, su esposa: “A q hora entras a la oficina?”.
El celular de Lyla vibró en la mesita de luz. Lyla lo tomó con los ojos entrecerrados aún por el sueño y con la mano que no tenía acalambrada por la posición en que había dormido intentó la respuesta.
- 7:30 gracias x despertarme. Preparas el desayuno?
Yago ya estaba en la cocina cuando recibió el mensaje.
- Claro. Leche no queda. Debimos hacer ls compras ayer. Café o té?
- Café –escribió Lyla quien se encontraba al lado de su marido, buscando en la heladera alguna mermelada que le gustara a los dos.
En completo silencio se sentaron a la mesa. Encendieron la televisión. Sobre la pantalla, las palabras aparecían y se esfumaban sobre un fondo completamente negro, con gracia coreográfica aunque perversa. Lyla tenía ganas de contarle a su marido lo que había soñado, también contarle que había pasado frío por la noche porque las frazadas no eran suficientes y había que poner algunas más, también preguntarle por qué se había levantado a mitad de la noche, también recordarle que había que llevar al veterinario al perro, también contarle que iba a almorzar con una vieja amiga de la secundaria e intercambiar algunos mensajes de texto… Pero debía desayunar de prisa, ducharse e ir a trabajar y no tenía tiempo para escribir tanto. Yago tenía ganas de contarle a su esposa que anoche había soñado con ella, también contarle que había sacado algunas frazadas para llevarlas a la lavandería, también recordarle que el veterinario estaba de vacaciones hasta la semana siguiente, también contarle que le iba a decir a su jefe por mensaje de texto que creía que merecía un aumento… Pero debía desayunar deprisa, vestirse e ir a trabajar y no tenía tiempo para escribir tanto.

En la pantalla de ambos celulares, luego de un beso que decía lo que las tecnologías no querían, se leyó al mismo tiempo: “Te amo mi vida. Que tengas un hermoso día”, sin obviar mayúsculas, puntuaciones ni tildes. 

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