ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Libros. La soledad del sátiro. Ennio Flaiano. Por Luis de León Barga

Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en"La dolce vita"


Hay muchas formas de llegar, pero la mejor es no partir, decía Ennio Flaiano, un escritor italiano que fue el guionista de las mejores películas de Federico Fellini. (...)


Flaiano, que nació en 1910 en Pescara, escondía su cara detrás de unas gafas de pasta tan grandes como sus bigotes. Dueño de una ironía feroz de la que hacía un uso generoso en las tertulias, y que sus amistades transmitían a sus conocidos y amigos en un tam-tam interminable, encontró en el formato breve, ya fuesen aforismos, anotaciones, o pequeñas narraciones, la mejor forma de fotografiar literariamente el paisaje humano que le rodeaba. Por suerte, varias editoriales han comenzado a editar su obra en español.
Suyas son frases tan conocidas como la de que los italianos “están siempre dispuesto a correr en ayuda del vencedor” o que, en los asuntos amorosos, no hay que tener ningún tipo de escrúpulo, hasta el punto de ser capaz de acostarse con tu propia mujer.
Trasladado a Roma de joven, donde murió en 1972, Flaiano perteneció a esa generación de escritores que se formaron durante el fascismo y asistieron a todo el recorrido de su país durante el siglo XX, lo que les ayudó a comprender enseguida la quintaesencia de lo italiano. 

Ennio Flaiano

Autor de brillantes críticas de cine y teatro, junto a diversas colaboraciones periodísticas,  Flaiano escribió mucho y publicó poco. A caballo entre diferentes géneros literarios y el cine, donde fue el que dio la idea de I vitelloni a Fellini y escribió la Dolce vita y Otto e mezzo del anterior, como La notte con Michelangelo Antonioni o Un amore a Roma con Dino Risi, también colaboró con algún director de cine español,  como Luis García Berlanga.
Precisamente en su Diario nocturno hay una serie de apuntes de un viaje que hizo a España y en el que Flaiano afirma que cuando llegaba a una ciudad, le gustaba la parte más conocida de la misma. “Ya sé que cada ciudad tiene sus barrios y sus esquinas que el viajero jamás descubrirá (...) yo prefiero ignorarlas, son sitios y sensaciones que necesitan ser ganados con una estancia prolongada. Por eso en Madrid no me alejo mucho de la Gran Vía”.
Y es esta mirada entre cínica y melancólica, aunque atenta a los detalles, una de sus características narrativas.
En su producción literaria sólo hay una novela, Tiempo de matar (1947). A Flaiano no le gustaba este género literario debido a su estructura más cerrada. En ella rememora su experiencia en la guerra de Etiopía bajo el fascismo. Cuenta la historia de un oficial que se ve implicado en un delito de sangre, y luego en otros mas, aunque él  cree que no es él quien mata sino algo que siente que le posee.


La dolce vita


Flaiano fue uno de los inventores del mito de la “la dulce vida”, junto a Federico Fellini y Tullio Pinelli. Los tres idearon y escribieron esta gran película sobre una época de transformación, y que tiene como uno de sus escenarios principales a la Via Veneto, esa avenida de Roma que, como escribió Flaiano en La soledad del sátiro, parecía una playa sin mar, donde las terrazas de los locales tenían sombrillas gigantescas de aire hawaiano y los coches desfilaban como barcos, mientras la gente se movía de una mesa a otra con la indolencia de las algas.
Por cierto que en este mismo libro Flaiano anota que el productor rechazó la película y para los críticos que leyeron el guión por encargo del anterior, se trataba de una historia descosida, falsa, pesimista e insolente. El público quiere un poco de esperanza, parece que dijo el productor. Flaiano respondió que el público lo que deseaba era que las actrices se quitasen un poco de ropa, pero lo importante era lo que el director y los actores consiguieran hacer a espaldas del público.
Pero mas que la Via Veneto, el objetivo de sus críticas fue la Roma de la posguerra, el laberinto de las burocracias ministeriales, el desarrollismo, la idiotez generalizada y la especulación urbanística. Flaiano veía tristeza, tedio y vulgaridad en la sociedad del consumo que empezaba su reinado y, lo más importante, que no hacía a la gente más feliz. Implacable y desencantado, Flaiano invitaba a desertar como la única medida posible frente a la infelicidad y la injusticia. Pero resultaba difícil escapar de ese inmenso laberinto de coches en que se convirtió Roma en los años sesenta del siglo pasado y que, según Flaiano, había hecho imposible el adulterio en las horas punta.
Mucho antes que Pier Paolo Pasolini, Flaiano comprendió la relación entre la sociedad de consumo, el conformismo y la estupidez general. Para él, ser pesimista acerca de las cosas del mundo y de la vida en general era un pleonasmo, es decir, anticipar lo que iba a suceder.


















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