ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

La entrevista. El mito de origen de un escritor es, precisamente, una ficción. Juan Mattio

SANDRA ÁVILA

 
Juan Mattio

Juan Mattio nació en 1983 en Buenos Aires. Si hablamos de fechas: allá por el 2005 Mattio fusiono su escritura junto a Kike Ferrari, y brotó la novela negra Punto Ciego (Vestales, 2015). Ese mismo año obtuvo una  mención del Premio de Novela de la Casa de las Américas por Tres veces luz.  Fue coeditor de la revista literaria Juguetes Rabiosos entre 2005 y 2007. Es coeditor de la revista La Granada desde el 2013. Tiene pendiente de publicar Materiales para una pesadilla. La herramienta más importante del oficio de ser un escritor, dice, es la lectura. Es hincha de Racing, le gusta la música de Tom Waits y la ética de Kafka. Vive, ama y escribe en la ciudad de Buenos Aires. 


¿Cómo surgió la idea de escribir Punto Ciego en co-autoría con Kike Ferrari?
El proyecto nació como una forma de solucionar dos problemas, uno de Kike y otro mío. Él pasaba por una época donde ningún argumento le parecía sólido para iniciar una novela y yo, al mismo tiempo, había abandonado una historia porque no encontraba los procedimientos que necesitaba para escribirla. Kike leyó ese material y se puso a trabajar. Me devolvió el primer borrador de lo que sería Punto Ciego. Yo, a su vez, hice una primera corrección y después él sumó una tercera. Así hasta que decidimos que era suficiente.
Creo que la idea de un lector interno al proceso de escritura existe en muchos autores. Alguien que lee los borradores y va opinando, sugiriendo correcciones, etc. En este caso, ese lector se convertía –al leer- él mismo en autor. Esa es, en breve, la historia de Punto Ciego.

¿Cómo surgió Materiales para una pesadilla?
Materiales para una pesadilla surgió como un intervalo. Estaba trabajando en otro proyecto más extremo y necesitaba un escenario pequeño donde poner a funcionar una serie de ideas. Es la primera vez que trabajé poniendo en el centro la composición y no el argumento. Eso requiere una práctica muy particular. Materiales… es una novela breve que me permitió ensayar procedimientos de composición y, al mismo tiempo, terminó sirviendo para desplazar hacia el campo de la ficción algunas ideas sobre el lenguaje como material social.

¿De qué va la historia?
Hay dos historias que se trenzan a lo largo de la novela. Por un lado un viejo escritor ciego que da una serie de conferencias sobre literatura mientras su vida se ve interrumpida por una alumna que lo llama por teléfono para pedirle que la salve. Y en otro nivel, se cuenta la historia de un hombre que inicia su carrera como agente de Inteligencia. Su tarea es analizar conversaciones y perseguir, en las palabras, huellas de actividad política.




¿Cuánto tiempo te llevo escribirlo, desde el borrador inicial hasta la finalización de la obra?
Escribí Materiales… en cuatro o cinco meses, en jornadas de trabajo diarias y de varias horas. Fue la experiencia de escritura más intensa que tuve. Tuve un primer borrador muy rápido y trabajé sobre varias correcciones. No pienso que haya sido la última porque no creo que exista una “última corrección”. Los textos pueden ser mejorados y corregidos siempre. Cualquier texto que haya escrito, creo que hoy lo escribiría mejor.

¿Cuáles son las herramientas de escritor que usas cuando empezás una nueva obra?
La herramienta más importante es la lectura. Creo que un escritor debe obligarse a leer desde un punto de vista diferente al que construyó cómo lector. La pregunta sobre cómo está hecho un texto, qué circuitos lo ponen a funcionar, qué procedimientos lo sostienen; son las preguntas con las que un escritor debería encarar una lectura. Pero, además, cuando uno está iniciando un proyecto es muy probable que necesite investigar qué y cómo se han encarado artefactos similares. No hablo sólo de una cuestión argumental. Aunque es posible que para escribir una buena novela negra sea necesario recorrer otras novelas negras y leerlas con las preguntas que mencionaba antes. Pero, en verdad, estoy pensando en procedimientos. Quiero decir, para escribir una buena novela negra tal vez sea más útil leer y reflexionar en cómo Hemingway construía sus oraciones que leer la obra completa de Horace McCoy.

¿Cómo fueron tus inicios en la carrera de  letras? ¿Cómo fue que decidiste ser un escritor?
El mito de origen de un escritor es, precisamente, una ficción. Podría decirte que empecé a los 16 años, cuando leí El coronel no tiene quién le escriba por primera vez y sentí el impulso de lanzarme a escribir. Y no sería menos cierto decir que, en realidad, empecé con mi tercera novela, cuando encontré por primera vez un proyecto literario que me interesa y que me mueve saber hasta dónde lo puedo llevar.




Párrafo de Materiales para una pesadilla

G. entró esa primera mañana a la Secretaría por la puerta de la calle Perú. Una puerta pequeña, oscura, casi infantil que aumentó su sensación de primer día de escuela. Caminó por un pasillo mal iluminado hasta la Mesa de Entrada mirando el techo bajo y siniestro, las paredes que habían sido blancas y ahora se mostraban humilladas por rayones y agujeros y manchas de suciedad, el piso de parquet con una capa negra creada por el polvo y las pisadas y los años. Nada de eso podía compararse con la inmensa y majestuosa entrada de Avenida de Mayo, con los pasamanos de bronce y las arañas con gemas de vidrio azul y los espejos duplicando la grandeza y el poder de la Secretaría. Pero creyó que esa discreción voluntaria, la de haber entrado por una puerta lateral sin que nadie se lo pidiera, era más adecuada a su situación. Mi posición es todavía irregular, se dijo, todavía imprecisa. Caminó pensando en esto por el largo pasillo mal iluminado del ingreso. A medida que se alejaba de la puerta el frío iba desapareciendo. También los ruidos. G. advirtió que se habían apagado los sonidos de los autos, las voces, incluso el ladrido del perro que lo había perseguido durante el camino de la Estación Central hasta la Secretaría. De alguna manera, la ferocidad de la ciudad no tenía jurisdicción sobre ese edificio.


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