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ENRIQUE LÓPEZ VIEJO

6 de agosto 2017. (Regresamos en septiembre)

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Queremos irnos muy lejos

La entrevista. Mujeres de la posguerra. Inmaculada de la Fuente

MARTA VALLS

Carmen Martín Gaite, Ana María Matute y Carmen Laforet. Ilustración de Eugenia Ábalos




En la historia de la condición femenina, el siglo XX fue el tiempo que por sus terribles acontecimientos históricos, entre otras razones, propició la igualdad (en algunos casos mas teórica que real) de la mujer frente al hombre. Pero no fue un proceso lineal y muchos menos en España, en el que se vivieron avances y retrocesos debido al cambio político que supuso la derrota de la Segunda República en la Guerra Civil y el advenimiento del régimen franquista, que significó un claro retroceso en los avances conseguidos años atrás.

La historiadora y periodista Inmaculada de la Fuente lleva años escribiendo sobre esas  mujeres españolas que sobresalieron en distintos aspectos y que con su labor contribuyeron a crear las condiciones de lo que ahora parece muy normal. (Y muchas de ellas pagaron un duro precio por ello). Por eso,  como nos gustan los libros y somos buenas lectoras, hemos elegido el último libro publicado por Inmaculada de la Fuente, titulado Mujeres de la posguerra (Sílex, 2017), que es una versión ampliada y mejorada de la publicada por primera vez con ese título en 2002 por la editorial Planeta, para hacerle una serie de preguntas sobre las mujeres que aparecen en él.



¿Por qué tu interés en escribir un libro sobre esta galería de escritoras y personajes  femeninos de la España de la  posguerra? 
Ante todo, porque sus obras y su propia trayectoria son un espejo de las españolas de la posguerra. Ellas son el contrapunto del modelo de mujer que se impone en España desde 1939, pero forman parte también de ese mundo gris donde la mujer ve la vida desde la ventana y tiene sus derechos más limitados aún que sus compatriotas varones. Las españolas de esos años viven la doble dictadura política y familiar, ya que el padre o el marido tienen poder sobre ellas por ley. Una situación anómala que  “Nada” o  “Entre visillos” reflejan de forma nítida.


Al hablar de toda esta serie de escritoras, que pertenecen a  un pasado reciente surge enseguida la cuestión de su valor literario. ¿Cuál crees que fueron las mejores escritoras (si bien es cierto que literariamente no todas practicaron los mismo géneros e incluyes a una pintora, Maruja Mallo) y dejan una obra más consolidada y capaz de resistir al tiempo?
Son indiscutibles desde el punto de vista literario Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite o Ana María Matute. Y de las exiliadas, Rosa Chacel y Mercè Rodoreda. Otras dejan una obra coherente, como Josefina Aldecoa, autora de una trilogía narrativa que recorre la memoria de la dictadura desde personajes femeninos (“Historia de una maestra”, “Mujeres de negro” y “La fuerza del destino”), tal como se recoge en “Mujeres de la posguerra”. Coherente es asimismo la obra de María Teresa León, que abarca la poesía, la narrativa, la crónica, y la memoria (su obra emblemática es “Memoria de la melancolía”). María Zambrano, con su obra ensayística y filosófica es deslumbrante. Otra cuestión es qué autoras resistirán en el tiempo. Y pienso que Rodoreda, Laforet, Carmen Martín Gaite y Matute seguirán teniendo nuevos lectores además de ser autoras de referencia. Y desde luego Zambrano en su campo. Rosa Chacel, a pesar de su brillantez, es más minoritaria, pero será una autora imprescindible para otros escritores. Sus diarios, Alcancía, son magistrales. 

Inmaculada de la Fuente

  
Al leer tu libro tengo la impresión de que las que vivieron bajo el franquismo tuvieron que soportar importantes condicionantes políticos y sociales, pero tampoco parece que las que estaban en el exilio tuvieran una vida más fácil. ¿A qué se debió?
A unas y a otras les marcó la historia y la época. Carmen Laforet, Martín Gaite o Josefina Aldecoa nacieron en los años veinte y vivieron su infancia en un país que intentaba modernizarse, tenían previsto estudiar –y lo hicieron-, pero se les cruzó la Guerra Civil en su adolescencia (o juventud, en el caso de Laforet) y se encontraron en el 39 con un modelo de mujer que no coincidía con sus aspiraciones. Como decía Carmen Martín Gaite, vieron que se ha había detenido el tiempo. Sus referentes literarios estaban en el exilio y el eslabón generacional se había roto. Pero ellas y algunas de sus protagonistas, como decía también Martín Gaite, eran chicas raras, estudiosas, fuera de la norma, aunque no pudieran evadirse del papel social que se les atribuía. Las exiliadas, por su parte, tuvieron que buscarse la vida, empezar de nuevo en diversos países, y su obra se resintió: tenían que dedicar parte de su tiempo a hacer trabajos alimenticios (Zambrano, León, Rodoreda) o a pasar penurias (Chacel) que les distraían de su actividad creadora. Solo Rodoreda y Zambrano se afianzaron como autoras en el exilio, y en parte Chacel, pero esta con muchas contradicciones y sabiendo que el reconocimiento en su país le llegaría a destiempo. Maruja Mallo, una figura genial, reconocida internacionalmente dentro del movimiento surrealista y con un potencial creativo extraordinario, no pudo mantener hasta el final de sus días el camino ascendente emprendido en España.


¿Cómo describirías en pocas palabras a todas ellas?
Chacel, Zambrano, León y Maruja Mallo son de lo más brillante de su generación. Singulares, conscientes de su libertad y su potencial y dispuestas a hacer ya desde su juventud la revolución cultural que necesitaba España en los años veinte y treinta del siglo XX. Rodoreda encarna la gran ambición literaria de una autodidacta`(dejó la escuela pronto) y una pionera (sin ser periodista se dio a conocer colaborando y haciendo entrevistas en las revistas catalanas de antes de la guerra). Laforet, irrepetible. Martín Gaite, una gran trabajadora que tocó todos los géneros y registros y Matute, una autora prolífica que nos ha dejado algunas de las obras esenciales de la posguerra (“Primera memoria” y “Los hijos muertos”). Todas, inconformistas y transgresoras de una u otra manera. No se amoldaron a las circunstancias impuestas, y las exiliadas no se amilanaron.


Desde un punto de vista actual, ¿cuál crees que fue la más moderna en un sentido amplio no excéntrico?
Tendríamos que ponernos de acuerdo en qué es ser más moderna, y más al referirnos a dos generaciones, con vidas muy azarosas algunas. No hay que olvidar que las españolas de los años treinta eran más modernas que las de los cuarenta y cincuenta. Pero las de los años cincuenta y sesenta contaban con avances técnicos no desarrollados en las décadas anteriores. Sin duda, en los años treinta las más modernas fueron Rosa Chacel (desde un punto de vista intelectual y crítico), Maruja Mallo (a pesar de cierto toque excéntrico era una gran creadora), la poeta Concha Méndez (que inauguró el Sinsombrerismo con sus amigas Mallo y Margarita Manso) y María Teresa León. Pero con el paso del tiempo y a su vuelta a España, Chacel, por ejemplo, no conectó con las nuevas inquietudes, no entendía a las feministas, etcétera, y se había quedado anclada en sus años más libres y felices. Entre su marcha y su vuelta se había fraguado un abismo. León también fue perdiendo fuerza en el exilio, dejándole todo el brillo a Alberti. Respecto a las escritoras de posguerra, Laforet era la más individualista, no era moderna ni antigua, pero  iba por libre; y las más conectadas con su tiempo Martín Gaite y Josefina Aldecoa. Esta última era un prototipo de universitaria moderna en los años cincuenta: viajó a Londres para perfeccionar el inglés, traducía a  autores norteamericanos como John Dos Passos, leía a Faulkner, y obtuvo, ya casada con Ignacio Aldecoa, una beca en Estados Unidos para estudiar su sistema educativo. La llamaban la Pionerita en su grupo de amigos escritores (Carmen Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Medardo Fraile, Matute). Matute también se adelantó a su tiempo cuando decidió separarse de su marido en los años cincuenta, una época en que nadie se separaba. La mujer que lo hacía perdía automáticamente la custodia de los hijos, como le pasó a ella.

Carmen Laforet


¿Por qué, en cierto modo, la preferida de los lectores, siempre fue Carmen Laforet?
Es un icono, una autora atípica que representa una feliz novedad en el panorama narrativo de los cuarenta. “Nada” cambia el paradigma, implica otro lenguaje, otro estilo mucho más moderno, aunque la autora no fuera del todo consciente. Y “Nada”, además, es la obra más leída y reeditada de todas estas autoras y de este periodo, un referente para varias generaciones. Laforet es un punto y aparte, una autora de culto.

¿Crees que hay una razón clara por la cual Laforet dejó de escribir?
No hay una única razón. El hecho es que al llegar a la madurez en vez de proseguir hasta el final (como Martín Gaite o Matute), se fue retirando, aplazando la publicación de proyectos en marcha e incluso destruyendo las galeradas de una novela a punto de entrar en imprenta (aunque sí mantuvo sus artículos en prensa hasta los años ochenta, cuando su salud empezó a deteriorarse). Laforet no soportó la doble presión de su propia exigencia y la expectación creada para que siguiera escribiendo en la línea de “Nada”. Se equivocó al buscar temas fuera de ella en vez de optar por un narrador que fuera protagonista y testigo, como la Andrea de “Nada”, y novelar desde  su experiencia (no lo hacía para no herir a los suyos). Otro factor que pudo influir fue su afición a viajar, el vagabundeo, la dispersión (la separación de su marido no le ayudó a concentrarse, como perseguía, sino que abrió otro foco de inestabilidad, la de no fijar una residencia fija y un espacio propio). Todo ello desembocó en un  creciente malestar cuando tenía que escribir porque era escritora, no porque le apeteciera. Los achaques de salud también interfirieron en su estado de ánimo, acrecentaron su inseguridad y la alejaron de la escritura definitivamente. Pero tiene novelas cortas y relatos muy buenos, que reflejan bien la época de la posguerra, además de otras novelas posteriores a “Nada”. Es inadmisible que se especule tanto sobre si escribió mucho o poco. Con lo que escribió basta.


Rodoreda se definía una mujer a la antigua usanza, y su vida amorosa con su dependencia de Armand Obiols lo demuestra. ¿Estás de  acuerdo?
Rodoreda vivía para sus personajes, era una copia viva de ellos, como observó Gabriel García Márquez. En su vida privada pasó de un matrimonio equivocado a la entrega incondicional a Armand Obiols, una pareja de escritores que funcionó porque èl, a pesar de sus continuos viajes como traductor, se convirtió en su principal lector y no competía con ella como autor. Sus primeros años en el exilio con Obiols fueron duros, y  su experiencia le llevaba a pensar que el amor era un juego de ganadores y perdedores. No entendía a las jóvenes de la Transición como Montserrat Roig, que la admiraba mucho como escritora, ni sus ansias de feminismo. Creía más en la astucia para salir airosa que en la reivindicación.

Mercedes Fórmica



Llama la atención lo que dices  de Mercedes Fórmica, la falangista. ¿Crees que en alguna medida el papel de las falangistas fue positivo para la mujer bajo el franquismo o fueron casos aislados y de nula eficacia?
Mercedes Formica fue una falangista atípica (hubo otras, pero no la mayoría), a pesar de que se integró en Falange desde el principio. Por lo que cuenta en sus memorias, ella vio en el grupo de José Antonio un proyecto político, pero no se percató de que había bravucones y pistoleros alrededor. Tampoco dio importancia al papel que tuvo su líder en los movimientos conspiratorios antes del golpe del 36. Es después de la guerra cuando rechaza (en sus libros)  los excesos de la represión y expresa su convicción de que la Falange debería haberse disuelto en vez de integrarse en el franquismo, pero no reniega del Régimen. Y es por eso, por estar dentro del Régimen, por lo que en 1953 denuncia en Abc como abogada la indefensión de la mujer separada y emprende una campaña para reformar la legislación más inhumana en esta materia, la que convierte a las españolas en propiedad del marido o del padre. Y consigue que algunos artículos del Código, pocos, cambien. Es lo que se denominó popularmente la Reformica. Hay que tener en cuenta que en esos años la postura oficial de la Sección Femenina era muy retrógrada: limitaba el trabajo fuera del hogar a las solteras y las viudas, y algunas de las ponencias de Mercedes Formica en sus Congresos fueron desestimadas por feministas. Ella nunca abandonó sus ideas, pero al final de la dictadura trataba con todo tipo de abogadas y defensoras de la mujer, sin importarle su ideología, e incluso intuyendo que pertenecían a organizaciones clandestinas. 


¿Qué te llamó más la atención de Zambrano cuando la conociste?
Todo, su figura, su regia actitud intelectual aunque su forma de hablar fuera persuasiva y coloquial. Es la figura intelectual femenina del exilio mejor tratada y reconocida. Su obra es ingente y cada tanto aparecen nuevas ediciones, estudios y epistolarios que hacen que su obra se mantenga viva.


¿Qué significan Ana María Matute, Carmen Martín Gaite y Josefina Aldecoa en la generación de los cincuenta?
Son integrantes de pleno derecho de esa generación, llamada también la de los niños de la guerra. Sobre todo Martín Gaite y Matute, aunque durante mucho tiempo en España se consideraba que los representantes fundamentales del grupo eran Sánchez Ferlosio e Ignació Aldecoa. Cuando se hablaba de Martín Gaite se añadía la coletilla de esposa de Sánchez Ferlosio hasta que se separaron. Sin embargo ¿es El Jarama una novela más representativa de los cincuenta que “Entre visillos”? Es una cuestión opinable pero yo creo que no. 

Maria Teresa León. Foto de Pilar Aymerich


De todas ellas, ¿cual crees que fue la más feminista en un sentido amplio y actual?
Feministas hay pocas, algunas porque aun siéndolo en la práctica o en su juventud no aceptaron el término en su madurez como Chacel y Rodoreda. María Teresa León, a pesar de defender los derechos y el papel de la mujer, optó en su vida privada por poner más el foco en su pareja, Alberti, que en su propia obra. Dentro de la generación del 27, la más feminista fue quizás Maruja Mallo, decidida a vivir como un artista –algo que entonces solo se lo podía permitir un hombre-, es decir, sin ataduras y en parte Concha Méndez, que codirigía con su marido, Manuel Altolaguirre, la imprenta y editorial común. En la generación de la posguerra definirse como feminista no era común… Aunque hay rasgos feministas en algunas de las decisiones que tomaron Matute y Laforet. Con todo, las hispanistas y estudiosas de Carmen Martín Gaite sí que han descubierto cierta sensibilidad feminista en su obra. Ella al principio no se reconocía en este registro, pero no le molestaba que se lo atribuyeran. 

A la hora de hacer un balance general, ¿en qué crees que ha cambiado en lo esencial la condición femenina en España en la segunda mitad del siglo XX?
A principios de siglo fue solo una minoría, una elite cultural, y el principal reto era llevar la educación a los pueblos, abrir horizontes a las mujeres. Los cambios legislativos de la Segunda República (derecho al voto, fomento de la educación y la cultura, ley del divorcio) y sus aires de libertad calaron de forma muy desigual; no hubo tiempo para que cuajaran. Y en la dictadura las leyes enterraron los anteriores avances y se impuso un modelo regresivo que en los sesenta y setenta se fue debilitando por la influencia exterior y por el acceso paulatino de las chicas al bachillerato e incluso a la Universidad, aunque su último fin fuera casarse. Y ahí es cuando surge la inflexión, porque empiezan a trabajar y a asumir los modelos de fuera. Reverdecen los movimientos feministas y la democracia inaugura la igualdad legal. A partir de los ochenta el cambio ha sido espectacular. Las españolas son conscientes de que tienen vida propia y que su proyecto vital, con hijos o no, es responsabilidad suya. Pero no se ha alcanzado la igualdad salarial, conciliar cuando se es madre es un lujo y falta memoria para entender que llegar hasta aquí no ha sido fácil. Algunas jóvenes han olvidado la batalla de sus abuelas y libros como “Mujeres de la posguerra” pueden ayudarlas a recordarlas.






Mujeres de la posguerra
Autora: Inmaculada de la Fuente
Editorial: Sílex Ediciones
24, 00 €



Inmaculada de la Fuente es escritora y periodista. Licenciada en Historia Moderna y Contemporánea ha ejercido el periodismo en el diario EL PAÍS durante un largo periodo y en 1985 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en la modalidad de Reportajes y Artículos literarios. Autora de la biografía de María Moliner, El exilio interior. La vida de María Moliner (editorial Turner, 2011) y de la novela Años en fuga (El Acantilado, 2001), ha publicado, además, los ensayos La roja y la falangista. Dos hermanas en la España del 36 (Planeta, 2006) y Las republicanas “burguesas” (Punto de Vista Editores/Sílex, 2014) y ha participado, asimismo, en la obra colectiva de Historia de las Mujeres de España y Améríca Latina (Cátedra, 2006, tomo IV), con el capítulo Escribir su propia historia.



Marta M. Valls nació en Santander, vivió en muy variados lugares y sus pasiones son el yoga, el flamenco y la lectura. https://www.facebook.com/marta.valls.75

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