LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosía. De qué están hechos los héroes. Por Lucas Damián Cortiana.

Diego Armando Maradona


Imaginemos que Messi es Napoleón. Mejor aún, imaginemos que es William Wallace. O mejor aún, supongamos que es Luke Skywalker. (...)


Un héroe de esos que ya no existen, un héroe de esos de manual escolar, puro, patriota, benévolo, osado, impávido; un héroe casi quimérico, porque en la política los posibles paladines han sido corrompidos y en el arte permanecen anónimos. Imaginemos que se estrena en las grandes salas del mundo su vida y obra convertida en una épica película bélica, interpretado su papel por algún carilindo astro de Hollywood, con efectos especiales descomunales y al FC Barcelona como un ejército invencible conquistando cada campo de batalla holgadamente. ¿La imagina? Los soldados enemigos atravesados a espada por centenas, descorazonados por decenas, mutilados por docenas y por cada mil muertos un rasguño a algún extra del ejército de Messi. Nada más aburrido, nada más monótono ni nada menos atrapante. La crítica diría que rebalsa de acción pero le falta dramatismo, que el guión se desarrolla continuamente en las trincheras sin participaciones estelares de una doncella pacífica, sin la contrafigura de un villano a la altura, sin la caída que deja sin aliento y permite la resurrección del héroe. Siempre una victoria segura, nunca la irrupción del caos. Un Napoleón sin Waterloo. Un Wallace sin decapitación. Un Skywalker sin un Vader. 
En ningún lugar se pone en duda a Messi excepto en su propio país. Y no es por capricho ni desagradecimiento ni sencilla ignorancia: es por escases de tragedia. El argentino medio no considera victoria a la gloria poco afanosa, a lo fácil lo ve fútil y a la coronación con escaso sudor, insignificante.  Es por eso que al argentino medio no le interesa que cada día de la vida deportiva de Messi sea un hito en la historia del fútbol, no le importa que posiblemente sea el mejor jugador de la historia y que sus goles, campeonatos, copas y récords sean hazañas imposibles de emular por algún otro ser que camine por la tierra como un humano. No. Al argentino medio le interesa el drama.

Leo Messi

Imaginemos que durante veinte años, el cinéfilo argentino se acercaba a los teatros a observar una zaga que lo tenía en vilo y lo desvelaba por las noches y lo intrigaba en cada entrega. ¡Y en 3D! Podía tocar al protagonista, podía sentir su sufrimiento, podía correr a su lado, podía oler su sudor. Imaginemos que esta película era algo así como El Padrino: miseria, intriga, misterio, dinero, mujeres, mafia, muerte, llanto, persecución, venganza, gloria, drogas. ¡Y esa era sólo la primera parte! La segunda, la tercera e incluso la cuarta entrega arremetían con una historia cargada de confrontaciones a los poderes gubernamentales, entredichos con la Iglesia, armas de fuego, más drogas, más dolor, más incertidumbre, más gloria. La taquilla explotaba al ver al actor interpretar a un héroe de mediana estatura, de rulos infinitos, de humilde cuna y posibilidades de triunfo casi nulas, abrirse camino en la jungla del fútbol en un club modesto, alcanzar la gloria en el equipo del pueblo, combatir y perder y sangrar y padecer en España, derribar gigantes del norte italiano y el sin fin de tramas que atravesaban su vida deportiva y nos atravesaba a nosotros, argentinos, que vivíamos su vida como si fuera la nuestra.
Maradona nunca supo cerrar la boca y pocas veces pudo negarse a las tentaciones. Maradona siempre estuvo del lado de los plebeyos mientras él se comportaba como un indócil. Si la Italia rica lo discriminaba, él los insultaba frente a las cámaras en la final de un mundial. Si le regalaban una Ferrari roja, él la quería negra. Si su divina estampa le compraba favores con la camorra, si sus gambetas le acercaban seductoras propuestas ilegales, si los periodistas lo molestaban y él tenía un arma cerca… él se comportaba siempre con la incorrección que ameritara la situación. Maradona siempre jugó para Maradona y para el pueblo: “entré al Vaticano y vi el techo de oro. Y me dije cómo puede ser que viva con un techo de oro y después ir a los países pobres y besar a los chicos con la panza así. Dejé de creer, porque lo estaba viendo yo” dijo refiriéndose a Juan Pablo II, cuando pocos se atrevían a desenmascarar ciertas opulencias y señalar con el dedo ciertas autoridades. "A los políticos les saco una ventaja. Ellos son públicos, yo soy popular", decía, consciente de que las licencias las concedían las masas. Maradona era el Ché y el amigo de Fidel; Maradona era la izquierda en un mundo dominado por un Clinton que le cortaba las piernas. Maradona además jugaba al fútbol como sólo uno o dos lo hicieron en la historia y eso producía la alquimia perfecta: la debilidad y la fortaleza, el yin y el yang: un poco de miseria en sus medallas de oro, un poco de drogas en sus éxitos, demasiada exposición para alguien que se sabía endeble y al que queríamos indestructible. Un dios que era un humano. Un humano que convertían en dios.

La posición pro Maradona en Argentina genera casi de manera natural un antagonismo hacia Messi, porque en Argentina no pueden coexistir dos ídolos de idénticas habilidades, y aunque algunos se refieran a ciertas diferencias deportivas (porque es más sencillo decir que a Messi le falta ganar un mundial), en realidad la preferencia va más allá de ese detalle poco menos que superfluo. En Argentina, cuando la familia y los amigos se juntan alrededor del fuego para hacer un asado o cuando hay una ronda de mates o cuando se juega al truco, se habla. Se cuentan desgracias, se cantan penas, se critica a los indeseables. En esos ritos se narran andanzas, aventuras truncas, tropelías desafortunadas. Con Maradona se podía hablar de igual a igual porque conocía las cruces de la moneda de la vida como pocos; porque él se equivocó y pagó, porque de los errores no se aprende tan fácilmente porque el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y él era humano. Tanto como para entendernos. Y él era poco más que un hombre. Tanto como para redimirnos. Messi es fútbol. El fútbol no es su profesión sino su adjetivo y más allá de eso, no hay más Messi, y si lo hay no lo deja ver. Maradona era mucho más que eso: era el pibe del barrio que se hizo millonario. Era el pibe del barrio al que le gustaba el dinero, pero que prefería que las porciones de la torta fueran más parejas. Era el pibe del barrio que cayó y se levantó. Era el pibe del barrio que fue la representación alegórica de todas las fantasías. Era el pibe del barrio. El de la villa, el de la orilla, el del barro. Y esa película, de final incierto, que provoca lágrimas y risas, es la que compra el argentino.

Diego Armando Maradona

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