ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Alevosías. Los placeres del verano

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO





Canícula, estío, tórrido verano, el calor, la calor, el sol, la solana, los cielos planos… no es muy agradable todo esto. ¿A cuántos les gusta sufrir más de treinta grados de temperatura? No se siente uno más pesado, más lento, menos vivo.

LAS BRISAS.

El agua fría de un manantial o de la jarrita que te preparas junto a la cama.

Un chocolate caliente o frio, un helado que revuelves con tu lengua y tu boca.

Un vodka helado después de un arroz de marisco y pescado. Tras un café fuerte, corto. Luego, tras el aguardiente, más café, café frappé, a la griega.

Un libro, dos mejor, uno para la mañana y otro para hacer lentas las tardes, más lentas de lo que generalmente son en verano. Para las noches insomnes un poco de religión o de filosofía. Leer filosofía en la noche te permite una calladísima reflexión.

Los paseos son buenos si estás en el norte, divinos en el norte. El paseo burgués en una ciudad del norte, el desnudo en las bellísimas playas cantábricas. En el Mediterráneo, particularmente, no lo recomiendo.

La piel de una joven tumbada, de una señora, de la mujer mayor con la que puedes disfrutar tanto de sus silencios como de su locuacidad. Un cuerpo femenino es casi siempre motivo de regocijo.

Tomar una pluma y un papel, escribir unos versos o el recuerdo de alguna aventura.

Quitarse el reloj, apagar la pantalla o encenderla y navegar sin rumbo.




Navegar, preferentemente a vela. El motor es placer de juventud en las lanchas, en los yates de motor son otros conceptos del placer los que operan, muy diferentes a los que aquí se sugieren.  

Estar fondeado en una isla adriática, griega o balear, es estar muy cerca del cielo. 
         
Estar tumbado en una arena atlántica recibiendo las brisas del mar y de los bosques inmediatos. El olor a mar, el olor a vaca.     
      
O en la montaña. Ese café con leche saliendo de la habitación para contemplar cumbre y valle. Los prados, las rocas allá arriba, con suerte y según donde, nevados sus picos. 

Escuchar a Townes van Zandt con un whisky en el crepúsculo. 

Escuchar galantes por la mañana, escuchar a menores y desconocidos. Gragnani, Gallupi, Veracini, Pergolesi o Zelenka, los domingos. 

No escuchar inglés de la clase baja. Los alemanes, excepto borrachos, son silenciosos. 

No acercase a las calles so pena de tener que acercarse a nabos y escandinavos con tangas, flotadores, sombrillas y mucho plástico. Alejarse de ensimismados de la pantalla. De los que ya solo llevan ipod, ipad, pendrives y esas cosas. 

En las playas ir solo a chiringuitos pequeños y crepusculares. 

Más champán, a cualquier hora del día resulta conveniente. 

Pensar que el tiempo pasa y que el verano es una estación, tres meses de cada año de una vida. De niños son estupendos, de jóvenes lo más, de maduros complicaditos, y en la ancianidad, duros, como si estás gravemente enfermo. Maravillosos veranos y veranos malditos, en los que se acentúan los dolores y uno quisiera desprenderse de su cuerpo.




Ver reportajes de descubrimientos árticos. No hay nada como un oso polar en la pantalla del televisor en una tarde de agosto. Los osos polares son lo mejor, pues los pingüinos agobian un poco. Yo he visto muchos pingüinos, pero ningún oso polar en libertad. Es mi animal favorito, el oso, verdadero gourmet, animal grande, libre, valiente.

Ver una película china de Yang Zimou.

Si se ve necesario, tomar morfina y observar el recorrido de las aspas del ventilador.

Meter los pies en el agua de una orilla limpia y cristalina.

Arpas por la mañana, violas por la tarde.

Observar el tic tac de un reloj de pared y poderlo parar.

Encender un cigarro si se fuma.

A mediodía, unas anchoas en aceite, sal, una ensalada, el olor de la albahaca, del pesto. Olores italianos, muy mediterráneos. El olor y el sabor del  marisco, unas cigalas, unos percebes, unas gambas de Huelva si está al sur.

Saciado, lavarse las manos con limón y tomar con ellas la copa de Alvariño para nublar un poco el espíritu, con ligereza que es vino fuerte. Después, ¿una filloa antes de la siesta?

Siesta, baño y paseo crepuscular.



Enrique López Viejo (Valladolid, 1958-Madrid 2016). Es el autor de  Tres rusos muy rusos. Herzen, Bakunin y Kropotkin (Melusina, 2008) Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor (Melusina, 2009) y La Vida crápula de Maurice Sachs (Melusina, 2012), Francisco Iturrino, memoria y semblanza y La culpa fue de Baudelaire (El Desvelo, 2015).



No hay comentarios:

Publicar un comentario