ALEVOSÍAS

EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD

ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

23 de abril 2017

Jukebox. Casablanca. As time goes by. Dooley Wilson. (Subtitulos en español)

Palestina y sus muertos


LUCAS DAMIÁN CORTIANA




A veces escribo idioteces como “si te veo en una nube pienso que dios existe” o “los gatos no se parecen nunca a sus dueños cuando están enamorados.” Entonces dejo de escribir y miro por la ventana y  busco alguna nube que sea tu perfil, que tenga tu pelo suelto, tu lunar en el cuello, tu antipatía y tu olor a transpiración. 

Es difícil encontrarla. Pienso que las nubes se volvieron amorfas desde que cumplí los quince años y me emborraché por primera vez. Cuando era pibe veía en las nubes todo tipo de visiones: un conejo, un helado, una fábrica lanzando humo por las chimeneas, la porra de Maradona, un piano cayendo del tercer piso de un edificio en llamas. Pero estoy seguro que dios existe y que es probable que esa nube esté en algún lado, en Japón, por ejemplo, o no tan lejos, en Bolivia, o no tan lejos, tan sólo en el instante en que dejo de mirar. Y luego busco a mis gatos.  Y digo, “al menos ellos pueden dormir, no como yo que hace dos noches y tres siestas no consecutivas que me desvelas”. Y también comen. Elijo el alimento de acuerdo a mi estado de ánimo: si estoy de humor puede ser Adult Feline de pollo y arroz, si me siento millonario, dos kilos y medio de Instinct sabor pavo a ochocientos pesos la lata, si me siento miserable, sólo les compro piedras para que no caguen la alfombra de la sala.

El doctor me ha dicho que siga escribiendo idioteces, que es un buen ejercicio para la mente. La cita era a las nueve, a las nueve y diez me había dicho “sáquese la camisa, tosa, tiene la presión alta, ¿oye bien de este oído?, ¿sigue escuchando voces?, contrólese la orina, si orina amarillo vuelva a verme, son cien pesos la consulta.” A las diez ya me había tomado la primera pastilla y a las once estaba comiendo un sándwich de queso con el noticiero de fondo y me puse a escribir idioteces. Por pura recomendación médica, porque no quería escribir, sólo comer el sándwich y atragantarme con la basura que hay allá afuera. En el mundo. El asesinato del primer ministro de Transnistria, el robo a Wells Fargo en la hora pico, tu club que pierde por goleada, las lesbianas que marchan, los héteros que marchan, los jubilados que protestan, los mal pagos que protestan, los bien pagos, los docentes, los decentes, las que quieren abortar, las católicas, las de occidente, las de medio oriente. Me puse a escribir idioteces. “Me gustas a la mañana cuando te encuentro en la poesía matutina de la mermelada de durazno en las tostadas y en los semáforos intermitentes en las avenidas y en los transeúntes que putean a los autos que no paran.” También “quiero acostarme a tu lado en la cama a comer pizza, a mirar una película hasta la mitad, a rascarte la espalda con un escarbadientes, a besarte en los labios con una aceituna, a tirar toda la ropa al suelo y las anchoas, a buscar los preservativos en la mesa de luz entre el queso y el pepperoni, a hacerte el amor con el sexo en la mozarela, a combinarnos el orgasmo con palmitos.”

El doctor me ha dicho que escriba todas las idioteces que pueda, que tal vez de eso salga algo bueno, que no descarte la idea de escribir un libro alguna vez. Me ha dicho “tómese la pastilla cada ocho horas, nunca con el estómago vacío y haga ejercicios, salga a correr, ame despacio, ame con las luces apagadas, no se infarte, no se vaya de putas”. Pero no salgo a correr. Si salgo me da miedo cruzar la calle con los semáforos muertos. Tampoco hago lo otro. No amo despacio. Tampoco rápido. Me limito a no amar. Prefiero los ojos rojos en la CNN y a veces, en algún lugar entre las breaking news y el  World Busines Today vuelvo a mis doce o a mis trece, antes de mi primera borrachera. Como ayer, la nube que ví en el cielo de Palestina, justo arriba del humo de la explosión de un M75. Estoy seguro que no fueron las pastillas ni los rayos catódicos, te vi por fin en una nube, en vivo y en directo, sin abrir la ventana. Y volví a creer en ti y volví a creer el amor. En Palestina no paraban de contar muertos, pero yo te vi en la nube y volví a creer en dios.



Lucas Damián Cortiana (Chivilcoy, Argentina, 1983), escritor, ha colaborado en diversos medios y publicado en diversas antologías y ha obtenido el premio "Pluma de Plata" en el certamen de poesía organizado por la SADE. En la página de Facebook “Rata Carmelito” pueden encontrarse retales de su poesía. 




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