LECTURAS A CONTRATIEMPO

LITERATURA UNIVERSAL. EL “BILDUNGSROMAN” DE SABINO MÉNDEZ

ANNA MARIA IGLESIA

6 de agosto 2017. (Felices vacaciones. Regresamos en septiembre)

Jukebox. Vargo. The Moment

Queremos irnos muy lejos

Historia. Patton, rey de Baviera (I)

FERNANDO CASTILLO


George S. Patton


Aun humeaban las ruinas del bunker de Hitler cuando en la primera semana de mayo de 1945,  Alemania se rendía  a los aliados. Por fin finalizaba la guerra que había dejado una Europa destruida y doliente y que había cambiado para siempre al continente. La guerra no suponía el fin de los conflictos. 



Ahora iba a dejar su lugar a una posguerra que no tardaría en convertirse en una nuevo tipo de conflicto conocido como la Guerra Fría del que ya se habían dado las primeros enfrentamientos y a un temor desconocido, el miedo atómico. Por las modernas autopistas alemanas  interminables columnas de civiles y militares se dirigían hacia el Oeste huyendo del avance del Ejército Rojo, a pesar de haber finalizado las hostilidades. Apenas se oía más que el sordo ruido de los pasos de los refugiados, que marchaban en silencio, cargados con los restos de su pasado. Parecía cierto que, como dijo la escritora Elisabeth Borchers, quien también formó parte de esas columnas, “la paz no hace ningún ruido”.

Con este espectáculo se había cruzado el general George S. Patton en las ultimas semanas cuando desplegado su 3º Ejército en el sur de Alemania y en el oeste de lo que entonces era Checoslovaquia, tuvo que frenar su avance por ordenes superiores, renunciando a llegar a Berlín. Se trataba de una extensa y estratégica área de la Mitteleuropa en la que las tropas norteamericanas estaban en contacto tanto con las fuerzas de la Wehrmacht como con las del Ejército Rojo. No es de extrañar que en aplicación de sus competencias políticas y siguiendo la lógica bélica y la tradición militar, el general Eisenhower, jefe supremo de las fuerzas aliadas, nombrase a Patton       -máxima responsabilidad militar sobre el terreno- Cónsul General de Baviera. Era un titulo de inequívocas resonancias romanas que le otorgaba la condición de suprema autoridad militar y civil para esa importante zona de Alemania en la que las destrucciones y los daños de la guerra, siendo grandes, no eran excesivos si se comparan con la situación de otras regiones.


Este Consulado General era una versión adaptada a la persona de Patton y a las peculiaridades de Baviera del Allied Military Government of Occupied Territories (AMGOT), el organismo creado por Estados Unidos y Gran Bretaña para administrar militarmente los territorios liberados que carecían de gobierno legitimo en espera de que la sociedad civil pudiera recomponer la gobernanza.  En su nuevo puesto, en el que asumía amplias responsabilidades y disponía de extensas competencias administrativas y militares propias de un virrey, Patton tenía encomendada la misión de reconstruir la vida política y económica de Baviera de acuerdo con los criterios emanados del Cuartel General Aliado. El objetivo perseguido era restablecer la normalidad en la vida social y establecer las bases del sistema político de los países aliados que iba a inspirar la Carta de San Francisco y a las Naciones Unidas.

Múnich, 1945
Sin embargo, y al contrario de lo que ocurría en otras zonas de Alemania bajo control aliado y, aun más, soviético, en el área situada bajo la autoridad de Patton no se aplicaron con rigor las medidas de desnazificación impuestas por el Cuartel General Aliado, que exigían apartar de la administración pública local a todos aquellos que hubieran tenido alguna vinculación con el régimen hitleriano. Unas recomendaciones políticas que se completaban con la indicación de mantener cierta prudencia en la reconstrucción económica, pues en estos primeros momentos de posguerra no se contemplaba la posibilidad de que Alemania pudiese recuperar una capacidad industrial que le permitiera convertirse de nuevo en potencia militar.


Estos criterios estaban próximos a las tesis que mantenían algunos sectores de la vida política norteamericana encabezados por el Secretario del Tesoro, Henry Morgenthau, quien elaboró un plan que contemplaba a una Alemania de posguerra desindustrializada y agraria, casi devuelta a la Edad Media, con el objetivo de impedir que emprendiese una nueva guerra en Europa. Frente a esta opción radical se situaba el grupo más posibilista representado por el Secretario de Guerra, Henry L. Stimson, y el Jefe del Estado Mayor del Ejército, general George C. Marshall, que se inclinaba por la reconstrucción total de Alemania como garantía de su democratización y de su integración en la comunidad de naciones diseñada por los aliados, pero también como tapón a la expansión soviética. Como es sabido, al final y a impulsos de los acontecimientos que confirmaban la realidad de la Guerra Fría existente entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, el Plan Marshall acabó imponiéndose al Plan Morgenthau, dando vía libre a una Alemania rica e industrial, plenamente integrada en Europa que iba a servir de posición avanzada ante la amenaza que representaba la Unión Soviética.

Una mujer alemana llora en las ruinas de su casa

Este era el panorama que esperaba a Alemania en su “año cero”, cuya realidad dio nombre la película de Roberto Rossellini, de ambiente opresivo y final tan desolador como las ruinas que protagonizan la obra. Una  realidad a la que también se aproximaron entre otros los relatos de Heinrich Böll, que constituyen una verdadera crónica de la devastación en que se encontraba un país ocupado por cuatro ejércitos, arrasado y desestructurado por los bombardeos aéreos y los combates terrestres, cuya población y sistema se suponía que encarnaba el mal y cuyos bienes y personas, especialmente las mujeres, se consideraban sometidos al derecho de conquista. A todo ello hay que añadir que las relaciones entre los ocupantes comenzaban a ser manifiestamente complicadas, pues las diferencias entre los Aliados occidentales y la Unión Soviética, que hasta entonces se habían enmascarado en la lucha contra el nazismo, desde la reunión de Potsdam anunciaban de manera abierta lo que no tardaría en llamarse la Guerra Fría; un conflicto que amenazaba con convertir a Alemania de nuevo en campo de batalla, ahora entre el Este y el Oeste. Era el drama de un país culpable sin duda, pero también, en 1945, de un país martirizado cuya realidad ha estudiado recientemente Richard Bessel en su Alemania 1945, y ante cuya descripción la literatura parece resultar insuficiente, al contrario que la fotografía y el cine, que llevó las cámaras a las calles para recoger el drama alemán con éxito sabedor de la novedad y de la fuerza que tenia  la estética de las ruinas que había creado el siglo  de Auschwitz.


Desde que comenzó a desempeñar las funciones propias de Cónsul en la católica Baviera –una región convertida en punto de fuga hacia la vecina Italia  por los nazis de toda Europa, que empleaban la red monacal de la Iglesia como refugio en su huida--, Patton desplegó la referida tibieza desnazificadora, que fue especialmente destacable en lo relativo a los cargos públicos. Escudándose en la necesidad de procurar el correcto y efectivo funcionamiento de la administración local que permitía que la vida se desarrollase, el general gobernador mantuvo en sus puestos a los funcionarios del Reich e incluso nombró a autoridades y asesores que habían ostentado responsabilidades en el periodo nazi. Esta voluntad de efectividad, de búsqueda de resultados a ultranza por encima de criterios ideológicos y de consideraciones políticas que desplegaba el general americano en su acción de gobierno, se puede considerar una suerte de “tecnocracia militar”, de moderno absolutismo administrativo de carácter militar dotado de un innegable tinte autoritario. Sin embargo, también es evidente que las controvertidas medidas adoptadas por Patton en sus escasos meses de gobierno bávaro dieron resultado, pues la política de reconstrucción de Baviera fue muy efectiva. La zona bajo el control del cónsul americano  recuperó con rapidez un cierto grado de normalidad económica y administrativa que contrastaba con el estado en que se encontraban otras áreas de la Alemania ocupada, especialmente de aquellas que estaban abajo control soviético, las cuales se vieron sometidas a un saqueo sistemático que retrasó su recuperación total casi hasta la reunificación en 1990.

Alemania, 1945



Todas estas iniciativas chocaban con las directrices elaboradas por el general Eisenhower y el Cuartel General Aliado para Europa, cuyas competencias en estos meses de posguerra eran tanto militares como políticas, en una insólita combinación que daba lugar a muchas reticencias institucionales. Estas diferencias unidas al conflictivo historial de Patton, que había hecho publico su malestar por no ser destinado al Pacifico donde aun seguía la guerra, alertaron a los periodistas destacados en Alemania, siempre atentos a lo que sucedía alrededor del polémico general americano que tantas noticias les había proporcionado desde los ya lejanos días de Sicilia. No es de extrañar que la comparecencia de Patton ante la llamada de un irritado Eisenhower, anunciada por el general Walter Bedell Smith, su jefe de Estado mayor, para tratar de su actitud hacia los nazis en Baviera, una zona inicialmente considerada fácil de democratizar, fuera recogida por todos los periódicos y agencias, incluso españolas.


Una muestra aun más destacable de la independencia de criterios desplegada por Georges C. Patton ante las directrices y la política aliada, fue el más que notable anticomunismo del que hacía gala, tanto en público como en privado, cuando tenía ocasión. Una inclinación que se unía a un antisemitismo incontrolable que aparecía en momentos tan inoportunos como la visita a refugiados de los campos de concentración, que escandalizaba a quienes le rodeaban, impresionados por las recién descubiertas imágenes del Holocausto. El general americano, poco dotado para las sutilidades de la política, al igual que su aun más ambicioso colega Douglas McArthur, antes de acabar la guerra ya había expresado en público su idea de que era necesario llegar a Berlín antes que los rusos e, incluso, parece que en algún momento llegó a comentar a los periodista americanos, siempre ávidos de carnaza noticiable y a la espera de los comentarios del militar, que después de ocupar la capital alemana sus tanques debían dirigirse contra Moscú para acabar definitivamente con la amenaza de una guerra y con los enemigos de la democracia. 

(La segunda parte de este artículo se publicará la próxima semana)



Los generales Patton y Eisenhower




Fernando Castillo (1953) es licenciado en Ciencias Políticas y Ciencias de la Información. Ha comisariado exposiciones de pintura y fotografía y colabora en diversas revistas culturales. Entre otros libros ha publicado: Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad del 98 a la postguerra (Madrid, Polifemo, 2010); Madrid y el arte nuevo. Vanguardia y arquitectura 1925-1936 (La Libreria 2011); Tintín Hergé, una vida del siglo XX (Fórcola 2011); Noche y Niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro (Fórcola 2012); Un torneo interminable. La guerra en Castilla en el siglo XV (Sílex, 2014) y París-Modiano. De la ocupación a Mayo del 68 (Fórcola, 2015)





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