LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Cuento. Si supieras qué bien se siente al acariciarle los cabellos a la locura. Por Lucas Damián Cortiana.



Algunos lo llamaban soñador. Otros, menos proclives a los falsos halagos y a los eufemismos, sencillamente lo tildaban de idiota. (...) 


Las cuestiones que dictaminaban una u otra nomenclatura no tenían que ver con sus capacidades intelectuales, sino con una relación mística, casi religiosa con el amor. El pobre diablo aún creía en él. En ese ilógico, en ese difunto. Un romántico, agregaban quienes lo llamaban soñador. Un loco, advertían quienes lo catalogaban de idiota.
Es que era muy notorio su idilio con la luna, su pasión por los poetas malditos, la lejanía que proponían sus ojos, siempre esquivos, siempre atravesando la niebla, pactando vaya a saber qué cosas con los perros de la calle. Zapatos marrones y gastados, cordones deshilachados, camisas grises, libros extraños: por aquí una tarde, Las flores del mal; por allí una noche, Una temporada en el infierno. Decía admirar con fervor al Conde de Lautréamont.
Toda tesis, dicen, tiene su hipótesis; todo héroe, su némesis. Toda cara, su contracara.
Recorriendo los tugurios de Buenos Aires, perdiéndose en sus devenires, adentrándose en los pasajes que proponía la ciudad, se cruzó con ella. La situación no tenía atisbos de irregularidad, el encuentro fue tan normal y mundano como cualquier otro: ella estaba escribiendo grafitis del mayo francés en las paredes del Congreso y al verlo, así, tan casual, lo invitó a arrojar una molotov contra la policía montada. Como no podía ser de otra manera (en realidad podría haber sido de muchas maneras pero, en un encuentro bañado de vandalismo y desafío a la autoridad, solo era posible una resolución), él se enamoró perdidamente de ella. La tinta y la sangre, se dijo, la poesía y la muerte. Una explosión los separó. O tal vez el humo los deshizo como si fueran entes fantasmales. O quizás un automóvil pasó con luces altas y los encegueció. O tal vez huyeron despavoridos por el terror que provoca el tamborileo del corazón. Se desaparecieron con tal fugacidad como instantaneidad los convocó para encontrarlos. Aquel mínimo contacto hizo más profundo el amor, más indomable el deseo.
Esa noche, inducido por alucinaciones provocadas por la absenta, la soñó como una mariposa multicolor, dormida en los pétalos de una orquídea. La vio transfigurarse también, en el espejo del baño, mientras se enjuagaba la cara. Otras veces la encontró entre las páginas de sus libros, escondida en versos sin rima y sinalefas sin vocales. La acarició entre las ruinas de una ciudad desconocida y la besó bajo la sombra de un dios hecho de hojas y frutos. La amó con delicadeza y ternura, con celos y rencores. La amó en soledad, en vuelos insomnes y fantasías oníricas.
Cuando la volvió a ver (el azar le invitaba a un trago amargo), no mediaban entre ellos cócteles incendiarios ni frases revolucionarias; lo que había allí era algo más sutil, más silencioso, pero con una fuerza capaz de rajar el pavimento. O peor aún, capaz de abrir como con un bisturí oxidado el corazón de un soñador, idiota, romántico y loco: alguien la saludaba desde un coche y ella desde la acera abanicaba un ramo de flores. Ella estaba enamorado de otro, qué duda cabía. O por lo menos (y he aquí cierto consuelo, porque el orden de los productos, en las jurisdicciones del amor pueden alterar el resultado), alguien estaba enamorado de ella.
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¿La hora exacta? Doce y treinta. Hay una copa y una botella, un cenicero que no contiene tantas cenizas, un teléfono negro y una espera insoportable que merodea la casa como un fantasma burlón y acechante. Como es sabido, lo que debe ser revelado siempre ocurre después de la medianoche.
En un cuaderno hay frases desordenadas, inverosímiles. Palabras en rojo furioso habitan los márgenes. ¿Cuántas noches pasó despierto escribiendo como un poseso, desvelado por un amor que no llegó a ser un pecado? ¿Cuántos noches más pasará descreyendo de todo? De la vida, sádica y arpía. De la suerte, premeditada y alevosa. Del amor, palabra maldita.
El teléfono sonó una sola vez. La mano se posó temblorosa y su voz dijo hola a cuentagotas. Del otro lado, un mensajero cuervo, de malos agüeros y noticias venenosas, le contaba algo que él ya sabía pero que necesitaba confirmar. Le contaron que estaba enamorada de otro. Le contaron también que ese “otro” con su sola mirada la deshacía en pasiones, que ella había descubierto nuevas sensaciones desde que estaba con ese “otro”: el vino sabía a frutillas, el agua del arroyo tenía el color del caramelo, el susurro del viento silbaba let it be. Y ese “otro”, ¿quién era? ¿Quién podía enamorar a esa musa misteriosa, Calíope salvaje? ¿Un pintor de ángeles, un bohemio disfrazado de amante, un semidios, un demonio? No, dijo el mensajero, cuervo de Poe. Es un diputado.
Colgó suavemente, conteniendo la respiración. Se levantó de la silla con sigilo y arrastrando las piernas fue al cuarto donde estaba la vieja máquina de escribir. El cuarto era suyo, la máquina de escribir era suya, las horas infinitas también lo eran. Todo menos esa criatura que lo visitaba cada noche en sueños. ¿Pero qué era eso qué sentía? No era tristeza. Tristeza era Pizarnik hablando de las lilas y de la muerte. Era bronca, ira, rabia. A esa chica que escribió bajo el cemento está el mar o seamos sensatos, pidamos lo imposible en una pared del congreso de la nación, que prendió fuego las calles con una botellas, un trapo y un poco de alcohol, no podía imaginarla de la mano de un diputado, contando dólares y transfiriendo acciones a un paraíso fiscal.
Atacó la máquina de escribir como un lobo a punto de morir de hambre, despedazando a su presa, con un apetito satisfecho solo a fuerza de golpes y más golpes contra las teclas, escribiendo un artículo, un manifiesto, un golpe al estado contra el gobierno y contra la miserable burguesía que no se conforma con robar de los bolsillos sino que también roba de los corazones.
Los que lo llamaban loco no estaban equivocados. Los que lo llamaban soñador tenían toda la razón. Un arma una noche se disparó por amor y por vicios de poeta.



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