ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Biografía. Diana Arbus, la fotógrafa que nos convirtió en voyeurs


MALCOLM LARDER





Como lector de biografías, creo que dentro de este género hay principalmente dos tipos, una el de las biografías autorizadas que se escriben en colaboración con el biografiado, y suelen ser ricas en documentos raros, valiosos recuerdos, chismes y que a cambio de estos regalos el biografiado consigue la absolución y el libro se convierte en una hagiografía..., y las biografías todoterreno, en la que el biógrafo debe tratar de reconstruir la vida del biografiado contra "viento y marea", como se dice en castellano que es el caso de esta obra sobre la fotógrafa norteamericana Diana Arbus (1931-1971) escrita por la periodista Patricia Bosworth y de la que hay edición en español.


Compruebo también en la red que no es la primera biografía que escribe la antigua periodista Patricia Bosworth, pues hay una sobre el actor Montgomery Clift por lo que deduzco que a Bosworth le atraen el destino de cierto tipo de gente que lo tiene todo para ser felices y, sin embargo, terminan mal, como fue el caso de Diana Arbus que el 28 de julio 1971 se suicidó cortándose las venas en la bañera en la que se había sumergida vestida. Como toda explicación de su gesto, dejó una entrada en su diario y una nota a un amigo que éste nunca quiso enseñar a nadie.

El suicidio de Arbus fue el final de la tragedia de una vida que empieza como un cuento de hadas y, tras brillar con esa luz que despiden las personas especiales, la ayudó a convertirse en el símbolo involuntario de una época y una forma de vida.


Pero si hablamos de su valor artístico diremos que Diana Arbus tuvo un talento adelantado para su tiempo y que supo sacar a la superficie el malestar de la sociedad del bienestar. Por eso esta biografía nos cuenta muchas mas cosas que el trabajo fotográfico de Diana. Lo curioso es que biógrafa y biografiada se conocían, pues cuando tenía dieciocho años, Patricia trabajó para Diane como modelo y se entendió bien con ella. Ya sabemos que cuando alguien decide emplear años de su vida en investigar y escribir sobre la vida de otra persona debe sentir cierta empatía con ella, lo cual parece que eso fue lo que ocurrió aquí ya que incluso Patricia la siguió viendo después de convertirse en periodista y admiraba el trabajo de Diana.



Diana cuando tenía 15 años



Para su trabajo Bosworth no contó con la ayuda de la familia, salvo el de un hermano de Arbus, el poeta y premio Pulitzer Nemerov Howard. Y tal vez por ello, Patricia entrevistó a una gran cantidad de testigos y que en el libro conforman un rompecabezas fascinante del mundo de Arbus y la Nueva York de los años sesenta convertida en la capital cultural de cualquier posible movimiento artístico. La lista es larga, pero entre otros desfilan Richard Avedon, Saul Bellow, Stokely Carmichael, Emile De Antonio, Eileen Ford, Robert Rauschenberg, Germaine Greer, Twiggy, Jane Fonda...

Diana Nemerov nació en una familia rica, de origen judío. Su progenitor era un empresario y buen padre que estaba enamorado de su mujer, una heredera de una rica familia judía de comerciantes de Manhattan, con tienda en la Quinta Avenida. Por ello no se puede decir que el malestar de Arbus tuvo origen en una familia desestructurada.

Diana creció en una casa grande entre niñeras e institutrices. Hipersensible, su primer tropiezo con el abismo se produce cuando la niñera le prohíbe explorar ciertos barrios que descubre camino de Central Park. Su sentimiento de ser una niña demasiado bien, una privilegiada, la empuja lenta pero irresistiblemente hacia la curiosidad y el amor a lo distinto, así como el reto de aceptar todo lo que es desagradable, peculiar e inquietante.


Diana y su marido en 1951. Foto de Frances McLaughlin-Gill


Poco a poco se aleja de la familia. Casada más tarde con Allan Arbus, comparte con él una temporada en la que los dos son fotógrafos de moda. Trabajan para las revistas, moviéndose en un mundo competitivo y glamouroso. El matrimonio supera frustraciones y depresiones, que Allan combate con el clarinete y Diane con el silencio. Se separan en 1959. Entonces estalla la enfermedad secreta de Diana, esa fascinación por lo monstruoso: el transexual con rulos y toallas en la mano, los nudistas en zapatillas frente al televisor, los gigantes y enanos, los obesos exhibicionistas. Arbus construye sus fotos y vive con sus modelos, que también son sus cómplices y el exorcismo a su miedo, que tal vez no sea otro que terminar con un trauma igual al de ellos. Cada vez más asustada, Diane continúa su descenso a los infiernos. Utiliza la cámara como un medio de seducción, como un pasaporte hacia lo prohibido. Se enamora de un amigo que está felizmente casado y, entretanto, practica la promiscuidad con hombres y mujeres, sanos y enfermos, enanos y parejas nudistas. No cabe duda que Arbus se sentía a gusto entre los monstruos que fotografió. En el fondo, para ella era igual que ir con la misma emoción cuando iba al circo en Coney Island de joven.

Arbus puede haber sentido una enorme empatía con la gente que fotografió, pero ella no formaba parte de ellas por mucho que se identificaba con su condición de forasteros en este mundo. Ella tenía sus propios problemas, pero eran de un orden diferente. La obra que dejó atrás sigue siendo poderosa, no sólo por su belleza formal o su visión cruda, sino porque hace preguntas al espectador sobre los límites de la mirada.

Cuando miramos una fotografía de Arbus, no podemos dejar de sentir que somos unos voyeurs, a pesar de que sus temas están ligados a un tiempo y un lugar que ha desaparecido. Un sentimiento de complicidad - la suya y la nuestra - se encuentra en el corazón mismo de esas imágenes que nos mantienen en su dominio incluso cuando nuestros mejores instintos nos dicen que debemos mirar hacia otro lado.


Diana en Central Park, abril de 1967. Foto de John Gossage

No hay comentarios:

Publicar un comentario