ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Espionaje. La máscara de Dimitrios: La historia de la bella Zoya y el tembloroso Nelidov








Hay espías que mueren literalmente  de miedo o,  más exactamente, del miedo a morir de miedo. Un ejemplo verídico  de este extraño suceso vinculado al mundo de la inteligencia, de acuerdo con testimonios fiables,  sucedió en el curso del enfrentamiento germano-soviético durante la II Guerra Mundial, la “Guerra absoluta” (Total War), como la calificó el historiador Chris Bellamy.  

El personaje en cuestión se llamaba Aleksander Nelidov, nacido en 1893 y artillero durante la Primera Guerra Mundial en tiempos de los zares que,  después de la derrota del Ejército Blanco en la guerra civil que siguió a la revolución bolchevique, consiguió escapar y buscarse la vida en Francia y Alemania tras pasar por Turquía. Su pasado militar de capitán le llevó a relacionarse con el Estado Mayor alemán en los primeros años del ascenso de Hitler al poder, y a partir de ahí la suerte le volvió la espalda.

El intrigante y poco eficiente almirante Canaris, jefe del espionaje militar alemán (Abwehr), le ofreció un puesto de agente secreto en Varsovia a principios de 1939, y con eso Nelidov selló su destino nefasto. Los polacos lo descubrieron pronto y lo encarcelaron en la prisión de Leópolis, pero luego, cuando Stalin se repartió la parte oriental de Polonia con Alemania, los soviéticos lo enviaron a Moscú. Allí  lo retuvieron, como agente del espionaje nazi,  por lo que pudiera pasar.

En la sección alemana de la NKVD (policía secreta soviética que tenía también a su cargo los asuntos de inteligencia)  trabajaba Zoya Ivanovna Rybkina, una espía de primera categoría de impresionante belleza, que era la encargada de manejar al fracasado artillero zarista. Muchos años después, cuando escribió sus memorias, la atractiva oficial de operaciones rusa no ocultó su desdén por el “comportamiento servil” de Nelidov. Algo que a ella le avergonzaba, aunque reconoce que también le divertía.


Zoya Ivanovna Rybkina

Sometido a intensos interrogatorios en su celda, el antiguo capitán cantó de plano todo lo que sabía, que tampoco era mucho.  Una noche, después de muchas horas de confesión, le llevaron la comida a la cantina del NKVD, y el pobre Nelidov casi se desmaya, temblando de miedo,  cuando vio que le dejaban comer con cuchillo y tenedor. “Se supone que no debo utilizar eso”, declaró con voz aterrada. “¿Por qué quieren poner en mis manos un cuchillo?”

Cuando al antiguo oficial zarista le preguntaron por los planes alemanes para invadir Rusia, la hermosa Rybkina y sus colegas se echaron a reír.  Nelidov contó a sus carceleros que Alemania se apoderaría en cinco días de Minsk, la capital de Bielorrusia,  pero aun así profetizó que, en palabras del jefe del Estado Mayor alemán,  la proyectada invasión sería un desastre por falta de capacidad logística. Y así sucedió, en efecto.

En las primeras horas del 22 de junio de 1941, cuando Alemania invadió la Unión Soviética, reinaba un silencio opresivo en el edificio de la Lubianka, sede del NKVD. No era para menos.  Aunque la inteligencia soviética estaba al tanto de lo que ocurría, la invasión se produjo antes de lo que Stalin pensaba y durante las primeras semanas, en Moscú rozaron el desastre.

Un mes más tarde, la agraciada y talentosa Rybkina trasladó a Nelidov a la cárcel de la Lubianka, y este se enteró asombrado  de que la URSS estaba en guerra. Hasta entonces, completamente aislado del mundo exterior, no sabía nada. La capital de Bielorrusia no cayó en cinco días, como preveían los alemanes, sino en seis, y cuando un guardia del NKVD se lo llevó de nuevo a las mazmorras, Nelidov ya se dio por muerto con extrañas palabras. “Adiós, Zoya Ivanovna – dijo con voz fúnebre- . Puedes estar segura de que todo lo que he escrito está en esta habitación.” Luego se santiguó, esperando con resignación que lo apuntillaran de un tiro en la nuca.

Según cuenta Rubkina, dos días después de aquello,  el angustiado exzarista volvió a la Lubianka. Allí le entregaron una maleta donde le cambiaron por ropas nuevas sus harapos de la prisión. Nelidov,  desconcertado, se quedó sentado, paralizado por el miedo y llorando. ¿Por qué- preguntaba- tienen que vestirme de un modo tan elegante para matarme? Con cualquier cosa valdría”. La valiosa agente, con buenas palabras,  le llamó al orden y le tranquilizó:   “Serénese- le dijo-  Eso es indigno de usted.  ¿Cómo puede abandonarse así? Le voy a presentar a mis jefes”.

Ejercicios de tiro con pistola en la Lubianka

La extraña procesión de despachos hasta las entrañas del NKVD se presentó finalmente ante los jefes de Moscú, y el mismo general de la seguridad soviética, Pável Fitin, invitó al frustrado agente del Abwher a trabajar para el servicio secreto en Turquía, un país que este conocía bien.

“Pero antes de eso me van a ejecutar. A mí no me  van a engañar”, le dijo Nelidov a Fitin.  “¿Acaso creen que soy tonto?” El ruso, ya francamente cabreado, le espetó: “No sea gilipollas, no entiendo nada. Solo le estoy proponiendo que trabaje para nosotros en Turquía, que como sabe es un país neutral.”  Nelidov no se lo creía, y se limitaba  a responder con sorna. “Como quieran”, dando a entender que sus días estaban contados y le esperaba el clásico protocolo del disparo en la cabeza en el sótano de la Lubianka. Se daba ya por muerto.

A Fitin , la obstinad actitud del capitán zarista le parecía una cosa de locos, y para suavizar la situación, la siempre hábil Rybkina se lo llevó a un restaurante georgiano próximo a la calle Gorki de Moscú, donde le prepararon un suculento kebab caucásico de cordero con vino tinto de la tierra.

Pero Nelidov pensaba que todo era una farsa, y en la garganta tenía un nudo que le impedía comer. Temiendo que pudieran envenenarlo, suplicó a la mujer que le intercambiaran las copas por si acaso. Cuando dio el primer sorbo, Nelidov sorbió el vino con cautela y pregunto: “¿Qué, me toca ya morir? ¿Cuándo vienen a por mí?”.


Ingreso de los detenidos en la Lubianka



Hastiada de tanta insistencia mortuoria, la Rybkina respondió al prisionero que él ya estaba en libertad,  y lo único que debía hacer era trabajar en Turquía para sus nuevos amos y dejarse de gaitas. Pero Nelidov no se lo creía: “No lo entiendo. ¿Por qué me han perdonado? ¿Acaso creen que me voy a tragar ese cuento? No soy tonto”.

Tras la mal aprovechada comida, seguramente aburridos ambos de aquel mal rollo, Rybkina y Nelidov pasearon un rato  y después ella le dejó en el céntrico hotel Moscú, reservado a la élite de los intelectuales del partido. Allí quedó a cargo de la vigilancia otro agente del NKVD, un tal Vasili Zarubin.

Todo parecía ir más o menos normal, pero Nelidov nunca viajaría a Turquía. A la mañana siguiente, nadie abrió. Cuando Zarubin llamó a su puerta, rompieron la puerta de la habitación del hotel y  lo encontraron ahorcado con unos jirones de sábana. Seguramente no pudo superar la paranoia y murió de miedo en su celda, pero quién sabe. La única regla (casi) segura en el mundo de los auténticos espías es que nadie es lo que dice ser, y mucho menos lo que aparenta. ¿Quién engañó a quién?

A estas alturas Zoya debía de tener alguna pista, pero no es seguro. Las memorias que la bella agente dejó escritas en Moscú, cuando ella era ya una anciana,  deben de estar trucadas. Y en todo caso, ¿a quién le importa ya la muerte de un agente roto  en una oscura mazmorra de la Lubianka?



Puerta de ingreso de los detenidos en la Libianka



Fernando Martínez Laínez, escritor y periodista de amplia trayectoria, fue uno de los iniciadores de la novela negra en España. Ha escrito también, entre otros géneros, libros de viajes, biografias, guiones de radio y televisión, divulgación histórica y literatura juvenil.



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