ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

In memoriam. Enrique López Viejo

Luis de León Barga

Enrique López Viejo


Con el paso del tiempo se tiende a reducir nuestra curiosidad y quedamos cercados por una red de conocimientos y amistades que comparten nuestras aficiones, bien por elección propia o experiencias biográficas comunes, aunque también caben las conversiones tardías. (...)


Lo difícil es el proceso inverso. Mantener el interés por aprender cosas nuevas, sumar experiencias y seguir con  la cabeza alerta para apreciar lo bueno que te presenta la vida.
Si además cuentas con la ayuda de un amigo que sabe disfrutar y transmitirte sus múltiples conocimientos sin resultar pedante y de una forma divertida, mejor aún. Cuanto menos, te sientes más cómodo, lo mismo que si hablas con una persona de una altura parecida a la tuya y no tienes que agachar o subir la cabeza. Pero es raro dar con esa persona capaz de mantener tu atención aunque sea hablando de asuntos anodinos. Tampoco se trata de sacar a la luz nuestros saberes para mayor gloria de nuestro ego, si no de conversar, un arte que está en vías de desaparición por exceso de verborrea y abundancia de oyentes discapacitados, y que exige curiosidad, lecturas y la sabiduría que proporciona haber tenido alguna que otra vida paralela.
Enrique López Viejo, un amigo querido que nos ha dejado el pasado martes, sabía hacerlo con maestría y, entre risas, la conversación con él seguía la senda que iba de la tarde hasta la noche. Desconozco si en justa correspondencia, quien domina esta habilidad de encantamiento tiene una tendencia natural a escribir bien. Enrique escribía bien, muchos de sus artículos han visto la luz en estas página, y seguirán estando con nosotros porque aún nos quedan cosas suyas por publicar.




Poseía un estilo particular, y aunque se estuviese en desacuerdo con su indignación del momento, pues casi siempre le invitaba a escribir su desacuerdo hacia algo, te gustaba. De pronto, el motivo de su indignación, que también podía ser lo contrario (el entusiasmo desmedido), daba la vuelta como el forro de un traje para disfrutar del placer de la contradicción.
Como escritor tardío tuvo el hándicap de su larga y “molesta” enfermedad, porque si algo es común a todas las enfermedades, es la “molestia” de tener que someterse a reconocimientos, medicinas y tratamientos diversos y que a menudo atentan contra la convención de Ginebra sobre el trato a los prisioneros de guerra. Pero a nadie le gusta apearse antes de tiempo de esta tierra y no queda más remedio que aguantar.
Enrique supo mucho de todo esto, pero su gran mérito fue sacar fuerzas de la flaqueza y escribir cuatro biografías y un libro de memorias en estos últimos años. Decía que a escribir biografías te lleva la curiosidad, el tratar de conocerlo todo en la vida y el ambiente del personaje que te interesa. Explicaba que el protagonista es lo principal. Luego está la forma de contarlo, tratar de ser lo más ameno para que resulte interesante para el lector.



Por su experiencia vital, sentía debilidad por esos personajes de vidas límite y fronterizas con varios territorios, aunque como lector de Los Viajes alrededor de mi habitación de Xavier de Maistre, sabía que la verdadera aventura no se mide por la distancia recorrida y los peligros enfrentados, si no por la lucha que mantenemos contra nosotros mismos.
Esto le condujo a contarnos en Tres rusos muy rusos, su primer libro, la vida  sin igual de los grandes libertarios rusos del siglo XIX, Herzen, Bakunin y Kropotkin, para luego atreverse con la biografía del dandy de vida tumultuosa,  Pierre Drieu La Rochelle, el aciago seductor (2), como la tituló Enrique, y seguir con La vida crápula de Murice Sachs (3). Un personaje encantador y excepcional, un ser moral y amoral, que tuvo una vida tan trepidante como desgraciada, en palabras de Enrique. Estas dos últimas biografías son también una incursión por la otra cara de la primera mitad del siglo XX, menos conocida y, por ello, más interesante.
Consciente de que las fuerzas amainaban, acometió la última empresa, tras escribir una semblanza de un pintor español injustamente olvidado, Francisco Iturrino. (4). Se trató de la primera parte de sus memorias, tituladas La culpa fue de Baudelaire (5) y que presentamos en diversos sitios y ciudades el año pasado.



Ahora que las memorias de los años ochenta empiezan a florecer, a la de Enrique le cabe el honor de haber sido la primera en mirar hacia un pasado que ya no es tan reciente. Y ahí le hemos dejado, a la espera de recuperar fuerzas para acometer la segunda parte, la época dorada de una vida de la que no escribiré que “brilló con luz propia”, pues seguro que Enrique enseñaría su risa socarrona e irónica, pero que viene a ser el marco de un retrato distinto a lo habitual.
Y así, casi sin darnos cuenta, una vez más se hizo de noche pero nadie de sus amistades ni su paciente mujer, Beatriz, pudo encender una luz para que pudiéramos encontrar nuestra copa, porque la muerte llega de improviso incluso para quien nos ha malacostumbrado a verle salir de todas sus crisis. Al menos podemos leerle y mirar ese retrato que vive en nuestro recuerdo para atisbar en su mirada atenta el principio de toda amistad: Compartir lo que poseemos.



1.- “Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin”. Enrique López Viejo. Editorial Melusina. Barcelona, 2008

2.- "Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor". Enrique López Viejo. Editorial Melusina. Barcelona, 2009.

3.-  “La vida crápula de Maurice Sachs”. Enrique López Viejo. Editorial Melusina. Barcelona, 2012.

4.- “Francisco Iturrino. Memoria y Semblanza”. Enrique López Viejo. Galería Rembrandt, 2014.

5.- “La culpa fue de Baudelaire”. Enrique López Viejo. El Desvelo ediciones. Santander, 2014.



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