LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Libros. Tirano Banderas: La novela de dictador en el lenguaje valleinclaniano. Por Lucas Damián Cortiana.



1. Introducción.
En el siguiente trabajo se intentará establecer una hipótesis acerca de las capacidades literarias que acercan a Ramón del Valle-Inclán a la escuela del modernismo y a la generación del 98,  (...)



argumentando a través de citas de sus libros y de análisis de diversos autores, dando especial hincapié a su obra cumbre, Tirano Banderas; considerando que existen más que sobradas razones para postularlo en ambas corrientes. A su vez, se intentará trazar una relación de cómo dichos estilos y conciencias sociales influyeron en la composición de lo que se conoce como novela de dictador y el uso particular del lenguaje que Valle-Inclán utiliza, generando así un nuevo dechado para generaciones posteriores.

2. Ramón del Valle–Inclán, modernismo y la generación del 98.
A Ramón del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 28 de octubre de 1866 – Santiago de Compostela, 5 de enero de 1936), quien fuera un dramaturgo, poeta y novelista español, se le atribuyen –todas ellas ciertas- innumerables andanzas, viajes, tertulias y desgracias, que, a los fines de lo que nos interesa, no son particular eje de nuestra atención, sino, más bien, sus inquietudes literarias y sus quehaceres dentro de ellas. Se lo ha ligado en primer término a una corriente literaria conocida como modernismo, que influyó principalmente en los poetas de las décadas de 1880 a 1920, época de mayor apogeo de dicho movimiento, caracterizado más por la heterodoxia creativa que por las comodidades que implicaba la burguesía y los modelos literarios afirmados en ella. La rebeldía y la renovación de las letras era lo que postulaban sus impulsores, inyectándoles temas nuevos, autenticidad y otras formas estilísticas (1), como dice Carlos Loprete en su libro Literatura española; y pese a que su surgimiento tuvo sus raíces en América, esta causó gran impacto en España, repercutiendo en los mayores exponentes de ese tiempo, entre ellos Valle-Inclán.
Sin embargo, muchos críticos lo han sabido emparentar con mayor fuerza a la llamada generación del 98, no solo desde las posibilidades estéticas concretas que Valle compartía con otros escritores, sino a partir de la realidad histórico-social imperante que los unía, situándolos en la privilegiada posición de contemplación de un hecho trascendental y ser capaces de propiciar una relectura y una reescritura de tales sucesos, dominando las aristas que definieron un momento y un lugar del que fueron partícipes.
La generación del 98, desde sus basamentos, estuvo signada por un contexto político que no fue ajeno a los escritores españoles, entre ellos, la derrota de España en la guerra hispano-estadounidense y la pérdida que esta supuso de dominios ultramarinos como Puerto Rico, Guam, Cuba y Filipinas en 1898. No por nada a quienes pertenecieron a esta generación se los llamó también la generación del desastre, habida cuenta de que no solo el imperio colonial español estaba llegando a su evidente finalización, sino que la crisis se vislumbraba en cada ámbito de la sociedad española, incluyendo lo moral, como consecuencia directa de un empobrecimiento social. De allí que Loprete –hablando de la generación- señale que ellos nacen precisamente a raíz de la culminación de un proceso de decadencia. De allí que su visión de España […] tenga matices sombríos, pesimistas; y agrega, en vista del surgimiento, admisible pero tal vez mal intencionado, de críticas negativas, que su amor a España es intenso e intensa, por lo mismo, es la amargura que les ocasiona tan rudo descalabro.
Si a Valle, como a otros, no se los ha podido situar en una escuela (el modernismo) o en una generación (la del 98) estrictamente es porque ambos conceptos, aunque diversos, no son excluyentes y permiten un punto de intersección, a saber, que rechazan el estilo prosaico y grandilocuente del siglo XIX, así como la cultura de la Restauración (2), entre tanto y de forma paralela, ejercen fuerzas antagónicas: mientras la primera tenía una preocupación casi exclusiva por el estilo […], los hombres del 98 tenían una preocupación nacional; es decir lo estético y lo ético confluyendo en las obras de un mismo o de varios autores.
En lo que respecta a Valle–Inclán y su incómoda e imparcial posición, aunque nunca buscada por él sino enmarcada en una o en ambas según los caprichos de los analistas, el doctor en Filología románica y poeta Eugenio de Nora y la escritora María Zambrano establecen los parámetros de sus opiniones formadas, generando aún más vértigo sobre el lugar al que pertenece el escritor de Tirano Banderas: De Nora dice que Valle escribe formalmente como modernista, espiritualmente como decadente, sádico, perverso (3) y agrega, ahondando sobre aquello que fue figura central del modernismo –la estética- que el origen del esteticismo de Valle–Inclán es, más allá de un impulsor de diferencias con sus contemporáneos una inconcreción, que paralelamente, hace a Valle–Inclán […] andarse por las ramas de la pura estética […] prolongando su máscara de artista impasible. A todas luces se ve en este análisis de la escritura de Valle–Inclán una inclinación menos adherida a las preocupaciones políticas que a la búsqueda propia de un artista afiebrado por el reconocimiento individual, sometido a voluntades propias, a la vez que ajeno a la conciencia común de un grupo. Zambrano, por su parte, explica que tal búsqueda estética no es una decisión meramente intelectual, razonada; considera que el surgimiento del estilo de Valle–Inclán es el del no estilo, para nada desasociado con el ocaso de España. Pero el ocaso era también el alba (4), expone, refiriéndose a la palabra como medio y como fin último para recuperar y rescatar a una nación. El nuevo estilo nacía como una especie de voto de pobreza, […] en un despojo de todo estilo, inspirado sin duda, por el afán de captar la realidad, reconociendo que aquello que para De Nora es la manifestación inevitable de una inquietud artística suplida, un delirio construido obligatoria y deliberadamente a base de laboriosidad sensata, más allá de la aparente incompatibilidad, en Zambrano nace como una necesidad, como un reflejo de estoicidad que desafía al desaliento societario, una aparición casi azarosa nunca guiada por el método: Ciertamente que no era posible preverlo, y que solamente después de aparecido se advierte su temprana insinuación, concluye.
Es que en Valle–Inclán ambos mundos son adoptados como propios y ejercidos con total espontaneidad y siguiendo un cauce natural, como lo haría cualquier río, por lo que es poco menos que inmoral dejarnos seducir por la categorización en uno u otro. Loprete señala que hay varios elementos de su poesía que justifican la cercanía con el modernismo: están plagados de los símbolos modernistas. Cisnes, carnavales, palacios […], la barca de marfil, los hilos de plata, así como un claro optimismo, inesperado, para alguien que tuviera conocimiento y no se permitiera ningún grado de cinismo ante la avasallante adversidad hispana. Sin embargo, este escritor que supo empaparse de el movimiento americano, […] más despreocupado y alegre, más optimista y menos trascendental, hacia 1926 logró desvincularse de los cánticos de la bohemia enamorada y los versos dedicados a la figura femenina para involucrarse y comprometerse en las problemáticas sociales, paradójicamente alejado de su país natal. Si en un principio se dijo que las andanzas de Valle–Inclán no eran competencia de este texto, vale decir que su viaje a México (el segundo a esas tierras, en 1921), le darán el incentivo para escribir lo que, según Darío Villanueva, fue la novela que Valle–Inclán prefería entre las suyas […], acaso la más innovadora de cuantas se hayan escrito en nuestra lengua a lo largo del primer tercio del siglo XX y la que sin duda ha ejercido mayor influencia  […] como modelo patrón de lo que se daría en llamar novela de dictador (5), es decir, Tirano Banderas. Novela de Tierra Caliente.

Foto de Gabriel Figueroa



3. Novela de dictador.
La primera vez que Valle–Inclán pisó suelo latinoamericano fue en 1892 cuando, en su primer viaje a México, trabajó como periodista poco menos de un año y en ese período, en apariencia poco significativo, obtuvo una censura a manos del por entonces presidente Porfirio Díaz. De aquel primer encuentro con el Nuevo Mundo se destaca una incidencia que podría ser el germen de lo que luego sería Tirano Banderas, teniendo este modificaciones sustanciales con respecto al suceso verídico en la vida del escritor, quien en primera instancia optó por la defensa de su pueblo, considerando inaceptable la acusación.
A las pocas semanas de su llegada a la capital mexicana, el escritor leyó en “El Tiempo” una carta firmada por "Oscar" en la que, con argumentos muy parecidos a los que Valle-Inclán utilizará en su novela de 1926, se les acusaba a los españoles residentes en México, de connivencia con la dictadura de Porfirio Díaz y de buscar su propio enriquecimiento a costa de la explotación del pueblo mexicano.(6)
El segundo viaje a México tendría como trasfondo la dictadura que dejaba atrás en España, a manos del general Primo de Rivera y la victoria de la revolución del otro lado del Atlántico, dando elementos constituyentes y formativos para escribir la novela antes nombrada. Santos Bandera, el dictador protagonista de la ficción, es como su autor declara, un tirano con rasgos del doctor Francia, de Rosas, de Melgarejo, de López y de don Porfirio (7), trazando en base a cada uno de ellos el arquetipo de un dictador posible en cualquier meridiano, aunque este en particular se encuentre situado en un espacio ilusorio que bien puede ser vinculado con alguna de las tantas colonias españolas en América Latina, desde fines del siglo XIX hasta principios del siglo XX. Así lo proyecta el escritor, a través de vívidas imágenes y reminiscencias de sus anteriores pasos por México:
Santa Fe de Tierra Firme –arenales, pitas, manglares, chumberas- en las cartas antiguas, Punta de las Serpientes. Sobre una loma, entre granados y palmas, mirando el vasto mar y al sol poniente, encendía los azulejos de sus redondas cúpulas coloniales San Martín de los Mostenses (8).
La manera en que Santos Banderas ejerce su control y poder es parte imprescindible para la credibilidad del personaje. No solo con sus subordinados, sino con la gente común a quien, a través del miedo, logra obtener información:
- Doña Lupita, si como dice me aprecia, declare el nombre del pendejo briago que en tan poco se tiene. Luego luego, vos veréis, vieja, que también la aprecia Santos Banderas.
María Pavón dice, en un documento que se encuentra disponible en la Universidad de La Plata (Buenos Aires), que Banderas es asistido en todo momento por una troupe de ayudantes aduladores y serviles. Su poder […] se ejerce mediante órdenes que parten de su persona y vuelven a él con información gracias a la acción de quienes las trasmiten y ejecutan (9); tal desempeño es admisible como el devenir de la clase dirigente que lo rodea, lisonjeros y a la espera de adulaciones, secuaces e inmisericordes de las miserias que los circundan.
- Don Celes, para esa política preciso un gordo amunicionamiento de plata. ¿Qué dice el amigo? Séame leal, y que no salga de los dos ninguna cosa de lo hablado. Le tomo por consejero, reconociendo lo mucho que vale.
Asimismo, la autenticidad de la historia (que no es lo más importante, sino el cómo se cuenta) se acentúa ante las verosimilitudes con acontecimientos que bien se pueden desprender de cualquier dictadura, golpe de estado y sus consecuentes villanías, traiciones y arrebatos de poder, egoísmo y falsas alianzas. En Tirano Banderas coexisten claramente cuatro individuos que representan cuatro clases sociales, divididas por intereses privativos y por las idiosincrasias inmanentes a cada uno, que los arrastran a la acción a causa de fuertes discrepancias e incompatibilidades: Santos Banderas, en su desempeño como dictador; el Coronelito de la Gándara, salido de la propia estructura de poder del tirano; Filomeno Cuevas, criollo ranchero y el indio Zacarías. A este respecto, la conversación entre Santos Banderas, Carrillo, Nacho Veguillas y Abilio del Valle arroja luz sobre el asunto:
El Licenciado Carrillo aguzaba la sonrisa:
-          Me permito llamarles al asunto. Sospecho que hay otra acusación contra el Coronel de la Gándara. Siempre ha sido poco de fiar. […].
-          No es un secreto que conspirara.
-          Pues le debe cuanto es al patroncito.
-          Como todos nosotros.
-          Soy el primero en reconocer esa deuda sagrada.
-          Con menos que la vida, yo no le pago a Don Santos.
Todos dicen lo que el Tirano quiere oír, en demérito del Coronel, quien no está presente, a la vez que presumen de su lealtad, en un acto grupal de presunción, recomendándose a sí mismos tácitamente, a futuras asignaciones o beneficios. Cada palabra dirigida a Banderas no es sino con la intención de ser plausibles de un futuro reconocimiento, hecho que Valle–Inclán representa en su novela como vívido espejo de las realidades de cualquier país donde las conspiraciones y corruptelas, sobornos y perversiones hayan sido columna vertebral de algún gobierno de facto, o hayan llevado la impunidad del manto ocultador de la supuesta legitimidad gubernamental.
La mirada de Pavón respecto al cierre de la novela es de una lectura severa y esperanzadora, el hecho de que los grupos marginales sean, además de los únicos personajes con verdaderas virtudes morales, los únicos capaces de ejercer un poder que confronte y venza al tirano, es más allá de una utopía democrática, indudablemente una convicción política por parte del escritor, quien idealiza el derrocamiento con un violento acribillamiento y el subsiguiente desmembramiento del protagonista para ser enviado a los cuatro puntos cardinales del país. Es una metáfora desmesurada sobre la libertad, donde todas las armas pueden ser blandidas y donde la muerte es un enemigo y un aliado, una exageración del método y una apología sobre las vicisitudes y las broncas revolucionarias, enfervorizadas por un acto postrero sin consecuencias aparentes, ya que lo que acontece luego no se relata, el hecho de hacer presente algo ausente, en este caso […] la alternativa política, o al menos la esperanza de la posibilidad de la misma.
Leif Blom, en su tesina de maestría, “La imagen del Dictador Latinoamericano reflejada en cinco novelas”, para la Universidad de Lund, enfatiza algunos rasgos propios del sujeto en cuestión, entre ellos el liberticidio, la megalomanía, el mesianismo falso, la misantropía o el retoricismo vacuo.
Entendido el liberticidio como el asesinato de la libertad para cualquiera que se oponga al régimen dictatorial, Blom señala que el Tirano defiende su poder absoluto con todos los métodos disponibles para eliminar la libertad de sus adversarios (10); ejemplo de esto es lo que se relata en la Tercera Parte, Libro Tercero, IV, cuando Nacho Veguillas y el estudiante son detenidos en la alcoba de este último, por mano de los hombres de Abilio del Valle:
Llega del corredor estrépito de voces y armas. Empuñando el revólver, cubre la puerta la figura del Mayor Abilio del Valle. Detrás, soldados con fusiles:
- ¡Manos arriba!
O los acontecimientos que se suceden en la Quinta Parte, Libro Primero, I, donde en el Fuerte de Santa Mónica cada día se ejecutaba a los insurrectos del gobierno de Banderas:
Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fajina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.
Con respecto al delirio de grandeza que Valle–Inclán utiliza pertinentemente para que su protagonista se asemeje al arquetipo de los dictadores, Blom se detiene en el episodio en que Tirano advierte que las balas no pueden dañarlo por tener una alianza diabólica, generando en la gente ante aquel poder tenebroso […] un terror teológico, remitiéndose en específico a la Sexta Parte, Libro Primero, I:
El indio triste que divierte sus penas corriendo gallos, susurra por bochinches y conventillos justicias, crueldades, poderes mágicos de Niño Santos. El Dragón del Señor San Miguelito le descubría el misterio de las conjuras, le adoctrinaba. ¡Eran compadres! ¡Tenían pacto! ¡Generalito Banderas se proclamaba inmune para las balas por una firma de Satanás!
Indudablemente, más allá de las creencias del pueblo, enraizadas en portentos, esoterismos, adivinación y médiums, que es causa lógica del temor que le guardan, está la imagen de sí mismo que percibe Banderas, alguien consumido por el poder y sus diferentes formas de ejercer la dominación, descendiendo a lo que en medicina se expone como una condición psicopatológica determinada por delirios de poder, envergadura, exceso de autoestima y omnipotencia.
Al hacer referencia al mesianismo falso, se está poniendo de manifiesto la idea de un salvador o héroe que podrá establecer un nuevo orden social y beneficiar gracias a sus capacidades a quienes sean sus súbditos. Tirano Banderas no es la excepción. En su conversación con Don Roque Cepeda (Séptima Parte, Libro Primero, IV), Tirano se presenta como alguien con las capacidades de perdonar por ley propia cualquier delito político: Yo comienzo por ofrecerle una amplia amnistía para todos los presos políticos que no hayan hecho armas, dice, y agrega que su felicidad consiste en el bien de la patria, otro gesto típico del mesianismo, una especie de abnegación falaz o un gesto de redención: Deseo la pacificación del país y le brindo por ella o yo sólo amo el bien de la República o salvemos la independencia de la Patria.
En esa misma conversación se observan atisbos de misantropía, además de una aguda paranoia relacionada a los numerosos enemigos, acrecentando la percepción del Tirano hacia la imposibilidad de confiar en las personas, despreciándolas y al mismo tiempo, convirtiéndolo en un ser notablemente solitario. En ese estado de cosas, el enemigo es reconocido por todos los flancos, desde el Cuerpo Diplomático hasta las fuerza extranjeras, causando una sensación de asfixia y un aparente acorralamiento y peligro circundante:
El Cuerpo Diplomático –una ladronera de intereses coloniales- nos combate con notas chicaneras. […] El caucho, las minas, el petróleo, despiertan las codicias del yanqui y del europeo. […] Acaso nos amenaza una intervención militar.
Por último, entre aquellas características representativas de los déspotas latinoamericanos, Blom nombra al retoricismo vacuo como la afectación de los dictadores de elaborar discursos con un objetivo que le es propio a la elocuencia, el empeño de convencimiento a otros, en tanto el discurso toma, en este caso, nociones libertarias, épicas, grandilocuentes: ¡Vamos a pelearles el gallo sacando de la prisión, con todos los honores, al futuro presidente de la República!

Escena de la película Flor Silvestre, 1943. Foto de Gabriel Figueroa


 4. Lenguaje, ideologemas y esperpento.
Antes de su segunda visita a México, hubo un viaje que permitió a Valle reconocer las diversidades y riquezas del idioma en cada rincón de Latinoamérica:
En 1910, […] recorre durante siete meses Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile y Bolivia. Durante el viaje, […] tuvo el escritor la oportunidad de familiarizarse con todas las variantes del idioma, de conocer una gran muestrario de paisajes y de gentes, de profundizar, en definitiva, en esa compleja realidad americana que habrá de sintetizar en su novela de 1926. (11)
Algunos han definido el pastiche y complejidad de la lengua utilizada por Valle-Inclán como koiné (incluso Darío Villanueva en el prólogo antes citado), teniendo el asentimiento del intento del escritor de reunir –en sus propias palabras- a todos los países de lengua española, desde el modo lepero al modo gaucho, por lo que es un compromiso difícil de defender, postular que la obra está escrita en lengua castellana o española; de allí el koiné como lengua unificadora de diversos rasgos y dialectos.
No menos trascendente en el análisis de la obra e íntimamente ligada con el lenguaje utilizado son los conceptos de ideologema, concepto inaugurado por el filósofo del lenguaje Mijail Bajtin y de esperpento, género en el que Valle–Inclán hace hincapié en Tirano Banderas.
El primero de ellos halla su sentido en las ideologías que cada individuo en particular refleja en su discurso, que motivado por las fronteras dialécticas de lo social y lo individual gestan y expresan una dialogía (12). Valle–Inclán sabe hacer uso de la palabra como herramienta viva, de las valoraciones que a partir de su potencia se realizan y los encuadres que sostienen desde las experiencias sociales y los valores, y que finalmente logran materializarse en el signo lingüístico, ya que únicamente llegan a ser una realidad ideológica al plasmarse mediante las palabras […], mediante un material sígnico determinado (13). En la novela, en los primeros instantes, el escritor logra dibujar con pericia las disparidades de dos personajes, suscitadas desde la aparición de ideologemas, la aparición de puntos de vistas contrastados y sostenidos como verdades de acuerdo a las formaciones como seres sujetivos que los trasciende y antecede. Los intérpretes de estas manifestaciones son Filomeno Cuevas y De la Gándara, cuando en la apertura misma del libro sostienen una discusión sobre la manera más pertinente de derrocar al Tirano. El primero, ranchero y revolucionario, sin aptitudes logradas en escuelas militares, y el segundo, exhibiendo un cargo de general, afamado y consagrado en la milicia.
Domiciano, la guerra no se estudia en libros. Todo reside en haber nacido para ello, dice Cuevas, a lo que De la Gándara le recuerda que el buen militar nunca se inmola imprudentemente y ataca con el previo conocimiento de sus líneas de retirada. Audacia y fortuna ganan las campañas, y no las matemáticas, se ampara Cuevas; la guerra es una técnica científica, asevera el general.
Como se observa, todo el bagaje formativo se vuelve real ante el uso del lenguaje, toda expresión es la búsqueda desesperada de la manifestación individual e inalienable, todo material ideológico expresa y condensa a los seres culturales que le han producido (Torres Vindas, 2007), es decir, existe un proceso de producción cultural, constituido por los elementos compositivos del sujeto, que aporta la totalidad de lo que lo define como un ser; mientras hay un nivel de aceptación tácito desde esa adquisición temprana que sale a la superficie mediante el uso de la palabra, jamás distanciada de su fuente intrínseca ni mucho menos, desinhibida.
Por último, se dijo que el esperpento fue uno de los principales recursos a los que Valle–Inclán recurrió, especialmente para la apariencia que tendrían algunos de sus personajes, sin duda, el Tirano como mayor exponente de dicho medio.
Según la definición dada por la vigente edición del Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española (DRAE), el esperpento, puede ser:
         1. m. Hecho grotesco o desatinado.
         2. m. Género literario creado por Ramón del Valle-Inclán, escritor español de la generación del 98, en el que se deforma la realidad, recargando sus rasgos grotescos, sometiendo a una elaboración muy personal el lenguaje coloquial y desgarrado.
       3. m. coloq. Persona o cosa notable por su fealdad, desaliño o mala traza.(14)
En Tirano Banderas se hace una caricatura de los personajes, se los ridiculiza, influyendo desde el lenguaje en despojarlos así de la carga sombría y perversa que se les puede asignar. Este estilo de escritura propone una mirada de los protagonistas ya no como si estos tuvieran un aura divina, inasequibles a toda figura humana, como lo hacía Homero con sus héroes, sino que se los observa desde arriba, considerándolos figuras que dejan la categoría de inescrutables para ser descifrados con una lupa que agranda sus defectos.
A Santos Banderas se le presenta desde el inicio mismo (Primera Parte, Libro Primero, III) como inmóvil y taciturno, agaritado de perfil en la remota ventana […], parece una calavera con antiparras negras y corbatín de clérigo [...]. Tirano Banderas, […] era siempre el garabato de un lechuzo.
De igual manera, en ese afán de desprestigio adrede, de configurarlo como una bestia, se destaca que tenía la costumbre de rumiar la coca, por donde en las comisuras de los labios tenía siempre una salivilla de verde veneno (Primera parte. Libro primero, III, p. 19), completando de esa manera un retrato expresivo, conciso y peculiar desde lo grotesco, con la intención evidente de afear a un ser que ya desde sus actos y desde el universo que rodea desde el imaginario colectivo a un dictador, es inescrupuloso e indeseable y genera rechazo y repudio. De allí en más, Valle–Inclán prefiere llamar a su protagonista con seudónimos extravagantes y risueños: rata fisgona, momia india, niño banderas, el Generalito.
Si bien al Coronelito de la Gándara (rotunda panza de dios tibetano, roncaba […] abierto de zancos) y a Veguillas, cuya onomatopeya constante hace recordar a una rana (¡cuá! ¡cuá!, sonido atribuido al croar), también se los desfigura y satiriza, son Tirano y las situaciones que este protagoniza las que llevan consigo aquella idea de espejo cóncavo que deforma hasta el absurdo a quién se refleja en él.

Ramón del Valle-Inclán


Notas:
(1) Loprete, Carlos. Literatura española (1977). Ed.Plus Ultra; p.128.
(2) López, Justo Fernández. La generación del 1898. Hispanoteca.eu; p.7.
(3) De Nora, Eugenio. La novela española contemporánea (1978); p.57.
(4) Zambrano, María. En Aurora. Papeles del “Seminario María Zambrano”, n° 3, Barcelona, 2001, p.145.
(5) Villanueva, Darío. Tirano Banderas. Novela de Tierra Caliente. Prólogo (1999).
(6) Rodríguez, Juan. Introducción, notas y Apéndice a Ramón del Valle-Inclán, Tirano Banderas.www.tiranobanderas.es
(7) Pavón, María Cecilia. Tirano Banderas de Valle–Inclán: Una intervención literaria en la memoria (2008); p.2.
(8) Del Valle–Inclán, Ramón. Tirano Banderas. Novela de Tierra Caliente (1926); p.19.
(9) Pavón, María Cecilia. Tirano Banderas de Valle–Inclán: Una intervención literaria en la memoria (2008); p.2.
(10) Blom, Leif. La imagen del Dictador Latinoamericano reflejada en cinco novelas (2014); p.15.
(11) Rodríguez, Juan. Introducción, notas y Apéndice a Ramón del Valle-Inclán, Tirano Banderas. www.tiranobanderas.es
(12) Torres Vindas, Javier. El concepto de Ideología en Mijail Bajtin (2007). www.alainet.org/es
(13) Bajtín, Mijail. El método formal en los estudios literarios (1994).

(14) Diccionario de la Real Academia Española, 22ª ed., 2001, p.978, § 2.



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