LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Alevosías. Paranoiquearse a bordo


LUCAS DAMIÁN CORTIANA 




I

No sabía qué esperar de una aerolínea llamada Láser ni del trecho final, más allá de las obviedades: un vuelo de cabotaje, una hora bancando la ansiedad de llegar, nada de snacks ni café, los celulares seguirían apagados y el equipaje de mano un poco más pesado con cada kilómetro que se avanza. 


El trecho Caracas-Pampatar no amerita demasiados lujos ni asientos confortables ni muñequitas aeromozas. En el caso de que hubiese entretenimiento a bordo, los minutos previos a despegar, los minutos previos a aterrizar, las sombras chinescas que ensayan las azafatas bajo el mote de “demostración sobre la localización y uso de Salidas de Emergencia, Chalecos Salvavidas, Máscaras de Oxígeno y Cinturones de Seguridad”, no permiten a uno más que un par de canciones, con suerte, de latin jazz o música para ascensores. Nada increíblemente bueno ni nada especialmente malo sucede, nada que sea particularmente recordable como anécdota de sobremesa. Sólo que siempre hay una sospecha que ronda de neurona en neurona, generando una sinapsis primitiva que nos hace creer que todo va a estar mal. Ese pensamiento es un mecanismo de defensa pseudo troglodita que nos dice: “tenés dos piernas, quedate en tierra firme”. Sucede básicamente cuando uno empieza a paranoiquearse, ve fantasmas en el espejo del baño, revisa el pasaporte a cada instante, chequea el ticket, cambia de lugar los dólares (de la billetera a las medias, de las medias al bóxer) y esquiva la mirada de los pastores alemanes busca coca y del cana que los chumba detrás de la correa. Entonces lo veo llegar. Es un tubo blanquiverde equivalente a una pasta dental estrujada. Chirridos, humo de fumigar, calcos despegados y todo lo que uno no quiere ver o escuchar en un avión. Y adentro no es mejor. Hace calor, hay humedad, la temperatura no coopera y la gente menos. Quienes hacen este trayecto regularmente (venezolanos vacacionando a Margarita, tan común como porteños a Mar del Plata) lo detestan y lo demuestran a fuerza de caripelas, comentarios rencorosos, empujones indisimulados y axilas sudorosas apoyadas en plena nariz. Falta un pibito insoportable, una nena llorona y malcriada y estamos listos. Ah, ahí están…




II

Dicen que el veinticinco por ciento de la población teme a volar, lo cual es muchísimo y más si cuento velozmente cuántos somos en este avión. Estoy justo a la mitad, junto al pasillo, aunque debería estar junto a la ventanilla, pero a mi esposa le gusta eso de ver la ciudad empequeñeciéndose a medida que se toma altura. Si estoy a la mitad, pienso que los del pasillo hacia allá no tienen miedo a volar, se los ve bastante conversadores y confiados, como aquellos despreciables que todo en la vida les sonríe. Un grupo de chicas parece más preocupada por tomar buenas selfies y acomodarse el cabello que de un posible desperfecto técnico; otros dos señores hablan de negocios que habrá que hacer a la vuelta de las vacaciones y no tanto de si una tormenta eléctrica puede llegar a azotarnos en medio del mar caribe y aquella pareja de por allí acusa luna de miel en sus besitos lascivos pero tiernos, en cuyo caso sus preocupaciones estarán en el día a día de su regreso a casa, cuando sean Señor y Señora y no estos dos tortolitos recién casados.
Por lo tanto, los del veinticinco por ciento estamos de este lado del pasillo. Pienso en cuántos serán primerizos en esto de viajar con alas, observo cuáles creo que tendrán ansiedad y cuántos están solos. Mi esposa me ofrece agua y me pregunta si me siento bien. Le digo que sí, sin embargo insiste en consultar por mi estado, lo que parece ser un indicio de que algo ha perdido  su estabilidad, en este caso, mi sosiego. Sabe que los itinerarios son mi debilidad y demanda un repaso de lo planificado. Por un momento caigo en la trampa, me olvido de morir en una catástrofe aérea y verifico en voz alta: “en Playa El Agua tomamos sol, nadamos como delfines desde el amanecer hasta el anochecer, hasta que se formen en los dedos esas arruguitas incómodas; pausas sólo para tomar jugos exprimidos y cervezas, ir a buscar al hotel camarones y parguitos y caminar descalzos antes de dormir con el agüita que roza los pies vergonzosa y se mete de vuelta al mar. Las excursiones que ya hablamos, a menos que una propuesta más que interesante se presente, serán las de conocer las islas: Los Frailes para bucear, Isla de Coche para relax y Cubagua para recordar cuando éramos niños. Sí, habrá uno o dos días para hacer shopping y no olvidemos que hay un par de castillos en la ciudad que leí que son muy bonitos”.
Dicen que el veinticinco por ciento de la población que teme volar no tiene miedo a los aviones en realidad, sino a la pérdida de control, al temor de no ser capaces de afrontar el vuelo y hacer el ridículo frente a los demás. En la superficial percepción de los rostros no es tan sencillo definir cuál es la proveniencia de los temores ni mucho menos la de sus talantes. Ni siquiera puedo clasificar a ciencia exacta de dónde surgen los míos, si en el avión modesto, en la precariedad de mis humores (negro, de perros, de mil diablos, de porquería) o en la vana superstición (¿es mi vuelo número doce o trece?). No lo sé.
Ahora mismo, cuando los pasajeros están todos abrochados al asiento y el avión se mueve y se mueve a su vez el cielo como un ánima apacible, la azafata bosteza y se suena las vértebras con un movimiento certero. Hay un vaso cerca con alguna gaseosa cola que bebe con impostada delicadeza casi como si estuviera filmando un comercial. Otra azafata le dice al oído algo que la hace reír. Creo percibir una mirada y trato de adivinar su conversación, algo así como “mira aquel tonto, ¿no te da lástima?” Pero después pienso que no, que deben estar hablando de algún novio en tierra o de alguna incomodidad de ropa interior o del perfume que compraron en el duty free. Entonces sí, el avión despega en ruidosa maniobra y en tumultuoso ejercicio, tan inquieto y agitado que por arte de igualación matemática me duermo apacible en al aire y creo posible que las aves también puedan dormir sonámbulas en pleno vuelo.   




 Lucas Damián Cortiana (Chivilcoy, Argentina, 1983) es poeta y escritor. Ha colaborado en diversos medios y publicado en diversas antologías. En la página de Facebook “Rata Carmelito” pueden encontrarse retales de su poesía y su locura.



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