LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosía. American wing. ¿Hubiera ocurrido en España? Por Enrique López Viejo.


John Singer Sargent. Madame X


Ciudad de Nueva York, diciembre del fatídico año 2001, el horror del atentado y la demolición de las Torres Gemelas que se había (...)


producido en septiembre, el terror que fue para esta urbe, para la nación, para todo el mundo. La tristeza del horror de un Manhattan que todavía observaba el fúnebre polvo del derrumbe de los edificios, sumándose a ello la nieve sucia, negra y gris invadiéndolo todo. Cierta sicosis ciudadana y un silencio inhabitual en muchos lugares.
Volaba a Denver después de haber tenido que llegar a los States por Boston, no recuerdo ahora por qué motivo. En Boston ya habíamos tenido un control exhaustivo, el normal dada la situación amenazada del país. Me dirigía a Aspen, donde pasaría las navidades con una familia muy querida; juntos volaríamos desde Denver, donde nos reuniríamos. Tengo que decir que Denver tiene uno de los aeropuertos más inteligentes que conozco. Una larga cinta, un inmenso pasillo recto; a un lado salidas, al otro… llegadas. Todos los servicios a tu disposición, hasta el de fumar, al final del inmenso pasillo.
El caso es que antes de dirigirme a las Rocosas, a Colorado, tenía que ocupar algunos días previos en ese Nueva York tan poco animado. ¿Qué hacer? Lo de siempre: visitar barrios y calles, museos y bares, observar la trepidante actividad y la marcha que la ciudad tiene, un trepidar relativo en  aquellas frías fechas, gélidas en el ambiente y el alma de sus ciudadanos por lo ocurrido, un vaho fúnebre en los rostros.

Charles M. Russell

Pero esta desolación urbana se compensaría con un beneficio particular. El asunto que me trae ahora es singular, pues no sé si en algún otro país a un simple turista aficionado le hubieran favorecido como conmigo se hizo de forma tan eficaz. Vaya por delante todo mi agradecimiento al Metropolitan Museum of Art de la ciudad de Nueva York, que, por cierto, es un museo que no me gusta nada. La abundancia me agobia, como en el British.
Era la tercera vez que lo visitaba, que subía su amplia plataforma de escaleras con la ilusión de ver su colección americana. En esta ocasión con mi mujer y nuestra muy querida amiga CR. Tenía la alegría, después de dos frustrados intentos de visitar las salas de arte norteamericano, del que pintaron artistas de aquella nacionalidad desde el siglo XVIII, en el que ya aparecieron creadores originales y de gran calidad, muchos de ellos especialmente interesantes. Hablaré al lector de pintores casi todos desconocidos para nuestro común conocimiento, artistas eclipsados durante largo tiempo por la pintura europea, pero ahí están, con su particular gloria y recorrido en la Historia del Arte.
Retratistas como John Singleton Copley o Gilbert Stuart (que pintó a seis presidentes fundadores de la nación); el etnicista George Catlin, pintor de indios; Frederic Remington, el puro Oeste; el pionero Charles M. Russell, influyente como ninguno en el Nuevo Tradicionalismo actual; los “europeos” Singer Sargent, con su elegancia, James McNeill Whistler, amigo de Oscar Wilde, del sobresaliente William Merritt Chase; el pintor del mar, vientos y faros Winslow Homer. Unos muy muy americanos, otros absolutamente europeos. Ya sabemos, el Gran Tour, las mecas romana y parisina, nuestro Museo del Prado también. La Toscana, la Provenza, Londres, París, Florencia Venecia, los muchos artistas internacionales que concurrieron en estos lugares por amor al arte.

Leutze. Washington cruzando el Delaware

Las dos veces anteriores que había visitado el inmenso museo estas salas de arte aborigen estaban cerradas por distintos motivos. Una vez más, la American Wing estaba clausurada al público por remodelación. En esta tercera visita que me disponía a hacer, tenía que ser la vencida. Ya era obligado ver maravillas como “Madame X”, de Sargent, a la sazón retrato más de moda que nunca de un pintor que, americano y europeo, se ha redescubierto y valorado finalmente omo merece, siendo uno de los más grandes retratistas de la gran escuela. Un impresionista superior a muchos franceses. Sargent es un genio, para mí, uno de los grandes. Pero tras él, hay una espléndida pléyade de artistas norteamericanos, de mayor o menor reconocimiento, hay grandes pintores que, bien en la propia historia del arte de su país, bien en sus recorridos europeos, tienen una extraordinaria muestra en la American Wing, que era nuestro objetivo y que de nuevo parecía frustrarse.

William Merritt Chase

Media mañana y gran disgusto: el ala de pintura americana seguía cerrada a los visitantes. Finalmente, (...) 


se estaba trabajando en la recolocación de los cuadros y últimos detalles, pero no, no era posible el acceso a sus galerías. Me enfadé. Me enfadé mucho. ¿Es que nunca iba a poder ver el cuello de “Madame X”, madame Gautreau? ¿Se habían ocultado pictóricamente sioux, apaches y los violentos seminolas? ¿No iba a ver un auténtico “Día de acción de gracias” o algún presidente fundador? Mi enfado se lo trasmití a mi amiga neoyorquina, que tomó inmediata intención de protesta y resolución del asunto. Sin demora acudimos a los relaciones públicas del Museo. Uno de ellos nos explicó el problema de no poder visitar estas galerías por las circunstancias que se daban. Pero le lloramos y se lo pensó. No podía ser que durante varios intentos me fuera otra vez sin ver aquellos magníficos cuadros que, le decía al RR.PP., adoraba. Que yo era un pobre enamorado de la pintura norteamericana.

Frederic Remington

El encantador agente del museo pensó una solución y su bonhomía (y profesionalidad) solucionó el tema tras nuestro disgusto expreso con ojos vidriosos y la lógica protesta que emitíamos. Y se arregló. No hubo trámites extraordinarios ni exceso burocrático de clase alguna. En media hora tenía un guía en español para visitar, junto a mi amiga CR y mi mujer B, las distintas salas que recorreríamos como únicos y excepcionales visitantes, salas en las que estaban trabajando los distintos gremios en paredes y cuadros. Un espectáculo para el profano, una emoción ilimitada observar aquellas labores con joyas del arte en un ambiente tan espectacular como el museo tiene por sus dimensiones. Pasamos buena parte de la mañana por las salas con las explicaciones de un educadísimo guía que nos fue contando todo lo que sabía y pudo. Ciertamente, nos limitaron el tiempo, pero este fue suficiente para disfrutar al máximo de esos lienzos norteamericanos. “Madame X” ya estaba colocada y bien erguida en el inmenso cajón de la escalera principal de acceso. Emocionante.
Agradecidos, muy agradecidos, salimos a disfrutar del mediodía de la Quinta Avenida, tan contentos de que nos hubiera ocurrido lo que nos ocurrió, visitar en solitario y de forma tan especial la American Wing, gloria museística de la pintura al otro lado del Atlántico.

George Catlin

La pregunta del principio era esta cuestión. ¿Nos hubieran hecho lo mismo en un museo español? En unos sí, en otros no. Ciertamente, no lo sé. Pero la resolución tan rápida y eficaz de complacer al visitante no piensas pueda ser tan fácil en un museo como el que tiene la ciudad de Nueva York, que no es el de San Gregorio en Valladolid o el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Muy español (no soy nada patriotero), procuro ser crítico con lo que quiero y me gusta, pero algo me dice que nosotros este asunto lo hubiéramos complicado un tanto. No hubiera habido la capacidad resolutiva y la disposición tan amable del encargado del problema suscitado por la exigencia de un pobre aficionado español entre cientos de miles de visitantes diarios.
No tengo que deciros que en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, estas galerías son de obligada visita, que el conocimiento de parte de esta pintura revela sorpresas verdaderamente simpáticas, pues muchas tratan el acervo cultural que nos ha marcado la modernidad, el mundo norteamericano, cowboys and indians. En la American Wing vemos maravillas: “Washington atravesando el Delaware”, los indios de Catlin, los bordos de Homer...
Y ahora, finalizando, celebrar como sorpresa casual la muestra que de algunos de estos artistas norteamericanos presenta estos días el Museo Thyssen, de Madrid, mostrando su espléndida colección que ya conocemos. 
(Y si pasan por Denver, observen el inmenso pasillo iluminado por el fulgor de la nieve en las cumbres de las Rockies que se contemplan a ambos lados, tras las inmensas cristaleras del aeropuerto en medio de esa gran nación que son los Estados Unidos de Norteamérica.) 

Un saludo para todos y gracias a quienes nos ofrecieron su grandísimo arte, incluidos los modelos, las tribus aborígenes de las que tanto nos gustaría hablar, de cómo se vieron retratados por pinceles y cámaras fotográficas (el pasmo y el espasmo, el flash que se llevaron).


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