ALEVOSÍAS

VACACIONES DE VERANO O LA ESCAPADA DE DINO RISI

LUIS DE LEÓN BARGA

18 de junio 2017

Jukebox. Nico Fidenco. Legata a un granello di sabbia

Alevosías. Gran Hermano vs. La Cultura

LUCAS DAMIÁN CORTIANA






Me da vergüenza que los vecinos sepan que en casa hay quien mira Gran Hermano. Pido que bajen el volumen para que nadie se entere. Ya naturalicé que es un programa donde se grita mucho,  donde las disputas nunca son diplomáticas sino frenéticas, histéricas e ininterrumpidas, donde las sonrisas son siempre carcajadas de hiena y donde las posibilidades de consenso son tan escasas como un bajo rating. 


Pido que disminuyan el volumen incluso antes de que comience el programa. Quiero que sigan suponiendo que en casa se leen libros todo el día. La molestia es, lógicamente, subjetiva; por cada molesto como yo o desinteresado como yo hay miles que siguen apasionados los conflictos que movilizan a los participantes del juego y que, como todo truco de venta, intenta activar e integrar al público también.

Pero si es tan sólo una distracción televisada, un mero pasatiempo para relajar las neuronas después de una estresante jornada, ¿cuál es el motivo por el que algunas personas lo consideran poco menos que una infamia? ¿Será que no comprenden los conceptos básicos de este territorio en el que transita la evolución del show bussiness? ¿Es real molestia o un rechazo inconsciente a lo que no consideramos cultura? Para el opositor de Gran Hermano (que es el mismo que detesta la cumbia y el reggaetón), el fastidio es provocado con cada conversación, con cada intercambio verbal de lo que él suele llamar diálogo y a lo que los “hermanitos” reducen a una estrecha manifestación de sus broncas. El programa que presta el escenario para que estas conversaciones tengan un carácter de legalidad, dignidad y con frecuencia hasta plausible aprobación se llama “el debate”, ceremonia que al opositor de Gran Hermano colma de incordio escuchando en ella sólo una deformada discusión que torna con frecuencia a violencia verbal, una colección de argumentos que se desmoronan a insultos y mentiras concebidas como mentiras por los televidentes que conocen lo que sucede entre las cuatro paredes de la casa, pero al que cualquier comportamiento que en la “vida real” pudiera ser rechazado por razones que van desde lo amoral hasta lo carente de empatía, seduce bajo las reglas de un juego de habilidades sociales pseudo ajedrecístico. El defensor de la “cultura” –el ser argentino que no mira Gran Hermano- prefiere mirar debates futboleros, alguna película en I-sat o sentarse a escuchar a su banda de rock favorita, para no ser partícipe de ese arrebato mediático y vacío, lleno de personas que buscan la fama a fuerza de escándalos, improperios, irrespetuosidad e imposición de sus criterios; eligiendo olvidar que lo que a él le divierte y le llena el alma de erudición ha sabido hacerse camino con los mismos retorcidos métodos. ¿Acaso no hay vocabulario soez en la música popular? ¿No existe el amarillismo en el periodismo deportivo y la falta de cortesía dentro del campo de juego? ¿Cuál es la deferencia o el concepto de individuo ejemplar que se pretende exhibir en los guiones de cine que no poseen las conversaciones –guionadas o repentinas- de los competidores? ¿Y de dónde proviene la parcialidad en los criterios? ¿No es, como en cada tesitura que merezca análisis o sinceramientos, la sencilla afinidad de una cuestión por sobre otra y el prejuicio instalado desde nuestras construcciones, sociales o individuales, amén de lo que los medios de comunicación proponen como la legitimización de una verdad que se reconoce bella y agradable?




1984, la novela de George Orwell que concibió la idea de un ser omnipresente y vigilante y de la manipulación de la información, arrojaba nociones aplicables a la sociedad occidental de este tiempo casi como un libro profético. La frase emblema “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza” posiciona la intención de inventar enemigos externos y así fortalecer el sentido de pertenencia; acotar las posibilidades de autonomía; crear una sociedad falta de conocimientos que no pueda revelarse al status quo o a una representación ideal o a una verdad prefabricada. ¿Y no es el antagonismo la piedra angular y el cuasi fundamentalismo -si se permite el adverbio- lo que robustece las razones de superioridad de un concepto, incluso en lo banal de un programa televisivo? O la negativa a un conocimiento inédito, ¿no es esclavitud a los saberes agotados? Ni qué hablar de la consolidación de un solo modelo, en apariencia saludable, pero intrínsecamente coercitivo. De más está decir que todos estamos bajo la influencia del Gran Hermano que vaticinó Orwell, un aire que respiramos naturalmente y que no asumimos como real, es invisible, siendo este el principal atributo de poder.

A la estandarización de las ideas el Gran Hermano puede llegar por un método lento pero efectivo: la reescritura de la historia: “quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro” dice en 1984 aludiendo al dominio del tiempo y a su uso conveniente, explicándose a sí mismo, Orwell, en su póstumo Mi guerra civil española:  “vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido según las distintas líneas de partido. […] Es muy probable que estas mentiras, o en cualquier caso otras equivalentes, pasen a la historia. […] Es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad.” El arquetipo cultural puede ser un vaivén que se redefine a nuestras espaldas –como la historia de la guerra- y cuyos vacíos son llenados oportunamente, aun con el peligro de que las columnas de instituciones milenarias tambaleen, lo que daría lapsos de tiempo alargados o, en casos excepcionales, explosivos renacimientos.

El Gran Hermano de Orwell sólo quería quebrantar voluntades, impacientar al intelecto, hacer creer que las mentiras más evidentes podían ser verdades irrefutables como que dos más dos es igual a cinco. Es el mismo ojo que postula qué debe ser aprobado y qué no, con frecuencia contaminando lo “permitido” con lo “espurio” y viceversa. Lo latino que se mezcla con lo anglo, las drogas de Hendrix que consume también Snoop Dogg, el cholulismo hacia Marilyn Monroe que se transfigura en personajes de reality shows.

Están los sumisos al sistema, una pata de la mesa tan necesaria como la de los acólitos. También están los rebeldes, aunque estos estén en la disyuntiva, tal vez perpetua, de si la forma más real de su conspiración sea la audacia de un motín o la aceptación.  


2 comentarios:

  1. Genio!!! Lucas... gran escritor, grandes visiones, grandes análisis... comparto con Lucas y con Uds. algunas "Verdades" https://www.youtube.com/watch?v=vj0AEGqVP3k

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  2. Anónimo7/05/2016

    Totalmente de acuerdo

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