LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Arte. Lluvia en Roma. Por Enrique López Viejo.




Llovía sin parar. En mi última visita a Roma no paró de llover los cinco días que estuve, lo que supuso una suerte estupenda y un hándicap relativo, (...)



pues me obligó a dedicar la mayor parte de mi tiempo a visitar distintos museos y galerías de las que abundan en la Ciudad Eterna, algo que, además, era mi objetivo prioritario. Puede parecer una tontería, pero hay ciudades a las que el mal tiempo no perjudica, sino que excita aún más la curiosidad del visitante buscando los palios pertinentes. Aquellos días de invierno en Roma llovió sin parar: tormentas, trompas, chubascos y aguaceros.
Un paraguas como bastón, un buen calzado, gabardina y taxis te permiten recorrer ese “paso a paso” que algunas calles en la capital italiana te obligan a mantener cierta vigilancia por los peligrosos adoquines, los sampietrini. Roma es una ciudad con mucho tránsito, no es una ciudad fácil, y es grande, y son italianos.
Mi Roma había sido siempre de calor, de muelles, barcos y aeropuertos, atascos y de tener que olvidarme de señoras estupendas que nunca pude observar en su medida. Siempre de paso. He navegado por sus costas, pero la ciudad no es lo que mejor conozco.

Retrato de Inocencio X pintado por Velázquez


Me invitan a que escriba sobre Italia. Lo haré sobre Roma, y sobre esta ciudad bien se puede hacer visitando uno de sus museos, en este caso, el delicioso Palazzo Doria-Pamphillj. Roma lo tiene todo en sus calles y museos que cuenta por centenares. El Doria Pamphillj, siendo un palacio y colección particulares, cuenta con un contenido sublime, sobresaliente.
Y elegir mi visita a este museo, tener un momento italiano, ha sido por el placer que fue poder visitar aquel palazzo en solitario, un placer extraordinario cuando de la contemplación de las artes se trata. ¿Quién duda de ello?
Antes de nada debo “situar” al lector: este museo contiene el “Retrato de Inocencio X”, pintado por Diego de Velázquez, lienzo ubicado en una salita sorprendentemente pequeña, cuando el espíritu del cuadro, el retrato del papa y el pincel del artista español suponen una verdadera conmoción del más alto nivel sicológico, una “anunciación” artística, algo verdaderamente grandioso. El personaje retratado es tremendo, la obra es sensacional. ¿Qué decir de la pintura del sevillano? Ya saben mis lectores cómo me gustan los calificativos totales y de este retrato se me ocurre decir que es una obra fantástica, siendo de lo más realista.



Esta vez venía a Roma en invierno, solo, y dispuesto a ver unos cuantos, muchos, cuadros. Albergué en la casa donde viviera Bertel Thorvaldsen, el grandísimo escultor neoclásico danés, en una pequeña habitación cuyo único paisaje fue la lluvia tras la ventana. Ahora no recuerdo en qué calle. Es un hotelito sin pretensiones, siendo mínima la habitación que me dieron, hasta el grado de tener que escribir mis apuntes tumbado en la cama: tan pequeña era la mesa escritorio. No sé ahora qué mes fue. Roma estaba en un momento turístico bajo y encantador, los visitantes de salas y museos éramos escasos, tanto que se produjeron distintas situaciones cómicas a este respecto. La gente no sale tanto lloviendo y la “indolencia” y falta de ánimo que provoca la “baja presión” se manifiesta en todos los ámbitos.
Roma estaba “vacía”, yo solo y en absoluto desesperado, nadie paseaba tranquilamente por la ciudad, nadie hacía colas en los museos, pocos se acercaban a las oficinas de turismo. Solo y encantado, sin dejarme vencer por la suerte climática. Solo y en solitario mi elección el primer día fue la Doria-Pamphillj y a primera hora de la mañana, y con su apertura me encontré paseando por unas salas donde apenas se escuchaba el débil trino de unos pocos pájaros mustios, y algún rumor ventoso que traspasaba del patio a las salas del museo. El Palacio lo visité con la única presencia de dos o tres grupos menores, unos españoles, que, como yo, discurrían cómodos y silenciosos por las salas de exposición repletas de obras de grandísimas obras. Pronto, además, desaparecieron de escena.



El Palacio Doria-Pamphillj, en la Vía del Corso, muy cerca de la popularísima (y tan bella) Plaza Navona, sufrió distintas remodelaciones para convertirse en un palacio barroco, con un final rococó en su fachada más importante. El palazzo tiene la medida de los museos encantadores, esos que te gusta recordar y repetir si puedes, algo que no ocurre en los Metropolitan, British, Louvre y el resto de los gigantes que, sin embargo, te obligan a revisitarlos dado el volumen de lo expuesto. (No merece comentar a este respecto.)
Siendo un palacio particular, cuyos propietarios han seguido una línea austera y en nada extravagante, un mantenimiento muy sobrio, es esta una de las colecciones privadas mejores del mundo. Su carácter de vivienda familiar lo disfraza de cara al público con el acceso a algunas salas privadas que completan la gracia del conjunto.
Nada más entrar, los ansiosos pasos te llevan a visitar el retrato de Velázquez, de visitar al papa desde el inicio. Es lo primero que hacemos casi todos los visitantes por la fama del cuadro, la magnitud de la obra, y por la atracción del aire que se respira, del especial magnetismo que provoca el semblante único de este papa del siglo XVII.
Parece que el papa te está esperando. Una maravilla en las circunstancias que se daban, posibilitando el tener un largo encuentro sin el agobio de otros visitantes, y tan solo con la lejana mirada de un cuidador bostezante, un vigilante sentado de brazos cruzados.



Tras recorrer un ala del patio llegas al camarín donde está el lienzo, un espacio pequeño, como muy íntimo. Emociona. No exagero si digo lo muy feliz que me hizo el encuentro en ese “tú a tú” que impusieron la imagen del papa y su rojo y blanco poderosos. Tan expresivo él, tan sorprendido yo. El papa con toda su autoridad y carácter, el pincel de Velázquez, y mi sorpresa contemplativa, la de un sencillo humano absorto en medio de aquel silencio, era algo más que mágico. Desconozco el tiempo que estuve maravillándome con este lienzo de nuestro genio sevillano. El santo no se me fue al cielo, pero no tuve premuras en la contemplación del cuadro.
El Doria-Pamphillj tiene mucho más; su paseo y contemplación de sus obras suponen un placer real. No hay artificio ni excesos de uno u otro lado en este museo. Un museo ideal para pasar aquella jornada ante las alegres pasiones de los Carracci, los boloñeses Agostino, Ludovico y Annibale, este último principal rival de Caravaggio.
Solo, solitario y con sonrisa extensa y amable, ante los cielos de los frescos de Pietro de Cortona, amigo del papa y protagonista del palazzo, pintor de los frescos vivos en lunetos y arquitrabes que son una colorida fiesta del barroco galante. Y el gran Rafael, Rafael Sanzio, con el retrato magnífico de dos intelectuales amigos. Las obras de otros grandes de la época, siguiéndose unos a otros en la particular disposición de los cuadros, que no se han movido desde que el museo, impulsado por el papa y las mujeres de la familia fundó a mediados del siglo XVII.

Rafael Sanzio


La visita en solitario, con la banda sonora tras los cristales de una grave tormenta, una tormenta romana, fue una experiencia única. ¿Se dice así? Sí. Única. Yo repetiré. Mi jornada en este palacio fue la del disfrute del mejor arte sin tiempo y en silencio. La colección es grande y muy variada, pero para un diletante profano como soy yo, como lo son algunos de ustedes lectores, es suficiente con ocupar un día completo. No se necesita más.
El origen de la familia Pamphillj era del milenio, aparecen en el año 1000, pero fue en el siglo XV cuando se fueron haciendo fuertes hasta llegar a ser condes del Sacro Romano Imperio Germánico. Una política matrimonial les unió a lo más granado de Italia, lo que no fue óbice para que la rama masculina de estos Pamphillj se extinguiera siendo asimilados a los almirantes Doria, espadones navales unas veces al servicio de Francia, otras de Italia, de España con Carlos I también. Su máximo representante, Andrea Doria (1466-1560), fue el látigo longevo de otomanos, berberiscos y armadas de toda condición.
Heredero de los Borgia, el papa Inocencio X tuvo una intensa vida diplomática, con los vaivenes políticos tras la Paz de Westfalia (1648), momento fundamental de la historia europea. También como mecenas construyendo este y otros palacios y plazas como la Navona, remodelando sus fuentes con ese esplendor barroco, y con la concurrencia de las mujeres de su familia se dispuso a formar la fabulosa colección que hoy podemos disfrutar. Religiosamente proscribió a los jansenistas que eran otro lío dentro de la Iglesia que rebasaba el siglo desde el Concilio de Trento y se sumergía en todos los problemas luteranos. Dicen que este papa tenía una personalidad brava, tosca, endemoniada, un carácter tremendo. Su rostro y expresión así lo afirman; su semblante no lo dice todo, pero te deja bien advertido. Tuvo que ser un personaje de cuidado. Lo cierto es que no lo sé bien; te encuentras muchas sorpresas. Me interesaré.
El palazzo ofrece la visión de obras únicas y extraordinarias. Además del panteón glorioso de Velázquez, nuestro “superdios”; están Bernini, dios mismo, también; Borromini el espíritu santo; Cortona un fastuoso artista. Estos fueron los amigos del papa. ¿No es el mejor retrato de Velázquez el de Inocencio X? ¿No es para algunos el mejor retrato de la historia? ¿Exagerado? Puede.





El palacio en el que se sitúan el museo y la casa de la familia (parte de ella aún vive en él), se articula en torno a un patio al que convergen las tres salas de exposición fundamentales, además del salón de los espejos venecianos, que tiene su especial gloria por la riqueza de los mismos, y algunas otras salas más pequeñas como un salón de baile con una buena colección de instrumentos musicales. Para las dimensiones del museo, que no es muy grande, lo expuesto no deja de ser sorprendente, si se es propicio a las emociones. Es mucho y muy bueno.
Ves caravaggios y a Parmigianino, a los Carracci, a Guido Reni, Salvatore Rosa, y al Guercino, a muchos otros. Al manierista Correggio, a Tiziano con una espléndida cabeza de Holofernes en la bandeja de Judith. En el Doria–Pamphillj ves la obra de holandeses, de los pintores de los Países Bajos que siempre lucen de la mejor manera hasta en la batalla naval más oscura. Y más. Grandes como Filippo Lippi, Brueghel el viejo, Jan el joven, Giorgio Vasari, Claudio de Lorena, Quentin Metsys, Hans Memling… De escultores no hablo, apenas sé nada.
Los cuadros están dispuestos como se hizo en origen y que era la moda de la época. Alrededor de 400 telas desde el siglo XV al XVIII, ocupándolo todo y en bandas paralelas hasta el techo. Son tres salas al completo que culminan en la sala Aldobrandini, donde se expone la colección de escultura de personajes históricos de toda índole, sala de doble altura donde parece ser aún mayor la soledad, al hacerse uno más pequeño ante la elevación de los muros mostrando artistas y artes tan poderosos.



El recuerdo privado de esta visita al museo romano no será, mayormente, de interés para el lector, pero sí le permite a quien os escribe estos párrafos su recomendación: que cuando vayáis a Roma no dejéis de visitarlo. Me da alegría aconsejaros conocer un lugar así, con tanta belleza. (Siendo un flânneur, un paseante, ningún recorrido mejor que el de las artes… bueno, el de las artes y el de las tabernas.)

PD. Como comentario social, como cotilleo. La situación del palacio, museo y colección se ha complicado en este siglo XXI sobremanera al discutirse en la actualidad el legado y herederos. La falta de varones durante generaciones, las complejas adopciones de dos niños ingleses por parte de la última descendiente dinástica, Orietta Pamphillj, la paternidad habida de otros dos niños de su hermano homosexual casado con un brasileño hacen que este momento de la historia Doria-Pamphillj sea de gran truculencia que, tras observarla, no sabría qué opinar que no sea sobre las consecuencias, ciertas extravagancias, del extraño trajín del mundo moderno.




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