ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Cuento. Corazón Azulejado. Isabel C. Pisani

                                                         




                             
-Sí, Rolo, está bien. Va a estar listo mañana a las 8. Vas a ir al corso. Víctor  cumple lo que promete, aunque tenga que trabajar toda la noche. (...)



Rolo siempre fue un tipo noble…desde la escuela. Era el hijo del farmacéutico, pero amigo de las juergas e ingenioso para ganar algún dinero en ellas. Él está acá, en la pared de mi oficina, entre  las treinta y dos fotos que marcaron mi vida: el casamiento de mis abuelos polacos, los quince de mis primas, los bautismos de sus hijas,  nuestros autos en el Premio Turismo Carretera, aquella catramina que restauramos para la exposición en Las Flores, los encuentros con los amigos y famosos, como Sandro, el gitano. Hay una con Maradona y otra de Monzón, cuando vinieron a Balcarce y les puse a punto los autos. Sin embargo, creo que la más valiosa es la que nos sacó Fidel en aquel carnaval, vestidos de rumberos. Si supieras por qué…
Creo que hace unos treinta años, en febrero, crecí de golpe. Todo en una noche. El sábado antes habíamos jugado al agua contra las chicas del barrio. Salimos de cacería balde en mano con agua jabonosa para ganar alguna…y en la esquina la vi. Hacía tiempo que la relojeaba, pero era tan tímido que no me atrevía con ella. Amanda era la morocha de ojos verdes más transparentes que conocí. No pude retroceder a pesar de su mirada suplicante, y le vacié el balde en la cabeza. Me insultó hasta la médula y me lo aguanté.
Rolo, vos me aconsejaste hacer las paces perfume por medio… Yo no tenía ni un centavo y por eso acepté acompañarte a los bailes de los clubes  el último día de carnaval, ataviado con esos bolados ridículos llenos de lunares, ese sombrero de gaita maricón y la guitarra que jamás había tocado.
¿Te acordás de que en aquella oscura calle de Chascomús encontramos a una de las bailarinas esculturales del corso? ¿Te acordás del estupor de José, el hijo del almacenero, sacándose el turbante de plumas frente a nuestras miradas sorprendidas? Pobre  el musulmán, el día entero mandoneando  tan orgulloso a sus herederos machos. Había una secreta Josefina dentro de su Josecito.
Y luego, sobre el escenario, allí desde donde se ve lo indecible: Adelaida, la mujer del Dr. Funes, el leguleyo de los pueblerinos, bailando amarteladita con el dueño de la funeraria. ¡Mirá vos, el marido los fundía, el viejo los enterraba…y ella se beneficiaba con  todos! Me apenó mucho pues era la madre de mi compañera de la primaria, que se hizo maestra para dar  mejor ejemplo.
Pero, no quiero apartarme de mi historia…Esa noche fue fatal. Desafinábamos, la gente nos gritaba piropos ofensivos…y de pronto la vi. Sí, era Amanda con un rubio como Robert Redford… Fue lo máximo… Le lancé la guitarra, que aterrizó en la frente del semental carilindo. En fin, la trifulca terminó en la comisaría y mi abuela fue a buscarme. La polaca estaba fuera de sí y repetía que yo era el único hombre de la familia, que no había criado a un sinvergüenza, que la guerra le había llevado al abuelo, que trajo a sus hijas a la Argentina porque no quería más combates desiguales, que mi madre había muerto por un canalla y que yo no sería igual a él. Todo mezclado con citas bíblicas y refranes en su lengua y en la mía.
No me habló durante dos meses…y entendí. Cuando me recibí de técnico, me perdonó y me regaló sus ahorros para instalar un taller mecánico en el terreno lindero…Ella sabía que soy  fierrero de alma.
Ay, Rolo, las fosas desde donde arreglaba los coches fueron mi asilo y mi trinchera. A veces me sentí  como mi abuelo guerrero, enterrado en vida. Amanda pasaba y yo sólo le veía las piernas. Aprendí a conocerla por el andar: algunos días estaba exultante; otros, cansada; muchos, ansiosa. Nunca me atreví a mirar sus ojos nuevamente. Soñaba con sus pies, sus tobillos, sus piernas morenas. Un día no pasó más… y yo dejé allí azulejado mi corazón culposo. No supe pedir perdón. No sé si por orgullo… o por miedo a sus ojos de esmeralda, transparentes como los de la vieja polaca que me crió.
Rolo, ya sé que mañana es carnaval y vas a cerrar más temprano la farmacia para llevar a tus nenas al corso. Te cuento un secreto…Ayer pasó otra vez, la reconocí por el andar. Tenía de luto las piernas, está sola. Lo sé. Tal vez, Víctor salga de la fosa… para mirarle los ojos.


     
Una escena de Él de Luis Buñuel

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