ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Alevosías. El Brexit y la deriva de los continentes

FERNANDO CASTILLO

Foto de Alamy



No se si ha debatido lo suficiente si la geografía es una ciencia exacta o de aproximación, pero lo que parece evidente es que la distancia física es algo elástico y que el tiempo y la historia contribuyen a demostrarlo. 

Aparentemente, las Islas Britanicas están más cerca del continente europeo que del americano, algo indiscutible si lo consideramos desde la geografía, pero no tanto si atenemos a la realidad de una sociedad que desde el final de la 2ª Guerra Mundial no deja de mirar, después de a si mismo, al continente americano. Los apenas 33 kilómetros que separan a Dover de Calais se han agrandado en el último siglo a causa tanto de la creciente y decisiva presencia de de los Estados Unidos en los acontecimientos europeos, como a la perdida de personalidad del Reino Unido, agostado en una autarquía histórica y cultural de la que ha salido contadas veces en la última centuria, y estoy pensando sobre todo en los brillantes años sesenta.

Desde  principios  el final de las guerras napoleónicas, el Reino Unido, con la mirada puesta en el imperio, no ha hecho más que distanciarse de las costas de Normandia, atento solo a que no surgiera en el continente ninguna hegemonía capaz de competir con la de Britania.  Lo ocurrido en el siglo XX ha revelado a los Estados Unidos como verdaderos salvadores de un Reino Unido que no hubiera salido de las dos guerras mundiales con el orgullo que despliegan en los aniversarios que tanto deben a  los chicos de más allá del Atlántico caídos primero en Argonne y luego, décadas más tarde, en Omaha, a quienes los europeos les debemos tanto. Aun más esencial para el gobierno británico fue la intervención de  los Estados Unidos en aquellos lugares del Mediterráneo como Grecia o Irán y donde, en plena Guerra Fría, el Reino Unido fue incapaz de mantener sus intereses y los de sus aliados, pidiendo ayuda a los “primos norteamericanos” que desplegaron la VI Flota en el Mare Nostrum para suplir a las fuerzas del Reino Unido. Luego, por si la impotencia desplegada en la guerra civil griega no fuera suficiente, llegó el inmenso ridículo que supuso la intervención en Suéz, donde arrastraron a una Francia que no encontraba su lugar.

Ahora asistimos a un nuevo triunfo británico con la gran, grandísima, victoria del Brexit en el referendum  que ha situado al Reino Unido fuera de la Unión Europea, una organización supranacional a la que pertenecía. Un éxito  celebrado por sus partidarios, los nacionalistas seguidores del UKIP,  con un entusiasmo que recuerdan al desplegado por los triunfos de Waterloo o Trafalgar, y cuya relevancia la pone de relieve  sus partidarios, pues tiene como costaleros más señalados a Marine Le Pen, al húngaro Victor Orban, otro paladín del europeismo y de la democracia, o a ese modelo de fino estadista y moderno Pericles que es Donald Trump. Y es que hay apoyos que acaban marcando para siempre. Una pérdida para Europa, sin duda, la salida del Reino Unido de la Unión Europea con el triunfo del Brexit, un país del que procede la esencia del continente como es el parlamentarismo y los orígenes de la Ilustración. Una perdida, si, pero también  un triste favor el que de nuevo ha hecho el Reino Unido al proceso unificador del continente al lastrar el camino defendido por Francia y Alemania en un momento de dificultades económicas y de crisis de identidad de la Unión Europea. De nuevo, palos en la rueda a la pluralidad de proceso de unión política desde Londres.




Sin embargo, quizás también el Brexit sea una ocasión para poner las cosas en su sitio. Los británicos han sido unos  socios reticentes desde sus comienzos hacia todo lo que significaba el fortalecimiento de la identidad europea, fuera hacia una posible Alemania unida -es famosa la frase de Margaret Thatcher en 1989 en la que decía que le gustaba tanto a Alemania que prefería dos- o hacia los proyectos que avanzaban hacia la unión efectiva del continente. Antes incluso habían promovido una alternativa a la Comunidad Económico Europea impulsando la EFTA, la Asociación Europea de Libre Cambio, a la que se sumaron a unos cuantos países de escaso peso economico, político e histórico en el  continente, en un ejercicio del divide y vencerás. Todo por no hablar de la reticente política de Londres hacia la creación de un Ejército europeo en el seno de la Union Europea Occidental, prefiriendo siempre el vinculo transatlántico que representa la OTAN.

En consecuencia, desde su tardía y reticente incorporación al proyecto europeo, los gobiernos de Londres no han dejado de reclamar un trato distinto y más favorable del que disfrutan el resto de los socios, una actitud poco elegante esta exigencia de privilegios que choca con el mito de lo considerado british, algo  que ahora y por mor del UKIP, suena a casticismo de zarzuela anglosajona. Todo ello, proclamado desde lo que a veces parece un orgullo trasnochado y una soberbia nacionalista que está reñida con el proyecto comunitario europeo y con las iniciativas que implicasen contemplar una relación común en profundidad, es decir, una relación política.

No ha sido el Brexit más que la culminación de una distancia de Europa, tan teatral como afectada, basada en sentimientos que en Europa se contemplan con reticencia como el nacionalismo y el populismo. Triste papel el jugado ahora por los vencedores de Napoleón y de las tiranías continentales, el de los creadores de la sociedad liberal y el parlamentarismo, pues han destapado todas las posibilidaes, las peores, para la Unión Europea, pero también la de la aparición de una Europa más unida que, sin haberse movido el continente, limite con los Estados Unidos a 33 kilómetros de Calais o con un Reino Unido reducido a Inglaterra y Gales, eso si, lejos de la Unión Europea.


                                                                                                                       

Fernando Castillo (1953) es licenciado en Ciencias Políticas y Ciencias de la Información. Ha comisariado exposiciones de pintura y fotografía y colabora en diversas revistas culturales. Entre otros libros ha publicado: Capital aborrecida. La aversión hacia Madrid en la literatura y la sociedad del 98 a la postguerra (Madrid, Polifemo, 2010); Madrid y el arte nuevo. Vanguardia y arquitectura 1925-1936 (La Libreria 2011); Tintín Hergé, una vida del siglo XX (Fórcola 2011); Noche y Niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro (Fórcola 2012); Un torneo interminable. La guerra en Castilla en el siglo XV (Sílex, 2014) y París-Modiano. De la ocupación a Mayo del 68 (Fórcola, 2015)

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