LA MÁSCARA DE DIMITRIOS

EL HIJO DEL CLÉRIGO

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ

25 de junio 2017

Jukebox. Ben E. King. Don't Play That Song

Cuentos. Patchenko

LUCAS DAMIÁN CORTIANA





— El Dr. Patchenko está atendiendo en la ciudad, sólo se quedará una semana. Podría visitarlo un día de estos.

Julio cerró el diario y descruzó las piernas. La voz de la señorita a su lado en el banco de la plaza era extremadamente dulce, como copo de nieve de vainillas y caramelo, pero a Julio los devotos le generaban desconfianza. Miró a la desconocida con sus ojitos afligidos detrás de sus lentes e hizo la pregunta evidente. (...)

— ¿Patchenko, qué? -mientras un dedo se deslizaba dentro del periódico señalando la página de su lectura.
— Se le nota que necesita ayuda. A mí me ayudó en un momento difícil de mi vida. En esa época era ir a visitarlo o…
— ¿O qué? –inquirió Julio, con un tono en el que se confundían y fundían mal humor y curiosidad.
— A mi novio también lo ayudó. Bueno –prosiguió-, él era bastante escéptico, debe ser por su formación… -hizo una breve pausa para dar precisiones poco utilitarias- Estudió medicina y le faltaron apenas dos materias para graduarse. Nunca leyó la Biblia. Carecía de fe. Lo esotérico le resultaba indiferente. Así que cuando le dije de Patchenko, inmediatamente lo rechazó. Pero cuando le hablé de sus credenciales y de su reputación... Le sorprendió que fuera doctor…
Antes de que Julio pudiera volver a preguntar de qué estaba hablando, quién cuernos era Patchenko, ella o su novio, la señorita continuó con el relato de su experiencia con la naturalidad de quien cuenta una historia tradicional conocida por todo el mundo. Esta vez Julio creyó detectar en la voz que le hablaba, un dejo de almendras, también acarameladas.
— Y créame que había probado otros métodos. Pero ninguno funcionaba. Y no me refiero sólo a drogas. O alcohol. No, no. Probé con gurús, meditación… Y un día, una amiga me dijo que su prima tenía una conocida que había ido a lo de Patchenko a acompañar a su mamá. Ella tenía algunos inconvenientes de los que ya sabemos todos–giró los ojos hacia atrás y se llevó una mano a la boca para impedir que la risa saliera a borbotones, sin reparar en que Julio no pertenecía a ese “todos”-, pero luego de que el Dr. Patchenko la viera, ¡zas! Santo remedio.
Julio se quedó pensando cuánto hacía que no escuchaba a alguien exclamar “zas” y hasta se tomó algunos segundos extras para determinar si “zas” era la onomatopeya correcta.
 — Disculpe, ¿usted es de alguna religión o quiere venderme algo? 
 La señorita había apartado la mirada hacia su bolso, buscando algo en su interior.
  — ¿Decía?
  — Que si usted es de alguna relig…
  – Tome. Es el último que me queda. Si le gusta, los puede conseguir en el kiosco de la esquina. Yo compro los de vainilla o los de almendra, pero también hay de chocolate con buñuelo, menta de indias y coco en almíbares.
Apenas Julio alcanzó a colocar la mano donde la señorita dejaba su obsequio de azúcar, cuando con un impulso notable, como de gimnasta olímpica o animal selvático se levantó del banco y corrió hasta la parada de colectivo a unos cien metros, donde luego de capturar al vehículo en pleno movimiento se perdió tras la puerta en un suspiro neumático.
Julio concluyó en que se trataba de un completo caso, pero no podía evitar pensar en el doctor. Antes de retomar su lectura del diario olfateó sus dedos índice y pulgar, donde se había alojado una menudencia de vainillas y almendras. No podía entender cómo aún no había aprendido a camuflar su mirada nostálgica en algo que se pareciera al menos, a una vaga impresión de dicha.    
Cuatro paredes grises y una luz ocre fluorescente en el centro exacto de un comedor cuya principal decoración eran colillas en un cenicero conformaban el departamento de Julio. En la inmobiliaria le habían aconsejado, de acuerdo a su perfil solitario y a un ánimo cabizbajo que no se alteraba ni siquiera ante buenas noticias, festividades o encuentros, aunado a un presupuesto discreto, que el edificio del barrio más silencioso y aburrido de la ciudad era ideal para él. Julio no recordaba disturbios ni ruidos molestos ni alteración alguna de la pacífica nulidad de su edificio en más de cinco años de residencia. No sabía el nombre de sus vecinos y tenía completa seguridad de que no sabían el suyo. El barrio carecía de centros comerciales o imponentes monumentos o clubes o bares. Julio no recordaba embotellamientos en su barrio ni tránsito fluido en las horas pico y creyó que su barrio jamás estaría en los itinerarios de turistas extranjeros ni siquiera en las noticias. Considerando todo aquello, Julio nunca se arrepintió de seguir el consejo del asesor, claro está, y si existía algún tipo de sentimiento similar a una felicidad interna no manifiesta en su elección, eso era precisamente lo que sentía Julio. Quizás por eso a Julio le llamó la atención percibir a varias cuadras de distancia el resplandor titilante de las luces policíacas y de las ambulancias, sumado a ese bullicio que colectivamente susurra una desgracia.
Un cordón rojo y blanco marcaba el perímetro impenetrable para curiosos y periodistas. Julio caminó con discreción por donde unos oficiales hablaban por sus intercomunicadores. No le pareció que alguien allí tuviera ánimos para decir qué había sucedido. Una camilla era subida con celeridad a una ambulancia y se abría paso entre la multitud atónita pero impasible. Creyó que encontraría respuestas en un grupo de personas que conversaba parsimoniosamente y a las que reconoció como la señora del cuarto piso que parece padecer de una tos crónica que se escucha desde su departamento en el tercero, el señor del segundo piso que utiliza la afeitadora eléctrica cada viernes a la mañana que se escucha desde su departamento en el tercero y la mujer de la vivienda junto a la suya con sus dos hijos pequeños a los que religiosamente antes de dormir les canta “quiero que te duermas como un sol, / que se acuesta en un campo de trigo, / tengo aquí en mi pecho un corazón, / igualito...”, y con la que Julio, en la soledad de su noche, mueve sus labios melódicamente. ¿“Igualito” a qué? Nunca había logrado escuchar el final de la canción. Mientras se acercaba, se preguntó si en la quietud soporífera del barrio y en la inacción de sus habitantes sus ruidos también serían escuchados.
Lo recibieron en la ronda con un modesto giro de cabezas y nada más. La señora de la tos estaba avanzada en la conversación pero retomó algunos detalles para que Julio entendiera los sucesos, algo que consideró una señal de amistosa aceptación.



— Se tiró de la buhardilla –dijo señalando la ventana bajo los techos inclinados-. Era mi vecino del cuarto piso.
Julio no había visto al muchacho en cuestión más de tres o cuatro veces. Sabía que se había mudado algunos pocos meses atrás y que vivía solo como casi todos en ese edificio, con excepción de la mujer del segundo con sus dos hijos. Intentó recordarlo a partir de algún sonido que se hubiera colado por las finas paredes, pero intuyó que se trataba de una persona tan silenciosa como invisible.
— Nunca supe qué actividades realizaba fuera del edificio –continuó la señora-. Estaba casi todo el día en su casa. Al mediodía lo oía salir. Volvía a los pocos minutos con algunas provisiones y se encerraba hasta la hora de la cena. Se escuchaba el volumen de la televisión y el timbre del microondas. Apenas el ruido de los cubiertos cuando los apoyaba en la mesa. Luego por un largo rato, nada. Supongo que dormiría la siesta. Hasta las primeras horas de la noche, nada más que silencio.
Al atender a los pormenores, Julio no pudo menos que razonar que tanto el muchacho como la señora vivían una misma vida separados apenas por una pared, con los mismos horarios de encierro y un cronograma inamovible para sus soledades. 
— A esa hora yo acostumbro bajar a la calle a sacar la basura. Era habitual cruzarnos en el pasillo. No sé a dónde iría. Volvía a los pocos minutos. Nos saludábamos y se ofrecía a ayudarme. Nunca utilizó conmigo el ascensor. Decía que necesitaba estirar las piernas y descendía por las escaleras. La semana pasada, un martes, tras varios meses de rutinaria incomunicación, yo decidí acompañarlo. Quise entablar diálogo pero sólo asentía con la cabeza o se sonreía tímidamente. Pero cuando faltaban apenas unos escalones se detuvo y me preguntó por una persona. Quería visitarla, me dijo. Tenía una tarjeta y no sabía cómo llegar a la dirección. Le pregunté si estaba enfermo.
— ¿Por qué le preguntó eso? ¿Lo notaba con algún problema de salud?
— No veía en él ningún síntoma. Pero la tarjeta decía “Dr. Patchenko”. Supuse que estaba necesitando ayuda por alguna dolencia.
Julio abrió los ojos indisimuladamente, sorprendido al oír el extraño apellido por segunda vez en el día. En ese momento pensó que se trataba de un secreto a voces al que había llegado algo tarde.
— ¿Sabe si fue a verlo?
— Después de aquella noche no volví a verlo. Me pareció extraño que esta última semana no haya llorado.
— ¿Lo hacía regularmente?
— Sí. Cada noche. Su llanto era constante. Comenzaba al poco rato de terminar la cena, luego de que ambos volviéramos de la calle y continuaba hasta la madrugada. Por pudor a que él supiera que lo estaba oyendo lamentarse a través de las paredes, yo fingía una tos con la intención de disimular el gimoteo.
— Creí que usted tenía una afección.
El grupo quedó en participativa reserva tras el anecdotario de la señora del cuarto piso. El señor del segundo exclamó un insignificante “¡qué pena!”, lógica intervención de quién no conoce en absoluto al personaje en cuestión. La mujer del tercero atendió a las necesidades de sus pequeños y explicó que debía retirarse a preparar a los suyos para las actividades del día siguiente. La señora del cuarto piso y Julio se vieron en la obligación de poner excusas para alejarse el uno del otro, a sabiendas que no los unía nada, más allá de un edificio que había adoptado -increíblemente por tratarse de un objeto inanimado- el atributo introvertido de sus ocupantes; y por escasos minutos, el vínculo con un suicida, al que también le cabía el adjetivo de anónimo.
Los escalones hasta el tercero le parecieron a Julio, cientos de naipes de una endeble casa destinada a derrumbarse, una interminable sucesión de dubitativos y fantasmales crujidos, aunque fuera probable que lo que sintiera frágil y flojo como naipes o como esqueletos fueran sus piernas sosteniendo “¿qué cosa?” se preguntó, “¿un cuerpo clausurado?” -se contestó-. “¿Es esto un alma o el cadáver de un alma?”. Cuando terminó de replicarse se encontró sacando las llaves de su bolsillo y abriendo la puerta desde donde salía un vaho a cigarrillos y ningún hálito de ser vivo. Aún no había decidido si comer algún sándwich y fumar o si invertir la fórmula, cuando golpearon a su puerta. La mujer del tercero tenía puesta la bata de dormir y su cara delataba cansancio o rendición. Creyó estar mirándose en un espejo.
— Estuve pensando en usted.
Julio tenía el encendedor en la mano dispuesto a prender el cigarrillo pero lo guardó de inmediato, como una muestra de exclusiva atención.
— Tenga. Creo que lo puede ayudar –la mujer dio media vuelta sin agregar nada más a su mirada colmada de una esperanza redundantemente optimista-.
Julio la detuvo.
— “Quiero que te duermas como un sol, / que se acuesta en un campo de trigo, / tengo aquí en mi pecho un corazón, / igualito...” ¿”Igualito” a qué? –preguntó con las ansias de quién le están por correr el velo de un gran secreto-.
— Le diré sólo si me dice qué es el “click” que escucho cada noche.
Julio supo que la onomatopeya era la correcta. Que cada vez que giraba el tambor del revolver con una sola bala, el  sonido del “click” le daba al menos otras veinticuatro horas para descubrir si había alguna razón todavía no manifiesta para seguir.
 — Creo que sabe qué es –omitió Julio, tal vez por vergüenza-.
 – “Tengo aquí en mi pecho un corazón, / igualito al hueco de tu ombligo”. No lo haga más.
 Julio no supo si darle un beso o abrazarla. La mujer lo libró de la indecisión deseándole buenas noches. Julio estaba parado en la puerta cuando la mujer arrastró su bata dentro de sus cuatro paredes que Julio imaginó un poco más luminosas que las suyas. Mientras él entraba a su propio departamento, colocó sus manos dentro de los bolsillos amplios de su saco y encontró unos caramelos de vainillas y almendras. Pensó en regalárselos a los hijos de su vecina la mañana siguiente. Levantó el teléfono y marcó el número que indicaba la tarjeta. No estaba seguro de que alguien fuera a contestar a la medianoche de un martes. Vagamente pensó si el apellido sería ruso o tal vez ucraniano. El teléfono sonó tres veces y cuando Julio estaba por colgar, se oyó la voz del otro lado.
 — Habla el Dr. Patchenko. La dirección figura al reverso de la tarjeta. Lo espero para hablar.


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